¿Por qué perdura una fuerza política?

Compartir

Horacio González realiza en esta nota un recorrido histórico sobre el surgimiento de una fuerza política, el peronismo, que se manifestó el 17 de octubre de 1945 como el subsuelo de la patria sublevado, en palabras de Scalabrini Ortiz, para arribar a la celebración de los 75 años de aquel 17 de octubre entre avatares y caravanas de automóviles y camiones en medio de una pandemia. El peronismo perdura. El subsuelo de la patria sublevado que se hizo movimiento tiene la fuerza onírica del sueño político hecho realidad.

Publicado en La Tecl@ Eñe

I

Abierto hacia todos los rincones del espacio y del tiempo, el peronismo perdura. Ya no exige señales precisas de afiliación y emblemas fijados en remeras, solapas, gorritos. ¿Y entonces, las efigies sacras, las rimas de la canción inexorable, los tranvías convertidos en colmenas de trabajadores que zumban en los techos y ventanas transmitiendo el polen peronista? Sí, todo eso son informaciones míticas que nos deja el pasado inconmovible, pletórico de imágenes donde los cuerpos humanos son enracimadas esculturas que cubren hierros, rieles y cables eléctricos. Los cuerpos crean imágenes superiores a ellos. Podemos decir que lo perdurable es lo que se ofrece a la memoria como la superioridad de las conciencias inocentes pero rebeldes, respecto de los medios técnicos de transporte, las grúas o camiones. Éstos pierden su perfil para adquirir la plástica aglomeración de hombres y mujeres que forman otro ornamento, en un apretujón barroco.

Pero si las imágenes fijas del primer 17 nos acompañan con su nitidez del blanco y negro -ojalá que a nadie se le ocurra colorearlas-, es porque nos sorprenden con una inusual homogeneidad que alienta un pensamiento, un impulso a decir que allí hay un sector social que actúa sobre la base de una muchedumbre que se perfila homenajeando a una forma de la igualdad. Se nota superficialmente en la semejanza indumentaria. Que sugiere origen y originalidad social. Hay muchos mamelucos, hay overoles y trajes arrugados de oficinistas. El sombrero en éstos era de rigor. Como el sol caía a plomo, dice la literatura argentina, mejor un sombrero. Pero a la noche, las antorchas improvisadas con el diario La Época, cuyo título se escribía con letra gótica. Era el diario yrigoyenista que cruza el Riachuelo, y sin abandonar una efigie, la del Peludo, la sobreponía a la del que iba surgiendo, la de Perón.

17 de octubre de 1945: cómo se gestó la movilización que cambió para siempre la vida de Juan Domingo Perón y la historia argentina - Infobae

Si hoy pretendiéramos una imagen viva de lo que ocurrió 75 años atrás, no solo deberíamos saber más del Riachuelo, sino que deberíamos quizás pronunciar la palabra espontaneidad. Pero ésta siempre tiene un momento previo de preparación, aunque sea con los trazos gruesos que le ofrece que fue organizativa, que nunca pierde la expectativa de cumplirse. Perón no vivió su 17 de octubre sobre una mesa de arena. Claro que siempre pensó en la famosa batalla de Cannas, donde los cartagineses derrotan a los romanos. No pudo Perón haber pensado que un éxito militar o político obedece a un trazado racional previo, en la medida en que nadie diseña con manos tocadas por certeras deidades, lo que ocurrirá el día posterior. Pero tanto en Cannas como el 17 de Octubre, hubo un diseño. Incluía decenas de discursos vigorosos, conversaciones con cientos de sindicalistas, viajes nocturnos a Berisso (frigoríficos ingleses, obreros criollos y de Europa central, calles con el nombre de Trieste, Belfast, Polonia, Montevideo, Nueva York, la libertad cosmopolita de nombrar). Ni estaba calculado ni ningún plan se cumple a la perfección.  Lo decía el propio Perón: un planificador. Porque además se precisa un soplo especial, designado con una frase bíblica. Se lo llamó el “óleo de Samuel”, el ungüento que tocaba al elegido, al único. En el primer 17 hubo más óleo, que sin ignorar al de Samuel, podemos asociar mejor a los delantales aceitosos de los trabajadores de las líneas de montaje del frigorífico Swift y las camisas grises tiznadas de grasa -como dijo Scalabrini-, de los obreros que salían de tallercitos al costado de la Avenida Pavón, batalla que Mitre le ganó a Urquiza casi jugando a los dados.

