Políticas de la peste

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¿Una peste puede suspender las pugnas de intereses económicos? ¿Puede suprimir las diferencias sociales? ¿Puede aletargar las luchas corporativas o empresariales? Está claro que no, pero las pone en otro plano de significación. Las transfigura. Las conserva casi intactas, para hacerlas hablar de otra manera. Y Horacio González explica cómo eso está ocurriendo con el coronavirus y la pandemia.

“¡Doctor, consérvele la vida!”. Pero él no estaba allí para dar vida, estaba para ordenar el aislamiento. 

Albert Camus, La peste.

  • Apuesta pascaliana

Sin duda, es un acontecimiento mundial. De los más profundamente riesgosos. Del cual puede surgir un mundo que no sabemos si será mejor o peor. Lo que está ocurriendo con las líneas de expansión virósica no puede disimularse ni en el plano actual de las situaciones sanitarias de cada país, ni en los imprevisibles saldos morales, económicos y existenciales que resten, una vez atravesado este período al que no es fácil encontrarle similitudes históricas. ¿Deberíamos optar, pascalianamente, por pensar que la efectiva gravedad del virus es altísima, o que es provocado más bien por un pánico generalizado, basado en casos reales que no serían suficientes para las medidas de alta contención que se están adoptando? Si es así, elegiremos lo primero, pues si nos equivocamos, por suerte habrá ocurrido lo segundo, pero si elegimos lo segundo y ocurre lo primero, nuestra equivocación provocará más daños, sacrificios y muertes. Así que todo lo que digamos aquí está sostenido en la creencia, muy verificable ahora, de que un virus de fuerte mutación para el cual no se conoce hoy el remedio, exige medidas extraordinarias, no conocidas antes en nuestro país y en ningún otro, al menos en tiempos en que haya habido guerras abiertas y declaradas. 

Estamos en un plano histórico universal, que sin embargo no pone en suspenso la política local, la política específica de las naciones. Si lo que las recorre a todas por igual es una línea de preocupación microbiológica y de estadísticas sanitarias -sobre la forma de propagación del virus-, y una preocupación preventiva -el cuidado mutuo-, también hay cierto cese de la acción política considerada en particular, las ya sabidas luchas intra-nacionales. La que se realiza por la vía de partidos e intereses políticos o económicos situados al nivel del estado-nación. ¿Pero una peste puede suspender las pugnas de intereses económicos entre unidades locales? ¿Puede suprimir las diferencias sociales? ¿Puede aletargar las luchas corporativas o empresariales? Está claro que no, pero las pone en otro plano de significación. Las transfigura. Las conserva casi intactas, para hacerlas hablar de otra manera. Y no sabemos qué forma tomarán cuando, de un modo que aún no sabemos, esta ultra crisis se detenga. Siendo así, es necesario sin embargo reconocer que tiene el efecto de puesta entre paréntesis de esos conflictos. Entonces, no es ilusorio que consiga apaciguar algunas formas de disputa, pero lo que es más evidente, es que puede diseñar en forma latente un nuevo orden político, en una escala hasta ahora ignorada. 

Un nuevo orden político mundial está nebulosamente a la vista. Pero no como el proclamado hace unas décadas, el que estaba a consideración en los gabinetes públicos y secretos de los flujos más descarnados del poder planetario, con sus tecnologías de mercado y de circulación de datos, sino ahora otro distinto. Con la introducción de conceptos epidemiológicos y nuevos compuestos de lenguaje para hablar de las medidas a tomar contra la pandemia. Palabra que de por sí infunde un temor persistente, difuso e inhibitorio. Es cuestión de que mientras se realizan las acciones de contención, prevención y cura, no se creen las precondiciones para que aparezca ese tipo de orden mundial por un lado concentracionario, por otro lado de bio-distanciamientos y aislamientos, y luego de sistemas de comunicación que replican curvas estadísticas financieras o la apología higienista de una humanidad que sobrevive nietzscheanamente gracias a su tecnología y a su voluntad de poder. 

