Cumbre de Madrid: nuevo intento de frenar el calentamiento global

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“En conjunto, los países no consiguieron poner freno al aumento de emisiones mundiales de gases efecto invernadero, lo que conlleva que ahora se necesiten reducciones más drásticas y en menos tiempo», advierte un informe de la ONU. Por eso la Cumbre del Clima que comenzó ayer en Madrid busca definir las reglas de los mercados de carbono, que las potencias se comprometan con reducciones de emisiones más ambiciosas y movilizar fondos para acelerar la acción climática. El presidente Mauricio Macri pasó por allí y se autoelogió.

Las novedades sobre cambio climático no son alentadoras. No importa cuándo leas esto. La muletilla, de uso recurrente en redes sociales para describir estados de situación que se recrean inexorablemente por repetición de conductas o por características de sus actores, adquiere dimensiones dramáticas a la hora de otear el horizonte ambiental.

No están siendo cumplidos los compromisos asumidos a nivel global para, al menos, controlar el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), de tal modo que se evite el aumento de la temperatura terrestre por encima de los valores que convertirían este presunto paraíso terrenal en un infierno inédito.

El Presidente Mauricio Macri llegó ayer al arranque de la Cumbre, que se realiza en Madrid tras mudarse de Santiago de Chile, la sede programada originalmente, por las protestas sociales y su brutal represión. Macri se autoproclamó a la vanguardia de la defensa del medio ambiente en un largo autoelogio de su gobierno. Hoy continuará con la seguidilla de fotos internacionales programada para su última semana de mandato: se reunirá con el Rey Felipe y partirá rumbo a Ginebra, donde visitará al titular de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Roberto Azevedo. Y finalmente viajará a Brasil, para asistir a la cumbre del Mercosur en Río Grande do Sul y ser homenajeado por el presidente Jair Bolsonaro.

Oportunidades S.A.

Presentado apenas unos días antes de la cumbre, el informe del UNEP (Programa para el Medio Ambiente de Naciones Unidas), que analiza la brecha en las emisiones actuales y las proyectadas, augura un escenario futuro de enormes dificultades en la materia.  

Así, el Emissions Gap 2019 (“Informe sobre la disparidad en las emisiones de 2019”) indica que el objetivo de limitar el aumento de temperatura en 1,5°C implicaría la necesidad de llegar a emitir en el año 2030 un 55% menos de gases que en 2018. Para lograrlo, la reducción interanual de emisiones debería ser de 7,6% para que el aumento de la temperatura no supere ese valor deseado, o del 2,7% para alcanzar el menos ambicioso techo de 2°C de disminución.

Ya en septiembre, en el marco de la Cumbre sobre la Acción Climática convocada por el Secretario General de la ONU, el portugués António Guterres, y que reunió a gobiernos, el sector privado, la sociedad civil, autoridades locales y organizaciones internacionales, se había presentado el informe “Lecciones de una década de disparidad de emisiones”, con resultados menos que poco alentadores aunque con una rendija  por la que asoma algo de luz. “En conjunto, los países no consiguieron poner freno al aumento de emisiones mundiales de GEI, lo que conlleva que ahora se necesiten reducciones más drásticas y en menos tiempo. No obstante, más allá de los titulares funestos, se desprende otro mensaje del resumen del decenio. Se han producido diversos avances esperanzadores y está aumentando el interés político en el cambio climático en varios países, con votantes y manifestantes —sobre todo los jóvenes— que dejan claro que es su prioridad principal. Además, las tecnologías diseñadas para una reducción de emisiones rápida y rentable han mejorado considerablemente”.

En el plano netamente científico, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publicó este año los informes “El cambio climático y la tierra”, sobre los efectos del fenómeno (desertificación, degradación de los suelos y flujos de GEI en los ecosistemas terrestres) y propósitos más allá de la temperatura (ordenación sostenible de la tierra, seguridad alimentaria), y “El océano y la criosfera en un clima cambiante”. Allí también se manifiesta el estado de alerta por los cambios registrados y se ratifica la importancia de las metas térmicas que surgen del histórico Acuerdo de París, el pacto global que entró en vigor en 2016 y que hasta el momento es más un convenio de buenas intenciones que una realidad con logros demostrables. En especial desde que el presidente Donald Trump decidiera en 2017, pocos meses después de asumir, que los Estados Unidos (uno de los países con mayor emisión de GEI) se retiraba del Acuerdo a partir de 2020.

Sobre los máximos emisores totales de dióxido de carbono (CO2), según  los últimos datos de Global Carbon Project, una organización que cuenta con respaldo y financiamiento de la ONU, el top 10 lo encabeza China, con más de 9.800 millones de toneladas (30% del total), seguida de Estados Unidos (5.270), India (2.467), Rusia (1.693), Japón (1.205), Alemania (799), Irán (672), Arabia Saudita (635), Corea del Sur (616) y Canadá (573). Luego se ubican México, Indonesia, Brasil, Sudáfrica, Turquía, Australia, Gran Bretaña, Francia, Italia, Tailandia.

