¿Y qué música le pondremos?

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Es evidente que Alberto Fernández es un buen aficionado a la música. Los temas que ha mencionado (o cantado) durante la campaña electoral hablan de una dedicación no habitual por parte de un político a la escucha de las canciones que han recorrido el mundo. ¿Por qué importaría esto en un personaje que debe resolver sobre la poderosa guillotina económica que pesa sobre Argentina? Importa porque los estilos con que se vierta la política sobre la sociedad deberán ser a la vez inspirados por lo que en la sociedad haya de creatividad artística.

Ya se sabe que el futuro presidente expresó con hechos y palabras su afición por los grupos musicales de los sesenta y setenta, cuando evidentemente era poco más que un adolescente. Toca y canta varios temas de Lito Nebbia, y lo hace desenfadadamente, por televisión. Muchos músicos profesionales, considerando las circunstancias, elogiaron sus interpretaciones. Y aunque todo esto debe entenderse en el medio de una campaña electoral, es evidente que Fernández es un buen aficionado a la música. ¿Su repertorio es solo Nebbia? No, si repasamos lo que ha dicho en diversas oportunidades, comentando que en su elenco de preferencias se hallan muchos temas de la alta raigambre musical que va del jazz a la bossa nova y al pop de calidad. En la lista están Summertime, de Gershwin; Elementales leches, de Spinetta; «Blackbird», de Paul McCartney; “Yo seré el animal, vos serás mi dueño», de Aquelarre; “Aguas de marzo», de Tom Jobim en la voz de Ellis Regina, (menciona otra versión de Casandra Wilson) y además, «La Ventana sin cancel», de Nebbia.

Gustos multivariados, selección ajustada, esta lista y otros temas que ha mencionado (o cantado) durante la campaña electoral, hablan de una dedicación no habitual por parte de un político, a la escucha de las canciones que han recorrido el mundo con exigencias artísticas muy evidentes. Si escuchamos hoy Summertime en la versión de Ella Fitzgerald, nos sigue conmoviendo desde la primera sílaba, que flota en un extraño mundo atemporal, como una canción de cuna trágica. Lo mismo en Blackbird, con un Paul McCartney bastante estremecedor, que llama a aprender a volar con las alas rotas. Aguas de Marzo, la gran creación de Antonio Carlos Brasileiro de Almeida Jobim, “Tom Jobim”, es una rara elegía a la felicidad, y la versión de Jobim y Elis Regina que se puede ver en YouTube, la que cita Fernández, conserva un aire de éxtasis donde el despertar de la naturaleza y un suave aire erótico se entrelazan con una docilidad festiva. En la versión de Casandra Wilson también mencionada por Alberto Fernández, bastante de todo esto se pierde, principalmente porque falta el dueto. De la canción de Spinetta, Fernández opina que su hermetismo no impide asomarse a una de sus más enigmáticas advertencias, “lo que está y no se usa nos fulminará”. Estas opiniones del nuevo presidente, que se leen en un reportaje sin duda anterior a su candidatura, corren ahora el riesgo de ser difíciles metáforas en caso de que quiera pensar con ellas la política. Esto no es fácil, si es que también no pudiera declarárselo innecesario, pero precisamente de este tema tratamos aquí.

Amistad y política

“Blowing in the wind», de Bob Dylan, es un clásico himno sesentista, nombre del que ahora es portador el perro mascota del presidente. Es una canción saturada de celebridad, con sus aires bíblicos y su evidente basamento en el negro spiritual. Bob Dylan no tenía mucho más de veinte años cuando la escribió. A pesar del modo arrasador que recorrió varias décadas la imaginación juvenil mundial, “flotando en el viento” -la manera de esperar una revelación-, ha sido revivida rápidamente en el gabinete de los recuerdos o de los gustos musicales de Alberto Fernández. Por otra parte, Aquelarre, el grupo de Emilio de Guercio, es recordado a través de un tema del rock setentista que expresaba una latente disconformidad social… Desde luego, no nos proponemos examinar el catálogo de preferencias de Fernández, pero es evidente que al recorrerlo, aun superficialmente, percibimos que no eran menciones fabricadas a fin de crear un halo de empatía electoral alrededor del candidato. Es evidente que Fernández desarrolló una sensibilidad musical vinculada a la bossa nova, al rock nacional y extendió confines que llegan a Gershwin, aunque eventualmente omita a Atahualpa, Charly García o Fito Páez. ¿Qué importaría todo esto en un personaje que debe resolver sobre la poderosa guillotina económica que pesa sobre la Argentina bajo la forma de una deuda externa irresponsablemente contraída? ¿Qué importaría que conozcan, por ejemplo, La Bengala perdida de Spinetta, aquellos que deben resolver el deterioro fatal de las finanzas públicas, la depresión del ámbito laboral, el desmantelamiento de la producción social del país, sea de elaboraciones de la industria, de la ciencia o de las humanidades? ¿Cuál sería el beneficio que arrojaría citar la gran plegaria que es Summertime si ante sí tienen –él y Cristina–, el legado más perverso y aterrador que un gobierno le puede dejar a otro, incluso teniendo que soportar la mueca sarcástica y amenazante del que ahora dice que hay gato para rato?

Importa. Y no solo para diseñar una política cultural consistente y sostenida adecuadamente, recreando el Ministerio de Cultura o iniciando las acciones de un futuro instituto del Libro. En este campo cultural institucional también es ardua la tarea a emprender. Pero lo que vemos que trasciende a todo esto es la pregunta de si los intereses musicales de un político pueden decir algo en relación a la decisión de ese mismo político. Si pueden, desde luego que no con una traducción puntual, un ornamento o una cita “popular culta” para amenizar las decisiones difíciles, o como suele decirse, para “desdramatizar” lo que verdaderamente importa. Al contrario, pues si bien no se reclama la relación entre Wagner y el rey de Baviera o de Mayerhold con el partido comunista ruso, es evidente que, con estas señales de la música de distintas fuentes culturales, en la franja más exigente de lo popular no convencional, es posible la pregunta de cómo se destila el arte en un ámbito político de época. Esto es, si se desea que en esta época que ahora se abre no impere solo un necesario, pero sistemáticamente derramado lenguaje de la economía –obviamente ineludible para recuperar las columnas fundadoras de una sociedad emancipada–, el lenguaje de la música (o de la poesía, o de la literatura, la pintura o el teatro), no debe ser meramente otro rubro, otra columna que puede erguirse solo subordinada o complementariamente con lo que es declarado prioritario.

Porque si realmente hay una escucha de Flotando en el viento como corresponde que se haga en lo profundo de su significación –para esgrimir solo este ejemplo–, los estilos con que se vierta la política sobre la sociedad deberán ser a la vez inspirados por lo que en la sociedad haya de creatividad artística. No son solo cuestiones ministeriales, aunque un ministerio haga falta. Son las más altas cuestiones que puedan imaginarse en torno a una época que vuelva a pulsar nuevamente la cuerda de la emancipación –por más acentuadas que sean las dificultades–, y pueda ver en la política una canción de los esperanzados y en el arte la destilación autónoma de los momentos más dramáticos en que lo político no atine a pensarse a sí mismo.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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