Los quemadores de barbijos

Compartir

Todo lo que hace el Gobierno es juzgado como surgido de un grupo de «fanáticos expropiadores» que afectan la propiedad privada y la seguridad de la «gente común», asegura Horacio González en esta columna. Quemar barbijos en el Obelisco, como acto sacrificial, revela que el modo en que se trataba las herejías medievales está vigente. Pero no hay que distraerse viéndolos jugar. La propiedad privada no está en peligro, pero atentan contra el poder simbólico y real del Ejecutivo.

El gobierno está sometido a fuertes condicionamientos, que siguen un esquema simplista pero efectivo: todo lo que hace es juzgado como surgido de un grupo de fanáticos expropiadores que afectan la propiedad privada y la seguridad de la gente común. Este diseño operativo no precisó de mucho ingenio para elaborarse. Surge de la expandida red de medios de comunicación que no solo monopolizan audiencias sino una discursividad tendida con cables de alta tensión. Todo lo que hace el Gobierno les parece surgido de un Poder Bolchevique, siquiera filmado por la cámara de Eisentein. Utilizan énfasis diferentes y tortuosos, a diferencia de los que el gobierno emplea en sus comunicaciones, solo para distorsionarlas. Actúan como si gobernara Taras Bulba cuando cualquier visión basada en una casi perdida objetividad, concluirá que es un gobierno inspirado en un cauto republicanismo democrático. 

Los medios, que no son medios sino instrumentos finales de una conspiración a fuego lento, se mueven de manera macilenta en preguntas con sobreentendidos ya clavados como estaca en una opinión difusa, pero enervada. Entrevistan al Presidente con caras sobradoras y ante un hecho palmario de un evidente logro en el primer tramo de la negociación de la deuda, conceden irónicamente que “eso sí fue un gol”. El traslado al idioma futbolístico de un hecho que hace al sostén inmediato del gobierno, no significa una expresión de complicidad con un Presidente al que también le gusta el fútbol, sino una expresión desvalorizadora.

Para ellos el partido tiene muchos tiempos más y el campo les parece libre para seguir cometiendo infracciones a las que llaman defensa de la ley mientras los actos de gobierno, cuya esencia dialogal es indiscutible, son tomados como propios de un despotismo, un cesarismo o peor, un terrorismo epidémico. La observación irónica de Fernández respecto a que el gol había sido realizado hacía unos pocos días y no daban ni un respiro para festejarlo, tiene absoluta verosimilitud. Romper la pandemia se ha convertido en una bandera política.  No usar barbijo un desafío personal al Gobierno. Reunirse en Palermo Hollywood levantando una jarra de gin fizz y un ánfora de cerveza artesanal es un gol de media cancha -suponen-, contra la Casa Rosada. Con alegría rencorosa y la irresponsabilidad ensañada, levantan las hipótesis que una minoría activa de cuño milenarista de derecha, hace recorrer por el mundo. 

Vocean que la pandemia es un pretexto gubernamental para cercenar la vida libertaria y el virus un instrumento de control poblacional. Saben que con ese jueguito también preparan su gol. El gobierno no debe abstraerse viéndolos jugar -dámela a mí, tómala vos-, aquellos que se arman para defender lo que nadie amenaza, esos diputados que exigen “presencialidad” en las cámaras, cuando si fueran ellos los que gobernaran, la vida entera se volvería impresencial, solo virtual, solo remota, un largo, tedioso y mortífero zoom. No abstraerse, entonces viéndolos jugar. Juegan con las grandes entidades fantasmáticas de las derechas más lóbregas, aunque parecen apenas adolescentes en jolgorio en la calle Gorriti. Quemar barbijos en el Obelisco, como acto sacrificial, revela que el modo en que se trataba las herejías medievales está vigente, en el sector más necio de la población de la Ciudad. La pedagogía republicana en la que se empeña el gobierno ya no tiene efectos entre estos Savonarolas de la cerveza artesanal. 

Se divierten con la muerte, sacan a relucir su defensa amenazante de la propiedad, se acomodan auditivamente para escuchar cómo se quiebra en mil pedazos la misma posibilidad de establecer un ámbito de conversaciones donde no impera el flechazo envenenado, el fraude comunicacional, la risa siniestra de los que ven un triunfo personal en la estadística de contagiados y en la ruptura de la cadena sanitaria. De algún modo han resquebrajado la frase guía detrás de la cual nos encolumnamos, la preferencia por la vida. Y ahora pretenden sonsacarle al complejo ensamble gubernamental, la facultad de decidir de la manera más sensible la honda situación de los desamparados, de los ocupantes de tierras vacías. Esto sí es atentar contra la propiedad, en este caso, la propiedad simbólica y real del Poder Ejecutivo, esencial a este poder que debe aunar iniciativa y vibración social, para resolver un histórico problema, que junto a la cuestión de la salud colectiva, no hará más que agravarse si no se deciden medidas fundamentales en el más corto tiempo posible. La cuestión de la vivienda tiene la misma raíz que la palabra vida.

