Peronismo y macrismo

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El macrismo no es una “ideología política” o un “partido de ideas”, sino una maquinaria más compleja, con un ramillete de tácticas de incitación, dádiva y simulacro que convirtió a los ciudadanos en clientes. Sus miembros dilectos son una oligarquía reformulada a través de los hijos y nietos que construyen una relación íntima, muy selfie, casi babosa, con el “pueblo”.

Hay una evidencia que parece mínima, circunstancial. Hace años, notorios macristas se llaman también peronistas: Santilli, Ritondo, los más evidentes. Se esgrime ese nombre, se lo viste con telas flotantes en pliegues adheridos al cuerpo. Nadie diría de esas personas que el peronismo no es su “identidad”. Lo dicen ellos de sí, otros lo dicen de ellos. ¿Son adquisiciones del macrismo, piezas sueltas que trabajan su biografía como un doble equívoco? ¿Son peronistas en el macrismo, pero allí son macristas que al invocar el peronismo están reclamando fusiones, ampliaciones de sentido en cada uno de esos nombres  hasta conjugarlos en un compleja identidad bifronte? No parece. ¿Pero entonces qué es?  ¿Personas en un tráfico, un transbordo político que dejan desvanecer su identidad de origen y poco a poco asumen totalmente la indumentaria del lugar definitivo en dónde están? Tampoco.

De las muchas posibilidades que se nos ocurren para tratar este tema, es la de un redefinición del macrismo no como una “ideología política” o un “partido de ideas”, sino una maquinaria más compleja, trans-ideológica pero con un ramillete de tácticas de incitación, dádiva y simulacro que consisten en un procedimiento meta-político. O si queremos llamarlo más consistentemente, en una radiografía de los bastidores profundos de la sociedad argentina para investigar sus focos extensos de conservatismo. Ellos se expresan en la más dañina demagogia, gerencialismo o estilos políticos basados en infinitos de canjes de adhesión. En este último caso con una hipótesis de destrucción del pensamiento político por modos de coacción gaseosos. Fundados en sibilinas felicidades y falsas transparencia de prestidigitadores, con flautín de encantadores de serpientes. Magos del clientelismo en nombre de la negación del clientelismo, ellos, que se pasaron la vida siendo clientes poderosos de clientes aún más poderosos y facultándose para convertir en clientes a todos los ciudadanos de la nación.

Magos del clientelismo en nombre de la negación del clientelismo, ellos, que se pasaron la vida siendo clientes poderosos de clientes aún más poderosos y facultándose para convertir en clientes a todos los ciudadanos de la nación.

Esto explica en  parte la presencia de peronistas en el macrismo, que ha creado desde hace tiempo un nudo pegajoso de absorción de identidades antiguas, arcaicas o tradicionales. Sobre todo, en el radicalismo –en este caso con alianzas más formales, y no con todos los sectores. Y en el peronismo, con antiguos militantes que “tenían bases, unidades básicas, controlaban territorios”, etc. Este no es un pacto explícito, sino afinidades que la actual configuración histórica permitía. Pero la moldeaba en sus posibles y amplias plasticidades acuerdistas. Y en especial, porque el macrismo tiende a una confederación de derechas que no se declaran de ese modo, sino que adoptan un lenguaje de persuasión presentándose como un poder “con buenas intenciones, que en la mesa viene a poner y no a sacar”, que es un versículo capaz de componer un acto de generosidad bajo la forma de un gesto oscuro de usurpación. Maniobra aconsejada por asesorías especializadas que se pusieron en práctica en el acto con Momo Venegas y con la de su presencia presidencial en La Matanza.

Un sector del peronismo cabe en estas maniobras. La apelación a la facticidad del Bien es parte de un lenguaje comunicacional fuertemente diseminado sobre moldes falsificadores e hipócritas. Temas que además subyacen en ciertos tipos de conversación popular pero que en este caso se la distribuye como credo de gerentes que llaman “bondad” al éxito en la venta de un producto. El Bien es una cuerda tranquilizadora y plana; no puede pensar su propia fisura, su vacilación, su mal. En muchos de estos casos estos buenos hombres de negocios provienen de las más tradicionales familias del país. Bullrich, Peña Braun Menéndez, Massot. Macri mismo se halaga mencionando el apellido materno no tanto como a la Calabria profunda de donde nacen en verdad sus simulacros y es seguro que de allí proviene la mención a la mesa “donde todos ponen algo”. Pero ese es el lenguaje del que imagina un acto benefactor frente al sigiloso pupitre de trapicheos en las tinieblas, desde donde habla de la felicidad. Pero si se mira bien su rostro, hay una muesca interna de amenaza.

