Nunca consumas tu propio producto

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Luego del triunfo oficialista en las elecciones de medio término, varios analistas serios aplaudieron el advenimiento de la hegemonía macrista. Seis meses más tarde todo se desmoronó pero el golpe no fue causado por la guerrilla mapuche-iraní financiada por el terrorismo kurdo ni por el kirchnerismo que aún acabado controla la CIDH, la ONU y Human Right Watch, sino por fuego amigo, el de los bancos de inversión. Ya lo dijo Tony Montana en Scarface: “Nunca consumas tu propio producto”, regla que también aplica a la política.

En una de las mejores escenas de Scarface, película de 1983 dirigida por Brian De Palma, Elvira, interpretada por Michelle Pfeiffer, le explica a Tony Montana, interpretado por Al Pacino, las reglas del buen narcotraficante. La más importante es “nunca consumas tu propio producto”. La soberbia de Montana lo lleva a desestimar ese consejo y lo condena, luego de un ascenso fulgurante, a una rápida caída a manos de sus competidores, regalándonos la magnífica escena del final.

Esta regla elemental también se aplica a la política: la prédica es para convencer al otro, no para creerla uno.

La noche del 19 de julio del 2015 –la de la segunda vuelta en las elecciones en la CABA–, marcó un hito en la estrategia de comunicación de Cambiemos. Esa noche, luego de que el favorito Rodríguez Larreta le ganara por muy poco a Lousteau, un candidato liviano que había hecho su campaña subido a una bicicleta, y frente a un público tan fiel como azorado, Mauricio Macri estableció lo que sería el nuevo eje de Cambiemos: mantener todo aquello que hasta ese momento proponía cambiar. Ya no se trataba de salvar al país de las nefastas decisiones tomadas durante la larga noche kirchnerista sino de administrarlas mejor. Como vimos después, fue un gran acierto ya que sedujo a un electorado que no pedía tierra arrasada sino mejorar el piso obtenido durante la última década. Algo así como seguir gozando de un poder adquisitivo alto pero sin que eso generara confrontación alguna, un proyecto tan atractivo como irreal.

Como suele ocurrir en nuestro país, el electorado volvió a darle su confianza al oficialismo en las elecciones de medio término. Esa nueva victoria de Cambiemos fue vista por muchos, entusiastas y opositores, como la confirmación de sus sueños y pesadillas. Varios analistas serios decretaron una nueva muerte del peronismo y aplaudieron el advenimiento de la hegemonía macrista. Eduardo Fidanza llegó a explicar en su columna de La Nación que Mauricio Macri era “un líder de otra galaxia” que venía a terminar con la vieja política. Nadie se preguntó cómo podría existir una hegemonía política sin un modelo sustentable detrás, pero el momento invitaba más a la euforia que a la reflexión.

Como escribió Fernando Rosso en la revista Anfibia “este error recurrente se manifestó en los análisis del macrismo al considerar que la complejidad de la política se agotaba en la astucia para ganar elecciones y que triunfo electoral se traducía inmediatamente en hegemonía”.

Apenas seis meses más tarde asistimos al desmoronamiento de esa hegemonía venida de otra galaxia. El golpe no fue causado por la guerrilla mapuche-iraní financiada por el terrorismo kurdo ni por el kirchnerismo que aún acabado controla la CIDH, la ONU y Human Right Watch, sino por fuego amigo, el de los bancos de inversión. La corrida contra el peso dejó un saldo desolador: 10 por ciento de las reservas en dólares evaporadas, una tasa del 40 por ciento, incompatible con cualquier actividad productiva, y una devaluación de más del 20 por ciento que impactará en esa inflación que era a la vez el problema más grave y el más fácil de solucionar. Sin contar con la humillación de tener que recurrir a un prestamista de última instancia como el FMI luego de apenas dos años de gestión.

La reacción del mejor equipo de los últimos 50 lustros durante la crisis, el pánico manifiesto y las explicaciones contradictorias, pero sobre todo, la soberbia posterior que desestima el alto costo pagado y datos explosivos como haber padecido en abril la mayor fuga de capitales desde el fin de la convertibilidad, no traduce una lectura muy clara de la realidad ni anuncia buenas reacciones en el corto plazo.

Tal vez, como Tony Montana, Cambiemos haya empezado a consumir la que sólo debería vender.

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