Lula, Dilma y el problema de la lapicera

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El pensamiento de Lula es en verdad sorprendente. Es un hombre práctico, le gusta llamarse “tornero mecánico”, pero su riguroso estudio de la situación mundial lo torna un intelectual habilitado. Horacio González hace una lectura del libro “Lula, la verdad vencerá” y analiza el vínculo con la ex presidenta Dilma Rousseff: el nombramiento como Ministro de Economía de un funcionario del partido opositor. La disconformidad de Lula. La política como creadora de pasiones.

El pensamiento de Lula es en verdad sorprendente.  No es poco lo que aquí se conoce de él, su larga trayectoria –empeñosa y cambiante– y su via crucis en los días previos a su prisión, sobre todo su gran discurso profetista, el misal del perseguido. La lectura del libro “Lula, la verdad vencerá”, que contiene una larga e inteligente entrevista[1], nos entrega ahora un testimonio de las raras cualidades que tiene el pensar de Lula, y las inevitables reflexiones a las que induce.

La parte quizás más impresionante de su rememoración, se refiere al momento en que acaba el mandato de Dilma y en las filas del PT surge la obvia cuestión de la continuidad por parte de Lula. El mismo Lula no lo descarta. El problema es conocido, en nuestro país muchos lo conocen como el problema de la lapicera. “Quién la tiene”. Militantes elitistas de todo el Brasil reclamaban una decisión de Lula ­­–fui testigo de ello pues en ese momento asistía a una reunión en el Instituto Lula donde se vivía ese clima–, pero ésta nunca se produjo. El libro lo explica. Es que Dilma nada dijo; estaba en su voluntad el segundo mandato, y esa zona ambigua respecto a si le correspondía a ella, la indicada de Lula, o a éste, que la había indicado, se había resuelto de una manera simple. No sabríamos decir si esta situación se hubiera dado del mismo modo en cualquier otro lugar. Preguntado por los agudo periodistas que lo entrevistan, Lula solo contesta. “Dilma no me dijo nada”.

Hay en Lula un conjunto de reglas sutiles, que las llamaríamos “políticas complejas de la amistad” que rigen aun en pleno Palacio de la Alborada. Sus relatos tienen un gracejo particular, un estilo de chanza que tiende a la confraternidad y a la cultura de la visita –de remotos orígenes campesinos, que con complejos rituales, subsiste en las Casas Gubernativas. Reacio a las ceremonias de estado, las asume con resignada ironía y la hace parte de sus prácticas narrativas, como un aficionado entusiasta y bien preparado para la chacota de alto vuelo. Sus ocurrencias son festivas y a la vez pedagógicas. Es un hombre práctico, le gusta llamarse “tornero mecánico”, pero su riguroso estudio de la situación mundial lo torna un intelectual habilitado por entero. Su llaneza sale de adentro de las capas de pensamiento más soterradas.

El sucesor

En la situación creada con Dilma, en medio del acoso de los ministros que ella ha nombrado y le aconsejan un mayor alejamiento de Lula, éste relata la situación como un erudito en cuestiones dramáticas generadas por el poder, aunque tratadas con distanciamiento de un perito en el corazón humano. No esperaba lo que iba a ocurrir, pero lo acepto sin dejar que la distancia producida lo prive de dar consejos, arriesgar opiniones, como uno más que no es uno más. Dilma no le informa que iba a nombrar ministro de economía justamente al que era el candidato a serlo si triunfaba el candidato antagonista del PT.

