Odio moral y razones políticas

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Después del silencio, una película panfletaria y anti peronista, tuvo una buena recepción de una parte del público. Los sectores medios y altos necesitaban de un relato para consolidar sus certezas. El peronismo no era una opción política, sino una representación del Mal. Quienes apoyaban al gobierno de Perón eran criminales o ignorantes. Algo similar ocurre hoy con el kirchnerismo. El odio de la clase media y alta es relanzado por los medios con fantasías no menos toscas que las que Lucas Demare.

El 13 de septiembre de 1956, un año después del golpe de Estado contra el gobierno de Juan D. Perón, se estrenó Después del silencio de Lucas Demare, una película de encargo cuyo objetivo fue probablemente tan panfletario como el de Casablanca, filmada unos años antes, aunque a diferencia del clásico de Michael Curtiz sólo cosechó un merecido olvido.

“La película trata sobre un médico, el Dr. Demarco, que se ve obligado por la policía a curar a Jacinto Godoy, un obrero secuestrado y torturado al intentar promover la huelga y la movilización”.

A diferencia de Casablanca, no hay matices en los personajes de Demare, “que se representan mediante el trazo grueso, la declamación constante y, llegado el caso, la alocución a cámara, en un gesto grosero que intenta subrayar la intención de denuncia y propaganda que subtiende toda la obra.”

Pese a todo, Después del silencio tuvo una buena recepción del público, o al menos de una parte del público. Los sectores medios y altos necesitaban de un relato, para retomar un término hoy muy en boga, que consolidara sus certezas. El peronismo no era una opción política, con aciertos y errores, sino una representación del Mal. Quienes apoyaban al gobierno de Perón eran criminales o ignorantes, o incluso podían conjugar ambas condiciones, como el sindicalista que describe Demare, una bestia sanguinaria cuyo exterminio sería casi una obligación ética. El peronismo buscaba, además, separar a los argentinos por lo que combatirlo era, al fin y al cabo, una forma de volverlos a unir.

En realidad, la furia antiperonista de nuestro establishment estaba menos relacionada con las intenciones diabólicas de Perón descriptas por este tipo de panfleto que por sus iniciativas concretas: el aumento del poder de los sindicatos, el aguinaldo, las vacaciones pagas, el estatuto del peón o la mayor regulación estatal a través de la nacionalización del comercio exterior, los ferrocarriles, la marina mercante y el servicio telefónico.

Algo similar ocurre hoy con el kirchnerismo. El odio de la clase media y alta es relanzado por los medios con fantasías no mucho menos toscas que las que Lucas Demare imaginara en 1956. En programas de chimentos o entrevistas con analistas políticos serios somos alertados sobre “un PBI robado”, escuchamos hablar de la maldad o la insania de CFK (o de ambas condiciones a la vez, como el siniestro sindicalista) y nos enteramos de la posibilidad de bóvedas enterradas en la Patagonia y mausoleos rebosantes de oro, como los pasillos del Banco Central que Perón luego saqueó. El kirchnerismo, como el primer peronismo, también busca dividir a los argentinos por lo que combatirlo e incluso encarcelar a sus referentes es una forma de consolidar la unión nacional.

La demonización del kirchnerismo

Ese relato tiene como objetivo indignar a los indignados, dar letra en la cola del supermercado o en la cena familiar, pero, por supuesto, no es la razón del odio tenaz de nuestro establishment, al que nunca le preocuparon ni las sospechas de corrupción, ni la falta de conferencias de prensa, ni tampoco la supuesta rudeza de las formas políticas. Como en el caso de Perón, el rechazo frontal está relacionado con las iniciativas políticas, centradas en el rol activo del Estado, el aumento de la presión impositiva y el gasto público: las jubilaciones sin aportes, el aumento de sueldos y jubilaciones, la AUH, los subsidios a los servicios públicos o la expropiación de YPF, la mayor empresa del país.

Ocurre que el odio se pretende moral pero las razones son siempre políticas.

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