Día mundial del ambiente: ¿la pandemia nos habilita una nueva relación con la naturaleza?

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A partir del parate provocado por el aislamiento social obligatorio debido al coronavirus muchos aspectos de la sociedad que se daban por sentados se están reconfingurando. Cuando afloraron los efectos positivos en la disminución de contaminación ambiental, se comenzó a hablar de otro vínculo con el medio ambiente. Con ese punto de partida, las autoras transitan el camino de pensar una nueva relación con la naturaleza incluyendo al ecofeminismo y otras cosmovisiones. Sin esquivar el espinoso vínculo entre contaminación ambiental e injusticia social. La nueva normalidad nos tiene que traer una nueva relación con el ambiente, con la producción, con el consumo y con la salud, proponen.

Los temas ambientales circulan por las redes, los medios de comunicación, las conversaciones entre amigues y están más que nunca en la agenda pública. Hoy, 5 de junio, es el día internacional del ambiente. La pandemia ayudó a dejar en evidencia lo que nos falta comprender de nuestra interacción como sociedad con los sistemas naturales.

La actualidad nos enfrentó a imágenes -y fake news- de una naturaleza idílica y resiliente que recupera su solemnidad con sólo unos minutos de descanso de nosotres. ¿Cuál es la imagen de la naturaleza que tenemos hoy? Si las anteriores formas de ver el mundo nos trajeron hasta acá, quizás sea hora de cambiar un tanto el foco. Replantearse estas concepciones es de alguna manera el efecto que podemos aprovechar de la pandemia.

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Las problemáticas ambientales son problemáticas sociales que, como tales, dejan en evidencia las injusticias que se dan al interior de las sociedades. Y sin ir más lejos, los efectos del coronavirus están dejando al descubierto la exposición de los sectores más desfavorecidos de nuestros centros urbanos. La repercusión de los efectos ambientales se dan en diferentes escalas y en diversos grupos sociales, pero no todos tienen el mismo grado de vulnerabilidad y eso genera consecuencias diferenciadas. Las acciones en función de las problemáticas ambientales hoy llegan después de que se produzcan las consecuencias, y eso implica estar aceptando los riesgos que corren algunas poblaciones sobre otras. Anticiparse a los posibles desenlaces precisa del entendimiento del ambiente, para mantener su estructura y sus atributos, y frenar el deterioro.

Quizás el punto de partida para una nueva perspectiva sea entender que es necesario el cuidado del ambiente y que esto nos incluye. Los efectos en la salud del deterioro ambiental no solo exigen el cuidado de quienes están más expuestos, también es necesario atender los entornos donde las sociedades desarrollan sus actividades: las industrias, las ciudades, las fuentes de los recursos naturales y alimentos. La nueva normalidad nos tiene que traer una nueva relación con el ambiente, con la producción, con el consumo y con la salud.

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De todas formas, esto no tiene que excluir el resto de las perspectivas. Múltiples ideas sobre la naturaleza pueden ser integradas y serán de utilidad, dependiendo los objetivos de nuestras acciones. Para esto es importante tener en cuenta otras miradas, como la teoría ecofeminista, ya que las mujeres son uno de los grupos más perjudicados por las problemáticas ambientales. Desde esta perspectiva, el cuidado de la naturaleza no puede desentenderse de las múltiples opresiones patriarcales. Por eso, no puede ser una tarea que recaiga en las mujeres, como usualmente sucede con el resto de las tareas de cuidados. El cuidado del ambiente nos incluye a todes.  

Además, es necesario incorporar otras cosmovisiones que posean otras formas de entender el entorno donde viven, muchas son negadas desde hace más de 500 años, frente a la imposición de los conocimientos coloniales como los únicos válidos. La diversidad es una herramienta inevitable para lograr buenos resultados. Aproximarnos a múltiples marcos conceptuales nos conduce a que ninguna visión es totalmente útil ni inútil, solo necesitamos ser crítiques con nuestras propias concepciones.

Incorporar otras visiones que excedan lo que hasta hoy conocemos puede ser una llave que nos abra nuevas puertas. 

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¿De qué formas interactuamos con el ambiente?

El planeta se vincula de manera sorprendentemente eficiente con su biodiversidad. En cada ecosistema, las diferentes especies que lo habitan cumplen funciones que permiten un continuo flujo de materia y energía, de interacciones de todo tipo con el resto de los organismos que comparten hábitat, y conforman una red compleja de procesos que les permite sostener todos sus atributos ambientales que cambian.