Se trata de una oligarquía reformulada a través de sus hijos y nietos. Construyen su relación íntima, muy selfie, casi babosa, con el “pueblo”, junto al “pueblo”, por caso, “el pueblo peronista”. Este paisaje de conquista y reformulación del sistema público de creencias de las antiguas aristocracias de negocios, aparece ahora fusionado con herederos de apellidos del siglo XIX. Paisaje casi obvio al que hay que agregarle el apellido Pinedo, uno de  cuyos antepasados –su familia en verdad proviene de las luchas de 1806 contra los invasores ingleses–, fue miembro de socialismo conservador adherido al general Justo, cuya trayectoria se conoce.

Construyen su relación íntima, muy selfie, casi babosa, con el “pueblo”, junto al “pueblo”, por caso, “el pueblo peronista”. Este paisaje de conquista y reformulación del sistema público de creencias de las antiguas aristocracias de negocios, aparece ahora fusionado con herederos de apellidos del siglo XIX.

La transmutación se realiza como quién adquiere camisetas de fútbol. Los linajes empresariales altos saben comportarse ante una clientela disciplinada bajo un nombre sonoro de lo popular. Lógicamente, primero fijémonos en esta mentalidad de conquista de un lógica empresarial, teñida de un ineluctable señoritismo de derecha, que encuentra una veta de interés en una de las formas extensivas de la pasión popular: en el fútbol. Y comercializa la captura de conciencias a través de una pasión que mantiene obvios núcleos genuinos, pero cercados por la lógica clientelar, los negocios y la violencia.

El fútbol, cuya semilla hundida en una fértil sentimentalidad originaria se mantiene, es también lo que es capaz de reproducir lo ya cuestionable de la política tradicional basada en pactos de protección y vasallajes clásicos. El fútbol que se juega en misteriosas mesas económico-políticas de negociación, es como mínimo un ámbito de lanzamiento de marcas y grandes operativos publicitarios. Tanto como en la política, de la que es su continuación y viceversa. Tiene la complejidad de compartir las mismas y oscuras reciprocidades. No olvidemos nunca este primer capítulo de la apuesta, no de Pascal, el jesuita, sino de Macri, el de Newman, aquel Cardenal anglicano que hizo su tránsito de conversión al catolicismo.

Los demás andamios se construyen para disciplinar, absorber y tomar como néctar escamoteado los que íntimamente repudian, pero que al sustraerlo, también lo hacen ingresar a una argamasa que da vueltas incesante en la mezcladora: allí investigan a la política como una categoría del consumo, a la que avanzando un poco más, se la pone a la altura de consumir sujetos. El Momo es en determinados momentos un plato principal: carga con pictogrifos desmantelados, subtítulos tipeados en carteles que dicen  “62 Organizaciones peronistas” y demás evocaciones frígidas de una razón litúrgica.

El bombo lo toca el Tula, que desde hace años, siendo una figura recortada en lo popular, ya exhibía la condición de ente de negocios que poseía el bombo, como para la mirada escrutadora del Presidente la podrían tener Nike o Addidas. En todo los casos se construye una política sin sujeto activo, un acto de separación del átomo y posterior unificación en una Central Nuclear nueva, llamada tal vez Macrucha I y II.  Pero invertida, vaciada de movilidades históricas, como lo fue la apócrifa investigación nuclear de Richter en la Isla Huemul en los años 50.

II

Macri fue el que puso en la ciudad la primera estatua de Perón, y suele mentar frases extraídas de citas aisladas de aquel gobernante, que mantiene activo su nombre en el recuerdo y compromisos de tantos ciudadanos y militantes. La que citó en la reunión en Ferro con el sindicalista patronal de las “seis dos”, era una frase, seguramente muy caricaturizada de Perón: “Que cada uno coma en la misma cantidad de lo que produce”. Pertenecería, este fragmento bastante transgénico, a un discurso de Perón en el Congreso de la Productividad en 1955. Si la dijo de ese modo, era frase destinada sus críticos de la entonces llamada Oligarquía. Macri aún no había nacido, podría no responsabilizarse. Pero al repetirla ahora entre toques del habilidoso arrendatario del bombo, no significaba lo mismo, sino un latigazo de Macri contra los trabajadores, al compás del tamboril. En cuanto a Perón, podría ser que se hubiera referido al parasitismo de los grandes propietarios de la tierra, pero  es frase confusa. No obstante, heredera de aquel utopismo de “a cada uno según su necesidad, de cada cual según su capacidad”. Pero en su valor literal, alude a un régimen cerrado de producción con visos de rigidez enteramente cuestionables.

