Ramos Padilla

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En las democracias contemporáneas el juicio de la justicia se funde con el juicio mediático, se ventilan los detalles de los expedientes, las escuchas judiciales tienen ráting propio y el público televisivo opera como un jurado fantasma. D’Alessio cumplía un papel fundamental en la dislocación de los encajes mínimos de verdad que debe tener una sociedad. De ahí resulta potente, inusitada y vital la tarea del Juez Ramos Padilla. 

Foto: Joaquín Salguero

Lo que se ha llamado justicia mediática sería la conjunción entre el trámite de enjuiciamiento en el set, rapidísimo, y en un estado leguleyo que lo refrenda. Por la misma configuración de la imagen, esta es desde ya una prueba, los jueces del aparato mediático actúan en distintas instancias del dictamen. Eso no ha desaparecido, pero son remplazados por locutores anónimos que ensayan muecas faciales como “equivalencias” jurídicas inmediatas, sumarísimas, de aprobación o desaprobación, con ironías, ritual de complicidades con el espectador, convertido en jurado fantasmal. Esta conjunción entre los medios y los jueces es muy compleja y maduró durante años, hasta llegar a la especialización del periodista que recibe partes de un sumario desviado de su proceso normal y lo devuelve ya comentado, como un paso aceptable de la cadena de acciones judiciales clásicas. El tercero que interviene en distintas instancias de este enjuiciamiento del tribunal invisible, es el agente de informaciones (estatal o paraestatal), que desde siempre estuvo llegado a distintas cámaras judiciales, y provee y a su vez desprovee de informaciones a periodistas ahora llamados de “investigación”.

Las reglamentaciones para la grabación judicial de conversaciones, la llamada ingenuamente “escucha judicial”, se declama como reservada por ser composiciones ligadas a ciertas causas, pero no son respetadas. En parte porque las tecnologías lo permiten, en parte porque las escuchas clandestinas están muy ligadas al poder de las telefónicas, el cuarto acto importante en esta nueva retícula de poderes que contrapesan la visibilidad del Estado. Hay un valor bursátil con el que se cotizan estas conversaciones, sigilosas, o todas las conversaciones en general. Grave, para la vida política y cultural. En la teoría clásica todo se escribió bajo una hipótesis de la contemplación pública de las acciones y reglas de sus instituciones, lo que no quiere decir que las pompas que garantizaban el asombro ante el poder -con sus carruajes, bastoneros y trompeteas de advertencias o de gloria- no contuvieran la noción de que los gabinetes ministeriales son siempre recintos reservados.

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Pero de a poco el secreto de Estado, el espionaje, fue especializándose como un poder cuya acción principal consistía en introducir una creencia que no existía, cuyas dimensiones adquiría contornos más fantásticos en cuanto iban creciendo los movimientos insurgentes. Es famosos el caso de Marx con el agente secreto de la policía franceses, el Señor Vogt, que se hacía pasar por socialdemócrata para actuar en el interior en los círculos en los que se movía Marx. Este tipo de personaje doble fue popularizado de inmediato por novelas policiales y relatos sobre los abismos de la conciencia, como las que escribieron Joseph Conrad y otros. Por otra parte, era una vieja técnica de la inquisición que retomaron los jesuitas, realizar o escribir documentos que detallan atrocidades revolucionarias para imputarlos a autorías que no son responsables de esos escritos, pero e se ven infamadas de un modo severo. Es cierto que son revolucionarios, pero nunca harían estallar todas las cañerías de una ciudad o atrocidades de ese tipo. La credibilidad que obtuvieron históricamente tales instrumentos de trabajo de los agentes secretos, fue modificando internamente la estructura de los Estados, hasta que su porción en la sombra ocupó porciones mayores y con poderes ascendentes respecto a los que surgen de la voluntad popular.

El periodista de investigación nació de la tradición liberal, el hombre solo, que se levanta por las mañanas en su cuarto destartalado, se hace un magro café con leche y sale a la ciudad peligrosa con someras evidencias de que hay pistas posibles para descubrir las maquinarias más agresivas del estado. Periodista de investigación solitario o periodista mal afeitado y sin trabajo, jugando ajedrez en un almacén de la periferia, son héroes civiles que la intuición democrática imaginó como recurso literario para combatir al gran monstruo del estado frío. Revelar lo encriptado, se convirtió en un éxito de lectura, en un género apasionante y en un género político que ensayaba escrituras de calidad -como las que había empleado Borges para casos parecidos, por ejemplo en La muerte y la Brújula, y durante décadas, este tipo de persona de convicciones heroicas pero esencialmente frágil y hasta desubicado, reconvirtió en el mito democrático del hombre contra el Estado de Secreto.

