Vida, libertad y tecnología

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Siempre damos la vida por  sentada y no hablamos de ella. De pronto, la vida paso a ser el motivo de decisiones políticas y acciones colectivas, analiza Horacio González. Y las cosas cambiaron:para cuidar la vida se deben acentuar los controles sobre la libertad de circulación. Muchos sectores libertarios señalan su disconformidad con estas medidas compulsivas de tomar la fiebre en los sitios de aglomeración o salir a la calle según el número del documento de identidad. Insólitamente, las derechas que están dispuestas a una trasmutación carnavalesca para volver a incidir en los países que mantienen una política sensata y racional.

La vida se ha puesto ahora como una precondición rápida y elocuentemente fundamentada, de todas las demás acciones que pueden realizar un estado y una sociedad. Como estábamos hablando de un concepto, el concepto de vida, no se trata solamente de un retorno vitalista y romántico al fundamento de los fundamentos, sino a la constatación de un valor esencial que tenía una presencia implícita en nuestros razonamientos políticos, y ahora ha pasado a un primer plano de explicitación, jerarquización y angustia.

Como era habitual dar por sentado que el de la vida es un plano que no precisa definirse porque sentidos, que de por sí es que es lo que tenemos y lo que solemos defender,  porque prolongar y sostener la vida no puede ser discutido por nadie, luego nos damos la libertad de comenzar a hablar de los demás temas, sea de economía, política o cuestiones artísticas, sin invocar lo que todo el mundo sabe. Que al tomar otros rumbos nuestras preocupaciones, imaginamos que las plataformas vitales, subterráneas y palpitantes en su pausado latido sin ostentaciones, se halla siempre allí. Como si dijéramos, sentada a nuestro lado, como un perrito faldero, dócil y sin exigencias. La protegemos y nos protege, no está en peligro y ella no nos pone en peligro. A modo de un concepto explicativo y piadoso, ante cualquier contratiempo exclamamos “es la vida”. Flota en un polvillo mágico etéreo la idea fundamental que no precisamos atender con ningún razonamiento adicional.

Pero llegó el momento, como tantas veces en la historia de la civilización, que muchos hombres y mujeres sintieron que por fin les había rozado la nuca con un soplo  trágico, lo que permitió sospechar que el de la vida es un lugar primero, un emplazamiento irreductible y único al que hay que descender. Como si bajáramos un peldaño, para ofrendarle nuestra defensa, sostenerla ante un peligro que no era improbable, pero estaba en una amplia lejanía. Ese peligro se hizo presente, y buena parte de la vida política mundial debió declarar que hay un privilegio primero, una determinación irreductible y obstinado, la vida. ¿Pero qué es la vida? No es fácil decirlo, porque para definirla, primero hay que tenerla. Así como la muerte, que sabemos que es nuestra e intransferible, pero que no podemos morir la vida de otro, como si un actor enfermo que tiene que hacer de Hamlet, es reemplazado por otro que tiene que aprender rápidamente ese famoso papel y esos monólogos impresionantes.

Otra cosa es hablar de condiciones de vida -económicas, sociales, de distribución de la renta, de goces profesionales o familiares-, pero la vida es un misterio totalmente descifrable a condición de que sepamos que tenemos clara su importancia cuando no penamos en ella y nos enfrentamos a un obstáculo cuando queremos precisarla. En extenso, es lo que compartimos en primer lugar con los animales, y luego, no tan lejanamente, pero lo suficiente como para no intranquilizarnos, con las plantas. Es el “bios”, las células primordiales que se han diversificado enormemente -estamos los seres hablantes, sexuados, politizados, portadores de toda clase de pasiones-, y los seres con sentimientos misteriosos como los animales, a los que les destinamos prácticas para integrarlos a nuestro mundo. O bien, sacrificarlos por razones que nuestra propia vida justifica muy bien, porque todo es alimento de todo, y la decisión asimétrica de quien alimenta a quien la toma el ser raciocinarte y con una elaboración ética justificante. Pero los animales mismos se relacionan con nosotros de formas inesperadas. La zoonosis, la enfermedad trasmisible de animales a humanos, significa un desequilibrio del mundo natural, de ahí y no de otro lado surge el microbio, el bacilo o como queramos llamarlo. No es una forma viva ni sin vida, es un intermediario que emana de una violentación y a la vez violenta.

