Los futuros posibles y la impotencia de la subjetividad

Compartir

Franco “Bifo” Berardi traza en su nuevo libro un mapa psicomántico de la futurabilidad social: “una indagación (o adivinación) del devenir social de la psicoesfera”. En Futurabilidad. La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad, editado por Caja Negra (2019), el filósofo italiano analiza la forma contemporánea del poder político y económico, y las desenfrenadas epidemias de locura agresiva que nos rodean hoy: el Dáesh, Donald Trump, la austeridad financiera y el resurgimiento del nacionalsocialismo. El futuro como tendencia, la impotencia ante la desproporción y la amistad como salida. Compartimos un fragmento del libro.

Traducción: Hugo Salas

La inmanencia es la cualidad de estar dentro del proceso, el carácter intrínseco o inherente de algo a otra cosa.

Este libro trata acerca de la futurabilidad, la multiplicidad de los futuros posibles inmanentes: un devenir otro que ya está inscripto en el presente.

Pero si suponemos que esto significa que el futuro está necesariamente inscripto en la actual conformación del mundo, no hacemos más que atribuirle a la inmanencia una significación teológica, que convierte a la inscripción en una prescripción.

Dicha teología puede fundarse en una interpretación determinista de la causalidad científica o en un relato teológico de la historia del mundo al que podríamos denominar panteísmo, en el que Dios funciona como un Prescriptor inmanente.

Por el contrario, la concepción materialista de la inmanencia se basa en la convicción de que la realidad actual contiene al futuro como un amplio espectro de posibilidades, y que la selección de una de las tantas posibilidades no responde a una prescripción determinista del proceso de morfogénesis. El futuro se inscribe en el presente bajo la forma de una tendencia que podemos imaginar: una suerte de premonición, un movimiento vibratorio de partículas guiadas por un proceso incierto de recombinación constante.

La inmanencia no implica una consecuencialidad lógica y necesaria: el presente no contiene al futuro como un despliegue lineal ineludible o como una elaboración consecuencial de implicancias legibles en la realidad actual. La inmanencia es el conjunto de las incontables posibilidades divergentes y conflictivas inscriptas en el presente. Podemos describir el estado actual del mundo como una concurrencia vibratoria de múltiples posibilidades. ¿Cómo da origen esta vibración caótica a un determinado acontecimiento? ¿Cómo ocurre que, entre muchas evoluciones posibles, solo una llegue a prevalecer?

Los estados futuros del mundo social no son una consecuencia lineal de la voluntad política, sino el resultado de relaciones, conflictos y mediaciones infinitamente complejos. Denominamos heterogonía (heterogénesis) de los fines a la relación asimétrica existente entre los proyectos y las realizaciones, entre la voluntad y la composición histórica de las infinitas voluntades concurrentes en la determinación de un acontecimiento.

La relación entre hoy y mañana, entre el estado actual del mundo y su estado futuro, no es necesaria (es decir, obligatoria). El presente no contiene al futuro como una evolución lineal. La emergencia de alguna de las muchas formas posibles es el resultado –provisional e inestable– de una polarización, de la fijación de un patrón.

La tendencia es un movimiento en determinada dirección. Podemos interpretar la complejidad vibratoria del mundo, en cuanto potencialidad, como un vasto espectro de tendencias coexistentes y opuestas. La tendencia es esa posibilidad que parece prevalecer en un determinado momento del proceso vibratorio que da origen al acontecimiento.

En el momento cúlmine de la modernidad industrial, la posibilidad de que la actividad social se emancipase del trabajo asalariado estuvo inscripta en la concatenación social, sobre todo en la relación entre la potencia del general intellect y la tecnología existente. Que la actividad humana se emancipase de la explotación capitalista era una posibilidad, a la que podríamos considerar una tendencia. El comunismo era entonces inmanente a la composición técnica del capital y también a la conciencia social. Sin embargo, como todos sabemos, dicha posibilidad nunca se concretó. La tendencia hacia la emancipación de la actividad humana de la explotación capitalista (a la que yo llamo “comunismo posible”) no logró imponerse. La posibilidad del comunismo se vio obstruida por el acontecimiento de la revolución bolchevique y el consiguiente establecimiento de una dictadura del ejército y del Estado.

