Mujeres sin corset

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Aprendimos que el amor era sufrimiento y sólo otro nos completaba. Lo vimos infinitas veces en la pantalla del cine o la TV. Pero juntas descubrimos que el amor romántico es histórico, es político. Tiene un momento fundacional. No es natural aunque todavía es hegemónico. Desde la Revolución de las Viejas, queremos habitar la vejez con mucha más felicidad con que habitamos la juventud. Ya no nos engañamos con amores románticos. 

Durante muchos años, en mis clases de Teoría Sociológica, sin mediar introducción, preguntaba a les estudiantes: ¿por qué se casan las personas? Sorprendidos, se miraban entre elles, evaluando qué había de engañoso en la pregunta y se encogían de hombros indicando que la respuesta era casi una obviedad, sin embargo, no respondían; así que muchas veces, yo debía insistir y hasta arengar: Vamos, vamos, ¿por qué se casan las personas? Hasta que siempre una mujer, se animaba y titubeando decía medio bajito: por amor. Una vez dicho, todes afirmaban con convicción: ¡por qué otro motivo se pueden casar las personas sino es por amor!

Se armaban unos debates hermosos. A veces los extraño. ¡Estaba tan naturalizada la idea del amor romántico! Para mí, era un ejercicio sociológico desafiante tratar de deconstruir esa supuesta naturalidad que se presentaba casi como un proceso biológico.

Lo que trabajábamos era reconocer que, por supuesto, el amor es un sentimiento real e innegable, una emoción que forma parte de nuestro ser desde el momento en que nacemos, pero que la forma de expresarlo, de demostrarlo y hasta de sentirlo y compartirlo es una construcción sociocultural y como tal, adopta una determinada forma que se convierte en hegemónica y se internaliza. Por ello la percibimos como “única y natural”.

Por eso amor no es lo mismo que amor romántico. El amor romántico es histórico, es político. Tiene un momento fundacional. No es natural aunque todavía es hegemónico. Mi insistencia era que pudiéramos reflexionar sobre estas ideas. La sorpresa venía de la mano de la resistencia, porque la deconstrucción devela y desvela, derrumba imaginarios sobre los que organizamos nuestra vida y nuestra cultura.

Pensemos que el origen del amor romántico se puede ubicar históricamente entre el Renacimiento y la Modernidad, cuando coagulan en un mismo espacio institucional el matrimonio, la sexualidad y el amor. Todo esto sucedía antes, pero por vías independientes.

El matrimonio tal como lo conocemos ahora es una institución relativamente nueva. Durante gran parte de la historia, su sentido de existencia tuvo que ver con responder a necesidades del grupo familiar amplio que buscaba acrecentar o acumular recursos, o forjar vínculos políticos, o incrementar su propiedad privada. No había historias de amor en los acuerdos matrimoniales, ni en las clases acomodadas ni en las bajas. Esto no significaba que luego del matrimonio, los cónyuges pudieran enamorarse, pero era solo una posible circunstancia.

Stephanie Coontz (1) es contundente cuando plantea que “durante siglos el matrimonio cumplió muchas de las funciones que hoy cumplen los mercados y los gobiernos. Organizaba la producción y distribución de los bienes y las personas. Establecía alianzas políticas, económicas y militares. Coordinaba la división del trabajo por género y por edad. Determinaba los derechos y las obligaciones personales de las personas en las más diversas esferas, desde las relaciones sexuales a los derechos sucesorios de la propiedad.”

Claramente, la felicidad no era un objetivo del matrimonio, monarquía en miniatura donde el esposo era el rey.

Cuando los vientos de las revoluciones barrieron con las instituciones políticas europeas, algo parecido pasó con las civiles y así fue que la sociedad burguesa y el Estado Moderno convierten al matrimonio, no sin resistencias conservadoras, en una unión civil basada en una fantasía de igualdad entre el varón y la mujer. Cierto fue que el orden matrimonial se comienza a basar en el amor y en la libre elección de los cónyuges, no obstante, subsiste otro basamento más duro de roer que sigue sosteniendo estereotipos y roles y que, paradójicamente los profundiza y consolida. Si, el Patriarcado, sistema que resiste cuanto modelo de acumulación aparece, hasta ahora.

Es justamente por el sistema patriarcal que siempre que hablamos de amor romántico, lo hacemos en el marco de relaciones amorosas heterosexuales y monógamas y cuando hablamos de estereotipos y roles nos referimos a relaciones de poder en las que el varón ejerce dominación sobre la mujer por el solo hecho de ser varón. Dice Bourdieu (2): “la fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación”.

En esa relación de fuerza la mujer está en una situación de absoluta subordinación consolidada a base de fortalecer una serie de estereotipos limitantes y denigrantes que la infravaloran: como la mujer es muy delicada las emociones no le permiten pensar bien. Su función principal es la maternidad, eso la completa. Las tareas de cuidado se le dan naturalmente. Su espacio es lo privado, lo doméstico y para ello se la domestica.

Por supuesto que el varón también debe responder a estereotipos y roles: el macho es heterosexual, blanco y propietario. Debe ser fuerte, no expresar sus sentimientos, tiene libertad sexual y es quien debe salir a la calle “a pelearla” por la familia, además de ser el que más temprano que tarde toma las decisiones. Su rol es productivo y su espacio es el público.

