Talismanes de campaña

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En un mundo donde la superchería ha tomado cuenta de la imaginación política, los modos de simbolización ahora son puntuaciones esotéricas que se dirigen hacia estimaciones sobre el bien y el mal. Construyen una teología comunicacional vecina a la hechicería y hacen del talismán un acontecimiento que puede determinarlo todo. Así, el talismán “Venezuela” lleva a la desgracia, y el anti talismán recientemente reciclado, de nombre “Pichetto”, sirve para ejercer el sacerdocio de contrarrestarlo, señalarlo como habitáculo del horror.

Publicado en La Tecl@ Eñe

Es posible recordar la figura del talismán para razonar algunas cuestiones en torno a una campaña electoral. Un talismán suele ser un objeto poseído por virtudes que no por ser extrañas dejan de ser operativas. Ese objeto no puede ser cualquier objeto, debe insertarse en el misterio de la tradición, en las áreas ocultas del lenguaje. Para decirlo de algún modo, en un nudo del inconsciente al cual un objeto material le sirve de encarnación. Para exorcizarlo o proveerlo de nuevas fuerzas, dentro de una situación onírica imposible de definir fácilmente. Pero que se puede esclarecer por la mágica utilización de una imagen u objeto cargado previamente de propiedades relacionadas a un mal que se quiere apartar o dedicar a terceros, como presuntos culpables de él.

Desde luego, una cruz, una serpiente, una pata de conejo, la imagen del Arcángel San Miguel, un trébol de cuatro hojas, sirven tanto como tocar madera o para el curioso grito catastrófico de sálvese quien pueda ante un evento  inesperado. De un modo u otro, un signo único y de apariencia insignificante, toma un lugar central, pues en ese detalle se alojarían los hechos satánicos o los rescates celestiales. Por ejemplo, un conocido consejero electoral, vecino a estas nigromancias, dice que ir a la televisión con un saco a cuadros es una ceremonia maldita, mientras que el azul abre las conciencias hacia una paz infinita. Teoría de los colores, que ofendería a Goethe y a todos los lectores de su filosofía del color, asociada a fuerzas perceptivas de resonancias simbólicas y estéticas.

En un mundo donde la superchería ha tomado cuenta de la imaginación política, los modos de simbolización que siempre fueron aceptados como la dúctil compañía del argumento ingenioso, ahora son puntuaciones esotéricas que se dirigen hacia estimaciones sobre el bien y el mal. Construyen una teología comunicacional vecina a la hechicería y hacen del talismán -el objeto mágico propiciatorio-, un acontecimiento que puede determinarlo todo. La complejidad de un destino puede caber en el enfoque de un anillo o en una repentina tos que afecta al candidato, en un milésimo de segundo.

Precisamente, en un reciente programa televisivo, el candidato Alberto Fernández, al cual votaremos, tuvo un pequeño y acaso inadvertido acceso de tos en medio de una frase en torno a la necesaria “unidad del peronismo”. Es posible admitir que un inquieto “televidente” -ese fantasma perpetuo que persigue del votante-, pudo haber observado esa incisión convulsiva, pero diminuta, como una advertencia siniestra respecto a ese humus subterráneo que acecha a la palabra pública. ¿El candidato no estaría afectado a alguna dolencia grave detrás de esa tos apenas insinuada? Quizás el incidente espasmódico, ante la duda, debía ser aclarado y el periodista (esa figura semejante a los augures, profetas y caracterólogos), facilitó la ocasión. “Como está su salud” le preguntó de inmediato a Fernández. La tos connotaba salud, en vista del reciente episodio de internación hospitalaria del candidato. Respuesta rápida y segura fue la que se escuchó, “residuos de la pleuritis”. Nada significativo, la cuestión pasó como una mariposa distraída que choca con una débil lamparita, y se retomó el cauce de la alianza política suprema para derrotar al macrismo. Visto de una manera más complaciente, entre el entrevistado y el entrevistador se había producido una colaboración instantánea y sutil para alejar un incidente de lado, una eventualidad que podía resultar perturbadora, aunque para la cual se logró invocar los talismanes adecuados. En este caso una adecuada actuación, no en términos de la teoría de los colores, sino para explicitar con naturalidad las capas subyacentes a todo lo que se dice en forma casual, ese hondo hormigueo de suposiciones horrorosas que hay detrás de toda palabra que creemos inocente. No hay lenguaje que no sea culpable, se decía en una época.

El mundo según Cristina

No obstante, el lenguaje convertido en talismán, en pata de conejo para el análisis de los bufones de la madriguera electoral -ejemplo máximo de estos doctores Neurus, es alguien conocido como Durán Barba-, han conseguido convencer a mucha gente que nos parecía seria, que es útil una mezcla de neurociencia, de picardía del Lazarillo de Tormes y una infusión de terrorismo semiológico salido del gabinete del doctor Caligari, que con una ciencia infusa parecida al hipnotismo, mandaba a otros hombres a cometer atrocidades. Se producen así ciertos efectos previsibles. Los talismanes a full. Así, el talismán “Venezuela” lleva a la desgracia, mentarlo es fatídico, y el anti talismán recientemente reciclado, de nombre “Pichetto”, sirve para ejercer el sacerdocio de contrarrestarlo, señalarlo como habitáculo del horror.