De hecho, la acción leninista rompe la cadena estructural planteada por Marx. El acontecimiento de la Revolución Rusa, al igual que el acontecimiento de la Comuna de París, no responde al despliegue necesario de dinámicas estructurales inscriptas en el proceso de producción. Fueron acontecimientos prematuros. Pero todo acontecimiento es prematuro, en la medida en que ninguno responde a una cadena de causación. La Revolución Rusa funcionó como una violación o refutación de la convicción marxista de que la revolución socialista habría de darse primero en los países industriales más avanzados.

No es posible describir la estructura y el acontecimiento en términos de una implicación mutua necesaria. La estructura no necesariamente implica ningún tipo de acontecimiento, y el acontecimiento no está implícito en la estructura.

Llamo “captura paradigmática” a la reducción del espectro de posibilidades inscripto en el presente a un patrón que actúa como una Gestalt que formatea la situación.

De hecho, las posibilidades emergentes están en conflicto con el paradigma dominante. La captura paradigmática obstruye e impide el despliegue de la tendencia y anquilosa la vibración, reduciendo así la multiplicidad de posibilidades a un nuevo estado (provisional e inestable) del mundo.

Podemos describir la relación entre la sociedad y la evolución de la tecnología en términos de posibilidad y captura paradigmática. El conocimiento, la producción y la tecnología conforman un campo vibratorio de posibilidades. Desde los comienzos de su implementación, la tecnología electrónica y las redes digitales habilitaron un proceso de transformación de las relaciones y la producción sociales, abierto a distintas evoluciones posibles.

La tecnología digital y la investigación en inteligencia artificial abren la puerta a una suerte de automatización del futuro.

Franco Berardi: “Volver a aburrirnos es la última aventura posible”

El statisticon: la prescripción de inscripciones

En la infinitud del tiempo, una incesante cadena de bifurcaciones da origen a vibraciones, selección y emergencia. A cada momento, la materia ingresa en un estado vibratorio en el que oscila entre distintas posibilidades, del que emerge un conjunto nuevo.

La aparición de la conciencia es un efecto de la evolución, pero representa también el salto hacia una dimensión reflexiva: la dimensión de la elección. Cuando el tiempo de la evolución es atravesado por la conciencia, hablamos de historia.

Una vez allí, las bifurcaciones pasan a ser percibidas como el efecto de una selección intencional entre distintas posibilidades. Los seres humanos parecen tener la peculiar capacidad de hacer elecciones conscientes y seleccionar una posibilidad entre muchas. Las elecciones conscientes no son (solo) procesos racionales de cálculo: también implican decisiones estratégicas y juicios éticos, expresan preferencias estéticas y se ven influenciadas por los flujos de info-psicoestimulación.

Dado que el futuro no está prescripto, y la sucesión del ahora y el mañana no es monolítica ni está predeterminada, nuestra tarea consiste en distinguir las leyes de la futurabilidad inmersas en el entramado de la realidad actual y la conciencia presente.

La futurabilidad puede ser rastreada en términos de necesidad absoluta, necesidad relativa o probabilidad, tendencia, imposibilidad y posibilidad.

La necesidad absoluta marca las enunciaciones lógicas que son verdaderas hoy y también habrán de serlo mañana, en la medida en que son funciones inscriptas en la mente humana y no implican ninguna relación con la realidad externa.

Kant distingue entre juicios sintéticos y analíticos. Los juicios analíticos pueden ser considerados autoevidentes, porque el contenido de la enunciación está implícito en el sujeto. La verdad analítica es, por lo tanto, una necesidad.