Esta forma de dominación la tenemos internalizada porque hemos sido formados y formadas bajo estas consignas, bajo estos mandatos que, sin pausa, cruzaron puentes generacionales dejando huellas. Pero además han sido sostenidos por la cultura que ha utilizado para amparar los estereotipos patriarcales mecanismos tales como la educación y las expresiones artísticas. A ellas nos referiremos.

La marea plateada: “Queremos decidir cómo envejecer”

De la mujer maravilla a las Mujeres sin Corset

Las industrias culturales reproducen los mitos y estereotipos del amor romántico. Cuando éramos niñas en las películas veíamos al varón valiente dando hasta la vida por la joven bonita y débil que, escapando del malhechor siempre caía y quedaba renga para que el varón fuerte la llevara en andas. Era literalmente, tan bella como tonta.

Los sábados a la tarde muchas veíamos las películas de Doris Day y Rock Hudson, ella tan rubia, tan prolija, tan domestica(da). El tan varonil, tan amoroso, tan fiel. La familia perfecta.

Desde niñas las mujeres éramos preparadas para desarrollar ese papel protagónico: los cuentos de princesas, los juguetes que nos asignaban, las materias especiales en la escuela primaria. Las que tenemos más de 50 sino tuvimos “Labores” tuvimos “Corte y Confección”. En general, sólo las hijas mujeres colaborábamos con nuestras madres en las tareas del hogar. El hijo a lo sumo “ayudaba” haciendo algún “mandado”. Aprendíamos a ser la mujer maravilla pero adentro de la casa, sin avión invisible ni lazo dorado.

Las abuelas y las madres miraban por las tardes las telenovelas que nos fueron enseñando como sufrir por amor, porque sin sufrimiento no había amor verdadero, aunque valía la pena porque el final siempre era feliz. ¡Cómo no creerlo! ¡Estábamos rodeadas!

Las dictaduras colaboraron para que el silencio simulara bienestar doméstico en esas niñas que éramos, y si algo nos “hacía ruido” lo callábamos, así que los rumores los fuimos internalizando hasta que llegaron los 80 y con ellos la democracia. En mi caso, que tuve la dicha de ir a la universidad, fue donde se me partió la cabeza, cuando las lecturas me liberaron de dudas, cuando entendí que en el amor no necesariamente había que sufrir, que soy una naranja entera y que la monarquía romántica abdicó hace siglos. Fue leyendo que supe que las tareas de cuidado deben ser compartidas y que la maternidad no es un instinto y que se puede ser profesional y tener una familia al mismo tiempo.

Ni qué decir cuando leí a las feministas de todas las olas y cuando tuve el inmenso placer de tener de docente a Dorita Barrancos, a partir de ella ya no tuve retorno.

La lucha fue cambiando de colores hasta que se puso verde y nos organizamos para pedir por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito.

Ahora el color militante es plateado porque en La Revolución de las Viejas, luchamos por las mismas cosas que a principios de los 80 pero con mayor especificidad. Queremos habitar la vejez con mucha más felicidad con que habitamos la juventud. No queremos que nos encierren, ya no nos engañamos con amores románticos, no somos parte de nadie, somos nosotras mismas. Muchas estamos acompañadas, otras quieren estarlo y otras están bien en su sola compañía.

Y así como durante años trabajé en la universidad el tema del amor romántico, ahora, en la grupa Mujeres sin Corset de LRDLV, jugamos con las mujeres a hurgar en nuestra historia de vida para encontrar aquellas expresiones artísticas que nos atravesaron el cuerpo y el alma debido a la naturalización del amor romántico.

Nos atrevimos a realizar microvideos en los que compartimos experiencias de infancia y adolescencia: pusimos patas para arriba a las telenovelas que veíamos en los 70, sin dejar de cantar los boleros que escuchábamos pensamos en sus letras. Incluso nos sorprendimos con muchas letras de rock de los 80 tan machistas como tantos tangos. Recitamos la poesía Alfonsina Storni y de Neruda. También nos dimos tiempo para debatir algunas series donde el amor se vuelve obsesivo y enfermo.

En fin, nos animamos a ser nosotras, a expresarnos críticamente desde el arte. Y el sábado 19 de septiembre las Mujeres sin Corset organizamos un encuentro por Zoom donde toda la RDLV está invitada a debatir sobre los mitos del amor romántico, nos va a acompañar la compañera de Mar del Plata Marcela Gaspari, que es quien nos inspiró para trabajar este tema.

Y luego de este tema, seguirán otros porque si bien son tiempos difíciles para nosotras, mujeres grandes que peinamos canas, necesitamos hacer esta revolución, la deseamos. Somos una marea plateada que quiere vivir feliz viendo derrotado al patriarcado y porque no, construyendo nuevas formas de amor.

Notas

(1) Coontz, Stephanie (2006). Historia del matrimonio. Cómo el amor conquistó el matrimonio. Gedisa Editorial. España

(2) Bourdieu, Pierre (1999). La dominación masculina. Anagrama. Buenos Aires

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