Obviamente, Walsh brilla en el uso de este estilo narrativo, pero los espías de John Le Carré, a pesar de su ocupación, son bien hombres también maltrechos usados por el Sistema, y sus primeras víctimas. También cuenta en este historia del ciudadano olvidado que de repente, con su solo honor silenciosos, se convierte en el pilar de una multitud ciudadana atónita o indiferente. Hasta el momento la vida política, hecha en los términos semi democráticos imperantes, con nuevas formas de coacción que no están prohibidas pero desencajan por dentro el arcaico andamiaje democrático, se basan en la debilidad de los movimientos populares -que por eso lo son-, descuidados en el modo de arribar en las fisuras de la historia, a un poder al que acompañan con un cortejo heterogéneo de personajes descuidados con los bienes público y que forman parte de una clase política tradicional que sostenga la red gubernativa en los territorios, con un procedimiento de pequeñas prebendas.

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Otras veces, el financiamiento de la política obliga a andar por las líneas débiles de legalidad mientras se confía que un importante horizonte de realizaciones y redistribución de la renta, que mantenga el apoyo social de los favorecidos en tanto colectivo humano y político. No se tiene en cuenta que hace tiempo se ha quebrado la relación biunívoca entre interés social e interés político, y ha entrado en juego un nuevo orden de autosatisfacciones ciudadanas, anclada en sentimientos de vendetta muy oscuros, que nacen incluso del desconocimiento de la fuerza, voluntad e intereses propios, en nombre de un rayo fulmíneo que ilumina todo un cuadro de redención moralista a cargo de la señora paqueta o del bicicletero de la esquina. La lucha contra la corrupción hecha por señoritos, hijos de empresarios, periodistas pagos por los “servicios” del caso y empresarios que conocen el ámbito de la obra pública como puro ritornello.

Esta maraña es parte del capitalismo financiero cuyas maniobras de acumulación y desacumulaión son folletinescas, con el mismo modelo de las riña entre dos vedettes, precisa operadores que primero fueron financieros, aunque antes nació la abogacía en siglos ya remotos, luego, en tiempos modernos, el operador periodístico, con la red Hearst, y más recientemente, el operador político, necesario para abrir puertas, anudar relaciones y cuidar que la pelea ideológica de hoy cederá pasado a la mancomunión negociada de intereses.

Un caso novedoso es el de D’Alessio, personaje familiar a la de una fauna de toda gran metrópolis que se dedica a pequeñas estafas, cuentos del tío, a manejar cientos de tarjetas de plástico falsas, poseedor de carnets de oficinas de espionaje, de combate al narcotráfico, tarjetas personales de políticos, ministros o presidentes con los que trata, todo entre apócrifo y verdadero, gran relator de sí mismo, “entrador” con los clientes a los que chantajea. ¿Por qué un personaje cercano a la picaresca -los vimos en films italianos como Il Sorpasso, o argentinos como Siete Reinas-, pueden estar en el centro el nudo trágico entre periodismo, servicios de inteligencia estatales o para-estatales, y embajada de Estados Unidos.

Fiscales fundamentales para destruir sobre la base de extorsiones la conciencia de los declarantes -con lo que se quiebra una viga judicial que aún temblequeante, es una de las bases de la conciencia social. Horacio Verbitsky conjetura que a esta clase de “servis” los eligen bobos para después delegarse fácilmente de ellos, para que sea creíble decir luego que no los conocen, que es un avivado por cuenta propia. Lo cierto que, aun habiendo mucho del inventivo coloquialismo del inventor de identidades, falsificador de roles, D’Alessio cumplía un papel fundamental en el andamiento de la dislocación de los encajes mínimos de verdad que debe tener una sociedad y que hay que renovar y reconstruir. De ahí la potente, inusitada y vital tarea del Juez Ramos Padilla. En un momento abismal de una nación, surge una figura fundamental, de un lugar inesperado, alejado de la gran metrópoli, lejano a la burocracia senil judicial, dueño de una lengua profesional rigurosa y a la vez centrada en la gravedad con que la perturbación de la fibra íntima del lenguaje del “servis” destruye una nación. Lo van a atacar. Lo están atacando. La solidaridad con Ramos Padilla es uno de los indicios elocuentes de un país pude reconstituirse y encontrar nuevos caminos para emancipar su lenguaje social, comunicacional e íntimo, cuya confianza ha sido peligrosamente quebrada.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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