Volvió el país inviable

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Nuestro establishment parece haber descubierto una vez más que las decisiones políticamente inviables tienen una fecha de vencimiento y que empobrecer a sus electores no es una actividad electoralmente exitosa para ningún gobierno, incluyendo el suyo. Enhorabuena.

En marzo de 2001, La Nación entrevistó a Daniel Artana, por entonces Secretario de Hacienda de Ricardo López Murphy el Breve, anteúltimo Ministro de Economía del gobierno de la Alianza.

Artana adelantó los puntos esenciales del discurso que López Murphy daría un par de días después, por cadena nacional. Luego de escuchar el listado de recortes en las diferentes partidas, incluyendo un fuerte ajuste en Salud y Educación, el periodista preguntó si esas propuestas eran “políticamente viables”. Sin dudarlo, el funcionario contestó que las decisiones “políticamente viables” eran las que, justamente, habían llevado al país a la crisis que padecía en aquel entonces. Dos días después del tan esperado discurso, López Murphy fue obligado a renunciar e inmediatamente reemplazado por Domingo Cavallo. El resto es historia conocida.

Unos años más tarde, en diciembre del 2017, la revista Forbes le dedicó la tapa de su edición local a Marcos Peña, Jefe de Gabinete de Mauricio Macri, presentándolo como “el CEO del año”. “Su éxito, ¿será también el de la Argentina?”, se preguntaba la revista de los ricos y famosos.

El grito del final

En septiembre del 2018, Nicolás Dujovne, entonces Ministro de Hacienda, explicó: “La Argentina entre este año y el próximo está haciendo un ajuste fiscal de casi 3 puntos del PBI (…) En la Argentina nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el Gobierno”.

La palabra ajuste, un fetiche del manual neoliberal, parece describir una medida que recaería sobre el conjunto de la ciudadanía, una decisión dolorosa pero inevitable y cuyos efectos serán tan benéficos como lejanos. La realidad es un poco diferente. El ajuste que suelen practicar los gobiernos serios como el de De la Rúa o Macri nunca recae sobre todos, sólo sobre las mayorías. Quienes tomaron la precaución de nacer ricos herederos, como la mitad del gabinete nacional actual, u optaron por ser accionistas de las grandes empresas beneficiadas por las políticas de dichos gobiernos, no padecen esa calamidad falsamente universal. Mientras los salarios, las jubilaciones y los impuestos a los más ricos disminuyen, las utilidades aumentan gracias a benéficas intervenciones del Estado. Como explicó hace algunos años el entonces Ministro de Educación Esteban Bullrich, “debemos crear argentinos y argentinas que sean capaces de vivir en la incertidumbre y gozarla”, mientras que los inversores deben ser seducidos con políticas “claras y previsibles”. Incertidumbre para algunos, certezas para otros.

Mientras que para Artana, las decisiones políticamente inviables, es decir, las que generaban penurias a las mayorías, eran las más virtuosas, para la revista Forbes un gobierno puede ser exitoso independientemente del resultado de sus políticas en la ciudadanía, para Bullrich sus representados debían gozar con la incertidumbre y para Dujovne, que la ciudadanía soportara empobrecerse sin voltear al gobierno era un notable signo de madurez política.

En ninguno de los tres casos, el bienestar de las mayorías fue considerado como una vara relevante a la hora de medir la legitimidad o incluso el éxito de un gobierno determinado. Al contrario, el padecimiento ciudadano indicaría el nivel de seriedad de dicho gobierno.

Macri con la “Sube” descargada

La supuesta madurez ciudadana se evaporó la noche de las PASO, con el resultado catastrófico para Cambiemos. El tono del oficialismo pasó del manual de autoayuda y la revolución de la alegría a la perplejidad y luego al despecho. Volvimos a escuchar las letanías reaccionarias habituales sobre la ignorancia de las masas y la inviabilidad de nuestro país.

Nuestro establishment parece haber descubierto una vez más que las decisiones políticamente inviables tienen una fecha de vencimiento y que empobrecer a sus electores no es una actividad electoralmente exitosa para ningún gobierno, incluyendo el suyo. Enhorabuena.

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