Psicosis y changuitos

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El contraste entre las políticas adoptadas por Alemania, China, Estados Unidos y la psicosis consumista argentina. La brutal golpiza del preparador físico Miguel Ángel Paz al guardia de seguridad que le advirtió que debía cumplir la cuarentena y la orden de detenerlo para que cumpla el decreto presidencial. Argentina en tiempos de coronavirus.

El sol estaba a punto de esconderse, cuando salí de recorrida por el flamante planeta de Walking Dead. Una anciana arrastraba su changuito de compras con un barbijo puesto viniendo del oeste. 

Al darme vuelta, una pareja con las bolsas repletas de compras: latas, lavandina, alcohol y una docena de paquetes de papel higiénico llegaban de espaldas al río. Unas cuadras más allá rumbo a Luis María Campos y Avenida del Libertador, una mujer estacionó su auto importado en la esquina de un mercado chino. En la caja, dos hombres hacían sus compras. Uno de ellos salió apurado con cuatro kilos de harina en las dos manos. 

Del lado más opulento de la Ciudad, es decir cerca de la costa del río, las familias con mayor poder adquisitivo colapsan los grandes supermercados y se proveen como si llegase la Tercera Guerra Mundial. Claro que no tienen la misma preocupación a la hora de cumplir con el protocolo de cuarentena obligatoria que el Presidente Alberto Fernández llamó a efectuar de forma estricta para detener la curva de progresión del virus Covid-19 conocido como coronavirus. 

En ese lamentable, brutal e indignante episodio violento protagonizado por el preparador físico Miguel Ángel Paz –domiciliado en el partido de Vicente López, zona norte del Gran Buenos Aires- se evidenció una clara violencia de clase. Le propinó una tremenda golpiza a un empleado de seguridad que le advirtió que no había cumplido con las normas de salubridad pública que dispuso el Estado. Paz había llegado de Estados Unidos hacía horas y estaba saliendo del edificio donde vive. El vídeo llegó a las manos del Presidente a la 1:30 de la madrugada del domingo y se comunicó con el gobernador Axel Kicillof, quien llamó al ministro de Seguridad, Sergio Berni. 

¿Qué sucedió? Paz está detenido, con custodia policial en su casa, hasta que cumpla con los 14 días de cuarentena obligatoria. Luego el fiscal a cargo puede pedir que avance del proceso penal en su contra, que incluye “amenazas, lesiones y el agravante de haber incumplido con el decreto del Poder Ejecutivo”. 

El señor Paz con sus músculos marcados por la testosterona mal encauzada,  podría ir a parar a una cárcel común. 

En la peor época de Sierra Chica, los seres como Paz no duraban ni el humo de un cigarrillo. Ojalá comprenda la gravedad de sus actos, pida las disculpas del caso, y se atenga a la Ley. Avanzar en un proceso penal en su contra sería un escarmiento para ese sector de la sociedad que se siente superior al resto y pone en riesgo a toda la comunidad. 

El solo hecho de pensar que Luis D’Elía está preso -siendo un paciente de riesgo con diabetes y problemas respiratorios- y Paz en su casa con Mauricio Macri mirando el caos económico que nos legó desde Villa La Angostura, deja muchos mensajes dentro de las muñecas rusas del Poder Judicial y su casta de privilegiados.   

Dos jóvenes de unos 20 años, de gorra, remera y pantalones deshilachados van recorriendo volquetes de basura, con dos  alambres con punta de garfio en sus manos para detectar lo que les sirve de los restos de los otros. Cruzan las calles en diagonal mirando el horizonte que se les achata cada vez más sin remedio.

Un matrimonio con impecables conjuntos de gimnasia de marca internacional viene conversando sobre el alcance de la epidemia en Los Ángeles, Estados Unidos, donde Donald Trump cerró las fronteras e impidió la llegada de aviones de Europa. El sistema de salud estadounidense es privado. Tal como su modelo capitalista global que se contrapone con el modelo estatal del Partido Comunista de China. 

El asunto de fondo es quién se apodera del control del capitalismo planetario, mientras miles de personas mueren producto de una enfermedad que se inició en uno de los países en pugna. 

Por cierto, China detuvo la curva de avance del virus con el impulso del Estado, el Ejército, la cuarentena de una región completa con casi 60 millones de personas –superior a la cantidad de habitantes de la Argentina- y la edificación de un hospital nuevo en tiempo récord. En el modelo de tratamiento chino se usaron retro-virales cubanos, entre otros métodos de control y aislamiento. 

Alemania cerró sus fronteras con Austria, Italia y República Checa e impidió la apertura y el consumo en bares, restaurantes, museos y cines. La cantidad de personas infectadas en el país más rico de Europa supera los 4.500 casos, pero posee el mejor sistema de salud y el Estado más eficaz y organizado. Cada pasajero de tren debe llenar una planilla y las fuerzas de seguridad y sanitarias están al tanto de los núcleos que pueden infectarse por barrios y regiones. 

Esto no sucede en sectores de Salta con la comunidad wichí que ni siquiera tiene agua potable y ya han muerto cinco niños de hambre. En las últimas semanas, miembros del Gabinete Nacional concurrieron a la zona afectada y la Jefatura de Gabinete coordina un plan de emergencia para intentar paliar el desastre inhumano que dejó el macrismo en el Estado. No sólo tomó una deuda con el FMI y los privados, imposible de pagar, sino que saqueó el país con millones de argentinos y argentinas como rehenes de su irresponsabilidad. 

El mensaje que dio Alberto Fernández con Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof fue un gesto de convivencia política importante en estos momentos. Pero Rodríguez Larreta debería hacer algo más que declaraciones con el mosquito del dengue que se propaga en la Ciudad, por culpa de Macri que no controló la plaga del insecto que ingresa por la Triple Frontera con Brasil y Paraguay a la que prefirió militarizar según el mandato norteamericano.

De “la pobreza cero” al hambre sistemático, la tuberculosis y el sarampión sin vacunas hasta que llegó el ministro Ginés González García y el Estado le entregó 1.700 medicamentos con más de 3 mil marcas a cinco millones de jubilados y jubiladas de forma gratuita. No todo es lo mismo. 

La escena final del recorrido de la psicosis es surrealista. Una mujer estaciona en doble fila. Desciende y toca timbre en un edificio de categoría. La recibe otra –también en ropa de gimnasia- y le hace entrega de unas doce botellas de alcohol dentro de una bolsa plástica. 

Los mini-mercados internacionales que están a dos cuadras atienden a sus últimos clientes con caras de angustia. 

Martín, el chino de mi barrio, vende el jugo de naranja natural a menos de 100 pesos el litro. 

-Vas a hacerte rico- le digo. 

-Nada de rico- responde.

La jungla de la psicosis tiene otro color con un jugo de naranja frío.    

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Juan Alonso

Juan Alonso

Periodista, escritor y docente. Columnista con Roberto Caballero en Radio Colonia y del programa ADN en C5N. Distinguido con el Premio Walsh de la Facultad de Periodismo de La Plata en 2017. Fue editor de Policiales de Tiempo Argentino.

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