Sustituir el órgano pensante por una Pepsi Cola

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El ataque de la ministra Patricia Bullrich y la gobernadora María Eugenia Vidal a la comisión interna de PepsiCo anuncia la erradicación de la actividad sindical y el cierre de plantas en las que persista el sindicalismo, advierte en este análisis Horacio González.

Foto: joaquín Salguero

La concepción  del gobierno sobre la vida sindical asombraría menos si el ataque que dirige hacia la comisión interna de Pepsico, no implicara también una descalificación completa del conjunto de la historia sindical de todos los tiempos. Si se dice que las fábricas no se instalan o se cierran por la actividad sindical, en especial aquellas en la que actúan comisiones de izquierda, se está afirmando sin atenuantes que ningún tipo de sindicalismo sería viable en cualquier lugar que sea, excepto aquel que se constituya en un mero desdoblamiento de las decisiones gerenciales. La frase “Frente de Izquierda”, contra el cual se expresaban, podrían suponer que esas groseras afirmaciones de una ministra y una gobernadora, tenían especialmente enfocados a ese núcleo político, pues era evidente un compromiso de la comisión interna con el FIT. Es así, pero lo que en el fondo dijeron la ministra Bullrich y la gobernadora Vidal –dos señoritas bien informadas- es que cualquier actividad sindical en el interior de las fábricas provocaría que estas finalmente cesen su actividad, se vayan del país o se muden de ciudad. Sus declaraciones parecen las habituales que suelen dirigirse a la izquierda, pero traen la novedad inusitada de que ya no se piensa sino desde el punto de vista empresarial. Han sustituido el órgano pensante por una Pepsi Cola, y el corazón, por una Snack. Esos dichos entrarán en la historia con el mayor ataque recibido por los trabajadores en un largo ciclo de las civilizaciones contemporáneas. Ya no implican a nadie en especial, sino a todo el sindicalismo o a todo trabajador que aún es depositario de nociones de derecho del trabajo y derechos a la manifestación de sus intereses básicos de vida.

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Se refieren esas niñas al sindicalismo combativo y no al moderado, es cierto, a ese que acepta los límites naturales que imponen los dueños de los emporios frabriles. Hay un error, sin duda, en este razonamiento. Pues supera ampliamente lo que hubiera sido posible pensar en esa situación en los momentos post iniciales del sindicalismo, que se estabiliza hacia las primeras décadas del siglo  XX, en el tiempo más o menos impreciso en que de las tradiciones tradeunionista, luego anarquistas y anarco sindicalistas, surge un tibio asociacionismo gremial con disposición a generar un campo de negociaciones –tenso, áspero pero posible- con gobiernos y no tanto empresarios. Podemos fijar esa fecha en algunas tratativas insinuadas entre la Fora del 9º congreso ante el gobierno de Yrigoyen.

A su vez, en las elites dominantes, ya habían aparecido numerosas evidencias de que era tolerable un sindicalismo reivindicativo con nivele de tenacidad moderados o vinculados a espacios de cierto respeto a reglas de diálogo. En la Argentina se suele citar el  libro de Joaquín V González, escrito en 1910, “El Juicio del siglo”, donde propone que la elite gobernante contemple este espacio de supuestas conveniencias mutuas entre el capital y el sector “sensato” de los sindicatos.

Simultáneamente la social-democracia alemana inicia la era de un fuerte sindicalismo que luego de largos debates arregla sus hondas diferencia con el sector de propietarios del capital, forjándose una convivencia difícil pero con una última instancia de reconocimientos mutuos entre ese voluminoso sindicalismo y el Estado que heredaba lo que en décadas anteriores había sido el acuerdo de Bismarck con Lasalle –motivo siempre de intensas polémicas-, por lo que la socialdemocracia alemana se nutre de las vertientes lasalleanas, siempre  cuestionadas por Marx, y de las que provenían de la social-democracia de Bebel. De lo que inicialmente surge el poderoso sindicalismo alemán socialdemócrata. Su influencia en la Argentina alcanza a Ernesto Quesada, que puede considerarse en general dentro de un bismarckismo argentino, que ronda por la conciliación capital-trabajo, y aunque su idea sindical estaba a contramano de lo que entonces predominaba en el horizonte gremial anarco-sindicalista, este núcleo de facciones, desprenderá lentamente un ámbito lasalleano –con su programa de Gotha- que lentamente va adentrándose en la  vida sindical, fusionándose con la lectura que el peronismo de los mediados de los ‘40 hace del fundador del socialismo alemán y del economista List, una economía  de interese nacionales. Serán un programa de lecturas del peronismo originario. Entre los remotos antecedentes de éste, aunque resulte paradójico, puede señalarse también el programa de reivindicaciones que Ingenieros le presenta a Yrigoyen en 1919. Quesada por derecha y José Ingenieros por izquierda, están acosados por un sueño febril que más de tres décadas después cobrará la forma del peronismo.

