Pedagogías de la libertad

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La desaparición forzada de Santiago Maldonado conmueve al país. Es un hecho que evoca todos los fantasmas del pasado. La lucha en las plazas, las heridas reabiertas por el Gobierno, el lugar de la política, el Estado y la vida. Las aulas como correlato del drama.

Las confrontaciones que sacuden una nación tienen siempre localizaciones grandiosas, que luego se reiteran en pequeños sitios que parecen asépticos, ajenos a la historia mayor. En el primer caso tenemos las Plazas Públicas, donde se realizaron las protestas por la desaparición forzada de Santiago Maldonado. En el segundo, las aulas de nuestras numerosas e incontables escuelas. Y entonces, llega el momento en que esos sitios pierden su apariencia, que a veces luce de un modo solemne, otras veces sencillo y cotidiano. Es lo que ocurre en el complejo interior de las aulas. Ellas siempre perduran en nuestro recuerdo por su decoración sencilla, inocente, el brote primero de una pedagogía en sus primeros escarceos. Pero pese a su placidez imaginada, las aulas escolares suelen convertirse en lugares tensos, ámbitos de debate, y de tanto en tanto pueden temblar los retratos que cuelgan en sus paredes. Allí pueden estar guarnecidos insignes próceres que como estampitas bondadosas, guardan lo que podría asemejar a una indiferente mudez. Pero un signo para interpretar ese silencio de la historia, podría ser una frase del himno original, que ahora no se canta: “se conmueven del inca las tumbas”. Toda aula, por más quietos que parezcan los conocimientos que allí se imparten, mantiene ese lejano susurro. Y lo que parece estanco, revive.

La desaparición forzada de Santiago Maldonado conmueve al país. Es un hecho que evoca todos los fantasmas del pasado, como bien lo demuestra la campaña de aturdimiento y embrollos urdidos por el gobierno para ocultar un hecho escondido en la intimidad brutal de su culpa. Es una desaparición provocada por una fuerza de seguridad del gobierno, por lo tanto, un hecho con fuertísimas connotaciones que vuelven a abrir el doliente cofre de una historia que todos conocemos. Es así una discusión que nos incluye, porque de este fatídico evento surge una política represiva que achica los márgenes  ya cada vez más estrechos del espacio público. Es decir, el ámbito donde debe reinar la libertad de reunión y de protesta, la comunicación abierta de toda incidencia que afecte las relaciones con la existencia colectiva o individual, o la publicidad de los actos de todas las fuerzas sociales. Por eso, o vivimos bajo un ámbito auto-deliberativo, o nuestras vidas quedan enmarañadas en el triunfo del secreto de Estado.

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Esto último ya ocurre, nunca hubo tantas operaciones llamadas de inteligencia, formas fraudulentas de la acción donde se emplea el supremo gatillo del embozamiento. El Estado se pone el ropaje llano del manifestante y rompe vidrieras para jugar con un viejo prejuicio y provocar él mismo el teatro que exige su actuación ante los fantasmas emanados de sus propios lanzallamas. Si el manifestante no lo hace, lo hará el Estado en su nombre, para que confiese que al manifestar no venía caminando pacíficamente, sino con intenciones difusas. El Estado, con su pedagogía bélica, su indagación ya aprendida por todos los bofetazos que a lo largo de la historia le dio a los inocentes,  lo ayudará a comprenderlas. Tomando su lugar, provocará la hoguera para crear la gran escena clásica. Los que se manifiestan contra la violencia del Estado serían los verdaderos violentos. El tema es complejo, es la típica inversión de motivaciones que asumen los servicios de inteligencia, pero acá nos sirve para analizar la cuestión en las aulas públicas de la mención de la desaparición de Maldonado. ¿Deben tratar el tema los maestros y maestras?

Esta discusión es esencial, pues se ha instalado en los ámbitos abiertos de las plazas y los recintos en su graduación más microscópica, como lo son los de las aulas estudiantiles. En las plazas, más esplendoroso y trágicos, en las aulas más infinitesimal y dramático. El aula es el lugar de la enseñanza que la tradición laica argentina llama al mismo tiempo como un lugar teñido de sacralidad. En las aulas hay programas y planes de estudio, y suelen postularse los suntuosos pero no inverosímiles llamados a la neutralidad valorativa. Lo que en su tradicional significado de la enseñanza como gran herencia clásica y la voz renovada de los antiguos, nunca fue cuestionado por ningún grupo de docentes o ningún sindicato de esa actividad. Pero como siempre se postuló que en épocas democráticas, las aulas también son un lugar donde la pedagogía nacional se reviste de horizontes basados en un trazado ético, inspirado en textos, palabras, conductas, que obtienen su razón de ser la de la propia historia argentina. Para estudiarla hay que abrirla, rasgar los mantos que cubren sus fracturas y en este caso, la pedagogía necesariamente abarca un punto de vista que repone en la pedagogía un punto más elevado.

