Politicidad de Ricardo Piglia

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Aunque los tiempos pasados son naturalmente borrosos, es posible imaginar a Ricardo Piglia en las discusiones políticas que se realizaban en la Universidad de La Plata hacia mediados de los sesenta. Piglia era un marplatense estudiante de historia. Y no puede decirse que no haya tomado, en la forma más plena de lo que hoy podríamos imaginar, un primer entusiasmo por una vertiente de la época que muy pronto se resolvería en el nombre de maoísmo.

Piglia, después, viajó a la China de Mao; hay unas memorias pendientes sobre ese viaje que pronto, quizás, sean publicadas. Ya en Buenos Aires ensayó la publicación de revistas literarias inmersas en las atmósferas políticas del momento (Literatura y Sociedad, Liberación), cercanas a los marxistas que esgrimían teorías literarias, entre las que si no recuerdo mal, predominaban las de Lukács.

Pero Piglia quiere ser un narrador, y sin percibirlo -aunque después lo esbozará en sus diversas teorías-, se encamina hacia un “absoluto literario”, quizás una visión post romántica de lo que debería poder englobar a todas las demás acciones humanas con capacidad autónoma. Ellas debían expresarse en última instancia en la literatura. Sin embargo, los nombres políticos permanecían allí enclaustrados, serenos o inquietantes, enmascarados en sus nombres literarios. En Piglia todo nombre es un efecto de su propio principio de construcción de falsedades. A la espera, pues, para llegar a “Respiración Artificial”, revisó un arco de tiempo ocupado por la dictadura militar, lo que habilitó la pregunta sobre el libro que contuviera la cifra oculta que explican los períodos de terror.

No debía ser un libro sobre el terror sino sobre las incógnitas de la crítica y la historia nacional quebrada, las vidas indiscernibles que fracasan en sus acciones, las comparaciones siempre flotando en el aire, y las conversaciones que parecían atemporales y eran formas encubiertas y provisorias del pensamiento efectivo, donde las voces son penumbrosas y salen del arcón de una historia inasible. Dijimos antes: encubrir lo político en lo literario. No era exactamente eso, ni una alegoría ni un ejercicio metafórico más imaginativo que los de costumbre. Era un intento de crear un lenguaje nuevo, que dijera lo indecible pero conspirara contra sí mismo para que sus verdades quedaran en poder de un puñado de conjurados.

Su método es el equilibrio entre la inverosimilitud de sus personajes, que salen de un efecto onírico y la moral oscura e incierta que los constituye.

Antes de ese libro que difundiera extensamente su nombre y obligara al lector a no usar claves elementales de desciframiento pero a saber también que estaba ante un artificio donde había que respirar de otra forma, Piglia había sido uno de los perseverantes sostenedores de la revista Los libros, donde terminó de completar su oficio crítico, siempre enjuto, indirecto, con brillos que se suscitan laboriosamente en la imaginación del lector. Piglia siempre esconde en su gabinete imaginario, cuál es la fórmula de ese distante perfil delineado, ese filete diluido que adquiere la frase que no obstante termina en un chasquido desconcertante. Su método es el equilibrio entre la inverosimilitud de sus personajes, que salen de un efecto onírico -Osorio, Maggi, el Senador, Lucía Joyce, Renzi, Croce, Ratliff, los gauchos y el comisario de “Plata quemada”, Ida en su última novela-, y la moral oscura e incierta que los constituye, que ante todo es portadora del sustrato de verosimilitud de la novelística de Piglia, obtenida con las armas de una pseudo-realidad, como lo son todas las realidades. No es que Piglia haya partido de la realidad para llegar a una pseudo realidad, sino que cada línea de sus escritos o de sus ficciones son una profunda meditación sobre si existe esa línea divisoria y sobre si es posible que sea el cimiento de cualquier escrito.

Si fuera posible, tal como conseguía hacerlo Ricardo, toda novela o toda crítica se tornaba una reflexión superior sobre el mal, sobre las éticas personales, sobre el individuo en la historia, sobre las desgracias de los hombres que parecían libres y los gestos de honor de aquellos que parecían estar inmersos en cualquier servidumbre. Allí, en ese espacio de ética de lo político e innombrable, o bien paradojal -ya el político no es el militante de un cuerpo colectivo sino la voz lejana de una moral oscura, marginal o anonadada por no saber cómo ahondar esas formas de la conciencia- allí, decimos, se jugaba todo el envío del ser político a lo real-literario que era capaz de hacer Piglia.

En vez de convertirse en otra cosa de lo que había sido su realidad fundamental en los sesenta y lo setenta, Piglia no olvidó ninguno de esos problemas, y los transfiguró hasta hacerlos desconocidos o ajenos para el lenguaje con que en aquellos momentos se hablaba, pero esos problemas seguían intactos en el nuevo lenguaje que él les dio, la historia como forma superior de la melancolía y el honor envuelto en túnica secretas, que de repente brotaban sin aviso ni prevenciones de un personaje perdido, que parecía encadenado a su voz cerril, y de repente una rápida mirada -una escritura- de Ricardo Piglia lo lanzaba por un segundo, durante un breve relámpago, hacia el ensueño de una redención.

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Horacio Gonzalez

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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