Pero al margen de todo esto, no se la puede catalogar de frase apropiada o justa. En su fondo, transmite la idea de “productividad”. Perón enfatiza crudamente ese concepto y lo pone en el centro de su sistema, motivo específico del Congreso de 1955, donde se muestra un avance empresarial sobre los derechos laborales que había asegurado el mismo peronismo, con temas como el combate contra el ausentismo, la baja del costo laboral, y el mayor rendimiento por horas hombre frente a la máquina, y desde luego, la medición de la productividad durante estrictas ocho horas laborales. En los momentos previos al sangriento golpe del 55 el gobierno atravesaba dificultades evidentes que intentó resolver, basado en su apoyo popular, con una medida que se prestaba a muchas dudas, derivas y objeciones.

¿Cómo no iría Macri a un acto Momificado de Venegas, que invocaba la disecación del peronismo como una ficha tirada al desgano en la ruleta patronal? Allí citaría la más cuestionable actuación del gobierno de Perón e incluso la del propio Gelbard, obligada por el estrechamiento del horizonte económico del gobierno popular. No obstante, paradójicamente, con cierta dignidad titubeante, al comienzo del Congreso, el secretario de la CGT peronista, Vuletich, por algunas de sus palabras iniciales estaría hoy muy por encima de la cobardía de los actuales triunviros cegetistas.

Con la complicidad de Venegas, Macri se “peroniza” basado evidentemente en los tramos de la historia peronista donde el tropiezo de una economía distributiva se mostraba problemático y dejaba surgir las voces dominantes del avance empresarial. Perón sí había dicho en uno de sus discursos que había que bajar el ausentismo y otras medidas insertas en la hipótesis de la productividad. De los tantos discursos del peronismo, ese debe ser el de cabecera de todos los que de definen peronistas y actúan en el gobierno actual. Los ya mencionados personajes, a los que  se deberían agregar el jefe de la bancada macrista en diputados, numerosos diputados y senadores de origen peronista o peronistas espaciosamente acomodados en el nombre, o peronistas que votan macrismo (¿cómo llamarlos, macristas tácticos? Completemos el panorama ceniciento con un panel completo de gobernadores, que protagonizan sin vergüenza alguna la puntilla de encaje que superpone, en jornada laboral completa, la política nacional del macrismo con la infinitamente porosa designación de peronistas, por las dudas.

Con la complicidad de Venegas, Macri se “peroniza” basado evidentemente en los tramos de la historia peronista donde el tropiezo de una economía distributiva se mostraba problemático y dejaba surgir las voces dominantes del avance empresarial.

III

Son todas las maneras posibles del deshuesamiento del enemigo “populista”, pero la gran extravagancia es la paradoja de permitirse la absorción de sí mismo para un nuevo populismo ya bordeando lo extinguible de su propia condición de grupo político mínimamente autorreflexivo. Suprimen los macristas todo resguardo último de  su propia conciencia, donde instalan un vacío existencial insoportable, donde caben el Tula, el Metrobús a la Matanza, el peronismo redescubierto en el corazón de la tecnología macrista de vulnerar y romper en pedacitos irrecuperables las antiguas vasijas de las creencias populares. Las remplazan por una astucia de plasticola. El pega-pega macrista.

Pero el peronismo de los inicios se situaba también como un horizonte cuya altura permitía absorciones identitarias, y se llamaba peronismo a ese flujo de permeabilidades que se explicaba por la conducción y hacía del peronismo un doble acto, poseedor de dos momentos: el peronista que conocía el acto de imantación del conductor, poseedor y dador de nombre. Y el acto de quienes no tenían ese nombre y quisieran participar en el drama contenido en una estría gemela: ser peronistas por el modo de incorporación a través de la extrema elasticidad de lo que basculaba sobre un centro que se empapaba de voces socialistas, comunistas, conservadoras. Ellas podían mantenerse en un segundo plano. Todo esto tenía un programa y cierres enunciativos, que jugaban un papel que no analizaremos aquí. Pero allí estaba la diferencia con el macrismo, pues éste utiliza las formas más bajas e insulsas del populismo, mimetizándolo con una patronal empresaria del ruralismo enmascarada. Sí, adivinaron, en el peronismo de derecha.

