Una cierta felicidad

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El sábado 17 de octubre fui a festejar el Día de la Lealtad y participé del ejercicio pleno de una cierta felicidad. Néstor solía afirmar: “Cuando nos dicen kirchneristas es porque nos quieren bajar el precio, porque nosotros somos peronistas”. Sin embargo, el kirchnerismo es un generoso portón hacia el peronismo. Lo digo por experiencia.

Pasé los primeros meses de mi vida rodeado de líquido amniótico gorila. Sin ser apasionadamente antiperonista, mi familia consideraba que Perón era parte parte de los problemas del país. En casa no rechazaban el aguinaldo, las vacaciones pagas, el voto femenino o el fuero laboral, pero soñaban con que esas ampliaciones de derechos llegaran a través de políticos serios como Alfredo Palacios o Konrad Adenauer y no de un coronel adorado por gente a la que visiblemente le faltaba instrucción.

Como en tantas otras familias, las críticas hacia el peronismo eludían el análisis político y lo reemplazaban por la encuesta judicial y el moralismo selectivo. Perón era venal, un dictador a quien sólo le interesaba el poder. Eva quería llenarse de joyas, usaba a los pobres y odiaba a la clase media. Los pasillos del Banco Central rebosantes de lingotes de oro imaginarios que Perón habría malgastado era una de las supersticiones más frecuentadas en las sobremesas. Los adultos nunca dejaban que la realidad interfiriera con sus alucinaciones antiperonistas, que iban enriqueciendo con anécdotas tan irrelevantes como apócrifas.

Mi entrada en política coincidió con el final de la dictadura cívico-militar. El candidato Raúl Alfonsín me generó el primer entusiasmo militante. El sueño laico de repetir el Preámbulo hasta que seamos Noruega me sedujo y el Juicio a las Juntas me dio más de lo que esperaba. Luego vino la crisis económica, la Obediencia Debida, el Punto Final y la desilusión.

Transité los ’90 y las presidencias de Carlos Menem desde la vereda de enfrente. En un punto, fue una época generosa: alcanzaba con indignarse por las estridencias menemistas y la corrupción instrumental al modelo para pasar por progresista. Voté a la Alianza sin esperar nada y pese a todo logró defraudarme, lo que no deja de ser asombroso.

La Alianza fue la perfección del sistema de representación. El gobierno defendía sus iniciativas no por creer que fueran buenas políticas, sino por considerar que eran buenas señales. No dependíamos de lo que hiciéramos sino de lo que otros comprendieran a nuestras pantomimas.

Y un día llegó Néstor. A la pantomima de las buenas señales prefirió la teatralización de la confrontación. Con un sistema rudimentario, de mesa chica y enunciados grandilocuentes, logró entregar un país en mejores condiciones que el que recibió. Algo milagroso en los últimos 50 años. Logró además llevar las expectativas más allá de sus propios logros, lo que mejora nuestro futuro aunque pueda empeorar su presente de gobernante.

Luego llegó CFK y nos dimos el lujo de ser conservadores. Pedimos que fuera más despacio, que no redoblase la apuesta, que reflexione, que ya estaba bien así. Estuvimos preocupados por la formas, por el decreto que debería haber sido una ley, por el enunciado poco claro de un artículo o por el no respeto a un reglamento olvidado. Debatimos sobre conferencias y cadena nacionales. Gozamos de las ventajas de la letra chica, algo insólito en un país como el nuestro, generoso en catástrofes mayúsculas.

Néstor solía afirmar: “Cuando nos dicen kirchneristas es porque nos quieren bajar el precio, porque nosotros somos peronistas.” Sin embargo, el kirchnerismo es un generoso portón hacia el peronismo. Lo digo por experiencia.

Como el radicalismo en sus orígenes, el peronismo es un movimiento con la vocación de modificar una realidad considerada injusta a través del ejercicio impaciente del poder y no de la búsqueda de un sistema coherente y prístino. Eso suele indignar a quienes se interesan más por la pureza química que por la eficacia a la hora de acceder al poder y mejorar la vida de las mayorías.

Y ese ejercicio del poder, el peronismo lo lleva adelante siempre con la legitimidad del voto, legitimidad que incluso define sus propios liderazgos. Mal que le pese al imaginario gorila, nunca existieron dictadores justicialistas en nuestra historia tan generosa en dictadores.

El sábado 17 de octubre fui a festejar el Día de la Lealtad. Me descubrí caminando por el centro de Buenos Aires, sonriendo debajo del barbijo con los dedos en V a un montón de desconocidos. No hubo furia, ni amenazas; en la enorme columna de camiones, autos, motos e incluso bicicletas, nadie golpeó a periodistas, ni tampoco denunció conspiraciones que buscan cambiarnos el ADN a través de vacunas con chips cortados en concassé. En medio de los bocinazos y la alegría de los bombos, muchos recordamos que según nuestros medios serios habíamos perdido la calle.

Como peronista recién llegado participé del ejercicio pleno de una cierta felicidad.

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