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No puede ignorarse, asimismo, la vertiente que proviene del laborismo inglés, tal como actúa sobre los primeros tiempos del peronismo. El partido obrero basado en sindicatos, que siempre estuvo latente en el sindicalismo peronista a pesar del mentado sindicalismo de estado. Más allá de consideraciones sobre el estilo burocrático, en el ejemplo de Vandor se entrecruzan el sindicalismo de Estado y el “partido obrero basado en sindicatos”, indicio de la potencial ruptura con Perón.  En todo este largo ciclo, no hubo ningún caso de que sobre ningún establecimiento fabril, sea de envergadura o de pequeña escala productiva, se escuchara la tesis de que el movimiento sindical en su específico desarrollo, obligaba a cerrar establecimientos productivos. Se dirá que la evolución sindical en sus sucesivos escalones que llevan al peronismo, se diferencia de los sindicalismos de izquierda. Pero los complejos nexos pueden verse en los estudios de Milcíades Peña, seguidos por Portantiero y Murmis-, nexos que fueron caracterizados como propios de una fusión de clases obreras ya incluidas en la pedagogía de la reivindicación gremial, y trabajadores  nuevos, surgidos de transiciones del mundo rural al fabril.

Estas tesis aparecería anticipadamente desmentida por los núcleos sindicales más radicalizados que en la huelga de la construcción de 1936, afectaban a grandes empresas alemanas del ramo, como Siemens, que mantenía un reglamento de trabajo inhumano, pero acá tampoco se escuchó el razonamiento oficial de que las huelgas eran el factor determinante del cierre de empresas. Ciertamente, la represión fue grave, casi a la escala de la semana trágica, pero a las patronales no se les ocurrió la idea de las dos damas macristas respecto a la correlación entre el paro fabril y el cierre de fábricas. Nuevamente, debemos insistir en que en la etapa más enfática del sindicalismo, con la dirección de anarco-sindicalistas sorelianos, comunistas e, incipientemente, el trotskismo –Mateo Fossa- en la mencionada huelga de la construcción de fines de los años 30-, y podemos trasladar este razonamiento a las tomas de fábrica de la CGT en el año 1964, a pesar de sus diferentes circunstancias, a los efectos de lo que queremos decir. Había represión, como se sabe. Pero nunca se dijo que si había actividad sindical se clausuraba enseguida el núcleo fabril.

Cualquier gran sindicalista argentino que mencionemos, del pasado inmediato o del pasado más lejano, desde Abad de Santillán, Ángel Perelman, Libertario Ferrari, Hilda Guerrero de Molina, Atilio López, José Peter, Agustín Tosco, Raymundo Ongaro, Raimundo Villaflor, no sería concebible verlos discutiendo una proposición de esta estirpe tan pasmosa. Que una huelga obliga de inmediato a la patronal a clausurar o mudar una fábrica. No es producto de la globalización. En verdad, sería al revés, la globalización producto de este pensamiento del capitalista universal.

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Las corrientes conservadoras de pensamiento en la Argentina, incluyendo las más recalcitrantes, no se animaron a un pensamiento de esa ralea. Se dirá porque existe la creciente burocratización de los delegados gremiales, que en su avatar empresarial superaron largamente los horizontes del “viejo sindicalismo de estado” y pasaron a encargarse directamente de las empresas en algunos de los ramos en que actuaban como sindicalistas, tema ejemplificado acabadamente por el Sindicato de Camioneros (Moyano) y la Unión Ferroviaria (Pedraza). Pero los mencionamos –a estas cúspides de la mayor degradación que puede observarse en el campo de las representaciones laborales según evolucionan las crisis capitalistas y las nuevas tecnologías-, para hacer una comparación que en principio puede sonar inverosímil. El macrismo superó todas las fronteras conocidas en la Argentina en cuanto al pensamiento antisindical.

Con la complicidad de jueces y policías –estos son el brazo armado de la infrajusticia y los primeros el brazo pseudo leguleyo de la represión armada-, cumplen con el pensamiento macrista de que cualquier hecho de reivindicación sindical lleva a la represalia absoluta globalizada, de la  clausura de las fuentes del trabajo fabril. Un pequeño episodio demuestra hasta donde llegó éste portentosa y temible hipótesis. Un policía le lanzó un epíteto a un diputado que fue a apoyar a los obreros que tomaron Pepsico con el concepto nuclear del macrismo, su fantasma antagónico. El “populismo”. Es sabido que este diputado milita en las filas del PTS, de filiación trotstkista. Puede ser que ese policía no supiera la filiación del diputado Del Caño, al que le dirigía la injuria oficial –raro: pues era un comisario, todos ellos hoy entrenados por los servicios de informaciones-, pero de todas maneras estaba aplicando un concepto  de protocolo de la ministra Bullrich.

