Mandela y los gerentes de Ford

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Nuestro establishment suele poner como ejemplos virtuosos a las transiciones democráticas de Chile, España y Sudáfrica. Y destacan la figura de Nelson Mandela –el ídolo de nuestro presidente–. Pero la única razón del entusiasmo generado por el líder sudafricano es que aceptó no revisar el pasado de la dictadura que lo encarceló.

Al colapsar la última dictadura cívico militar el establishment que la apoyó dio una pirueta en el aire y proclamó su ignorancia sobre ese terrorismo de Estado que le permitió enriquecerse. Los juicios a las Juntas lanzados por Raúl Alfonsín obviaron la parte civil que aportó los recursos y los contactos internacionales sin los cuales nuestros matamoros en uniforme no hubiesen sobrevivido más allá de su primera proclama marcial. La frágil democracia renaciente necesitaba el apoyo de los grandes empresarios y enjuiciar a la parte instrumental de la dictadura, los militares, parecía ser suficiente desafío. Los vaivenes posteriores –que impusieron al poder político la Obediencia Debida y el Punto Final y, luego, los indultos– demostraron que probablemente lo fuera.

Esta semana, “el Tribunal Oral Federal 1 de San Martín condenó a los ex directivos de la multinacional Ford Pedro Müller y Héctor Sibila por el secuestro y las torturas de trabajadores de la planta de General Pacheco, durante la última dictadura cívico militar. Müller”. Es la primera vez que la Justicia argentina condena a ex gerentes de una multinacional por su participación directa en los crímenes de la dictadura.

Nuestro establishment suele poner como ejemplos virtuosos a las transiciones democráticas de Chile, España y Sudáfrica. En este último caso su entusiasmo lo lleva incluso a canonizar a Nelson Mandela, el ídolo de nuestro presidente, y convertirlo en un ser de luz junto a la Madre Teresa de Calcuta, Gandhi o Paulo Coelho.

Una Corte genocida friendly

Puede parecer extraño que Mauricio Macri y algunos de nuestros grandes empresarios pongan como ejemplo a un ex preso político partidario de la lucha armada como Mandela. En realidad la pasión que genera el ex presidente sudafricano poco tiene que ver con las banalidades de autoayuda que sus admiradores corporativos suelen invocar, referidas a la necesidad de superar antiguos enconos y avanzar juntos contra la adversidad. La única razón del entusiasmo generado por Mandela es que aceptó no revisar el pasado de la dictadura que lo encarceló.

Los empresarios que vieron sus patrimonios agigantarse gracias a los matones uniformados que desde el Estado eliminaron a militantes, sindicalistas e incluso competidores piden “dejar de mirar hacia atrás” y concentrarse en un futuro venturoso “para todos”. Esa es también, entre otras, la razón de la furia tenaz que nuestro establishment le profesa al kirchnerismo, culpable a sus ojos de haber abierto la Caja de Pandora.

La pasión por Mandela no es de autoayuda, es de autoprotección.

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