Lógicamente, era una forma de protegerse, y de proteger al gobierno ante el acoso que ya arreciaba, pero la opción para hacerlo era tomar como ayuda una pieza del elenco del enemigo. Lula se muestra disconforme, pero sus reflexiones son calmas, no justificadoras pero comprensivas. El que gobierna no es él, pero no se priva de entregar una gran semblanza de Dilma, sus arranques de impaciencia en la campaña, cita al ministro Palocci que le dice “Dilma de toda discusión hace un libro”, y no sin jocosidad Lula remata. “Es un perfeccionismo técnico que debe tener desde la época de estudiante”. ¿Qué significan estas observaciones? Están hechas poco tiempo antes de marchar hacia la prisión de Curitiba, y Dilma es hoy una de las promotoras de la Campaña internacional por la libertad de Lula. Es que estamos ante un juicio y valoración de la política en tanto creadora de pasiones forjadas sobre las antecedencias de actitudes profesionales y las astillas secretas que cargamos de todo los que son nuestras liturgias interiores. Disposiciones que se miden ante las tentaciones, las autoevaluaciones, las opciones ante encrucijadas diversas. Ante ello, el juicio político cede su lugar a la “observación de los hombres”, la “lectura de las conciencias humanas”. Alguna vez, Darcy Ribeyro, el gran antropólogo que había sido ministro de cultura de Brizola, había dicho: “Brizola no lee libros, lee hombres”. La frase suena demagógica. Pero si le extraemos su jugo dulzón de desdén anti intelectual, revela el remoto contacto de la política con la premonición, la tranquila sapiencia del líder que nunca expresa su fuerza sino como una forma de la timidez o la distracción o la suspensión voluntaria del deseo de ordenar o normalizar. No obstante, toma nota silenciosamente, no para fulminar a posteriori, sino para analizar también en sus deseos profundos.

Otra observación es cómo debe y cuándo debe hablar el presidente en una reunión de ministros o de cualquier otra índole. Presencié alguna vez como Lula toma nota en largas reuniones y luego cita y sopesa todo o casi todo lo escuchado. Habla después, no antes, pues no debe condicionar a los presentes, que se deben expresar como si el “primus inter pares” estuviera ausente. ¿De dónde salen estas intuiciones? Muchos manuales de estrategias la recomiendan. El manual de “Conducción” de Perón contiene, aunque bajo la forma de enunciados fijos y axiomas terminantes, muchas de estas apreciaciones sobre la tensión política que Lula sintetiza con soltura, chispa y vasto anecdotario. Lo mismo la cauta teoría sobre el “discurso leído”. ¿Quién lo hace? Un asesor; es un trabajo, o un grupo de técnicos de algún gabinete. Estudian, compilan, buscan frases adecuadas o restallantes. A veces interviene Marco Aurelio. Ya es otra cosa, era un asesor calificado, su agudeza no era igualada por nadie más de los allegados de Lula. (Muchos en la Argentina lo hemos conocido, ha fallecido hace poco, era un analista político profundo, cada tensión del presente la remitía a sus antecedentes históricos, y su tarea era silenciosa y abrumadoramente convincente). Pero luego de respetar el trabajo de los otros, ya que le incomoda leer lo escrito por sus colaboradores (lo mismo Kirchner), comienza entonces con sus improvisaciones, cribadas de efectos vivaces y de reflexiones profundas aun bajo un modo de decir anecdótico.

El libro contiene la perspectiva de una gran discusión que aquí apenas resumiremos. Es conocida la posición de Lula respecto a que lo que incomodó al régimen (de alguna manera hay que llamarlo; los grandes medios financieros y comunicacionales, dados de la mano, etc.), es su política reformista; dos platos de comida caliente por día para 50 millones de personas, poder viajar en avión las empleadas domésticas, etc. En lo demás, también lo remarcó varias veces Dilma en Buenos Aires, el Estado brasilero en posesión de tres grandes Bancos cada uno con funciones distintas, Petrobras, el submarino nuclear, el etanol como energía no contaminante, el litio, el petróleo en aguas profundas, a punto de poder ser extraído masivamente, las relaciones interraciales, BRICs mediante, la desideologización de las relaciones internacionales pero con simpatía hacia la latinoamericanización de Brasil, el presidente “sin títulos” que fundó más universidades (a propósito, muy buena su broma sobre su doctorado honoris causa en el Escuela de Ciencias Políticas de París, título que su rival Cardoso no posee).

