Mi padre está afuera, cortando madera. Lo observo desde la ventana mientras se quita la camisa y la arroja sobre la hierba después de una breve pausa. Veo todo a través de las ramas de dos damascos, cuyos frutos recogeremos más tarde para hacer conservas. Es verano. Salgo y le pregunto por qué corta el eucalipto si hace calor. Me responde que la Comuna derribó unos árboles y está juntando leña para la próxima temporada fría.
La ritualidad de los gestos cotidianos
Observo la coreografía de mi padre mientras corta madera. Es un espectáculo en sí mismo: movimientos circulares, el estruendo del hacha sobre la madera, su respiración, y su torso cubierto de vello. El hacha, como una herramienta de otra época, captura la fuerza con la que parte esos troncos destinados a la estufa. Deseo imitarlo. Me siento en el césped, observando hasta que ofrece enseñarme a hachar.
Me levanto, nervioso como si estuviera a punto de patear un penal en una final. El hacha es imponente. Mi padre se coloca detrás, guiándome con sus brazos peludos. Me enseña a elegir un lado del cuerpo para balancear el hacha, una decisión personal como la de elegir con qué mano escribir. Retrocede y me anima a intentarlo. Así comenzó mi aprendizaje como hachero. Años más tarde, tendría mi propia casa con chimenea y dominaría el corte de leña para los meses fríos. Desde pequeño, recuerdo el contacto físico con mi padre, un contacto sincero y cariñoso mientras escuchaba la radio. Un tipo de relación que pocas veces vemos entre hombres, tal vez por un temor subyacente.
La ausencia de caricias entre los hombres
Mi madre también nos brindaba afecto físico abiertamente, algo quizá esperado de ella, pero poco común en los padres. Aquella percepción se reforzó observando las interacciones de mis amigos con sus padres; rara vez presencié un gesto de cariño físico. Sin embargo, mi padre experimentaba una relación diferente con sus amigos; se tocaban con afecto masculino, sin inhibiciones, mientras reían, cantaban o bebían vino. Había entre ellos una naturalidad jovial al expresar su afecto.
Durante mi adolescencia intenté replicar ese comportamiento con mis amigos, resultando casi imposible. El contacto físico parecía tabú y temía represalias si lo intentaba. A través de mi padre aprendí que entre amigos es posible el contacto físico sin implicaciones sexuales ni represalias.
El cuerpo masculino y la percepción social
Un día de verano observé a unos obreros que se habían quitado las camisetas tras el trabajo, bromeando sobre el cuerpo de uno de ellos. Aunque el comentario era en tono humorístico, aquel momento espontáneo mostró la férrea frontera que pone en riesgo el juicio social ante la observación del cuerpo masculino por sus pares. Esta mezcla de cuidado y curiosidad acompaña cualquier intento de comparar nuestros cuerpos con los de otros.
En una fiesta, fui testigo de cómo dos amigos se insultaban, a punto de pelear. Embriagados, terminaron en un abrazo entre disculpas y risas. Me costaba imaginar esa misma muestra de afecto en un contexto sobrio.
La incomodidad del afecto externo
Los hombres, a menudo, adoptamos una distancia en nuestras relaciones físicas y emocionales, limitando el contacto y la expresión numerosas veces al ámbito del trabajo, rendimiento o escenarios de alegría. No obstante, anhelamos una conexión más profunda y el reconocimiento del cuerpo ajeno y propio, más allá de las expectativas sociales que encasillan nuestra percepción del cuerpo masculino.
Lo que veo es una transmisión temerosa del contacto sorpresivo, un tipo de afinidad que en algunos contextos se ve como debilidad. Sin embargo, algunos pocos avanzamos hacia una masculinidad que permite el contacto y la expresión auténtica. En la escuela, el afecto se muestra con golpes fuertes en el hombro: siempre hay un modo, aunque sea rudo.
Vi cómo un padre masajeaba a su hijo tras una lesión durante un partido. Este sencillo acto revelaba más que el simple deseo de curar, era un puente para el afecto. A veces el contexto nos deja un resquicio para experimentar este tipo de intimidad.
Con un amigo, discutimos este tipo de relaciones. Alaba mi corte de cabello mientras sostiene a su bebé y reflexionamos sobre la emoción que nos conecta, una emoción que no cuesta ni teme mostrar. Cuando encuentro a otro hombre que comparte esta capacidad de sentir abiertamente, se crea una conexión única, un entendimiento básico sobre nuestra sensibilidad común.
El cuerpo masculino se desarrolla dentro de un espacio emocional reservado para el dolor y el esfuerzo, pero también puede ser el vehículo de amor genuino. Aunque no lo usual, encontrar estos momentos de conexión nos recuerda la compleja naturaleza de las relaciones masculinas, un territorio a menudo inexplorado pero lleno de posibilidades.