La zoonosis ha desencajado al mundo capitalista y financiero, se introduce en la economía de la reproducción anómala del capital -que es tiempo futuro imaginario, apuesta al riesgo controlado y juego defraudador sobre anónimos cadáveres-, y desorganizó todo, obligó a retroceder a la Atenas de antes de Cristo, a las medidas que se tomaban en la edad media -la famosa cuarentena-, y a la opinión de médicos y estadísticos, que tiene que rebuscar en su conciencia ética un modo de reacción profesional y humana ante el aplauso masivo y la desconfianza en los edificios en que viven. Los sentimientos públicos, de miedo, de solidaridad, de temor, de emotividad espontánea, también están pasado por el cedazo de los cálculos políticos, corporativos, de las empresas de informaciones y acumulación de datos.

Para salvar vidas, los políticos de los complejos estados modernos deben limitar aspectos de libertad de circulación y en muchos casos acentuar controles que invaden la intangibilidad del propio cuerpo, que suele salvaguardarse en la vida pública y soltarse en forma más hedónica en la vida privada. Muchos sectores libertarios han señalado su disconformidad con estas medidas compulsivas de tomar la fiebre en los sitios de aglomeración o salir a la calle según el número del documento de identidad. Insólitamente, las derechas que están dispuestas a una trasmutación carnavalesca para volver a incidir en los países que mantienen una política sensata y racional, de aprovechamiento del margen de negociaciones que permite la pandemia -el ejemplo es precisamente la Argentina-, y también toman como pretexto las libertades públicas, que, en un terreno de decisiones democráticas, la cuarentena necesariamente debe no limitar en el sentido profundo, sino normatizar y pautar en el sentido sanitario. En última instancia para colocar la apelación a la integridad de las vidas como valor esencial, el Bios como clave de bóveda de toda decisión de estado. Esto sugiere un problema a dos puntas, pues si bien la cuestión de la vida es de carácter ontológico, el piolciamiento al que se sometieron los grandes centros urbano es de carácter transitorio, y tanto se presta a abusos, como a poner las bases de una cosmovisión de control que perdure, tanto en la lengua, como en la presencia de equipamientos electrónicos que almacenan datos sobre el movimiento general en las ciudades. Tema que heredarán en una medida que desconocemos, los tiempos futuros.

Si por una lado el crecimiento vertiginoso de las empresas que prestan  servicios tecnológicos de comunicación a distancia pueden surgir de estos eventos que han acudido al mundo -y lo que negocian son libras de una virtual especialización comunicativa en disfavor de una libertad política a la luz de la aleatoriedad de la circulación en la Polis-, por otro lado, la preferencia de la “economía de la vida” por sobre la “vida de la economía”, presuponen que adecuadamente sigue en pie una proposición d índole moral, que guía las decisiones más importantes del gobierno. La regla de cálculo de las grandes corporaciones hace de la vida una variable de ajuste. Hay en toda la lógica del capitalismo empresarial que la ideología de que lo humano en abstracto no existe, sino que existen recursos humanos y todo lo que no lo sea son vidas ineptas o sacrificables. Es una idea general de lo calculable en materia de la cantidad los que deben morir. Como los que saludaban al Cesar antes de las batalles, todo jefe de recursos humanos tiene un Exxel con las probabilidades de sacrificios porcentuales de Otros, que exige la Producción y la Maquinarias en funcionamiento. En el Capitalismo las decisiones fundamentales se toman sobre la porción necesaria de los desechables, que son la base del funcionamiento de todos los niveles de producción y finanzas.

El capitalismo es el otro que ya computó los que sucumbirán. Y el otro es el que intuye que pertenece a la patria de los que ya figuran en el libro de los que desfallecerán por disposición de la planilla general de descuentos científicos del plantel de lo humano. La decisión de la cuarentena es eso lo que viene a impedir y a su manera introduce un principio de interrupción en las nociones de gasto, sacrificio e inutilidad estratégica de la vida humana tal como la concibe lo que Max Weber llamó “el espíritu del capitalismo” y más adelante “el desencantamiento del mundo”.

