¡No nos toquen!

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Un análisis profundo del vínculo entre peronismo y gran capital de Horacio González. Desde la ley de aporte solidario extraordinario votada en el Congreso bajo la batuta de Alberto Fernández hasta aquel discurso de Juan Domingo Perón de 1944 en la Bolsa de Comercio. El 0,02 de aporte solidario y la negación de los empresarios y sus voceros a todos los argumentos.

La clase empresarial argentina está dando un espectáculo de obcecación y escarnio que, aun conociendo su historia, provoca un renovado asombro. Los diputados que propusieron la ley de contribución voluntaria y única hicieron todo lo posible por explicar que la incidencia de esa carga se reduce a una significación mínima, intrascendente para ellos. Abundaron todos los argumentos de sentido común que puedan imaginarse, desde la bondad que todo ser humano debería exhibir ante los más necesitados, hasta las garantías exuberantes que se les ofrecería de que ese mendrugo imperceptible nunca podría ir más alá que ese aporte microscópico. No obstante, los representantes parlamentarios de los empresarios intentaban teorizar sobre la maldición de estos planes que arañaban tan liviana y respetuosamente a la minoría más acaudalada del país. Inventaron sospechas, infamias, conspiraciones contra los intocables.  “¿No es que ustedes cantan Combatiendo al Capital?”, dijo un parlamentario derrochando ideas. ¡Prueba concluyente! Esta literalidad intensa la dirigían hacia los diputados y diputadas del frente de “la contribución por esta única vez”. Veamos por qué el argumento es reemplazado por la chicana y por qué aparecen dificultades para explicar claramente el sentido de esa irreprochable medida gubernamental.

El peronismo, en efecto, tiene esa estrofa en su marcha tradicional. Sería interesante observar cómo fue interpretada esa frase a lo largo de la historia de su historia. Su origen no es posible determinarlo claramente, pero los orígenes del peronismo contienen sin duda un clima adverso al capitalismo, con expresiones genéricas que son fácil escuchar en los discursos de Perón en 1944, junto a las reivindicaciones directas y más explícitas sobre las condiciones de vida de peones y trabajadores urbanos, con el añadido del enfrentamiento con el imperialismo norteamericano. El peronismo tiene varios planos, no hay nadie que no sepa esto, y combatir el capital fue siempre una suerte de imposición lejana que pesaba en el espíritu público sobre todo en la cabeza de los grandes empresarios de entonces. ¿Pensaban que cada cantor partidario traía un pliego de expropiación bajo el brazo? No, ese pequeño crujido que se escuchaba en la marcha no se pensaba cumplir acabadamente pero tampoco se lo pensaba sacar. Era un resorte auditivo de fondo. Un rumor para acompañar cualquier charla.

Desde luego, no es este el lugar para hacer la historia de la relación entre empresas y peronismo, pero es recordable el discurso de Perón en la Bolsa de Comercio en 1944, que dice no traer escrito para evitar la rigidez que da la lectura de un documento preparado y garantizar la mayor franqueza en el diálogo con los empresarios allí reunidos. Los convoca a comprender y a evitar el conflicto social, condena las ideologías que llevaron a la guerra mundial que está por terminar, y propone un acuerdo social entre capital y trabajo. Desmiente ser enemigo del capital y declara que su amistad con el movimiento obrero tiene el único sentido de construir sociedades organizadas, donde la representación social evite el desgarramiento con el que se expresan menos los obreros que los “agentes exteriores a la vida obrera que la agitan sin sentido”. Y si debemos proponer un núcleo de este importante discurso -tan criticado como juzgado de ocasión para tranquilizar al sector de la gran propiedad que ya había protestado por el hecho de que la CGT tuviera un espacio oficial en la Secretaría de Trajo y Previsión-, propone Perón un remedio para la situación. “Este remedio es suprimir las causas de la agitación: la injusticia social. Es necesario dar a los obreros lo que éstos merecen por su trabajo y lo que necesitan para vivir dignamente, a lo que ningún hombre de buenos sentimientos puede oponerse, pasando a ser este más un problema humano y cristiano que legal. Es necesario saber dar un 30 por ciento a tiempo que perder todo a posteriori”. Para muchos este discurso de Perón, un obrerista, fue obra de su astucia para no malquistarse tempranamente con los empresarios. Para otros, obviamente, les hablaba a sus pares de clase para que no le impidiesen hacer lo que a ellos mismos, sabiéndolo o no, realmente les convenía. De todas maneras, la apelación, aunque tiene mucha tela interna, es de carácter moral.

