Basurales a cielo abierto, amenaza ambiental

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A poco de asumir el ministro de Ambiente Juan Cabandié anunció que uno de los ejes de su gestión será trabajar con los municipios para eliminar los basurales a cielo abierto: solo en el Área Metropolitana son más de 140 y la gestión Cambiemos incumple sistemáticamente la ley de «Basura Cero» en la Ciudad. Este informe revela la complejidad del problema y las posibles soluciones.

“Vamos a trabajar para reducir los 5.000 basurales a cielo abierto que tiene la Argentina. Eso no puede ser, es indignante. Por eso, tenemos que trabajar con los municipios en profundidad. No es simplemente ir con la retroexcavadora y sacar la basura de ahí y llevarla a otro lado”. Menos de 24 horas después de asumir como ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Juan Cabandié instaló inesperadamente el que podría ser uno de los ejes de su gestión. Lo hizo en el marco de la cumbre climática COP25, que se celebró en Madrid, donde estrenó oficialmente su rol de titular del recuperado ministerio ambiental.

La basura como problema afecta a todo el país, en parte porque más del 90% de la población argentina vive en núcleos urbanos. Así, en especial en las periferias de las ciudades, y más aun en las de mayor población, proliferan los basurales, oficiales o clandestinos, con sus riesgos sanitarios de toda índole. Riesgos que son mayores cuando las crisis sociales empujan a los pobladores a buscar entre los residuos objetos que convierten en módicas sumas de dinero o truecan por otros más urgentes, y en los últimos tiempos incluso alimentos no necesariamente aptos para el consumo pero que permiten, en el mejor de los casos, paliar el hambre.

El problema de la disposición de los residuos, históricamente considerado, al menos en la Argentina, un tema municipal, se convirtió, por su magnitud actual y creciente, en un problema nacional, un problema de Estado. Quizá la mayor amenaza ambiental a la que nos vemos expuestos. A juzgar por las primeras manifestaciones del flamante ministro, tal vez esté llegando la hora de poner en marcha un plan de gestión de residuos federal que, contemplando particularidades regionales y/o locales, tenga una política única para todo el país.

La ciudad de Buenos Aires, con sus alrededores, es el ejemplo más acabado de este fenómeno de hiperproducción de residuos con bajo porcentaje de tratamiento adecuado. Pese a su ley de Basura Cero –vigente en teoría pero de la cual poco y nada se pone en práctica– y sus eslóganes de presunto compromiso ambiental. Como señala el biólogo, ambientalista y periodista Sergio Federovisky en El nuevo hombre verde. Cómo el neoliberalismo nos hace responsables del desastre ecológico que provoca el sistema (Capital Intelectual, 2018), “Mauricio Macri, como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, fue el primero en introducir el eslogan de ‘ciudad verde’. La misma ‘ciudad verde’ que durante la totalidad de su administración incumplió groseramente con la ley de Basura Cero, una de las instancias iniciales a través de la cual podía revelar el compromiso ecológico de un gobierno. La modernidad, la tecnología, la decisión de parecerse a ciudades avanzadas, el espejo de los países ricos, todo es –en teoría– conducente a una gestión de los residuos acorde a un esquema más cercano a la economía circular que a la economía lineal. Pero no. La ‘ciudad verde’ solo invirtió en algo de tecnología de recuperación de residuos cuando una crisis política se lo impuso (N. del R.: la disputa por el agotamiento de los rellenos entre la Ciudad, gobernada por el PRO, y la Provincia, gobernada por el kirchnerismo) y, aun así, los niveles de reciclaje del principal núcleo urbano de la Argentina –con estándares de consumo e ingresos europeos y no latinoamericanos– son insignificantes”.