  • Microbiología y teoría de la información

Es frecuente escuchar que el virus no es de izquierda ni de derecha o que no tiene ideología. Esto es cierto si le damos a las palabras mencionadas una significación linealmente política, de la política tal-como-se-hace, al capricho de las mutantes correlaciones de fuerza. Pero si con esto se quiere afirmar que el virus es una cuestión de naturaleza científica o propia de una naturaleza biológica a ser develada por método objetivos, se pasaría por alto que el virus en una partícula que, como el mito, está plenamente ubicada en el origen misterioso de los valores y los símbolos de la vida, y no sería un enigma, si también no los amenazase. Por tratarse el mundo viral de un mundo de valores, no puede estar exento al choque de la microbiología con la teoría de la información. Esta colisión, que puede ser también una fusión, caracteriza la actualidad científica contemporánea. Cuando la vida política tal como la conocemos -en su versión gestionaría, planificadora o generadora de anomalías., se sitúa frente a una pandemia, siente que debe cesar en el uso rutinario de un lenguaje (el régimen de alianzas o sus metáforas vulgarizadoras, rosca, intriga, juntos, abismo, acuerdos, contratos ciudadanos) para reemplazarlo por otro. 

Puede ocurrir que el remplazo, como es posible contemplar ahora, se haga por intermedio de categorías de la microbiología y de la infectología. Y los comentarios, a través de curvas estadísticas y tasas de crecimiento de la infección, que reemplazan por el momento los análisis acostumbrados a examinar los tipos cambiarios y tasas económicas, motivos de disputa clásico sobre la distribución de la renta y las asfixias financieras provocada por los fondos monetarios de especulación “legal o ilegal”. Ahora es otra cosa que consiste en acatar una situación definida específicamente con un vocablo de la biología, una pandemia, un término médico de remotos orígenes. (Pero etimológicamente, con el mismo compuesto lingüístico que democracia.) En los medios de comunicación, momentáneamente, los economistas han sido reemplazados por los médicos. En la televisión, se vio un epidemiólogo hablando con el estetoscopio colgado del cuello; estaba en funciones con los símbolos que reforzaban la autoridad de su palabra.

¿Pero no sigue existiendo lo político como un lenguaje de la escisión permanente del ser y al mismo tiempo como una ansiedad de la unidad imposible de ese mismo ser? Desde luego que sí, aunque ahora parezca presentarse un llamado genérico a la unidad, a una autoridad política unificada, a un poder público de control diseminado territorialmente, y a una campaña de medios de comunicación en torno al cuidado mutuo o al “cuidado del otro en uno mismo”. Sobre esto pueden extraerse muchas consecuencias y reflexiones, porque esta situación es un gran laboratorio sobre el modo en que se expresan las autodescripciones sobre la admisión personal de las indicaciones de la autoridad ahora super concentrada. La gravedad de la crisis mundial sanitaria se está convirtiendo en un campo de observación ostensible e incisivo en torno a la “experimentación de lo humano”. La realidad de una expansión virósica de un modo incalculable, en paralelo con la viralización mediática, no induce necesariamente a un pánico irreal, que por cierto existe, sino a la necesidad de cuidados excepcionales, en primer lugar, el aislamiento personal, la creación del individuo aislado, y el rastreo científico de contactos interpersonales, la huella del recorrido de la infección a través de contactos interpersonales. 

