Servicio Cívico: una reserva moral para la derecha argentina

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La ministra Patricia Bullrich anunció la creación del Servicio Cívico Voluntario en Valores a cargo de Gendarmería Nacional. Es un tema menor, si se lo compara con los otros debates que tenemos que darnos ahora: la desocupación, la inflación, el aumento de tarifas y combustibles, los ajustes en las políticas educativas y salud, entre otras prioridades. Pero provocativo, porque se trata de agitar al progresismo, correr el centro de atención, desplazando una vez más la cuestión social por la cuestión policial.

Foto: Joaquín Salguero

Publicado en Cosecha Roja

No es casual que el Ministerio de Seguridad de la Nación proponga en estos momentos la creación de un “Servicio Cívico Voluntario” destinado a jóvenes adolescentes. No es casual que ese servicio se cargue a la cuenta de la Gendarmería Nacional, el caballito de batalla de la ministra Patricia Bullrich en estos años, una fuerza de choque cuestionada por sus intervenciones en la protesta social y en los barrios populares. No es casual que lo haga precisamente en estos momentos, cuando la carrera electoral ya está lanzada. Un tema muy menor pero provocativo. Menor, si se lo compara con los otros debates que tenemos que darnos ahora: la desocupación, la inflación, el aumento de tarifas y combustibles, los ajustes en las políticas educativas y salud, entre otras prioridades. Provocativo, porque se trata de agitar al progresismo, sacarnos de quicio, para que, con nuestra indignación, corran el centro de atención, desplazando una vez más la cuestión social por la cuestión policial.

Ahora bien, eso no implica que tengamos que subestimar este tipo de medidas y dejarlas pasar. Simplemente se trata de no prendernos en estas bengalas que el gobierno está empezando a disparar en una campaña que, está visto, será cada vez más sucia, más insultante y descarnada. Digamos enseguida lo que tengamos para decir, pero no dejemos que nos corran de la cuestión principal con la que nos medimos hoy día, en esta coyuntura electoral.

Dicho esto, ¿cómo no evitar leer la medida al lado de las otras medidas que ha estado tomando el gobierno en materia de seguridad durante toda su gestión? Medidas a través de las cuales el macrismo corre los umbrales de tolerancia, empujando al país cada vez más a la derecha, policializando la seguridad y militarizando las policías. ¿Cómo no leer entonces semejante medida al lado del protocolo antipiquetes, la doctrina Chocobar, los aplausos al carnicero que mató por mano propia al ladrón, la represión a la militancia por parte de la policía motorizada, los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel en manos de la Gendarmería y la Prefectura y las respuestas que oficialmente se ensayaron para cubrir a aquellas fuerzas de seguridad, al lado también de la recepción de la doctrina de las nuevas amenazas que le permite al gobierno construir chivos expiatorios entre los actores que tienen más dificultades?

Todo el arco de medidas que el macrismo ha dispuesto en materia de seguridad no es gratuito. Los funcionarios buscan retener la confianza del electorado que supo reclutar Cambiemos en elecciones anteriores. Más aún, quieren apoyarse en el punitivismo de abajo, en el temor de los ciudadanos y en la cólera de los vecinos, para expandir el punitivismo de arriba.

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Hay que decir que la medida del gobierno no es inédita. Hace unos años las provincias de Catamarca, Chubut y Misiones fueron el escenario de experimentos similares.

Por ejemplo, en abril de 2016 el entonces Jefe de Policía de Catamarca, Crio. Gral. Julio César Gutiérrez, creó la Policía Infantil, un cuerpo que estaba destinado a niños y niñas de entre 6 a 14 años.  La iniciativa había sido promocionada en el Facebook de la policía y más de 400 padres anotaron a sus hijos. La actividad era gratuita pero los padres debían comprar el uniforme a los niños. Su objetivo principal era “elevar el espíritu patriótico y cultural, apoyando la educación escolar y familiar a través de múltiples actividades que contemplan todos los derechos del niño y promueven su acercamiento comunitario, inculcándole valores y el respeto de las normas sociales para una armónica convivencia en sociedad”. Más aún, según el comisario, las actividades iban a estar “relacionadas con acciones de carácter preventivo, tales como charlas, talleres sobre protección y conservación del medio ambiente, primeros auxilios, derechos y deberes del niño, drogadicción, alcoholismo, seguridad vial, etc.”

Seguramente el lector recordará también las imágenes que circularon por las redes sociales,  que llegaban de la provincia de Chubut en septiembre de 2010, donde se veía a instructores policiales de esa provincia haciendo desfilar en un acto cívico a más de cuarenta niños entre 9 y 14 años de edad. A los niños se los veía disfrazados de policías, imitando las posturas marciales, haciendo la venia, vistiendo, no sólo ropa de policía, sino usando chalecos antibalas y portando pistolas de juguetes. Esos niños eran integrantes de la “escuela infantil de policía” que funcionaba en el Casino de Suboficiales de la fuerza de la ciudad de Esquél. El proyecto había sido impulsado por el capellán de la policía de aquel entonces, Adrián Mari, que, según explicó, era una práctica sana, que llevaba a los niños a identificarse con la moral y las buenas costumbres, “para que saquen al policía que tienen adentro”.

En la provincia de Misiones la experiencia alcanzó mayor desarrollo, toda vez que la policía de esa provincia llegó a contar en el año 2004 con 27 cuerpos infantiles policiales. Esta experiencia fue creada por el comisario retirado Ricardo Esteban Zarza y, según sus dichos, se buscaba que los niños abracen “una vocación de servicio y solidaridad para proyectarse como buenos ciudadanos.”

Con todo, se propone a los padres y madres que, en vez de fichar a sus hijos e hijas a un club para que practiquen fútbol, básquet, patines o jockey; vayan a catecismo o a una murga, los alisten a las policías infantiles donde el juego y el ejercicio físico se confunden con la disciplina y la bajada de línea. Sospechamos que los jóvenes no estarán solos, además de sus padres estará el imaginario autoritario con el que se identifican aquellos. Si se trata de mantener a los chicos alejados de las malas yuntas y la vida anómica de la calle, más vale agarrarlos de chiquitos, llenarles de actividades y vincularlos a otras experiencias morales.

El gobierno entiende que el Servicio Cívico Voluntario es una buena opción para las sociedades amenazadas por el flagelo del crimen y la droga. De esa manera el gobierno descarga sobre lxs adolescentes las tareas que los adultos no saben resolver. El gobierno pretende que la lucha contra el delito se libre en la imaginación de aquellos. Convierte al cuerpo de lxs jóvenes en un bastidor para mandar mensajes al resto de la sociedad. El gobierno, como sus electores, confía que estxs jóvenes pueden llegar a ser la reserva moral de la autoridad y el orden.

*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Temor y control; La máquina de la inseguridad y Vecinocracia: olfato social y linchamientos.

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