Los machos cómplices

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La opresión y el encubrimiento ya no pueden frenar las denuncias por abusos y acosos. Pero el sistema sigue generando sus “autodefensas”. Desde el caso de Weinstein hasta el de Ari Paluch hubo otros hombres que salieron a “defender” a los acusados y a revictimizar a las denunciantes. Ellos son los machos cómplices.

Las denuncias sobre abusos sexuales contra niñas, adolescentes y mujeres se multiplican en distintos países y cada día aumentan los casos de situaciones ocultas del presente y del pasado escondidas por el silenciamiento vergonzante. Desde las alcantarillas de la indiferencia patriarcal trascienden filtraciones de antiguos y contemporáneas formas de agresión sexual. Después de superar ancestrales mandatos de discreción y mutismo, las denuncias hoy brotan en espacios ligados a la industria del cine, la televisión y la política, todos espacios capaces de constituirse en “cajas de resonancia” de este tipo de delitos habitualmente encubiertos y negados. Desde Harvey Weinstein hasta Ari Paluch.

Lo que emerge, sin embargo, es la “punta del iceberg”, una infinitesimal porción de lo que produce una institución social que ampara y facilita la continuidad de estos ultrajes y violencias. Muchos abusadores empiezan a ser expuestos por fuera de sus confortables palacios de silencio, al tiempo que se observa una perturbada inquietud y ensimismamiento, básicamente al interior del mundo familiar y específicamente masculino, que empieza a resquebrajar una antigua estabilidad de camuflaje. La incomodidad oscila entre el nerviosismo de la impostura y la fingida (o sobreexpuesta) corrección política.

En Hollywood, Harvey Weinstein, un conocido productor de cine, articuló durante decenios una cuidadosa logística de acoso, abuso y violación sistemática de decenas de secretarias, actrices y empleadas vinculadas al mundo del espectáculo. Su “coto de caza” fue cuidadosamente protegido por su tribu corporativa, y por el silencio cómplice de una cultura masculina hegemónica que convierte a los abusadores en responsables de torpezas, deslices, pero no de “delitos”. La persistencia del resguardo patriarcal, organizado mediante un conjunto de complicidades cobardes y de distraídas indiferencias ha contribuido a la discreta y perversa continuidad de estas violencias solapadas. La irrupción de verdades incómodas, enunciadas por víctimas que recuperan su voz, se empieza a colar cada vez más habitualmente en los intersticios que deja el sarcasmo despreciativo y las sordinas habituales.

Natalia Oreiro y el abuso invisible

En 2009, Weinstein, propietario de la productora de cine Miramax, participó de una campaña de desagravio de Román Polanski, quien en 1977 reconoció haber abusado de una niña de 13 años, cuyo nombre, Samantaha Geimer, se hizo público años después de cometido el hecho. En 2009 Weinsten afirmó – en defensa del director polaco— que “Hollywood tiene la mejor brújula moral, porque tiene compasión”, y que en nombre de esa piedad debía ser indultado. Días después que Weinstein haya sido denunciado, el ex presidente de los Estados Unidos, George Bush (padre), se vio obligado a pedir disculpas públicas ante la actriz Heather Lind, luego de difundirse imágenes en las cuales se observa cómo la manosea en un acto público. Las repetidas denuncias de los últimos meses actualizan el caso de una de las “estrellas” del cine y la televisión estadounidense, Bill Crosby, quien fue señalado por cinco decenas de mujeres por haber ejercido diferentes y sistemáticas formas de agresión sexual, desde psicológicas hasta violaciones, durante un lapso de casi tres décadas. El amparo público y el empequeñecimiento de la gravedad de los casos ha tenido en el propio presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, un aliado inestimable: años atrás, mientras fungía como presentador de un “reality show” televisivo denominado “The apprentice” se ufanó de la posibilidad de toquetear a cualquier mujer amparado en el poder que le confería su fama.