Son los corolarios de la cuarentena, y el horizonte de excepcionalidad que la constituye. Ninguna cámara de seguridad instala hasta ahora pudo imaginar que llegaría tan lejos en el registro de los movimientos personales. El cierre de ciudades, rutas o lugares públicos en nombre la consigna de la reclusión domiciliaria. Un nuevo tipo de acción monástica mientras en internet se siguen viendo publicidades de vuelos baratos a cualquier punto de la tierra. Las derechas mundiales, curiosamente, quedaron desairadas al tener solo a su disposición una idea mítica del mando y el poder. Trump, Bolsonaro, el primer ministro británico, en su anti-progresismo, y en su combate contra los medios de comunicación oligopólicos, que en su balance de audiencias y lectores trabajan sobre una bisectriz del pensamiento “standard” mundial -esto es, el corona virus medido en su gravedad real y también como un hecho virósico del mercado de noticias. Lo que finalmente se impuso fue la decisión generalizada de restringir o inmovilizar a la población, practicada por gobiernos con una vaga tradición socialdemocrática, con toques progresistas, de centro derecha, republicanos progresistas, populistas democráticos o regímenes mixtos de estatismo combinados con libres mercados. Todos coinciden en el cuidado de la población. Dígase que el concepto de cuidado es muy aceptable, tanto como es necesario invocarlo en su verdadera profundidad. No la sensibilidad del gobernante, que damos por descontada, por lo menos en nuestro país, sino como la solicitud permanente en torno al resguardo de las existencias, tema que no solo compete a instituciones, sino al vivir-en-común.

  • El “estado de excepción”

Esta vez el por tantas razones repudiable esquema bolsonarista, quedó desenfocado por su anti-cientificismo y su desprecio a adjuntarle al poder público una autoridad sanitaria que no se expresa con la verba de la política, es decir, que hace pasar a primer plano no la petulancia neofascista sino que se mueve con hipótesis de la clínica médica y de las curvas estadísticas. Ahora bien, en la tradición de las ciencias políticas, existe una compleja conceptualización respeto al “estado de excepción”. Autores clásicos de gran envergadura, en general relacionados con el ancestral ideal del Orden -que es lo que se quiebra y lo que hay que reponer bajo un supra control excepcional-, que corrientemente se originaros en las áreas de las derechas del siglo XX. No obstante, pasaron a ser patrimonio del análisis político general. En un sentido más amplio, no hay ninguna gran decisión política contemporánea que no obedezca a un estado de excepción, y si hay explicaciones parlamentarias o tradicionales, estas son posteriores a la expresión del acto decisional. Es decir, es un acto total de precedencia sobre las instituciones y las maquinarias políticas.

Pero estos actos apriorísticos como ocurrió en la Argentina, agrupan de inmediato una aceptación general de solidez excepcional. Con la inmediata formación de un consenso general de la población, un sostén de la oposición política y la creación de una red comunicacional formidable que se atiene a consignas unificadas más o menos rígidamente. El Presidente declaró una cuarentena de 15 días, justificada en una situación de excepción -así la llamó, bordeando y a la vez evitando el concepto antes referido de estado de excepción-, y utilizó ciertos rasgos del lenguaje militar para definir y justificar la drasticidad de las medidas. Se trataba de luchas contra un “enemigo invisible”. Podemos ver que en este momento, el repositorio de conceptos que tiene la pandemia a su disposición, son consignas higiénico-epidemiológicas y de definición del enemigo, en este caso, un enemigo no proveniente de fuerzas sociales o políticas de rango histórico, sino de un enemigo del campo biológico, que tiene nombre pero no conocido completamente en sus posibilidades de movimientos futuros. Aunque sí sometidas a cálculos estadísticos. Esta coalición de lenguajes no es nueva, sobre todo el empleo de metáforas militares de todo tipo para dilucidar cuestiones políticas. Lo muestran la misma palabra “conducción” hoy generalizada, o “estrategia”, que quiere decir lo mismo y es de uso habitual para el diccionario político que todos manejan.

Pero si mencionamos estos usos idiomáticos no es por desconocer la necesidad de todo lenguaje de abrirse y llamar para sí, en forma alusiva, terminologías que parecen literales en otros campos. Así aparecen en la político términos medicinales, como cuando alguien habla de “contaminación ideológica”, la “peste nazi”, el “bacilo comunista”, los “anticuerpos” o “la epidemia neoliberal”; y en la medicina términos político militares, como cuando se escucha la batalla contra el virus, la épica de los hospitales, el heroísmo del cuerpo médico y otras conocidas nociones. Lo cierto es que esta situación excepcional ha concentrado un gran poder en el Presidente, de manera natural y bajo un amplísimo consentimiento social, que merece un rápido examen. Los remanentes exaltados del bastión antidemocrático de la sociedad, que recorre como una veta zigzagueante por todo el espectro social, acusan de que estamos ante una suma del poder público. Un sector de la izquierda partidaria institucional también eligió la vía fácil de denunciar un supuesto absolutismo. Por su parte, los que se entusiasman con una desviada interpretación de lo que estamos viviendo, se felicitan por la supuesta posibilidad de que habría llegado un comandante en su carro restaurador a reponer, por fin, un “necesario orden”. 