Con esa misma ideología va a confrontar con el peronismo ortodoxo de La Matanza, allí con el Metrobús. En el acto de Ferro, no había problemas, estaba de  por medio la alusión al Ferrocarril, cosa antigua, problemática. En cambio el Metrobús es problema actual. La gran ventaja que trae es el ahorro en el tiempo de circulación, el aumento del espacio particular, público o doméstico, en cuanto las horas de expansión libre para los trabajadores, y cierta repartición “racional” en la circulación entre flujo colectivo y flujo automovilístico privado.

Para concluir este largo artículo: ese Metrobús, que tiene un decidido aspecto de utilidad pública, en la Matanza, sin negar lo anterior, se convertía en un instrumento político del Macrismo casi tanto como podría  serlo aquel Congreso de la Productividad del 55. ¿Fue aceptable la respuesta de la dirigencia peronista de ese municipio fundamental, ante la agresiva presencias macri-metro-busística? Por cierto, estoy escribiendo este artículo en la supuesta comodidad de un sillón de mi casa; no puedo juzgar con la regleta de la verdad apriorística el dinamismo de las cambiantes facetas de una ardua y hasta trágica disputa política. Mucho hay que discutir bajo los graves diseños conceptuales que se abren en esta época. La idea de Estado, industrialización, justicia distributiva, movilización social, derechos expandidos antes, desatendidos hoy, y cierto drama público con muchas puntuaciones escénicas: lealtad, renunciamiento, exilio, retorno, que son eslabones de una condición litúrgica –de ascenso y caída- que hacen a las ceremonias y celebraciones erizadas del completo ciclo peronista. Esa discusión, los planos más íntimos de aquel período, debe ser reabierta.

El macrismo no quiere ni puede pensar todo esto en sus modos sumarios y rudimentarios de lenguaje. Todo en él es plano y extractado; no obstante, tiene ese recurso al “macrista somos todos”, por lo tanto están en plena ebullición sus incursiones propiciatorias en  diversos terrenos donde se canta la marcha peronista. Antes de que venga el patroncito, no vaya a ser que se ofenda –como en el acto del estado que alude al ferrocarril-, y afirmando las banderas clásicas en el acto matancero que alude al Metrobús. Para mí, el tema de la extensión de ese medio de transporte es importantísimo; hace a la condición laboral suburbana y al habitante disminuido en sus derechos. Es la cuestión de la circulación efectiva, cómoda y democrática. Pero como problema político, la diferenciación con la red arácnida del macrismo pasa también por otros debates que a la militancia política de La Matanza, no se le habrá de escapar.

El transporte de masas del suburbano a la urbe central, no debe ser sometido a la lógica de la reproducción capitalista y de la “productividad” en materia de tiempo de circulación urbana, pues son temas que también deben examinarse. Las trazas del Metrobús actúan como creación de nuevos poderes territoriales, nuevas cuadriculaciones vinculadas a la presión financiera sobre la dinámica poblacional, el suelo, la ecología y el complejo laboral de las ciudades circundantes a la Gran Metrópolis. Por otra parte, la incisión del Metrobús en ciertos lugares clave, como la avenida 9 de Julio, parece significar una agresión al conjunto paisajístico del lugar, convertido en red complementaria de la circulación financiera, aunque lógicamente, se lo valore también porque ahorra tiempo de viaje.  

En la historia social argentina contemporánea (de estos días), todo tiene que ver con el macri-peronismo y con la composición de un frente antimacrista (por lo tanto, contra el “peronismo” que encontró allí su habitáculo). Es entonces que debe mostrarse el punto de condensación operante a la que llegó el peronismo real, polifacético y asombrosamente ramificado, como protagonista indiscutible. Pero que debe ser constituido ahora por nuevas discusiones sobre su propia historia, identidades, llamados a otras fuerzas colindantes. Y por cierto, a su vez aceptar también ser llamado por ellas, y en este intercambio, producir una novedosa discusión que abra destinos comunes y perfile con tintes de reabierta originalidad las identidades públicas de un necesario, inminente y actuante Frentismo.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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