En nuestro país, uno de los gurúes periodísticos de la derecha vernácula, Ari Paluch, autor de varios volúmenes de “combustible espiritual” —best seller dedicado a brindar paz interior a sus lectorxs–, fue denunciado por diferentes compañeras de trabajo, tanto radiales como televisivas, por ejercer variadas formas de acoso laboral y abuso físico. Semanas atrás, el líder de la banda de rock “Salta La Banca”, Santiago Aysine, fue incriminado por diferentes jóvenes y adolescentes de haber consumado diferentes formas de agresión sexual. Semanas después de hacerse públicas estas imputaciones, el conductor radial Mario Pergolini procedió a ridiculizar a las denunciantes de Aysine, y asoció las divulgaciones de los abusos a innegables objetivos de auto promoción llevado a cabo por las víctimas. Paralelamente, la semana pasada se confirmó el procesamiento del cantante Gustavo Cordera y la elevación a juicio oral de su caso, por sus expresiones difundidas el 8 de agosto de 2016, en el marco de una charla ofrecida en una escuela de periodismo. En aquella ocasión el ex líder de la banda Bersuit Bergarabat aseveró que “hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo”.

La normalidad del abuso

Una de las respuestas internacionales organizadas por las mujeres para hacer visible la permanencia endémica de la violencia de género ha sido la organización en diferentes países, del movimiento “me too” (yo también), para empoderar a quienes han sido agredidas, acosadas y/o abusadas y puedan sentirse respaldadas a la hora de hacer pública la ofensa. Pese al clima impuesto que suele exigir discreción y moderación, para evitar la humillación el “me too” se ha convertido en la valiente consigna con la que se ha avalado la amplia difusión de una realidad padecida –básicamente— por millones de mujeres, adolescentes y niñas que no poseen las mínimas garantías para divulgar sus casos, ni los adecuados altoparlantes disponibles para hacerse eco de sus historias. El “me too” se ha instalado no solo como una invitación a superar las enrevesadas sanciones “morales” orientadas a silenciar las agresiones, sino también como un señalamiento al mundo masculino (inmensamente mayoritario) que continúa funcionando como garante activo, o pasivo –a veces incluso humorístico–, de esta estructura social, generadora de sufrimientos sociales extremados, múltiples y variados.

El acoso, el abuso y los ataques sexuales han sido parte constitutiva del sentido común masculino en su formato patriarcal. Una inmensa parte de los varones hemos sido educados en la ceguera de los efectos que produce el patriarcado, tanto en sus versiones simbólicas como materiales: las agresiones, las violaciones y los asesinatos de mujeres requieren, estructuralmente, de la preexistencia de un aval, de un “resguardo” cultural disponible para el ejercicio del sometimiento. “La maté porque era mía” incluye el sentido de la portabilidad el cuerpo del otro. Su posesión, su uso, utilización y descarte. El productor de Hollywood, el gerente con su secretaria, el novio celoso, el “pater familias” incluye la autopercepción de la jerarquía del vínculo. Esa “autorización” se instituye como una credencial disponible para la manipulación, el sometimiento y la brutalidad.

Sin remedio para el acoso

Ese “título de nobleza de género” que piensa a los niñxs, a las mujeres y a todo lo que no sea heterosexual masculino como objeto de vasallaje se localiza en varias dimensiones de la vida social, pero puede observarse con absoluta crudeza en el lenguaje, en la inferiorización, en el “piropo”, en la autoexclusión de las prácticas del cuidado, en el cuestionamiento (explícito y/o solapado) de la sexualidad femenina y en la diferenciación salarial. La misoginia expansiva o eufemnizada de los Weinstein, Paluch, Aysine, Perolini, Bush, Cordera y cientos de miles de verdugos anónimos, escondidos bajo los pliegues de una cultura patriarcal, exige la encarnación colectiva de un “me too” desde formatos más amplios. Exige nuevas tipologías de masculinidad, activas –e incluso beligerantes–, enfrenadas a la inercia, consentida y cobarde, con la que se insiste en humillar, minimizar, someter y dominar a la mitad del mundo. El patriarcado es una institución simbólica y material que “atraviesa” los géneros pero que no duda en jerarquizar prolijamente a sus víctimas, tanto en la gradación de su violencia como en la intensidad con la que actúa. Quienes pagan el costo más alto de la continuidad de su hegemonía –medida en términos de dolor social acumulado— son, curiosamente, todos aquellos que no son varones-heterosexuales.

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Jorge Elbaum

Periodista, sociólogo y Doctor en Ciencias Económicas. Además de escribir en este portal, colabora con el diario Página/12. Fue director de la Dirección de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) y actualmente es el titular del Llamamiento Argentino Judío.

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