Sincerar tarifas, sincerar sueldos

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Es fácil encontrar similitudes entre las proclamas del 55 y el discurso de Cambiemos con respecto a los años kirchneristas. Por supuesto, los tiempos no son los mismos, el Partido Militar ya no es necesario, ni tampoco lo son los bombardeos a la Plaza de Mayo, pero, asombrosamente, las letanías siguen siendo la mismas: denunciar las mejoras hacia las mayorías como “ilusorias” o “insostenibles”, justificar los presentes calamitosos como paso necesario hacia los futuros venturosos y evocar la necesaria unión de los argentinos.

“Queremos un Estado sin la grasa de la militancia”.

Alfonso Prat Gay | ministro de Hacienda | enero de 2016

En marzo de 1956, unos meses después de derrocar a Juan D. Perón, el gobierno de facto del general Pedro E. Aramburu dictó el decreto-ley 4.161. A partir de ese momento se prohibía “la utilización de las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrina artículos y obras artísticas que pretendan tal carácter o pudieran ser tenidas por alguien como tales creados o por crearse, que de alguna manera cupieran ser referidos a los individuos representativos, organismos o ideología del peronismo”.

Quienes venían a unir a los argentinos querían estar seguros de lograrlo y a la par que prohibían hasta el nombre del presidente depuesto, evocaban un futuro idílico: “Que su sangre (la de los caídos durante el golpe) fecunde al amor para que nunca jamás el odio y las pasiones nos lleven por los caminos erróneos de la diferencia sin solución.”.  Al presidente de facto no la faltaban certezas: “ya que el amor a la Patria se opone a la política y a la ideología, impoluto y aséptico, no puede conducir sino a decisiones acertadas”.

Unos meses más tarde, en mayo de 1956, La Prensa, diario antiperonista y favorable al gobierno de facto, publicó que durante las presidencias de J.D. Perón, “el engaño logró hacer carne en la masa” y que “las masas bramaban ante la voz y los gestos del conductor porque había triunfado el engaño”.

Además de festejar el fin de la mentira, La Prensa saludaba el fin del Estado regulador: “Entre las estructuras y formas totalitarias se destacan -más aún, hacen la esencia del sistema- las regulaciones económicas (…) Resulta, en consecuencia, satisfactorio que el presidente provisional haya insistido en este punto de la liberación de las trabas a la actividad económica privada”.

Medir la pobreza, ocultar la riqueza

El canto a la libertad recuperada venía acompañado por la prohibición del presidente y el partido depuesto, por los llamados al amor ciudadano y al diálogo fructífero aunque con un camino, “impoluto y ascéptico”, que no admitía variantes. Se trataba, al fin y al cabo, de aplicar un sentido común exento de ideología que nos llevaría de vuelta a la gloria pasada, esa que habíamos perdido por culpa de la mentira populista.

Es fácil encontrar similitudes entre aquellas proclamas y el discurso de Cambiemos con respecto a los años kirchneristas. Por supuesto, los tiempos no son los mismos, el Partido Militar ya no es necesario, ni tampoco lo son los bombardeos a la Plaza de Mayo, pero, asombrosamente, las letanías siguen siendo la mismas: Denunciar las mejoras hacia las mayorías como “ilusorias” o “insostenibles”, justificar los presentes calamitosos como paso necesario hacia los futuros venturosos, evocar la necesaria unión de los argentinos a la par que se denuncia a un sector y se denigra la militancia política (“la grasa militante” de Alfonso Prat Gay), vender ideología disfrazada de sentido común, convocar a un gobierno de expertos (“el mejor equipo de los últimos 50 años”) en contraposición a uno de ladrones, valorar el diálogo como virtud suprema y señalar que no hay otro modelo posible y, sobre todo, desmantelar la capacidad del Estado de intervenir en la economía, incluyendo la puja salarial. Al respecto, el gobierno de facto congeló los sueldos y determinó que aumentarían “en función de la productividad”.

Hay un detalle que sorprende aún más. En 1956, La Prensa informó que “se pagará lo que cuesta por los servicios públicos”. Según el general Aramburu, “desde hace años vivimos la ficción de servicios públicos relativamente baratos”. Como en 1955, las mayorías descubrieron gracias a Cambiemos que vivían en una ficción y pudieron asimilar el duro aprendizaje de la sinceridad: sincerar sueldos implica bajarlos, sincerar tarifas equivale a aumentarlas.

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