Por su parte, la necesidad relativa es una concatenación de eventos temporales que implica cierta probabilidad, como así también una concatenación de estados del ser impuestos por la ley y por la fuerza. “Quien no pague el alquiler será desalojado” es un caso de futurabilidad relativamente necesaria. La implicación no responde a una necesidad lógica, pero las relaciones sociales se basan en la imposición de reglas convencionales. Dicha imposición puede ocurrir por medio de la violencia, del consenso o de la automatización.

En la computadora del agente inmobiliario, hay cadenas lógicas que implican que el inquilino que no pague la renta será desalojado del hogar. Dicha implicación, sin embargo, no es lógica ni natural, sino impuesta por la automatización de la voluntad y la transcripción automatizada de una relación social de fuerzas. El capitalismo financiero está ligado a implicaciones tecnolingüísticas que pretenden pasar por naturales y lógicas. No lo son. Son reducciones bastante artificiales del amplio espectro de la posibilidad a la estrecha serie de la probabilidad.

Resistencia vs. Depresión

La anticipación: el determinismo como estrategia de reducción

El poder predictivo de la máquina global contemporánea reside en su capacidad de leer rutinariamente grandes flujos de datos. Gracias a la introducción del filtro burbuja, las predicciones estadísticas resultantes de este proceso se convierten en prescripciones que evacúan la subjetividad.

Siguiendo a Warren Neidich, llamo “statisticon” al automatismo tecnoinformativo responsable de capturar los datos del flujo vivo de la actividad social con el propósito de adaptar las articulaciones de la máquina global a las expectativas de los organismos sociales, y las expectativas de los organismos sociales a las articulaciones de la máquina global. La técnica de personalización que les permite a Google y otros motores de búsqueda anticipar nuestros pedidos, como así también modelar y controlar nuestros deseos, es llamada “filtro burbuja”. El filtro burbuja es un ejemplo de lo que Warren Neidich, denomina el statisticon: un reductor de acontecimientos futuros a la probabilidad y la predictibilidad. La anticipación es el complemento de la captura estadística: anticipar el futuro significa impedir un comportamiento futuro y vaciarlo de singularidad.

En la dinámica del statisticon, el espejo funciona como un generador que permite a la máquina anticipar y precompartimentalizar el comportamiento social. El statisticon evoluciona junto con su entorno (en este caso, la vida social), pero la condición de esta evolución conjunta es la homología estructural preinscripta que hace posible la interacción social en la esfera de una regulación automatizada.

Para que pueda producirse una comunicación efectiva, el agente de enunciación debe emplear el lenguaje que las máquinas entienden. Solo una vez que el agente de enunciación ha aceptado este formato que la hace posible, se produce la interacción y la máquina solo puede adaptarse al organismo vivo en la medida en que ese organismo vivo también se ha adaptado a la máquina.

La anticipación estadística implica dos acciones complementarias: una es el registro de enormes flujos de datos; otra, la adaptación de la máquina al entorno viviente y la recíproca adaptación de los organismos vivos y conscientes a la máquina.

Enormes cantidades de datos le brindan a la máquina su capacidad de adaptarse, al tiempo que el filtro burbuja induce a los organismos vivos y conscientes a aceptar las respuestas que la máquina espera.

La anticipación estadística es el modo de funcionamiento de la gobernanza, la forma contemporánea del poder político y económico: una forma de determinismo engendrado.

La anticipación funciona como una trampa determinista: el futuro del organismo puede ser alterado por medio de modificaciones biotécnicas o tecnosociales. Se captura lo posible, reduciéndolo a la mera probabilidad, y lo probable, a su vez, nos es impuesto como necesario.

Sin embargo, con la siguiente bifurcación aparece una nueva posibilidad, y a esta seguirá la próxima, en un proceso de automatización cognitiva que ha comenzado en nuestro tiempo. ¿Podrá el general intellect (constituido por millones de miembros del cognitariado en el mundo) encontrar un cuerpo, un cuerpo erótico, estético y ético?