Sin embargo, pareciera que somos la excepción a la regla, y la naturaleza con les humanes tiene una relación complicada. Lo cierto es que nuestro rol en el ambiente no se circunscribe únicamente a nuestro componente biológico. La vida social nos fue transformando en seres cada vez más complejos, con diferentes lenguajes, religiones, sistemas de producción, cosmovisiones. Con diferentes concepciones acerca de nuestro entorno. Con el desarrollo científico y tecnológico, la cuestión se pone todavía más compleja. Desafiamos las adversidades y los límites naturales construyendo ciudades adaptadas, medios de transporte, encontrándole cura a las enfermedades, alargando la esperanza de vida, cultivando nuestro alimento, y hasta incluso diseñando semillas como más nos gustan.

En los últimos años, nuestros avances fueron bastante acelerados. Y nuestro impacto en el ambiente, también. Los grandes cambios en el uso del suelo, la emisión de gases de efecto invernadero, la degradación y contaminación ambiental, el tráfico de animales, la introducción de especies invasoras, la extracción de recursos naturales a tasas más veloces de lo que pueden regenerarse, son algunos de los disturbios que producimos cambiando la dinámica propia de los ecosistemas. Éstos, ante tantas nuevas perturbaciones, responden de maneras que desconocíamos, lo cual nos llena de incertidumbre y nos dificulta mucho predecir de qué forma nos impactará. 

Si bien muchos cambios y fenómenos que catálogamos como “desastres” forman parte de la misma dinámica natural del ambiente, la magnitud a la que se expresan debido a nuestra actividad es abrumadora, tan así que la última era geológica que atravesamos se denomina “antropoceno” debido a que la humanidad es el principal impulsor de los cambios. Las consecuencias son numerosas: cambios en las temperaturas, sequías, inundaciones, pérdida de biodiversidad, erosión de los suelos y nuevas enfermedades. ¿Suena conocido? 

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Parece obvio hablar de qué estamos haciendo las sociedades con la naturaleza. Pero está tan olividada la naturaleza, que es importante definir ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de naturaleza? 

La idea de naturaleza no es estática ni unívoca. A lo largo de la historia, ha cambiado de sentido y significado según el contexto, lo que se traduce ineludiblemente en un cambio de nuestro accionar sobre ella. En el mundo occidental, en general, esta idea se construyó sobre los cimientos de una dicotomía con nuestra propia especie que hasta el día de hoy nos cuesta romper. Las concepciones y los modos en que interpretamos la naturaleza surgieron en distintos momentos sociopolíticos e históricos del mundo, pero muchas de ellas convivieron y aún conviven simultáneamente. 

En la tradición judeocristiana, e incluso en corrientes de pensamiento griego, la naturaleza se interpretó como creación divina. La diversidad de especies y de ecosistemas eran obra  de un Creador y, en cierta forma, prueba de su existencia y su capacidad.

Con el surgimiento de la ilustración europea y la modernidad, la naturaleza comenzó a entenderse desde una óptica utilitarista. Toda su abundancia y biodiversidad existía para mejorar nuestras sociedades, para perfeccionarlas. Los recursos naturales eran un medio para el progreso y es por esto que los Hombres, como se pensaba a la humanidad en ese momento, podían dominarla.

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Las críticas al progreso de la mano del romanticismo involucraron a la naturaleza, asociada principalmente con el daño ocasionado en las condiciones de vida por la revolución industrial. En contraparte la búsqueda fue la de una naturaleza prístina, preservada y sin transformación. Es así como adquirió valor la naturaleza, en tanto solemne, bella, apreciable mediante los paisajes, algo disfrutable más allá del uso per se. 

Con la evidencia de las crisis ambientales hacia mitades del siglo XX, comienza una nueva preocupación por la naturaleza y, acompañada de nuevas disciplinas como la Ecología, empieza a pensarse en términos de “ambiente” como un entorno complejo donde todos sus componentes interaccionan.

El ideario de una naturaleza externa todavía nos acecha. Los nuevos ambientalismos buscan posicionarse desde una perspectiva más integral, pero en la cotidianeidad nos cuesta incluirnos en la fórmula del ambiente. Esto se evidencia principalmente en las grandes ciudades, donde en general se piensa la naturaleza como ajena, únicamente disponible alejándonos, viajando hacia otros lugares. Mirando así al mundo, pareciera que la naturaleza le pertenece sólo a las áreas protegidas, o incluso al ámbito rural, y que todo lo relativo a la urbanidad queda por fuera, inaccesible al plano natural. Pero la naturaleza es patrimonio y responsabilidad de todes.


Referencias: Castro, H. (2011) “Naturaleza y ambiente. Significados en contexto”. En: Gurevisch, R. (comp.) Ambiente y educación. Una puesta a futuro, Paidós, Buenos Aires, pp. 43-74

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