Entonces, asistimos a una novedosa exclamación ideológica en un acto de represión. Esa exclamación es imprecisa, no dice trotskista o comunista, sino populista. Pero así es que vale, como mención del nombre repudiado que tiene una clara relación con el fantasma creado por el gobierno y su policía, que en este caso son exactamente lo mismo. CIertamente, torturadores  y represores del inmediato pasado solían recubrirse de emblemas nazis, aludiendo al hecho de que no les alcanzaba la “ideología oficial” del gobierno militar, dirigida contra subversivos sin decir exactamente o con mayor precisión, en nombre de qué actuaban los sádicos esbirros. En los sótanos oscuros de la represión no alcanzaba decir que defendían un “Orden” o a “Occidente”, sino que para los verdugos eran necesarias justificaciones mayores, apocalípticas.

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En el caso del gobierno de Macri podría decirse que la represión es más “suave” respecto a aquella de hace cuarenta años, pero han avanzado mucho respecto a la ideologización del mundo policial. Hay nuevos armamentos, nuevas disciplinas de choque, nuevas corazas y armas químicas. Pero también actúan con el lanzagranadas en la mano y el macrismo en el corazón. El mundo mental macrista llevó a un extremo inaceptable su visión de la inmovilidad, cautiverio y servidumbre de los trabajadores. No es solo porque desconozca la historia de la clase obrera y del sindicalismo  argentino en sus múltiples variantes, sino porque son la lanza viciosa más importante con la que cuenta el capitalismo global para disciplinar sociedades (Venezuela) o clausurar la voz insumisa de los trabajadores (Argentina). Lo ocurrido en Pepsico tiene una gran importancia, en los hechos reales, en su significación simbólica y en sus proyecciones sobre la historia social del trabajador argentino, sindicalizado o no.

Más allá de la presencia de los diputados y militantes relacionados con la orientación específica de la comisión interna, más  la saludable presencia de Luis Zamora, debemos decir que aquí hay un nudo, una fisura o un abismo de desconocida intensidad en la sociedad argentina. Un gobierno que considera que a priori el sindicalismo es culpable, salvo que sea el vinculado directamente a la “alimentación” que reciben del gobierno. No son pocas ni insignificantes. Pero el grueso del sindicalismo, que cubre un amplio arco, desde el más combativo con consignas clasistas, como el que actuó en Pepsico, hasta los compromisos notorios de muchísimos gremios nucleados especialmente en la CTA pero también no pocos de la CGT, que deben saber –algunos de ellos en su innata propensión a una pasividad suicida-, que un sistema de gravísimas consecuencias se cierne sobre todos ellos.

No pueden mirar a Pepsico desde afuera o como una excepción. Hay un trenzado nuevo en la historia argentina; todo sindicato reivindicativo –aunque tibio-, afecta al capitalismo y a las empresas que se mueven en ese líquido viscoso. Son acusados de populistas para resolver a palos el misterio de la historia social argentina, inclusive en la veta en la que participaron y participan agrupaciones de la izquierda. Como antes “comunistas”, hoy “populistas”, es una alegoría general que a todos afecta con una amenaza permanente de proceder dictatorialmente. Todo ello es parte de un chantaje generalizado sobre la sociedad. El gobierno degradado, degrada todas las instituciones sociales, las estalla por dentro, y desvergonzadamente se lanza a convencer a las clases populares que tienen que iniciar otra historia según lo ordena el Gran Chantajista. No moverse, esperar la dádiva o ser clasificados en el rubro de los culpables, como Sacco y Vanzetti. Es decir, de los procesados, infractores, subversivos, populistas. A todos les cabe la barra de acero que les melle el cuerpo o les abrume de pimienta los pulmones. Si nos portamos bien entraremos en la era de la felicidad obligatoria. Sino, cierran las fábricas, cierran los parlamentos, cierran los sindicatos que incluso los que no percibieron la gravedad que se cierne sobre ellos, cierran los juzgados dignos que quedan, cierran el país, cierran la Nación, porque la globalización les permite moverse hacia donde quieran, como trolls que siempre dicen lo mismo, pero pueden cambiar de identidad y ubicación cuantas veces quieran, obligados por los sindicalistas culpables.

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Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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