Los futuros están inscriptos en el presente como posibilidades inmanentes, no como evoluciones necesarias de un código. La noción de futurabilidad hace referencia a esta multidimensionalidad del futuro: hay una pluralidad de futuros inscripta en el presente. La conciencia es uno de los factores que intervienen en la selección entre estas posibilidades, y la conciencia cambia todo el tiempo en el flujo de una composición social cambiante.

En este momento histórico, estamos atravesando un proceso de automatización cognitiva. Distintas articulaciones de la máquina global (interfaces, aplicaciones…) proliferan y se insertan en la mente social. El cuerpo conjuntivo y la mente conjuntiva se ven penetrados por la arquitectura de una conectividad generalizada.

Un código se inscribe en la conexión infoneuronal; a medida que este proceso de interconexión cognitiva avanza, se nos induce a pensar que no existe ninguna alternativa a esta forma de neurototalitarismo en curso. Pero, de hecho, sí existe una salida del neurototalitarismo, en la medida en que el cuerpo conjuntivo del general intellect es mucho más vasto que el código incrustado en él, y su propia dinámica puede llevarnos a desviaciones inesperadas de esta replicación determinista de la realización dictada por el código.

La actual depresión (tanto psicológica como económica) silencia la conciencia de que ninguna proyección determinista del futuro es cierta. Nos sentimos atrapados en una maraña de automatismos tecnolingüísticos: las finanzas, la competencia global, la escalada militarista. Pero el cuerpo del general intellect (conformado por los cuerpos sociales y eróticos de millones de miembros del cognitariado) es mucho más rico que el cerebro conectivo. Y la realidad actual es mucho más rica que el formato que se le impone, en la medida en que aún no han sido totalmente canceladas las múltiples posibilidades inscriptas en el presente, por más que de momento parezcan inertes.

Lo posible es inmanente, pero no logra evolucionar hacia un proceso de realización. La inercia de las posibilidades inscriptas en la actual composición del cuerpo social es resultado de la impotencia de la subjetividad. Durante el último siglo, la subjetividad social de los trabajadores experimentó con distintas formas de solidaridad, autonomía y bienestar; después, al final del siglo, se vio desempoderada, de modo tal que en la actualidad no consigue plasmar esas potencialidades que están presentes en el general intellect y en el cuerpo de la solidaridad social.

Aun así todavía existe la posibilidad de emancipar el tiempo social de la obligación del trabajo asalariado: se halla en el conocimiento cooperativo de millones de trabajadores cognitivos, pero en el presente esta posibilidad no puede emerger debido a la impotencia política que este libro quisiera describir y analizar, y encontrar un modo de superar. La impotencia de la subjetividad es un efecto de la potencia total que adquiere el poder al independizarse de la voluntad, la decisión y el gobierno de los humanos, merced a su inscripción en la textura automatizada de la técnica y del lenguaje.

Vivimos en el cadáver del capitalismo

Psicomancia social y el horizonte de la posibilidad

El hombre piensa/ El caballo piensa/ La oveja piensa/ La vaca piensa/ El perro piensa/ El pez no piensa/ El pez es mudo, inexpresivo/ Porque el pez sabe/ Todo.

Iggy Pop y Goran Bregović, “This Is a Film”

Este libro es un intento de construir un mapa psicomántico de la futurabilidad social: una indagación (o adivinación) del devenir social de la psicoesfera. Desde este punto de vista, podremos ver las distintas líneas de evolución que se desprenden de la actual vibración caótica de la mente social. Esta vibración caótica resulta bastante visible en las desenfrenadas epidemias de locura agresiva que nos rodean hoy: el Dáesh, Donald Trump, la austeridad financiera y el resurgimiento del nacionalsocialismo son síntomas de una epidemia psicótica contemporánea.

Todos los días enfrentamos la sensación de que no tiene sentido oponerse a la creciente ola de racismo, fanatismo y violencia. De hecho, esta ola no es el resultado de una decisión política, de una elaboración ideológica y estratégica, sino un efecto de la desesperación, una reacción a una humillación de larga data. La perfecta racionalidad de la máquina computacional abstracta y el carácter ineludible de la violencia financiera han puesto en jaque a la conciencia y la sensibilidad del organismo social, y la frustración ha reducido la capacidad general de sentir compasión y actuar con empatía.