Ya sabemos que Trump y Bolsonaro especulan con abrir una compuerta que vislumbran que puede ser aceptada en las golpeadas vidas populares. Los llaman a cumplir con el mandato del Capital. Si igual van a morir, si igual están masacrados, si igual algunos de los dioses impiadosos que acompañan a las vidas masacradas ya recortaron al máximo sus expectativas, ¿porque no arriesgarse a la enfermedad si de todas maneras somos los más expuestos a “morirnos de hambre”? Este pensamiento sacrificial y salvaje intenta ser el ariete medieval con que abran las compuertas de un pensamiento que desde siempre imaginaban las elites para las poblaciones más castigadas. E invitan a subirse al carro de la pastoral empresarial, al carro dadivoso de los Tecno Burócratas que invitan a la apuesta diciendo, si hay peste pueden morir, pero hay también chances se salvarse, entonces porque no apostar a presionar sobre los gobiernos democráticos y saltar las barreras sanitarias, abriendo los portones de los talleres en donde se aglomeran los explotados, y allí ensayar darle vida a las máquinas con un costo muchísimo mayor en vidas, es claro. ¿Pero no saldré favorecido si a mí no me toca el verdadero final de la peste y sigo adosado a la maquinaria a la que sirvo? ¿Cuántos geriátricos del barrio de Belgrano podrían así sacrificarse para retomar la línea de producción de cañerías para la obra pública?

Si lograran romper las barreras de la “epopeya sanitaria” no se obtendría solo un anticipo de lo que sería la vuelta a la normalidad fabril, que es la “normalidad financiera”, la Pax Templeton de los mercados, el modo Black Rock de calmar a los bonistas que saben mejor ahora que el riesgo país es el mismo puntaje en que se mide el riesgo de humano, y así, estará bien que sea alto, como símbolo, bandera y enseñanza general para los pueblos. También se quebraría una valorable experiencia que están llevando a cabo un puñado de gobiernos democráticos, atenazados entre las paredes de hierro de las acreencias financieras y sus derechas balconeando con qué expresión reagrupan el ataque geopolitico y moral a las frágiles democracias que quieren reinventarse, todo lo módicas que sean. De allí sale “anticomunismo” en la sala de ensayos de Fidelity o de algún otro fondo de inversión que también invierte en nuevas y viejas palabras para suscitar la compañera siamesa de las abstractas finanzas, el miedo. Se aprestan para protagonizar la última etapa dicotómica, belicista y catastrofista del complejo capitalista financiero, informático y militar. Aquellos Fondos son fondos que son prácticamente grandes estados virtuales al margen del derecho pero que usan como tenaza grandes estudios jurídicos que son su corte suprema, sus medios de comunicación -sus agencias gigantescas de propaganda- y sus explotaciones mineras que asolan territorios y espantan recónditas faunas escindidas que hoy han salido a las márgenes de las ciudades, reemplazando a los turistas, para preguntar qué es el hombre…quién es el hombre.  Las extraordinarias circunstancias que vivimos obligaron a pronunciar palabras extraordinarias a los políticos más sensibles, pero que disponían de cortos vocabularios, que sin esperarlo, viven en medio de una tempestad que están obligados a afrontar. Ya es mucho que no hayan huido de ella ahuyentados por el contador Geiger que hace la estadística de cuántas muertes se necesitan para mantener el viejo orden.

Ahora somos muchos que sin desconocer los formidables condicionamientos que ejerce el virus -tensa las cuerdas del estado, suspende tratos económicos, pone al sector científico como garante de buena parte del lenguaje político, soporta niveles desconocidos de desbalance de los principales tópicos de las economías habituales-, nos sostenemos en la ensoñación de que las frases sobre la preeminencia de lo vital sobre la reproducción abstracta de la mercancía, formarán un futuro cuerpo de ideas ante las formas de la política más rutinarias y más serviles a las escribanías secretas de los que benevolentemente se llaman así mismos fondos de inversión y proclaman que representan a “plomeros y electricistas”. Lo que son, es naciones furtivas o sustitutas, sin obligaciones sociales. Un gigantesco Ministerio de Economía sin pesados edificios de grandes columnatas, hundido en las tinieblas, sin otros atributos que ejercer la usura e inventar nuevas “naciones buitre”. Fundadas, ellas, en la clandestinidad de sus inversiones, manejos jurídicos con penalidades propias y campañas ideológicas servidas de las tecnologías más imaginativas, demonizante de políticos democráticos que no “miden bien”. Una conclusión rápida que puede sacarse de estos pavores mundiales, es que si hay un privilegio ético en la cuestión fundante de la vida como ente valorativo primigenio, esto tiene que munirse de una economía propia.

Nuevas ideas impositivas, de circulación del dinero, de control de depósitos, de nuevas fórmula de desconcentración de las decisiones y modos acumulativos, nuevas formas de trabajo y subsunción de las tecnologías a juntas públicas de gestión de los símbolos comunicacionales de una sociedad que se lanza “a perder no otra cosas que sus cadenas”. No es imposible, a la luz de muchas cosas, desordenadas pero contundentes, que ya se han dicho escuchado.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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