El neoliberalismo en default

No por estar sometidos a fuertes condicionamientos -como dijimos-, el gobierno debe trastabillar ante definiciones nítidas, que deben conducir disposiciones enérgicas ante tantas carencias -de medios económicos de vida y de reducción de los riesgos existenciales de vida. Por cierto, la cuestión de la ley está en juego ante las tomas de tierras. Pero la ley no es fría ni muda ni -permítaseme decirlo- ciega. Al menos en estos casos. Es oportuno aquí citar al gran jurista argentino Carlos Cossío: “Los sistemas interpretativos son un espíritu objetivo, inspirados en trozos de cultura histórica que traducen el clima espiritual de su tiempo y si bien la legalidad formal de la ciencia puede aspirar a ser un punto inmóvil en la historia, es indudable que su contenido des una historia en movimiento”. Ante la “historia en movimiento”, sorprende que hayan surgido voces en estamentos gubernamentales que excluían toda sensibilidad ante lo ocurrido, desde ya lo suficientemente complejo como para esquematizarlo en amenazas de represión, implícitas y notorias -pero oscuramente-, en los dichos de Berni, que por suerte no fueron asumidos por el gobierno. Ya que el presidente defiende la legalidad pero no como amenaza sino que la coloca a la par de una visión política reglada por la sensibilidad social. Pero la vacilación que se produjo en torno a este tema crucial, es incómoda además de sumamente vulnerable para la estabilidad social del gobierno. 

Es urgente que el tema de las tierras adquiera una nueva juridicidad que se exprese simultáneamente con medidas sociales más profundas, que supone movilizar terrenos fiscales, invertir en la compra de terrenos vacíos que deben ser censados nuevamente, desarrollar planes de vivienda imaginativos que repiensen la ciudad, para que no se convierta en un collage habitacional cuyo diseño sea otra forma de injusticia urbana o para que siga proliferando la habitabilidad precaria. Esta situación no es un problema de seguridad, como bien dijo la ministra Frederic, aunque después relativizó este enunciado fundamental, revelando así cuán espinosa es esta situación. Todos sabemos que en las movilizaciones más desesperadas, su núcleo fundamental -el que debe ser atendido- siempre puede estar rodeado de avispones, los punteros de siempre, los timadores de la desdicha ajena, unido todo esto a la impotencia de los funcionarios medios. 

Por eso el momento reclama extrema delicadeza y una gran decisión del Poder Ejecutivo Nacional, exigido en sus decisiones por la dimensión social e igualitaria en torno a la noción de lo justo que tienen los dilemas que golpean nuestros ojos. Todo esto es más importante que el horizonte de abstracciones sobre la propiedad privada en se mueven muchas instancias gubernativas. Nadie espera de este gobierno que la vulnere. Sí que piense en sus derivaciones sociales.

Situación de calle: la mitad de los testeos en paradores porteños dio positivo de coronavirus

Hay un plano social y urbano en la cuestión habitacional. Ahí se precisa un plan novedosísimo para el gran conglomerado urbano y conurbano, que lo pueda considerar en su alarmante diversidad y desigualdad, así como en su profunda heterogeneidad, que solo habla de cómo históricamente fue repartida tan agraviantemente la renta social y urbana. Hay otro plano precisamente histórico, que exige revisar dos historias: el examen crítico de cómo se fue configurando la habitabilidad y la cuestión laboral en las distintas franjas que rodean las disímiles ciudades en los alrededores de Buenos Aires. Las insípidas siglas AMBA y CABA encubren una consideración más aguda, de carácter conceptual, respecto a cómo se formaron los distintos modos de ocupación territorial, abarcando este reconocimiento varias décadas de historia. El Gobierno debe tener la historia de aliada pues las tecnologías y la imaginación política que se invoque para actuar en este terreno, se lo van a agradecer.

 

Asimismo, es mucho más complicado y de mayor espesura el evidente dilema territorial en el Sur. Allí es el estado Nacional, al intervenir para impedir que se reanime los rescoldos de la Campaña del Desierto, debe también abrir los libros de historia nacional. Son clases vivas de cómo se compuso una clase social permeable a los llamados de la obcecación política. Cuyo ingrediente es actualizar el último capítulo de una condena étnica a la que fueron sometidos los pueblos mapuches. Ahí la búsqueda de un equilibrio real debe ser más profunda, como si la memoria historia precisara, verdaderamente, el ejercicio de una “historia fracking”, o sea, de la evocación en profundidad de cómo se formó la nación. Porque como no se puede rehacer la historia de un modo solo imaginario o utópico, es necesaria otra actitud del Estado Nación ante las naciones culturales que poblaban de antiguo ese escenario imponente, cuestión que no pueden resolver ni la gendarmería, ni los jueces, ni los vecinos de la “Sud American Rifle”, ni los atentados sin destino. 

Un cuerpo de ideas que renueven la cuestión desde la máxima instancia gubernamental es lo que reclama allí. El Gobiernos está sometido a fuertes condicionamiento. El modo de saltar el cerco no es retraerse hacia los pensamientos que ya pensaron sus enemigos desestabilizadores, sino con el respaldo de iniciativas novedosas que surjan de la historia, del pensamiento crítico nacional y de las fuerzas sociales más sensatas, pero con una sensatez engalanada por su vocación de transformar este inquietante panorama. Es tiempo de conjurar lo aciago que se insinúa con un gran gesto colectivo y con un llamado que lo disponga y plasme.

Comentarios

Comentarios

Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 28/09/2020 - Todos los derechos reservados
Contacto