Y agrega: “¿Cómo hace un gobernante cuando pretende diluir la responsabilidad de un sector sobre el conjunto de la sociedad o, si es posible, ocultarla? ¿Cómo hace un gobernante cuando pretende confrontar discursivamente –para luego hacerlo en la práctica– con la perspectiva marxista de que existe un poder dominante en la sociedad y una lucha de clases que motoriza la historia? Convierte todo en una cuestión individual: las cosas pasan o dejan de pasar porque cada uno de nosotros tiene, alcanza o carece del compromiso suficiente. El medio ambiente es quizás uno de los mejores caldos en los que puede cultivarse esa idea. Desde la patética acusación de que los basurales a cielo abierto permanecen porque no aprendimos a dejar de tirar los papelitos por la ventanilla del auto hasta la presunción acusatoria de que el calentamiento global es porque derrochamos calefacción o refrigeración, todo intento por aplicar un juicio sumario individual para condenar por lo que sufre ecológicamente el planeta es en verdad una estrategia para enmascarar la identidad real de los verdaderos culpables y la responsabilidad determinante del sistema económico en dicha crisis ambiental”.

El paradigma del problema

En el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), integrada por la Ciudad y por 40 municipios bonaerenses, hay unos 150 basurales a cielo abierto. La mayoría no son rellenos sanitarios, es decir que el suelo no está impermeabilizado para evitar así que los líquidos y los gases generen contaminación. “Algunos sí lo son, como el del CEAMSE (Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado) en José León Suárez, donde el gas metano resultante es transformado en energía eléctrica. También hay rellenos sanitarios en los alrededores de grandes ciudades, como Córdoba, Rosario y Mendoza, y en municipios turísticos como San Martín de los Andes y Puerto Madryn, para que la basura no afecte la afluencia de visitantes”, señala Francisco Suárez, investigador de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y especialista en el tema.

“Además de los basurales municipales oficiales –agrega– hay clandestinos. La basura no debería ir allí pero va porque es un importante ahorro, especialmente en épocas de crisis. Este fenómeno creció el último año por los costos y por eso hay nuevos basurales en partidos del Conurbano como Malvinas Argentinas, Moreno o José C. Paz. El problema es aún mayor en el segundo cordón bonaerense. También las empresas y comercios que producen más de 1 tonelada diaria de basura, y que por ley tendrían que pagar y garantizar la disposición final de sus residuos, vuelcan en basurales clandestinos. El problema es que puede haber residuos peligrosos, que tienen que ir a rellenos de seguridad o ser incinerados, según el caso”.

Los residuos se clasifican en domiciliarios, industriales, hospitalarios y radioactivos (medicina nuclear, radiografías, tomografías, etc.). Los tres últimos son considerados peligrosos. Solo en la ciudad de Buenos Aires se vuelcan oficialmente 6.000 toneladas diarias de basura, además de las que se disponen de manera informal. Un tercio de ese total corresponde a escombros, que van a la planta de tratamiento de residuos áridos que funciona en el Bajo Flores.

Todo está, o debería estar, bajo el paraguas de la ley 1854 (de Basura Cero) de la ciudad de Buenos Aires, promulgada en enero de 2006 y reglamentada en mayo de 2007. Su objetivo primordial es disminuir y evitar la contaminación y el impacto ambiental producto de la generación y gestión de los residuos sólidos urbanos. “Se cumple parcialmente, está en una especie de limbo, no se sabe para dónde va a ir”, sintetiza Suárez. Y hasta se la quiso prácticamente desactivar con la aprobación de otra ley, la 5966, de 2018, que autorizaba la incineración de residuos, lo que hubiera significado un enorme retroceso en materia ambiental. Pero un fallo de la jueza Elena Liberatori atendió la presentación de un recurso de amparo promovido desde organizaciones no gubernamentales y la suspendió. Además de los perjuicios ambientales, mayores en los barrios donde iban a funcionar las plantas de incineración, la ley hubiera afectado la actividad de más de 5.000 cartoneros y de alrededor de 60.000 puestos de trabajo correspondientes a la industria del reciclado y al reciclaje informal en el ámbito del AMBA.