Suprimiendo a los lenguajes que se encadenan buscando sentidos, se los sustituye por talismanes que comienzan diciendo -en el caso de Durán Barba-, “mis estudios motivacionales me indican…”, y se concluye con un sentido común tan abaratado, que brotan de otros labios -en este caso los del “Doctor Pichetto”-, las peores frases de una psicología social salida del quirófano del doctor Frankenstein. Quizás no fueron ellos los que le recomendaron a Macri que bailara como una figura terrorífica y desquiciada de los carnavales de Dionisos, deambulando en éxtasis como un palmípedo espástico, por un famoso Balcón. Sería tal vez que el alumno ya caminaba solo por la vida, decidiendo usar para su baile desencajado una divertida barra gimnástica, el bastón presidencial que tan delicadamente habría cincelado Pallarols.

Estos métodos son el reverso de la publicidad de yogures, de matamosquitos o de viajes felices en Uber, pues tienen su mismo anhelo secreto. Proponer figuras inmunizadas de peligros letales, por medio de ingeniosos dichos en sordina o por clamores del locutor profesional, que nos inserta esa papilla exógena como locuacidad propia en la esotérica tabula rasa de la conciencia ciudadana, que en realidad de rasa no tiene nada. Solo que es arrasada una y otra vez. Arrasamiento entendido como ese grumo colorido de cuerpos que se bambolean adosados a sus aparatos celulares, en una célula mayor que es un vagón de subte, este dentro de otra célula más gigantesca aun, una ciudad atravesada por ferrocarriles elevados gracias a brutales carreteras de cementos, que en el mundo de la ingeniería vial equivalen a las millones de conversaciones inmateriales, que viajan aceleradamente por las “redes”, todas las cuales pueden ser a la vez escuchadas clandestinamente para revelar, no tanto una jugada de los “enemigos” o “hacerle la cama a los de la grieta”, sino para revelar una de las tantas maneras en que una civilización pierde su hilo de oro, la intimidad irreductible que sostiene cualquier lenguaje público. No está pensada claramente hasta ahora esa imagen de un tren subterráneo en las horas laborales de mayor espesura, con sus cuerpos viajeros absortos, mirando dibujitos animados por wasáp y de qué modo conforman un tipo de público para espectáculos de artistas precarizados, muchos buenísimos, en las cavernas de la ciudad.

El siglo idiotizante

Pero Clarín la ha pensado. Para esa ciudadela en tránsito por las grutas de la ciudad, que entrechoca sus cuerpos, piensa Clarín sus operaciones, mejor dicho, sus talismanes, pues decirles operaciones a sus flechazos estropeados por todo el veneno derramado con sigilo hacia millones de almas, extraído como vitriolo de todos los fracasos políticos argentinos… suena a poco. Son maldiciones dirigidas, por marionetas vestidas de infectólogos, contra nosotros y contra todo lo que ellos (algunos de ellos) alguna vez fueron. ¿Entonces, qué es? Son modos de control del gran talismán. Cómodo en los bolsillos del renegado, tiene la suerte de que no podemos refutarlo simplemente diciendo yo no soy ese, a ese lo inventaste vos, incluso en una distracción mía. Te quitan el habla mientras pensás que te estás luciendo con algún ornato del vocabulario.

Nadie habla por sí mismo, piensan ellos, sino que suministramos una mera materia plástica, nuestras pobres decisiones y conversaciones, para que los grandes heresiarcas de la Redacción las rearmen de un modo perverso, removiendo los tabús, supersticiones y fetiches que ellos mismos han catalogado para pescar, cada vez, algunas libras de carne en los casilleros del mal. Un día dejar caer que Alberto Fernández tiene dos departamentos y un terrenito en Pilar – ¿”corrupto”?-, otro día acuden al amuleto “Venezuela” para encapsular en lo que previamente contaminaron con la ponzoña de la dictadura, el narcotráfico y la tortura, a todo aquel que piense que en el país caribeño no hay un gobierno ilegítimo, sino un golpe de estado que nuclea una formidable argamasa de conexiones patibularias -las mismas en las que se basa Clarín-, que revisten acciones de alta tecnología, fabulaciones de las mil y una noches en el Pentágono y una estrategia comunicacional con cadenas semánticas premoldeadas donde el vocablo “Maduro”, etiqueta e intoxica a quien lo pronuncia, así sea para el mero análisis.

Las ruedas de este mecanismo son cremalleras que trituran personas, reputaciones, pensamientos. ¿Acatar entonces a ese diccionario “Clarín” de la lengua castellana de la injuria, para imputar por impregnación viciosa a toda persona que defienda una posición seria sobre esos temas? ¿O percibir que anularnos para los temas más sobresalientes de la época, si lo hiciéramos, contribuye de inmediato a empobrecer nuestras miradas sobre el mundo?