¿Locura? Aunque podamos reconstruir las causas sociales de la desesperación y la agresividad, creo que a fin de cuentas cualquier forma de razonamiento político resulta hoy impotente. El único modo que tenemos de sanar esta angustia emocional es lograr una reactivación emocional de las potencias ocultas del organismo social: el movimiento Occupy de 2011 fue el mayor intento en los últimos años de reunir todas las energías solidarias de las que el organismo social es capaz. Sin embargo, su resultado fue tan pobre que la decepción destruyó cualquier sentimiento de solidaridad humana que hubiera podido perdurar, y el organismo social se comporta hoy como un cuerpo decapitado que todavía conserva sus energías físicas pero carece de la capacidad de dirigirlas en alguna dirección razonable.

No estoy seguro de que podamos juzgar el desmantelamiento de la civilización social moderna en términos psicopatológicos, en la medida en que los que han abierto el camino a esta actual explosión de locura han sido los intereses económicos de las corporaciones y el cinismo de políticos sin cultura ni dignidad.

La impotencia, sin duda, es síntoma de una desproporción: la razón, que solía ser la medida del mundo [ratio], ya no es capaz de gobernar la hipercomplejidad de la red contemporánea de relaciones humanas. Esta forma de desproporción puede ser considerada una locura, en el sentido de desorden, caos o perturbación mental. Sin embargo, en lo que concierne a la definición de la locura, debemos advertir que hay distintos puntos de vista.

¿Es la locura una situación excepcional que se cierne sobre los márgenes del racional y razonable trajín cotidiano de la vida? ¿Es una perturbación insalvable del diálogo constante que mantiene a la sociedad unida? Si reducimos la locura a una perturbación marginal, inevitable, algo que es preciso manejar, que tenemos que aplacar y curar, nos equivocamos. La locura no debería ser vista como un accidente que haya que ocultar o corregir. La locura es el fondo de la evolución, la materia caótica que modelamos y transformamos en un orden provisional.

Orden significa en este caso una ilusión de predictibilidad y regularidad compartida; una ilusión proyectiva que puede sostenerse por un período de tiempo corto o largo, unos pocos minutos o varios siglos. Una ilusión que da origen a lo que denominamos civilización.

Esto nos obliga a distinguir dos rostros de la locura: uno es el sinsentido fáctico del mundo, el magma de materia que nos rodea, la incontrolable proliferación de estímulos, el cegador torbellino de la existencia. Esta locura es la precondición de la creación de sentido: esa construcción sin fundamentos que es el saber, la invención del mundo como una totalidad significativa. El otro rostro es el aspecto subjetivo de la locura: el sentimiento doloroso de que las cosas huyen, ese sentirnos desbordados por la velocidad, el ruido y la violencia, la ansiedad, el pánico, el caos mental. El dolor nos obliga a buscar en el mundo un orden que no podemos encontrar, porque no existe. Sin embargo, sí existe el anhelo de orden: es el incentivo para construir un puente entre los abismos de la entropía, un puente entre las distintas mentes singulares. Es a partir de esta conjunción que se evoca y se pone en acto el significado del mundo: una semiosis compartida, una respiración al unísono.

Para que podamos llevar adelante esta construcción sin cimientos que es el sentido hace falta la amistad. La única coherencia del mundo se encuentra en el acto de compartir la proyección del significado, en la cooperación entre los agentes de la enunciación.

Cuando la amistad se desvanece, cuando se destierra la solidaridad y los individuos se quedan solos, obligados a enfrentar la oscuridad de la materia aislados, la realidad vuelve a ser caos y la coherencia del entorno social se reduce a la imposición de un acto de identificación obsesivo.

Comentarios

Comentarios

Hacé tu anotación Sin anotaciones