Aquellos empresarios de ferrocarriles, teléfonos, electricidad, grandes comerciantes, exportadores de granos, ruralistas encumbrados, debieron sorprenderse. Se los ponía en la encrucijada con una exposición geopolítica, donde Perón cita al “doctor Joaquín V. González” a quien elogia por su ley de trabajo en 1903, pero dice que él, el coronel, procederá de forma distinta. Formando paritarias ya, presididas por él mismo, antes que diagramar excelentes planes de agremiación y concordia laboral-empresarial, que quedan en el papel. Aunque el tono general no era amenazante y en todo momento habla en nombre del Estado como garante de equilibrio, la paz, la negociación social y el no conflicto, no se podía dejar de percibir un ejercicio no tan sutil de prisiones, pagadas al precio de denostar a los militantes de experiencia probada, y vinculados a los partidos de izquierda del momento. Durante el gobierno de Perón hubo una tendencia nacionalizadora y otra de creación de empresas mixtas. Lo primero ocurrió con los ferrocarriles, lo segundo con la telefonía. Se crean empresas estatales de transporte aéreo y marítimo, también de colectivos urbanos. Una sigla familiar para todos los argentinos, Somisa, es creada como empresa mixta por el gobierno de Perón. Décadas después, va a engrosar los bienes de Techint

 Las turbulentas incidencias de la historia argentina también tocan de cerca a la fábrica de automóviles y Locomotoras Di Tella. Dije la historia; la historia y la economía de ese período también hicieron que derrocado el peronismo los restos de Siam Di Tella formaran parte de Techint. La empresa Di Tella había sido fundada mucho antes por un avizor inmigrante italiano que comenzó fabricando máquinas para amasar pan, y en pleno peronismo terminó fabricando todos los artefactos domésticos, heladeras lavarropas, ya en uso por la creciente y fortificada clase media, y los asalariados que al avanzar el ciclo expansivo pasan a experimentar los ramalazos de la vida más protegida o confortable. A pesar de que se producía cuellos de moleta con las crisis de las exportaciones y el pedido del gobierno de “mayor productividad”. Era otro profundo intento de acuerdo empresarial sindical, ya con en joven Gelbard en el medio, para permitir entrada de empresas multinacionales en el área petrolífera y automovilística, y lograr términos de autocontención salarial, que no todos en la CGT oficial vieron con simpatía. Siam empieza a tambalear, aunque había tenido el éxito notable de su Siamlambretta, también llamada Pochoneta -por el modo en que el gobierno la estimuló como trasporte masivo, ejemplarizado por la fastuosa salida de la residencia presidencial de la propio Perón, con su gorrito, encabezando la legión de motonetas nacionales -modelo italiano-, elaborando así la idea de una industria pujante al alcance de todos, del Presidente para abajo. 

Milcíades Peña la llamó el imperio indigente de la industria liviana, en donde se detuvo el peronismo. Pero Di Tella había fabricado los grandes ventiladores de los Altos Hornos Zapla, antes de tener que aceptar por la crisis del último año del peronismo, un acuerdo con la Kaiser, que ya instalada en el país, trazaba las nuevas líneas de la fabricación de automóviles, cambiando todos los nombres de los que Di Tella ya había fabricado con el mismo modelo. A la Pick Up «Argenta» se la rebautizaba como «Riley», y la «Rural» adquiere el imaginativo nombre de “Traveller». Aunque Kaiser fabricó la Estanciera desde 1967. Una historia estrictamente argentina, la cuerda tendida siempre tensa y tornasolada del peronismo y el sindicalismo en la Córdoba de los años 60.