El planificador, al final de cuentas, prepara una zona sin nombre, un lugar a la expectativa, un vacío propiciatorio. Que no sabe si se va a llenar o no. La peripecia de Perón en Martín García, él sintió que lo favorecía. Contó con la ingenuidad de los militares que lo mandaban a un lugar histórico, justamente donde se habían fundado leprosarios, donde se llevaron a los caciques y mujeres mapuches en el gobierno de Roca, prisioneras, y donde pocos años antes Yrigoyen había sido recluido por los militares del 30, entre otros, el mismo joven capitán Perón. En Martín García se cumplían las cuarentenas de los buques que venían con apestados a bordo. Casualidad. Rubén Darío les dedica a estas situaciones un conjunto de crónicas magníficas. ¿Perón lo sabe o no lo sabe? En la conciencia de este joven militar, en ese submundo repleto de frases de Clausewitz y de sonrisas fraternales que sabían virar súbitamente al enojo dionisíaco, bullían los cálculos.

No podía ignorar que él en Martín García significaba no tanto estar preso, sino dejar presos a los militares que lo exilaban de la escena central. Porque esa escena ya estaba rodeada por el pulso de los que se movían de a pie. Aquellos del crisol peronista futuro. “Los que venían de los talleres textiles de San Martín…, los que bajan de las Lomas de Zamora”. Y la tez. Aquel que viene detrás, un morocho, color de la tierra, aquel otro, sobre el centro de la Avenida, un rubicundo, de las capas inmigratorias, y aquel otro cobrizo, que podía ser lo que Scalabrini, en sus fértiles arquetipos con los que recrea al 17 como gran frente social, étnico, nacional, llama “el peón de campo de Cañuelas”. Camina pensativo junto al cordón de la vereda. Lo que con superficial indicación perezosa se llamó crisol de razas, aquí se llamaba el subsuelo de la patria sublevado.

Pero entre el Subsuelo y la Isla había un diálogo. El Preso escribe cartas con promesas de retiro a su mujer mientras un médico amigo redacta un diagnóstico por el cual tiene que ser internado de urgencia en un Hospital con equipamiento adecuado. La carta a Evita es el diagnóstico sentimental que el mismo Perón escribe y puede ser posible creerlo, el retiro de la pareja amorosa a la Patagonia, en Chubut. Era la estrategia de la araña, no se podía decir que Perón no estaba reflejado en la frase dirigida a Evita: “Te encargo le digas a Mercante que hable con Farrell para ver si me dejan tranquilo y nos vamos al Chubut los dos”. Años después, en los tiempos resistentes, el exilado le dice a Cooke: “escribo sigiloso en la Remington, sin hacer ruido, para que no sepan que estoy luchando”. Todo suena familiar. Pero tampoco Perón dejaba de estar presente en la frase de su médico amigo, el doctor Mazza, que expide un diagnóstico preocupante sobre su salud que exige su traslado a un ambiente hospitalario. La frase médica decía: “elevación cupuliforme del hemidiafragma derecho”. Carta y diagnóstico de idiomas tan diferentes. Pero de una manera u otra cumplen con el designio de circunscribir el área ensoñada en que ocurrirían los acontecimientos.

II

La Plaza de Mayo era Chubut y la elevación cupuliforme podía ser la gente subida a la estatua de Belgrano y el hemidiafragma las calmas aguas de la fuente donde se refrescaban los pies los sin nombre, que casi de inmediato pasaron a llamarse peronistas. De ahí en más, Perón dependería de sus cartas y de la movilización popular, y de un modo de pensar el plan, que como en la obra de los grandes clásicos, precisa siempre de la visita propicia de la fortuna, engañosa fórmula del destino por la cual nada está determinado de antemano. Todo depende de la voluntad humana, pero nunca hay que confesarlo. Los resultados de esa voluntad hay que seguir considerándolos como si fueran una forma del destino. Así lo hizo Perón, según todos recordamos. Por eso su vaivén entre lo que parecía un decisionismo absoluto y su manera artística -no menos que trágica-, de dejarse llevar por la apuesta en caliente sobre los acontecimientos “planificados”.

Preguntamos nuevamente, cual inquisidores perplejos. ¿Qué es lo que amasa o determina lo perdurable de una fuerza política y su nombre? El hilo del martirologio no puede ser abandonado. El peronismo presenció y recibió diez años después de que el general Ávalos dudara en reprimir a la Plaza (por las evidentes razones que le confiesa al historiador Potash), la dosis redoblada de metralla que en ese 1945 se habían ahorrado los militares que ahora encontraban un flanco que groseramente habían abierto con sus salmos de clase, sus convicciones clasistas. El peronismo que no quiso ser clasista, recibía la feroz reprimenda de la artillería clasista, cuyo núcleo se hallaba en el oscuro trasfondo en que habitaban los “dueños de la tierra, las vacas y de las almas”. ¿Perdura, entonces, porque está impregnado de mártires provocados desde extramuros y mártires intramuros? Tensiones que generan leyendas que van rotando entre el recambio de las generaciones. Pero ese es un modo de perduración enhebrado por hilos de sangre. Ésta convive con el amor y la igualdad. Por eso, la perseverancia de una fuerza y de un nombre, debe elegir también si en los momentos de urgencia -y cuáles no lo son-, escoge seguir el complejo hilo del martirologio o el hilo de los “principios sociales”, que es donde principia toda idea de justicia, de lágrimas por el sufrimiento ajeno y penurias atravesadas por nosotros mismos, que, al sentirlas, nunca dejamos de preguntarnos cuán hondas encallan en nuestra propia conciencia.