El tratamiento del punto de máxima tensión donde Estado y Vida se contraponen, y la Escuela, instancia donde la sociedad más vasta y las más duras formas políticas se entrecruzan, es el lugar de reflexión sobre esa peculiar incisión en la vida común. Lo neutral se quiebra, y debe hacerlo, para escalar un signo más alto de su capacidad pedagógica, asumiendo un mundo que reproduce su crisis y necedad. Es un mundo en que en un acto de profunda irresponsabilidad política, se hace que las instituciones represivas den muerte y encubran esa muerte. Llegar a este tremendo y escabroso estadio de reflexión es parte de una pedagogía que debe atravesar sus propias fronteras, acto que pertenece a toda pedagogía real. Atraviesa las fronteras para crear un conocimiento más elevado, sobre una neutralidad hecha añicos que luego se repondrá como saber colectivo en el muro más alto del aula, donde ya están enclavadas las figuras heredadas, los hombre públicos que celebramos y las imágenes misteriosas de la naturaleza.

Fue el gobierno el que decidió, de antemano, abolir esta relación entre las herencias de objetividad y crítica. Ellas, que son la esencia de la enseñanza, relacionada con la libertad ética de los maestros y profesoras para actuar vivamente en el área de los derechos humanos. En las aulas, hoy, se vive un clima de atemorizamiento creado por el gobierno, que ha convertido una idea educativa fundadora del país en un asunto de couching, emprendedorismo y pasantías empresariales (como acaba de denunciar Adriana Puiggrós). Además, todo el recoveco de próceres que siempre estuvo bajo discusión, aunque existieran versiones canónicas, tan venerables como abstractas, hoy se vuelcan hacia una fisura insoportable que lleva a declarar como “emprendedoristas” a grandes personajes que deben seguir siendo interpretados bajo los grandes criterios que invocaron en su acción. Hacen hablara San Martín y Belgrano con el lenguaje de cualquier universidad de la empresa, y por primera vez se invita a los padres a convertirse de los alumnos en cruzados de fe; llevar al aula los motivos esenciales de un reaccionarismo político cuyo meollo consiste en desviar la atención sobre un crimen. Es así que pertenece a una de las más turbias manipulaciones pedagógicas de la que tenga memoria.

La educación  argentina, ya resentida por múltiples razones,  lo es mucho más cuando se la invita a callar y se inventa para ello un armazón político de intervención. No es difícil hacerlo. Se llama a los padres de los alumnos a que se conviertan en militantes de la denegación de lo verdadero; la pulsión interna de poner coto a una pedagogía de la libertad encuentra sus inverosímiles agentes en la grave actitud del gobierno de lanzar a hombres y mujeres comunes a un acto que impone restricciones a la enseñanza que respira los aires de la historia. Con lo cual esos padres mismos se encarcelan en fantasmagorías de una derecha educacional que inventa para sí misma el lenguaje de la “innovación”. Han innovado, eso sí, en una militancia que obtura los poros de la sociedad, tomando sentimiento que pueden ser legítimos pero que se vuelcan y revuelven en el fango maniobrero de la política gubernamental. Los “servicios” –el nombre complaciente que se dan a sí mismos- enturbian el acto por Santiago Maldonado en Plaza de Mayo. Al otro día, el gobierno calcula en dólares los costos del arreglo de la Avenida y llama a los vecinos a colaborar.

Siniestro acto pedagógico por el cual convocan al “bien” en contra del “mal”, que ellos “por interpósita persona” han originado, Es así que los familiares de los alumnos son llamados a ingresar en las aula para tapar en la boca de los maestros la lección de verdad que surge de observar sin más la lógica de los viviente. Del mismo modo, basados en el dolor genuino de la víctimas de la Estación Once, se complacen en el turbio silencio de su gabinetes cuando se desprende del llano una voz dolida –que acaso lo está también por Santiago Maldonado-, recordándole a Cristina, absurdamente, que ella es la responsable de ese trágico accidente que nunca debió ocurrir. ¿Pedagogías? He aquí la que emerge la de los mencionados gabinetes: la pedagogía de inmediatez acusatoria, el pensar sin mediaciones, el aceptar todos los pedazos rotos, disfrazados, de una política de Estado que goza burlando la investigación de sus propios crímenes. Primero se lo atribuye a las propias víctimas y luego construye la vía regia para que alguna de ellas esgrima el equívoco de ver culpabilidad donde no la hay, y poner un velo de dulzura dónde se aloja, aciaga, la verdadera culpa.

Santiago Maldonado es una tragedia del pueblo argentino y por eso debe ser un nombre pegado en los soportes de telgopor de las aulas, en las paredes parlantes donde se aprende y aprendimos a vivir, a conversar, a jugar y a llorar. Junto a las demás efigies que de tanto en tanto despiertan de su somnolencia para volver a ser interrogadas por el juicio del presente. ¿Qué es la mente infantil? No es la tabula rasa que muchos imaginan para escribir allí las señales de una nueva sumisión. Es la frontera misma, mínima y sustancial, donde se realiza el máximo acto pedagógico concebible. El gran estilo de la enseñanza del vivir en un mundo que dificulta libertades culminantes, o hacer que los padres y madres de los alumnos encarnen el momento de hostilidad hacia aquella fusión de ética y pedagogía. El debate es necesario porque existe, y viceversa. Es necesario prepararse, porque detrás de una pedagogía hay otra pedagogía más exigente que la respalda. Pronunciar el nombre de Santiago Maldonado  es una responsabilidad pedagógica; pero actuar para impedirlo también. No obstante, con lo primero, la conciencia libre se engrandece. Y con lo otro se achica a una dimensión pseudo vecinal, sumisa para aceptar la convocatoria de ir a limpiar la plaza cuyos escombros ellos mismos prepararon.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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