Estas opiniones minoritarias, que pueden incluir al elitista ultraliberal que ve “conculcada sus libertades” o el neo facho argentino que desea convertir a políticos dúctiles e inteligentes en una imagen trasnochada de lo que ciertos locutores de la televisión proclaman como la llegada por fin del mando conservador. Ellos viven de su propio caldo de cultivo de un egotismo resentido y fanatizado. Lo que ocurrió es otra cosa. En la Teoría de la Justicia de John Rawls se estudian qué cuotas de libertad personal se pueden sacrificarse en nombre del bienestar social. En este caso sería en nombre del estado sanitario de la población ante un caso de severo riesgo que abarca el nivel universal. Los medios de comunicación mundiales, prácticamente unificados en una única graduación de sus voces de alerta, son el espejo de la creación de la nueva lengua franca sobre la peste mundial, y a la vez esta tiene su redoble especular en la multiplicada “acumulación primitiva de la prevención” en la que viven los voceros mediáticos. 

En este momento, de fuerte cohesión de la idea de reclusión voluntaria en el domus -la situación es diferente en barrios populares, situaciones menos de “domicilio” que de hacinamiento, poblaciones carentes de resguardos habitacionales aceptables-, aparecen como motivos de una penalidad entre simbólica y jurídica, y los que se trasladan deben exponer sus motivos o permisos a la manera de salvoconductos. La vida se ha medievalizado. Es lo que Hobbes describía como en estado de riesgo anterior a la llegada de la majestad contractual ordenadora. Pero aquí tenemos que esa majestad supra ordenadora es producto de que el estado de riesgo se produce en sociedades industrializadas y “financiarizadas”, y estas tramas serían hoy el verdadero “estado de naturaleza”, pues en estas malezas de la ultra modernidad es donde el hombre es el lobo del hombre. 

  1. El infinito pandémico

Evidentemente, el Estado está presente, en una consigna que acepta un doble sentido, tal como lo manifiestan con razón los que insisten en esta afirmación. En que el sistema de salud, aun deteriorado en el último ciclo presidencial, es de calidad muy apreciable, y que el Estado ordena medidas económicas, sanitarias, sociales y judiciales con puntillosidad y grandes exigencias, para sí y para el colectivo social, que las recibe con señalado apoyo. Se eligió el difícil camino de atender los riesgos que corre la salud pública y poner las exigencias del riesgo país en un plano que nunca dejó de tener importancia central, pero ahora está entrelazado y sobre determinado no solo por Templeton, Fidelity o Black Rock, sino también por el fondo más oscuro relacionado a las necesidades últimas y extremas de protección de todo lo valioso que en una sociedad decide la reproducción de la existencia colectiva. Si no fuera así sería imposible no aceptaríamos no salir de casa o que un policía nos pregunte porque fuimos a comprar una caja de fósforos al kiosco de la esquina. De todas maneras, esto merecerá mayores reflexiones.

Se escucha decir que el virus no es un organismo vivo. Quedamos un poco azorados, pues equivaldría a un significante cero, o a un vacío de significación que si bien no tendría vida, estaría en la inminencia de tenerla. Pero cuando la tiene ya es otro, se halla en otro cuerpo afectándolo y buscando nuevos transportes hacia el infinito pandémico. Lo cierto que le problema que atravesamos tiene envergadura totalizante, abarca los intereses vitales de toda la humanidad no por la cantidad de casos, que no son muchos en relación a la totalidad de la población del globo, pero son portadores de una alarma especial ante este organismo que “no vive” pero que proteínico e invisible, y no es inerte, “vive una hora sobre superficies de metálicas”. Siendo así, que el microbiólogo hable, que el estadístico hable, que el sociólogo hable, que los médicos hablen, que los economistas hablen -dominaban hace unos días el lenguaje, pero seguirán hablando, es necesario-, y que los políticos hablen, es indispensable en este “infinito pandémico”. ¿Pero cómo hacerlo? 

