Preguntas inexistentes: una pedagogía del orden

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El jefe de Gobierno resolvió por decreto modificar el calendario escolar, adelantar el cierre del año 2020 y cambiar el día de regreso a las instituciones educativas en condiciones que todavía es imposible saber cuáles serán. El objetivo es el de siempre: enunciar palabras que fingen preocupación por aquello que este año “se perdió”, para tratar de recuperarlo todo al calor de febrero. Quienes habitamos instituciones educativas de la ciudad sabemos bien que no hay necesidades pedagógicas de regresos apresurados ni condiciones sanitarias seguras en los edificios.

Foto Majo Grenni

AGENCIA PACO URONDO.- Los patrones casi no piden opiniones a lxs trabajadorxs, muchas de las veces considerados sus empleados. Sí, así, con idea y práctica de posesión de las personas. A los empleados se les da órdenes. No se discuten. Se cumplen. Sus empleados trabajan con usuarios que son o serán consumidores.

La lógica imperante en el sistema educativo de la Ciudad de Buenos Aires se parece demasiado a esta forma de relacionamiento. Aunque -vale decirlo- dicha actitud no es sólo potestad de las autoridades porteñas. También existe en algunos despachos nacionales y -probablemente- provinciales.

Que la educación es un trabajo colectivo, que el aprendizaje es mutuo y colaborativo, que lxs docentes son esenciales para el futuro, que su tarea es indispensable y muchas otras sandeces se afirman insistentemente. Puras frases formales, políticamente correctas y para una voz pública mediada por estrategias de marketing. Nada de esto se comprueba en la realidad de una institución educativa de la Ciudad y menos en los tiempos de pandemia.

Veamos: la comunicación sobre las modificaciones que se fueron realizando dentro del sistema educativo en pandemia, se transmiten por TV y radio, fundamentalmente en programas con periodistas muy afines al gobierno local. Las y los docentes nos fuimos anoticiando de cambios a partir de la lógica Fantino-Novaresio-Canosa de la vida. Luego, a los días, recién llegaba alguna mediación institucional que intentaba descifrar, en contradictorias resoluciones, cómo debíamos trabajar desde nuestras casas o en los edificios escolares.

Esta lógica actúa también con las y los estudiantes y las familias. Lo que prevalece, entonces, es la incertidumbre y la confusión. Mientras lxs funcionarios invitan a volver alegremente por las pantallas, las autoridades de los establecimientos y lxs docentes deben explicar -por las otras pantallas- la cantidad de limitaciones que tiene la vaga idea denominada revinculación, los problemas de infraestructura para la aplicación de los protocolos y que, en realidad, no se vuelve a clases, sino a estar juntas y juntos en un edificio bajo responsabilidad individual. Juntas y juntos, en grupos de diez personas distanciadxs por dos metros, con la imposibilidad de saludar o abrazar a alguien. En las actuales condiciones de pandemia, los protocolos son decálogos de lo que no se puede hacer. Pura prohibición.

No quisiera aburrir describiendo cantidad de episodios que desconocen (o desprecian) la tarea docente en estas condiciones, pero se hace necesario poder comunicar, de alguna manera urgente, que este modo perverso se profundizó en tiempos de covid. Algunos datos importantes fueron dichos: hay una enorme cantidad de horas destinadas a la tarea, los dispositivos tecnológicos y el servicio de internet son aportados por lxs docentes, las modificaciones curriculares obvias de la época también, pero supervisadas por burocracias que pueden vestirse de neo-jipis que sostienen la vieja forma del impedimento y el reglamento sin sentido común. El cuerpo para repartir unas viandas vergonzantes o apuntes en libros o fotocopias también lo aportan docentes y muchas veces trabajadorxs precarizadxs del ministerio que, perversamente (continua la perversidad), actúan bajo la amenaza literal -o en segundo plano- de perder sus contratos.