“Por otra parte, los basurales clandestinos a cielo abierto generan una actividad y un negocio a la vez rentable e insalubre. Hay quienes se dedican a consolidar áreas, alisar los terrenos y vender esos lotes, que en conjunto se convierten en asentamientos de enorme peligro para la salud, a diferencia de los rellenos sanitarios controlados. Es que el destino final de los residuos debe ser el enterramiento o la incineración, idealmente después de reciclar y compostar. Y así alcanzar lo que en otros países. En Alemania, por ejemplo, se entierra menos del 5% del total de residuos”, aporta Suárez.

Además de los basurales propiamente dichos, hay otros aspectos relacionados con la producción de residuos que podrían mejorar la situación. “En la Argentina –dice el investigador de la UNGS– falta, por ejemplo, una ley de envases, que implica que quien produce cada envase se haga responsable del mismo. Acá esa responsabilidad recae indefectiblemente en el Estado, que no hace mucho al respecto. En otros países de la región, como Chile y Uruguay, ya se empezó a volcar esa responsabilidad en el productor del envase. El sistema funciona de dos maneras: de forma directa, a través del uso de envases retornables, o indirecta, aportando a un fondo por cada envase producido para su tratamiento, reciclado, etc.”

Un atlas de la basura

Desde hace más de una década, un grupo integrado por especialistas de diversas disciplinas dan forma al Atlas de la Basura, un proyecto de investigación realizado desde el Centro de Información Metropolitana (CIM) de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad de Buenos Aires. Surgido a partir de un convenio con el CEAMSE, el trabajo interdisciplinario empezó desarrollando el proyecto “La Geoinformática como herramienta para la detección temprana de la contaminación ambiental en Sitios de Disposición de Residuos (SDR)”.

Según se explica en los fundamentos, “si bien los SDR por definición involucran tanto a sitios de disposición controlada (rellenos sanitarios) como no controlada (basurales), el Atlas de la Basura se refiere principalmente a los basurales a cielo abierto del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y sus alrededores. El mismo constituye un elemento de rápida visualización y comprensión y resulta un aporte hacia la implementación de acciones para paliar situaciones de riesgo para la salud de la población que vive en su entorno o sobre los mismos, y contribuya al conocimiento acerca de los problemas de deterioro ambiental generados en el AMBA”.

La investigación pone el acento en el manejo de los Residuos Sólidos Urbanos (RSU), la falta de tratamientos adecuados de la basura, su impacto en el medio ambiente y el potencial riesgo para la salud humana. El dramático aumento en la producción de residuos en el AMBA, se agrega, “trae aparejadas varias consecuencias: por un lado la colmatación de los centros de disposición final de residuos, manejados por el CEAMSE y, por el otro, un aumento de basurales a cielo abierto. Esta ocupación progresiva del espacio metropolitano con estos usos en detrimento de su entorno, junto con la contaminación inherente a la acumulación y presencia de residuos peligrosos, representan uno de los cambios de los usos del suelo más conflictivos del AMBA y uno de los riesgos más importantes para la salud de la población”.

El trabajo refiere específicamente al peligro sanitario de las poblaciones aledañas, generalmente “conformadas por grupos con vulnerabilidad, sobre todo niños y mujeres embarazadas, que por sus condiciones físicas, constituyen grupos de alto riesgo”. Debido a la extensión territorial del problema, y para realizar un relevamiento de los SDR existentes que permitiera conocer su ubicación, se recurrió a tecnologías como la interpretación de imágenes satelitales y el manejo de  Sistemas de Información Geográfica (SIG). También requirió el aporte de profesionales de distintas disciplinas (sociólogos, geógrafos, planificadores urbanos y regionales, biólogos, arquitectos, etc.) con manejo de instrumentos de Geoinformática. Esta suma de recursos facilitó el trabajo de campo, que aún hoy se continúa realizando.

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