Porque no es posible acudir permanente a la repetición ritual emparentada con el miedo ni al balbuceo errático de cualquier improvisado sobre un tema tan crucial, pero tampoco la jerga impostada e inverificable de ciertos declamatorios pensamientos coronados de ínfulas. Ante la reconocible realidad de emergencia mundial, había que emplear un lenguaje enérgico, contundente y disuasorio. Y como se dijo en los primeros mensajes presidenciales, todo ello en nombre de la democracia. Es la democracia en situación de excepción. Como todos escuchamos, se usaron giros de una expresividad de cuño bélico, fundada en el par antagónico amigo-enemigo, para crear un ámbito aglutinante de amplísimos alcances. No una ciudadanía social expresada en momentos de “normalidad” -aunque no la excluye-, sino una ciudadanía sanitaria. Los que concordamos con aceptarla en este específico momento y valoramos la figura presidencial, no nos podemos eximir sin embargo de puntualizar algunos rasgos de gran espesura y dificultad que ofrece la “situación excepcional”, es decir, la extrema gravedad -lo gravísimo, si se quiere-, de una humanidad ante el abismo de una amenazante y genérica letalidad, que como dice Jorge Alemán, lleva a decisiones “darwinistas” en los ámbitos de hospitalización donde no hay respiradores para todos. Se corta por el eslabón frágil de los de “mayor edad”, los “inmunodeprimidos”, etc.

Pero vamos a lo que llamamos puntualizaciones, que son en el fondo la cuestiones de siempre pero ahora pensadas sobre el abismo. El cauce imprevisto de los acontecimientos obliga a poseer nuevos criterios de política cultural que abarcan diversas esferas temáticas. Que van desde poder visualizar cómo una mutación de una derecha arcaica, ataca ahora con argumentos sanitaristas, que se autodestruyen inmediatamente en la medid en que el macrismo -de cuyos restos se desprende esta nueva derecha-, descuidó a un nivel de irresponsabilidad inimaginable al sistema de salud del país. Pero cuando dicen “cultura no”, “respiradores sí”, imaginando una posible derivación ínfima del presupuesto para ciertas actividades de talleres culturales que no implican aglomeración de personas sino transmisión a distancia artesanal. Este es un buen ejemplo. ¿Habría allí contraposición con los respiradores que hay que comprara o se trata de una demagógica y falaz intervención política de los “desconocidos de siempre” para correr por derecha a un gobierno que además del aplauso a los medidos, acepta también aplausos a las fuerzas de seguridad? Indicio de que no ha cesado la política menuda y asimismo cerril, cuestión que el gobierno debe tener en cuenta en sus aperturas generosas hacia una unificación de criterios políticas en torno al peligro mayor, que no son observados por quienes además de endeudar trágicamente al país, desmantelaron los accesos, programas e instituciones culturales. 