Algunos de estos valores se explican, al menos en parte, por el volumen de población de los respectivos países. Por eso, el cálculo de emisiones per cápita arroja resultados muy diferentes. En ese caso, los diez países con mayor número de emisiones son Qatar, Curazao, Trinidad y Tobago, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Brunei, Bahrein, Nueva Caledonia, Arabia Saudita y Australia. También hay que tener en cuenta que, si bien es el más extendido de los GEI, el CO2 no es la única amenaza. Otros gases, como el metano o el óxido nitroso, se encuentran en menor proporción pero son aun más peligrosos.

El ministro de Ambiente que contamina

Zona de riesgo

La COP25 que se está celebrando en Madrid planteó tres objetivos principales: definir las reglas de los mercados de carbono (una herramienta administrativa que permite la comercialización de derechos de emisión); comprometerse con reducciones de emisiones más ambiciosas, y movilizar fondos para acelerar la acción climática. Estas urgencias planteadas se deben a que si se cumplen los compromisos asumidos hasta el momento la temperatura aumentaría durante este siglo 3,2°C, con los efectos ya conocidos: aumento del nivel de los océanos, islas que quedarán sumergidas para siempre, el deshielo del Ártico hasta niveles insospechados, la desaparición de buena parte de los arrecifes de coral, crecimiento del número de refugiados climáticos… Muerte y destrucción.

A pesar de estas amenazas, en la última década las emisiones aumentaron a razón del 1,5% anual en promedio. Un aumento que en el caso de las originadas en la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) fue del 2% solo en 2018, un récord histórico que avergüenza y preocupa. Por eso, de acá a 2030, y para mantenerse dentro de la meta de un aumento de la temperatura de 1,5°C, se debería eliminar a nivel global el equivalente a la totalidad de las emisiones de fuentes fósiles de 2018.

En nombre del desarrollo se tiende a aceptar la inevitabilidad de estos “daños colaterales” y la consecuente generación de víctimas del cambio climático, así como se aceptan sin ambages las casualties of war. Sin embargo, ni siquiera aspectos relacionados con la economía y los costos de producción justifican el presente y el futuro de este drama. Las energías de producción limpia y sustentable, como la eólica o la hidroeléctrica, requieren de inversiones similares, e incluso menores, que las originadas en fuentes fósiles de alto nivel de contaminación.

Si no se cumplen los compromisos, las metas –que de ningún modo están basadas en propuestas imposibles de cumplir, salvo por la inacción o la indiferencia de los sectores poderosos que sostienen, también en este rubro, el statu quo– no podrán ser alcanzadas, con las consecuencias ya apuntadas.

Sergio Bergman, el impostor

¿Y por casa?

Aunque la Argentina no está entre los máximos responsables del cambio climático en términos nominales individuales, integra el G20, cuyos países generan el 75% de las emisiones a nivel mundial. Este colectivo está en condiciones, según el informe de la UNEP, de cumplir el año próximo con los compromisos asumidos en los llamados Acuerdos de Cancún en el marco de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP16), celebrada en 2010 en esa ciudad mexicana. Sin embargo, varios de esos países (Canadá, Estados Unidos, Indonesia, México, Corea del Sur y Sudáfrica) no cumplirían con los objetivos planteados a través de las llamadas contribuciones determinadas a nivel nacional (CDN); los objetivos de otras naciones son poco ambiciosos, y otras, como la Argentina, Turquía y Arabia Saudita, no asumieron compromisos específicos para 2020.

“En el caso de la Argentina –señala el informe de Naciones Unidas–, un análisis nacional reciente que recoge los últimos datos de los inventarios de gases de efecto invernadero hasta 2016 prevé que el país va a lograr las metas de sus CDN incondicionales, mientras que dos estudios internacionales han llegado a la conclusión de que no cumplirá las expectativas”. Más específicamente, el trabajo anota para nuestro país –que junto con Brasil, China, los Estados Unidos, India, Japón y la Unión Europea integra un subgrupo dentro del G20 que genera el 56% de los GEI pero que están insertos en una coyuntura favorable para mitigarlos– una serie de oportunidades que se presentan actualmente para atemperar los efectos del cambio climático: “No explotar nuevas fuentes de combustibles fósiles; reasignar las subvenciones que reciben los combustibles fósiles para respaldar la generación distribuida de energía eléctrica renovable; dar un giro hacia el uso generalizado del transporte público en grandes zonas metropolitanas; reconducir las subvenciones concedidas a empresas para que extraigan combustibles fósiles alternativos y, en su lugar, sufragar medidas para el sector de la construcción”.

El rol central asignado a Vaca Muerta para la economía nacional, sin distinción de gestión ni de ideología, no parece ser el mejor aporte que puede hacer la Argentina al problema global del cambio climático.

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