Setenta y cinco años después, en estos días mismos, quedaba sofocado como un sueño que flotaba amorfo, el deseo de salir a la calle. Salían otros, los que renegaban de la cuarentena, ignorando que hay algo por encima de las políticas locales y nacionales, algo que las trasciende como amenaza indiferenciada de muerte, que, aunque dice preferir ciertos estratos por edad o por pobreza, es un virus que quiere mantener la potestad de su universalismo “por encima de todos y de todas”. Asombraba entonces, que muchos creyeran que “eso” que estaba por encima de la política no fuera real y que pudiera ser politizado como en una elección interna partidaria, como una tal “lista azul anticuarentenista”, cuyas falacias de manosantas portaban distintivos diciendo que todos podrían curarse de grandes males si se votaba a tal o cual pretendiente a caudillo.

Pero una gran mayoría abrumadora de la población, puso el riesgo en otro plano. Hay una cuarentena ahora desflecada y un peligro político que crece en el sector VIP de los anticuarentena. A la vez, el hecho estadístico de las muertes no provee de singularidad, sino de supuesta ajenidad, como bien dice Juan Carlos Tealdi. Puesto ¿quién soy yo para ser indicado, señalado y tumbado? Las estadísticas no hablan de nadie en particular pero en su fondo indecible, “de te fabula narratur”. Sí, es de mí que hablan. Pero era una mayoría, que sin sentirse intocables por las estadísticas, se sentían tocados por el abusivo manoseo del Obelisco, el gritoneo insultante de los que se sienten propietarios del “peón de Cañuelas”. Los descendientes de esos peones y talleristas, sin saber enteramente que lo son, de los que llegaban de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de fundiciones del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas y que -también-, “brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda”, no deseaban las alturas del Obelisco sino visitar nuevamente los subsuelos, averiguar en el interior de sus nuevas trazas sublevadas, cómo habían cambiado los oficios y los medios de locomoción.

El trazado scalabriniano no puede ser más conmovedor, y a la vez contiene una microscopía social, hoy imposible de contar de ese modo, donde se mezcla una sociología literaria, con tintes metafísicos y un juego entre los ambientes del trabajo y la lírica naturalista. “Bajaban de las Lomas… brotaban de los pantanos…” Quien quiera escuchar, que lo haga. Por descripciones como éstas también subsiste el peronismo. Y aun ignorando que las sombras de la historia piden reemplazos de urgencia, había cientos de miles que siguieron cubriendo esos lugares que siempre están tocando inaudibles silbidos. Llaman, convocan.

17 de octubre: las condiciones que Perón exigió a los militares para desactivar la movilización en Plaza de Mayo - Infobae

III

¿Y ahora? Ahora muchos veían que un tesoro era sacrificado, que parecía un galeón abandonado en las profundidades del Río de la Plata, que ni había podido llegar a la isla de Martín García. Aquella cualidad de “ganar las calles”, expresión que quiere decir que las calles vencen, que las calles derraman su triunfo cuando las ganamos, no cuando les ganamos. Las ganamos para que ellas ganen y no siendo fácil tomar la decisión, hay que tomarla. Porque hay viento y hay cenizas en el viento. Salir. Había que salir con “distanciamiento social”, salir con barbijos, con sonajeros, con baberos, foulards, burkas o choripán móvil, cuyo manto protector es apenas el humo que emerge del calcinamiento de la butifarra. Para que el vocablo peronismo se pusiera a la altura de un universal convocante en grado de máxima butifarra, era necesario exaltarlo como leyenda capaz de pasar por alto sus avatares más incómodos, de la naturaleza que hayan sido. Como escribió con gran sensibilidad Alejandro Kaufman, la palabra peronismo acabó significando el grito, el lamento el susurro o la ironía de los “lacerados en el patíbulo”. El avatar que iba a ser informático se transformó en un avatar alegórico, los automóviles en lugar del peregrino que marchó hacías las fuentes aquel día en que un general le dijo a un coronel en el balcón “hábleles, cálmelos.”