Es recordable que en las primeras acciones electorales del peronismo de los años 40, donde triunfaba gracias a una vasta coalición política, Perón solía referirse a los nacionalistas católicos como los “piantavotos”. Para el talismán negativo, en vez de suerte y amor, ellos traían amargura, eran ideologistas que espantaban al votante sencillo y asustadizo. No es esta nota el lugar propicio para adentrarnos en el tema de los nacionalistas que participaron del peronismo de los orígenes. Incluso el tema se extiende, en lo que respecta a la cuestión electoral, a las candidaturas de Marcelo Sánchez Sorondo y Pepe Rosa en la Capital Federal, en 1973, en lo que gracias a lo que se supondría de esa incómoda presencia de los dos “piantavotos” -el director del diario Azul y Blanco, hijo del ministro de Uriburu, y el reconocido historiador revisionista y rosista-, habría ganado la elección el insípido De la Rúa, recortado como victorioso ante la marea de candidatos peronistas “no piantavotos” en todo el país. Si mal no recuerdo, el propio Perón habría vuelto a pronunciar en esa oportunidad la expresión piantavotos, pues Sorondo y Rosa proclamaban su antibrasileñismo -evocando la batalla de Caseros de 1852-, mientras Perón, más ajeno a esas antiguas jornadas, pensaba en un moderno Mercosur. “Venezuela” permite que surja de nuevo este epíteto, pero resulta que el nacionalista de derecha, xenófobo, atento y vigilante -de Pichetto hablamos-, y oscuro, porque no trágico personaje, que recuerda, con su rostro contraído por una angustia humillada, cruzado por aires de neonazismo, a todos los lugares comunes del ethos de un conservadorismo globalizado que coquetea con la reformulación de un fascismo mundial.

El «Sinceramente» de Alberto Fernández

Desde allí consigue Pichetto decir con estilo de pensador concentrado en sus demonologías, las frases más pendencieras destinadas a atraer hacia al macrismo a las nuevas estructuras mentales basadas en seguridad, miedo y expulsión de peligros imaginarios. Macri no lo llama “piantavotos”, es su talismán destinado a hurgar las zonas del peronismo, no tan diminutas, que se tocan con ese panorama ideológico. Más allá de estas extrañas fluctuaciones de la Teoría del Piantavotos, queda un rastro candente de cuestiones para discutir en el futuro inmediato, esto es, si habrá política sólo por descarte del peligro mayor (lo que disipa todo debate de ideas) o si habrá un peronismo en cada cruce de caminos, de modo de abarcar a todos los contendientes en una coyuntura electoral, peronismo macrista, peronismo cristinista. ¿Este sería el triunfo final del “apotegma” que parecía humorístico en su época, al respecto de que peronistas somos todos, a modo de una segunda identidad calcárea que permitía todos los demás juegos nominalistas por debajo del arquetipo que los une? ¿O triunfaría al fin un cuadro de centro derechas y centro izquierdas, que ahora sí, extrañamente, podría contener en una dicotomía actualizada, las variedades y diferencias tan heteróclitas que siempre tuvo la cultura política argentina? “Peronistas somos todos” era una exclamación por la que se entendía que había una sobre identidad, o mejor, una superestructura cultural de naturaleza extrapartidaria, y ente fantasmático que desea la unidad de la nación, fusionado íntimamente con ella.

Problema a indagar: primero el peronismo clásico ambicionó el Todo, pero generó una sociedad dividida, que fue lo que en el fondo le dio el sentido que lo hace perdurable en los folios de la memoria. Y luego, en el momento en que esa división social, con su latencia ideológica, se ve como un peligro para los grandes poderes mundiales que experimentan con lo humano a fin de extirpar o remplazar formas de conciencia, el peronismo se disemina por todos lados, de modo que en la contraposición electoral próxima, que es crucial para el destino del país, “todos seríamos peronistas”. La historia se da dos veces, con repetición y diferencia, y en este caso se avecina la pregunta de si es necesario que los viejos problemas lleven hoy el mismo nombre. Dicho de otro modo, si en vez de ser un clasificador electoral que llena cualquier casillero, diciendo ciertas palabras que flotan gracias a su pérdida de sentido, no conviene preguntarse si como particularidad concreta (ligada a sus momentos más dramáticos), esta fuerza política etérea que estamos mencionando, no puede decirnos muchas cosas más que, si como ahora, se transforma en cambio en un universal abstracto y perforado por una mudez a la que no puede modificar ninguna vocinglería.

Este problema no se resuelve por ningún tipo de “operación”, y menos si pensamos que sólo nos queda someternos a la modalidad operativa, y ya no más informativa, del complejo judicial-comunicacional, produciendo nuestras propias operaciones -no hablar de esto, no hablar de aquello-, para esquivar las crucifixiones que a diario nos encarcelan para someternos, ante sus propias, masivas audiencias, a la sesión policial del reconocimiento de los reos. Si bien es cierto que “no hay que caer dos veces en la misma red”, en cierto momento es muy digno levantar la frente cuando se nos cita en nuestras verdades, pero para decir que estamos locos. No estamos presos a ningún talismán, pero no despreciamos los símbolos de nuestro propio destino

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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