El contragolpe de Lula

Otras intervenciones fundamentales lo llevan a reflexionar sobre los medios de comunicación, cuya campaña agresiva nada tenía que envidiarle, en materia de furia contra Lula, a la desplegada aquí contra Cristina, pero Lula solo avanza en la posibilidad de crear alternativas propias que no toquen el poder más concentrado. Al mismo tiempo, no dejan de tener gran interés sus opiniones sobre Vargas. El PT se origina con el proletariado nuevo de las automotrices. Critica las leyes de “Consolidación del trabajo” del varguismo, evidentemente inspiradas en la Carta del Lavoro de Mussolini. Pero en algún momento –y hay que recordar que Dilma provenía del sector gaúcho del partido de Brizola, con el que Lula hace una tardía alianza–, se realiza un contra-balance. Ahora se lo lee a Lula a este respecto, y dice que aunque de origen discutible, esas leyes tenían aspectos progresistas para un país de tanta desprotección social como era el Brasil de los años 30, con lo cual establece continuidades, tuerce rumbos interpretativos y produce una extraña apelación o exigencia de nuevas estimaciones: fue derrocado por fuerzas oscuras que subyacen en una sociedad con altos niveles de precariedad en cuanto de horizontes financieros tecnológicos e industriales. ¿Por qué? Evidentemente, el desarrollismo, la modernización, la elevación de las existencias golpeadas y precarizadas –las alianzas con un sector de lo que llamaríamos “burguesía industrial”, de alguna manera encarnada por el vicepresidente de Lula–, podían ser entidades conceptuales convivientes con los poderes subterráneos, financieros y las arcaicas derechas. Dilma, al nombrar al ministro de economía neoliberal también lo intuyó, a su manera, pero era un punto al que Lula no quería llegar. Tanto no; alianzas con burguesías y poderes tradicionales sí, pero con un punto de captación o irradiación propio. Dilma ponía en peligro ese punto.

Queda la posibilidad, desde luego no desdeñable, que haya profundas razones culturales en el evento golpista. Que el ascenso social palpable y masivo molestara a las elites archi-financieras globalizadas, que –como dijo aquí Dilma– evocan siempre las raíces esclavistas perpetuadas en sus propias conciencias de clase. “La esclavitud se abolió apenas medio siglo antes de que yo naciera”, dijo. Debe ser esa la convicción de buena parte del PT. No hay motivos rotundos para negar este drástico pensamiento. En un sentido que podríamos llamar de larga duración histórica, en todo lugar siempre hay sustratos que reiteran viejos cuños de servidumbre y esclavitud que provienen de tiempos remotos y se reproducen bajo nuevas formas incluso en el marco de sociedades donde las tecnologías comunicacionales consagran el triunfo de “emprendedorismo”, lo que muchas veces es el modo último de la sumisión, aunque lleve el nombre opuesto. No obstante, en esas décadas a las que se refiere Dilma, no se puede decir que no hubiera movimientos de todo tipo –es cierto que no de gran masividad–, que operan como dúctil desmentida de la supervivencia del esclavismo. Por cierto, no del racismo encubierto.

En los años 60 la izquierda más drástica –a la que Dilma perteneció–, no dejó tan débiles huellas de su paso, y los movimientos milenaristas brasileños, aunque no son organizaciones convencionales, mostraron signos evidentes de insumisión. Esclavitudes de nuevo tipo, basadas en complejas tomas de yudo sobre la conciencia colectiva, hay en todo el mundo.

Es cierto, en tanto, que el estilo de Lula, ya abandonada su primera expresión confrontativa, de cuando era el gran agitador en los estadios repletos de obreros, se parece al denostado “homem cordial”, personaje central de la ensayística del Brasil en los años 30. Las izquierdas denostaron esta construcción psicológica y social de un ciudadano apocado que refugiaba su poquedad en su hospitalidad. La figura puede ser irreal. Pero Lula acabó dándole fuerza social y tomando el papel de constructor nacional de la igualdad social. Hasta declaró el “Brasil potencia”. La gran burguesía brasileña, racista o no racista, no pudo tolerarlo, y ahora pedir la libertad de este hombre singular en sus maneras refinadas profundamente tiznadas de pueblo, es un acto de radicalidad política extraordinario.

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[1] Realizada por Ivana Jinkins, Gilberto Maringoni, Juca Kfouri y María Inés Nassif.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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