El peronismo desplazado de su historia real, bien espesa, puede perfectamente convertirse en un avatar, pero en el sentido real de una transformación constante, no uno que lo sustituya en las pantallas sino uno que le dé un eslabón real adicional en donde proyectarse. Absorbiendo como papel secante todas las tintas disconformes de una época. El enemigo siempre será el usurpador, el que usurpa al propio país en sus mismos pilares constitutivos, pues creen ellos haberlos creado, tanto sus fuerzas materiales, morales o intelectuales. A esa usurpación el peronismo le dio variadas respuestas en el tiempo y en la modulación de sus posibilidades, con lo que sus mezclas de gritos y susurros le iban permitiendo. Pero la usurpación de la calle origina un sentimiento angustioso, un “no puede ser”, porque la historia real no lo tolera. Hubo entonces en la salida de las ristras de automóviles el semblante de una exposición patriótica, como si fuera un inocente desfile de modelos nuevos de transporte. Pero era la grávida historia nacional la que pasaba por allí. Y en los camiones estacionados en la 9 de Julio, todo parecía ser un juego de dominó gigantesco donde un Scania Vabis empalmaba exactamente con un Volvo FMX. Haciendo series. El peronismo son símbolos arquitectónicos, escudos patrióticos art-decó, las cartas de Cooke y también la carta que a Evita le escribe aquella Salvadora Medina Onrubia sin ser escuchada. ¿Pero qué es esto?

¿No era mejor ser avatar, fantasma electrónico, alegoría digital? Recordemos una de las primeras fotos del peronismo bajo la forma de la marcha popular que debe datar del segundo o tercer festejo de ese día, que fue calificado de “maravilloso” en el lenguaje oficial de la época. Se ve una centena de obreros en overol, el que encabeza toca un redoblante -el bombo todavía no había mostrado su imperativo retumbo-, y un mínimo cartelito con forma de corazón con la figura del coronel vestido con uniforme militar. Entran por la avenida Hipólito Yrigoyen -nombre que había sido impuesto en esos mismos momentos reemplazando el de Victoria, que tenía desde 1820, conmemorando otras victorias antepasadas-, y el fotógrafo los toma caminando con naturalidad, un pie apoyado en el suelo y el otro en el aire, que espera su momento merecido y justo para apoyarse dejando el otro libre para la misma tarea, el mismo avanzar, levantarse y sumar así al conjunto de la marcha. Ya nuevamente apoyado al suelo. Salvando todas las diferencias que hay que salvar -los estudiosos de las imágenes pueden ayudar aquí-, es el mismo movimiento de iniciar una marcha, con todos los pies sorprendidos en su casi y mínima elevación inicial que podemos ver en La Guardia Nocturna de Rembrandt. ¿Y Brueghel? No, estaba en otro lado, en la fiesta de los choriceros cubiertos de humareda, vendían y protagonizaban una escena reidera del teatro nacional y popular.

Adriana Rosenzvaig on Twitter: "Porque este #17deoctubre,siendo diferente a todos los otros que vivimos, nos encuentra, como siempre defendiendo nuestras banderas, mal que le pese a quienes intentan e interon destruirnos #75octubresdeLealtad #

En el último 17 de octubre la ausencia de marchas, banderas de alta costura, bullicio coreografiado, petardos profesionales, bombos con ritmos orquestales -con sus percusionistas especializados-, demostró que la caravana de vehículos de reemplazo, es una forma inmemorial de la marcha no por medios pedestres, sino de tracción animal o mecánica, camellos o automóviles. Con sus torretas donde emergen muchachos y muchachas embanderadas, los automóviles son medios de transporte de personas, las publicidades refuerzan con él la idea de una familia feliz, pero un 17 desde octubre puede significar una escenografía contra el lento y aceitoso golpismo con el que sueñan los reducidores de cabezas del movimiento popular, los canibalizadores del pueblo, aunque éste, cada tanto se rehace. Cambia su peladura -como decía Marechal- e inaugura unas membranas novedosas, talismanes con arcaísmos y tecnologías, y siempre con su mito esencial. Que permite que opiniones reales de las más contradictorias, recojan de la maraña tantas disidencias, y griten un día un único nombre, el que precede al carajo, o el carajo, completando por el de Perón. Efusión terminante, que encara un riesgo, que respeta el necesario sanitarismo estatal y social, y que en un momento indicado pero también inesperado, muestra que en las calles hay vida colectiva, una sociedad en movimiento que advierte a los que pensaban que faltaban unos pocos empujones para enviar al abismo al gobierno, que tendrán que seguir investigando mucho más para demostrar porqué la tierra es plana, una legendaria planicie sostenida por cuatro elefantes asiáticos, la Corte, los Medios, las Finanzas y la Justicia, amparados a la vez por una gran tortuga, hermosa fantasmagoría de los antiguos hindúes, que tampoco tienen derecho a arruinar. Porque como la palabra peronismo, perdura por su diseño onírico, no porque quiera destruirse encarnando un barato pensamiento de negligentes a toda imaginación política.

Nota original

Comentarios

Comentarios

Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 29/11/2020 - Todos los derechos reservados
Contacto