Si bien es cierto que llegando la situación a un extremo de contextura irreversible -en cuyo caso el gobierno debe explicitarlo-, la alternativa “respiradores o …” debería funcionar. Respiradores o tocar el piano en tu casa, respiradores o usar nafta en los autos de los ministros, respiradores o comprar café para las conversaciones en la Casa Rosada, respiradores o no sacar más diarios, respiradores o no producir ninguna otra cosa que insuma cualquier gasto, inclusive un paquete de galletitas. Este ataque a la cultura con la proposición demagoga y mentirosa de que se le restan recursos a la salud, es propio de las mentalidades cheto-derechistas, que comenzaron su campaña amparándose bolsonoriamente en criterios anticulturales, pero usando miserablemente la apelación al respirador -de honda significación, pues es una apelación a la posibilidad de evitar muertes-, tirando al aire como un germen terrible la falsa opción. “Respiradores o corrupción”. Claro que es difícil, en este momento en que todo urge, y que todo tiene tal gravedad y tal delicada situación basada en envolturas de toda clase de pánicos, salir a debatir con estos energúmenos. Pero en la autoconciencia gubernamental estas maniobras deben ser tenidas en cuenta, para también saber convertirlas, también como potencial figuración, en insólitos protozoarios derrotados. No estaría mal destinarles un comentario mordaz y considerar la cuestión cultural no por su financiamiento sino por lo que realmente importa, su presencia permanente como actividad de la imaginación, sea o no difundida.

Pero lo más importante, y que también aparece como una cuestión cultural, es dedicar un tiempo que tampoco se les quitaría a las cuestiones más urgentes, para reflexionar sobre el vocabulario que se emplea para designar esta terminante realidad mundial vecina a la catástrofe. Está en juego la vía productiva mundial, que sin duda tiene que ser revisada, y por el envés, volver a un tipo de producción compatible con los tensos equilibrios vitales que exigen sociedad cada vez más complejas y exigentes, aun en su miseria. Las naciones siguen teniendo sentido pues contienen la disputa legítima por su orientación en torno a nuevos conceptos de un humanismo renovado y operante. No una unidad nacional abstracta -a la cual la lógica de la excepcionalidad debe llamar, sin duda alguna-, sino un juego de creación de amplios márgenes de acuerdos alrededor de nuevas hipótesis de relación entre una economía no concentracionario, una política no ritualizada, una justicia no confiscada por terceros poderes, unas comunicaciones no imitativas del tiempo paranoico de las finanzas circulantes, una cultura que no se remite a los banco de datos de las corporaciones del entretenimiento, y ahora, una salud pública refundada  luego de que este vendaval virósico deje de ser la mascarilla fúnebre de la humanidad. 

Por eso, no conviene dejar que asciendan criterios de la biología a la política -la expresión enemigo invisible quiere designar a un virus, pero es inevitablemente política, pues es la mayor metáfora que a esta le ofrece la biología-, y tampoco conviene acentuar dos cosas. Ni la cuestión política nacional sobre los asuntos críticos de la humanidad, ni un universalismo de los humanos en peligro que genere una brusca puesta entre paréntesis de los cimentos nacionales de cualquier inscripción política. Pero si a la salida de esta tragedia mundial, no persisten los criterios de acción pública basados en “distanciamientos sanitarios”, ahora necesarios pero inadecuados para pensar una nueva sociedad, no deberíamos aceptar la proliferación de la educación a distancia, el psicoanálisis por Skype o la universidad virtual. Y así, será posible comenzar a discutir otro tipo de sociedades, que hagan posibles palabras hoy en circulación, como solidaridad y cuidado, pero ya munidas de una espesura mayor, que la vertiginosidad y los peligros de la hora le impiden tener. No porque no hagamos esfuerzos por interpretarlas hoy con las mismas intenciones rectas con la que son lanzadas. Sino que habrá que sostenerlas en momentos advenideros, no en imaginarios “ratings” de palabras con efectos mayores de repercusión sensible -nada en contra de esto-, sino también en debates intensos, que no reproduzcan el famoso “o cañones o manteca”. Y que, sin ignorar ninguna de las dificultades, la verdadera escasez de la economía clásica, la escasez de medios de vida y sobrevida en materia de alimentación, salud, educación, etc.-, no se deje llevar por el chantaje de una nueva derecha encubierta en los barbijos de una “fervorosa militancia” en favor de “nuestros viejos”, a los que mientras estuvieron gobernando los trataron con su meticuloso darwinismo de la sobrevivencia del más fuerte. El infinito pandémico, entonces tendrá las características de haber sido un sacrificio y una lucha, de la cual emergieron, así lo creemos, criterios de vida renovados.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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