Sesenta días

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Tanto Néstor Kirchner como Mauricio Macri, durante los primeros sesenta días de sus gobiernos realizaron notorios e impacientes cambios para mostrarse distintos a la gestión que los antecedió. Desde que asumió como presidente, Alberto Fernández implementó una serie de medidas para atenuar los efectos de los cuatro años de gobierno de Cambiemos pero, ¿podrá consolidar un quiebre claro con el gobierno anterior y dejar de ser un gobierno “hospital de campaña”, abocado a curar las calamidades pasadas?

Cuando asumió la presidencia, el 25 de mayo del 2003, Néstor Kirchner era un desconocido para la mayoría de los argentinos e incluso para sus electores, ese escaso 22 por ciento de la primera vuelta. El ex gobernador de Santa Cruz había sido designado candidato por Eduardo Duhalde y para los medios serios estaba condenado a ser su marioneta o la de su esposa, CFK, en aquel entonces senadora por Santa Cruz.

Sin embargo, a poco de asumir, ya nadie habló del títere de Duhalde e incluso muchos dejaron de hablar del ex presidente. En las paredes de Palermo Viejo, el barrio a la moda de Buenos Aires, Néstor, que había empezado a ser retratado como “Hello Kirchner”, se transformó en “Terminestor”.

En menos de 60 días, Néstor Kirchner pasó a retiro a 50 altos oficiales de las FFAA, relevó a los altos mandos de la Policía Federal y recibió a los organismos de DDHH. Por cadena nacional se enfrentó al presidente de la Corte Suprema e impulsó el juicio político de la “mayoría automática” heredada de Carlos Menem, logrando la renuncia de los jueces que la conformaban. Propuso a Eugenio Zaffaroni como juez de la Corte, ordenó desclasificar los archivos de la Policía Federal y de la SIDE sobre el atentado de la AMIA, en particular los pagos llevados a cabo por la agencia. Estableció subas por decreto de sueldos y jubilaciones y adelantó el pago del aguinaldo a la mitad de los jubilados. Congeló por 90 días las tarifas y lanzó un enorme operativo contra la evasión (1400 inspectores y 400 gendarmes llevaron adelante 18 allanamientos en bancos, empresas y escribanías).

A diferencia de Néstor Kirchner, Mauricio Macri era uno de los políticos más conocidos del país cuando asumió como presidente en diciembre del 2015, aunque la voluntad de mostrar un antes y un después fue similar. En menos de 60 días, el gobierno redujo las retenciones al campo, anuló el cepo, intentó nombrar a dos jueces de la Corte Suprema por decreto, eliminó la Ley de medios por DNU, intervino el AFSCA y denunció a su titular Martín Sabbatella, al mismo tiempo que el Jefe de Gabinete anunció el “fin de la guerra contra los medios”. El ministro Hernán Lombardi denunció los sueldos “demasiado altos” en los medios públicos y el ministro Alfonso Prat Gay anunció el despido de “la grasa militante” de la función pública. En Jujuy, Milagro Sala fue detenida por “incitación al acampe”. El gobierno también decretó la emergencia energética y el ministro Juan José Aranguren explicó que “el sistema está al borde del colapso” por “la falta de incentivos para invertir”, anunciando cambios en “el esquema tarifario”.

La Justicia sobreseyó a Macri por la causa de las escuchas ilegales en la que estaba procesado desde hacía 6 años, condenó por la causa del accidente de Once a Juan Pablo Schiavi y Ricardo Jaime y reabrió la causa contra Julio de Vido. CFK y Héctor Timerman fueron imputados por traición a la Patria en la causa del memorando con Irán. La Cámara separó a la fiscal Viviana Fein de la investigación sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman. Prohibieron salir del país al ex vicepresidente Amado Boudou.

Tanto en el caso de Néstor como en el de Macri, para bien o para mal, el cambio puesto en marcha fue tan impaciente como notorio.

El síndrome de Omlocotse

Hace un poco más de 60 días que Alberto Fernández asumió como presidente. Durante la campaña, el candidato del Frente de Todos denunció el endeudamiento creciente, la destrucción del empleo, el cierre de pymes, la valorización financiera por sobre la inversión productiva, la persecución a opositores a través de la Justicia, entre otros temas, y prometió remediar esos males. Pese a referirse con frecuencia a Néstor Kirchner, Alberto no buscó emularlo como líder político. Su estilo es otro, menos confrontativo, casi obstinadamente mesurado. Desde un inicio buscó junto a su ministro de Economía Martín Guzmán combatir la restricción externa, esa que su predecesor empeoró relanzando un nuevo ciclo de deuda. Tuvo un primer éxito con el impuesto del 30 por ciento a los bienes y servicios realizados en dólares (“Impuesto Para una Argentina Solidaria”), iniciativa que calmó la presión sobre esta moneda. El segundo éxito se lo dio el FMI, al reconocer que la deuda de la Argentina es “insostenible” y recomendar a los acreedores externos que acepten una quita “apreciable”, en línea con la visión del equipo económico.

Además, una serie de iniciativas fueron lanzadas para atenuar los efectos de los cuatro años de gobierno de Cambiemos, como la Tarjeta Alimentar, el relanzamiento del plan Remediar, la reducción de las tasas, el congelamiento de las tarifas de los servicios públicos o las moratorias para pymes.

El nuevo cálculo de los haberes jubilatorios, realizado de forma provisoria hasta tanto no se establezca una nueva fórmula, careció sin embargo de la contundencia anunciada durante la campaña (20 por ciento de aumento apenas asumiera la nueva administración) y el anuncio de futuros aumentos tanto de los servicios públicos como de los transportes, aún por debajo de la inflación proyectada, no apuntan a consolidar un quiebre claro con el gobierno anterior sino muestran más bien a un gobierno “hospital de campaña”, abocado a curar las calamidades pasadas pero dentro de los límites estrictos de una macroeconomía ordenada.

Resta a saber si esos límites son compatibles con las urgencias que generaron aquellas calamidades y, sobre todo, si la ausencia de un quiebre, de ese antes y después que suele ser característico de la política argentina, no enfríe las expectativas de la ciudadanía.

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