El peronismo deja muchos y vivos rastros en la historia argentina. Desde aquel discurso de la Bolsa -donde a los hombre de la institución Perón les lace el chiste de “el hombre de la bolsa”, falsa manera de ajustar a los niños que él no quería que los hombres de la bolsa utilizaran con la Secretaria laboral que dirigía-,  hasta la actual situación donde la concentración empresaria ha sido reconstituida a la luz de una fuerte relativización o disminución del poder del estado y una no menos enérgica tesis de la innecesaridad de un tejido nacional auto sustentado. De allí salen decisiones, símbolos y memorias referidas a un colectivo social, actuante en una compleja historia común, que son caudales en los que los acaudalados no creen. 

Todos conocemos la versatilidad del peronismo, que aquel que le dio nombre explicaba con una idea del conocimiento del anhelo de “medida y armonía” que se abrigaba en la conciencia de hombres y mujeres. La historia real, siempre menos armoniosa, fue bastante más reacia a estas previsiones para garantizar el equilibrio a través de la organización y la organización a través de la justicia. Perón les promete a los bolsistas no tocar el capital, pero les dice que tienen que conceder el 30 por ciento para no perderlo todo, en caso de catástrofe mundial o nacional. Al mismo tiempo, la vida popular movilizada bajo las bandearas del peronismo canta “combatiendo al capital”. ¿Qué clase de contradicción sería esta? Lo que se canta es un deseo que no se pone en práctica. Lo que se le dice a los empresarios atañe a un ideal de Estado con empresas propias y empresas mixtas, que no descarta al mercado pero controla exportaciones, que hace social a la propiedad pero respeta la propiedad privada y que tiene en su credo máximo una distribución justa de la renta nacional -recordemos, la justicia es la base de la armonía social-,con lo que pone condiciones perfectamente viables para que el capitalismo funcione bajo otra consigna utópica que no se canta en los actos, pero está escrita y se lee en la “comunidad organizada”.

El capitalismo volátil de Techint y Mercado Libre

El debate parlamentario sobre el aporte extraordinario a las ganancias extraordinarias, visto a la luz de esta historia, arroja un resultado desolador. Empresas como Techint y Mercado Libre se sienten más abstractas, etéreas, propias del capitalismo volátil y desarraigado que de cualquier fundamento en alguna sociedad histórica, un diario que nació del impulso de un diputado provincial del partido de Manuel Fresco, que en 70 años. tiene la misma edad que el peronismo-, se convirtió en una empresa tele-comunicacional que fabrica noticias como quien fabricada caños sin sutura. A la vez, toda la gran prensa mundial convertida en agente monopólico de flujos comunicaciones fue autora, consumidora, víctima y victimaria de la teoría que lo que llamamos realidad es un difuso hervidero de conversaciones sin sentido, que desean deglutir símbolos que confirmen que toda historia se ha vaciado, que toda vida vive lo que una investigación previa le ha determinado desde un asentamiento infinito de datos. Siete décadas antes Perón les había dicho que él no era el hombre de la bolsa que venía a arruinarles las ultra-utilidades. Debían ceder un poco. Quizás sin comprender del todo bien lo que hacen, los empresarios de hoy, que no habían nacido en aquel entonces o que sus familias no estaban en la Argentina, encarnan ahora ese cuento infantil medieval para inmovilizar a un gobierno, a una sociedad.

Es evidente que el mundo empresarial se ha vinculado al árbol de oro de las finanzas -que no por virtuales dejan de resplandecer con su oculto fulgor de trastiendas-, y aunque sigue habiendo hierros, grúas, barcos, aviones, los movimientos reales del valor de cambio son totalmente inmateriales y tienen más volatilidad que el lenguaje, para jugar con serpenteantes auditorías, enunciados jurídicos a medida y propiedades simbolizadas por sagradas tranqueras que el policía y el juez del lugar celosamente resguardan. En el caso del empresariado del período anterior, un Di Tella pudo concebirse desde la inventiva para fabricar amasadoras de panadería hasta tener una fábrica con diez mil trabajadores. Había un capitalismo que no había perdido territorialidad y noción del mercado interno. Escuchó cantar “combatiendo el capital” con el mismo tipo de escucha mediatizadora con la que el Instituto Di Tella ponía en cartel la obra “Libertad y otras intoxicaciones” o “Bonino aclara ciertas dudas”. Parece ahora haber triunfado una antigua consigna sacra, que está en muchas religiones mundiales respecto a sus dioses, pero en este caso dándole un sentido de la construcción de una inmunidad empresarial santificada. “Noli me tangere”. No me toques, como le dijo Jesucristo a María Magdalena, porque estando recién resucitado y en marcha hacía el cielo, ninguna impregnación terrenal lo favorecería. 