Hace unos días, el jefe de Gobierno resolvió por decreto modificar el calendario escolar, adelantar el cierre del año 2020 y cambiar el día de regreso a las instituciones educativas en condiciones que todavía es imposible saber cuáles serán. El objetivo es el de siempre: enunciar palabras que fingen preocupación por aquello que este año “se perdió”, para tratar de recuperarlo todo al calor de febrero. Estas modificaciones vuelven a cambiar las muchas actividades previstas y, en algunos casos, apuran el cierre de las clases, que se siguen dictando virtualmente. Por supuesto que no hubo ninguna consulta previa a las y los docentes, ni consideraciones sobre lo que se había planificado en la virtualidad, ni preguntas acerca de la viabilidad del cierre del año y mucho menos se pensó en las posibilidades de que alguien -con suerte a favor- haya planificado/alquilado algo para tratar de descansar la primera quincena de febrero, luego de un ciclo lectivo que deja rastros en los cuerpos que todavía no pueden dimensionarse. Sólo se comunica. Ya se dijo, la lógica imperante es la del patrón y “sus” empleados.

Hablar de proyecto pedagógico, profesionalización de la tarea, excelencia, formación continua y condiciones dignas parece un lenguaje fuera de lugar y época. Es imprescindible decir, gritar, comunicar, explicar y dar a conocer que trabajar en la educación pública es una tarea cada vez más pauperizada y difícil en la ciudad más rica del país. Hace unos días, María Laura Torre (secretaria adjunta de SUTEBA), destacaba tratos respetuosos de nuestro trabajo, explicando que los diversos formatos del regreso a los edificios en la provincia de Buenos Aires se elaboraron con participación docente. “En el gobierno de Larreta nos ven a los docentes como el problema. En el de Kicillof, como parte de la solución.». Esta brillante síntesis no desconoce las tensiones existentes, pero muestra las diferentes sensibilidades que pueden tener los gobiernos sobre los proyectos educativos y la relación con lxs trabajadorxs.

El 2020 quedará en nuestra memoria como el año de la pandemia y de formas de confinamiento inéditas. Ningunx de los que estamos vivos o vivas vivió una situación semejante ni se imaginó esta experiencia. Todo se transformó: la vida laboral, social, económica, familiar y también la afectiva. Ya nada va a ser igual. Hasta el último día de nuestras vidas vamos a registrar este año y esté presente tan difícil, con miedos, angustias y peligros que acechan. Todxs esperamos una o más vacunas salvadoras que restauren una nueva normalidad que -como deseo mínimo- tenga menos riesgos para nuestra salud y, fundamentalmente, para la de nuestras viejas y viejos y de aquellxs que sufren enfermedades que pueden aumentar la posibilidad de la muerte. Sí, nombremos también la palabra muerte. Porque cuando se escriben estas torpes reflexiones, los casos de infecciones superan 1.300.000, las muertes del país son más de 35.000 y los fallecimientos diarios siguen arriba de 250. Esa es la cifra. Y, lo sabemos, va a continuar creciendo.

Es en este contexto que se pretende que las y los trabajadrxs de la educación realicen tareas, como si todo estuviera superado, poniendo cara de circunstancia para la foto. Es en este contexto que, quienes habitamos instituciones educativas de la ciudad, sabemos bien que no hay necesidades pedagógicas de regresos apresurados ni condiciones sanitarias seguras en los edificios, pero mucho menos hay condiciones de exigir mayores esfuerzos a lxs docentes, extenuadas y extenuados por las diversas actividades que siguen asumiendo.

Es en este contexto -y no en otro más amable- que el gobierno de la Ciudad sigue tratando a lxs docentes como empleados que deben cumplir sus órdenes. Es en este contexto que a ningún docente se le preguntó qué piensa ni cómo se siente (tampoco a las familias y muchos menos a lxs niñxs y estudiantes adultxs). Es en este contexto que la perversidad y el marketing aumentaron. Y es en este contexto que hay que poner freno al atropello desde una perspectiva humanista que pueda dimensionar la tragedia, pero también el descomunal esfuerzo que hicieron las y los docentes. Si no lo hacen las autoridades, debemos hacerlo igual en nuestras instituciones, porque no podemos aceptar como dada la perversa lógica empresarial. Hay que cuidarse, en toda la dimensión de la salud individual y colectiva, aunque cueste, y a pesar de que el gobierno de la Ciudad no lo sepa o no le interese.

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