En el caso de la contribución voluntaria, los afectados por ser llamados a esa voluntad que no tienen, también dicen Noli me tangere. ¡Pero es apenas el 0,02%! ¡No dejarán de ser ricos! ¡No afecta a empresas sino a personas! ¡Son menos de 10 mil en 44 millones! ¡Vamos! …, ¿que les cuesta?. Aflojen un poquito. Los argumentos buenazos y racionales no hacen mella. Y no, no aflojan. Noli me tangere, surge de las bocas ígneas de los editoriales de La Nación. Noli me tangere replican los analistas de Clarín sin sacarse la cucaracha de los oídos. ¿Llegará por medio de este oscuro artefacto auditivo alguna contraorden? Efectivamente, nadie está combatiendo el capital y los coros que entonan la marchita lo han aclarado una y mil veces, con estadísticas, cautelosísimas reflexiones, apelando a la buena voluntad algunos, otros invocando el cómputo de fugas de capitales, y si se quiere ir más allá, no faltan los que recuerdan que esas llamadas grandes fortunas que se hallan visibles al público, están trianguladas por toda clase de maniobras. Polimerizadas, isósceles, equiláteras, escalenas, prismáticas, oceánicas, submarinas… etc. De modo que se va del argumento oral al cuadro estadístico, y no falta el catecismo moral, para llamarlos a que contribuyan a la gran alianza, a piensen en el prójimo, a que devuelvan una pizca de lo que surrupiaron. Pero no, no hay caso, y entonces, nos invitan a pensar que hay detrás del misterio de que no quieren aflojar en nada. ¿Cuántas veces más será necesario decir que no hay comunistas en el Afip, el Indec o la Comisión de Parque Nacionales?

 ¡Noli me tangere! Así sea por cinco centavos, se está disputando sobre el trasfondo de la historia argentina, incluso, ni siquiera la reciente. Hace mucho tiempo alguien les prometió un noli me tangere a los hombres de la bolsa, a condición que consideraran que había un mundo en crisis y necesidades colectivas que les reclamaba a ellos, no que no fueran egoístas, sino que fueran apenas sensatos. Algunos de ellos acuerdan que nadie les tocó nada, pero nuevos modos distributivos surgían de una nueva voluntad del Estado. Había retenciones, había un atisbo de una industria nacional y de proyectos productivos de índole social. Vagamente recuerdan aquello y siguen diciendo no, noli me tangere. Y su especialidad, como son los dueños de los medios de comunicación más importantes, los campos más importantes, la soja más importante, el aceite más importante y los puertos más importantes, extraen del baúl de los abuelitos el retintín que recuerda a los que dicen que van combatir el capital y queda tan, tan mal planteada la cuestión de las metáforas tan salpicadas que tiene la política, que los propios poseedores de símbolo cantoral por excelencia, pueden responder que no, que es claro, que se canta por cantar, que apenas es el 0,02 por ciento. ¡Nada! ¿Como que nada? ¡Es mucho! ¿no ven que están Combatiendo al Capital? 

Mientras no se aclare en qué plano se está hablando, este momento político estará atravesado por el equívoco y la chicana al cuadrado, arte geométrico que conocen muy bien los representantes efectivos del capitalismo de estas águilas guerreras del off shore, el carry trade y el take and go. Todos sabemos que desenredar una madeja no es fácil. Pero hace falta que el poder público democrático deshaga esta galleta y los toque sin declararlos benefactores, porque alcanza con considerarlos ciudadanos no metafóricos ni postizos de este país, Y un país consiste en una historia, con todas las interpretaciones que se quiera, y no en una errática plataforma económica que de casualidad encalló entre el puerto de Montevideo y las Islas Orcadas. Las contribuciones hay que efectivizarlas, no implorarlas. 

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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