Un New Deal verde para evitar el colapso

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La pandemia terminó de consolidar un siglo XXI que estará signado por el “estado de excepción” y los impactos del cambio climático. Mientras atravesamos esta sexta extinción masiva, los Estados están aplicando políticas “por única vez” para responder al Covid-19. Pero llegó la hora de implementar medidas permanentes como el impuesto a las grandes fortunas o el fin de los subsidios para las corporaciones extractivistas. Es preciso reformular la matriz energética y alimentaria global para evitar el colapso. Esto recién empieza.

El hombre sostiene un megáfono y observa la calle desde su balcón. La cámara lo enfoca desde una altura similar, en la vereda de enfrente. En diez segundos, la sirena del artefacto suena dos veces.

—¡Volvé a tu casa! —grita—. Vecinos vigilando, ¡no queremos a nadie en la calle!

El vídeo circula en las redes sociales, acompañado por el hashtag #QuedateEnCasaPelotudo. Su recepción es celebratoria y su retransmisión, ejemplificadora.

La escena ocurre en un barrio acomodado de la Ciudad de Buenos Aires, recién comenzada la cuarta semana de marzo de 2020. El viernes de la anterior, el gobierno nacional decretó una cuarentena obligatoria para hacer frente al COVID-19, el virus nacido tres meses atrás en una ciudad centro-oriental de la República Popular China, que se expandió a todo el mundo a una velocidad vertiginosa. Un virus que, en febrero, muchos catalogaban como “menos dañino que una gripe común”, hizo caer el petróleo a valores negativos por primera vez en la historia, derrumbó las bolsas de todo el mundo, saturó los sistemas sanitarios de las principales economías mundiales, cerró fronteras en países y regiones enteras, infectó a tres millones de personas y mató a doscientos mil, sólo en un cuatrimestre. Y eso, con un tercio de la población global en cuarentena. Se esperan consecuencias mucho más dramáticas cuando el invierno llegue al hemisferio sur.

La ignorancia sobre este nuevo coronavirus impide hacerle frente de igual a igual. El hombre no sabe cómo pelear esta guerra, entonces se refugia en las trincheras. En la retórica belicista que predomina, los comandantes en jefe mandan al frente de batalla a mujeres y hombres vestidas de blanco o celeste. Médicas o enfermeros que intentan rescatar a aquellos que están infectados. Muchas veces, son enviados a la línea enemiga sin el equivalente al fusil: van sin barbijo y sin las medidas de higiene necesarias. Ellos, la vanguardia, están padeciendo al punto que se registraron varios suicidios de personal sanitario en las zonas más afectadas, como Italia, donde el virus llegó a matar a casi mil personas por día.

Para lo demás, no hay receta. Los gobiernos que comprendieron la gravedad de la situación, no se preocuparon en paralizar casi por completo las matrices productivas de sus respectivos países —exceptuando, por supuesto, los productos esenciales—, y decretaron cuarentenas obligatorias para todos sus habitantes. Aunque la pandemia es invisible, los medios hablan todo el día de ella. Y los políticos, también.

Políticas anticapitalistas en tiempos de COVID-19

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Desde hace por lo menos cuatro décadas, la ciencia viene advirtiendo sobre una situación de proporciones épicas. Desde la revolución industrial, la liberación de gases como el metano o el dióxido de carbono, se incrementó en forma tan exponencial por la quema de combustibles fósiles y la depredación de la naturaleza, que está aumentando la temperatura del planeta a un ritmo alarmante. Este cambio de la temperatura media no significa sólo más calor, o más frío. Sus consecuencias incluyen el derretimiento de capas masivas de hielo, como los polos, o Groenlandia; un aumento tal del nivel del mar que haría desaparecer países isleños —como Tuvalu, o Islas Marshall—; millones de muertes producidas por más intensas olas de calor, y la intensificación de eventos climáticos extremos como inundaciones o huracanes. También migrarán enfermedades tropicales hacia otras latitudes y conoceremos enfermedades hasta ahora desconocidas.

Está probado que el COVID-19 es una enfermedad zoonótica (transmitida de los animales a las personas) que se gestó y proliferó por la insana relación de dominación que tiene el ser humano con la naturaleza. Por esa depredación, hoy estamos atravesando la sexta extinción masiva.

Hasta el momento la temperatura media planetaria aumentó 1,1 grados centígrados (°C), en relación con la era preindustrial. Los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por la sigla en inglés), revelan que superar el grado y medio —o sea, sólo 0,4°C más—, tendrá consecuencias catastróficas para la población y la economía mundial. Los peores pronósticos sobre los impactos mencionados más arriba se cumplirían y los costos económicos de las necesarias reconstrucciones serán incalculables. De acuerdo a los planes de desarrollo actuales, el mundo se encamina a casi 4°C de aumento para fines de este siglo. Si se cumplen todos los compromisos realizados en las cumbres del clima de Naciones Unidas —algo que usualmente no ocurre, por no ser vinculantes ni recibir el suficiente apoyo financiero o tecnológico—, puede limitarse el incremento a unos tres grados. Contrariamente a lo que se repite, no tenemos que salvar al planeta: sin duda sobrevivirá a la especie humana. El problema es en qué condiciones lo dejaremos, y a cuántas especies más estamos dispuestos a aniquilar por nuestra desidia. Y antes, porque aún tenemos la oportunidad, debemos preguntarnos si queremos seguir habitándolo. Y si es así, actuar en consecuencia.

Lo que debe ocurrir para evitar el colapso es tan claro como complejo: reformular la matriz energética y alimentaria global, equilibrar el consumo promoviendo el decrecimiento en naciones pudientes y facilitando el consumo de necesidades básicas a miles de millones de personas excluidas en todo el planeta, e integrar el aspecto ecosistémico de las actividades extractivas y despilfarradoras de la actual sociedad de consumo. Para ponerlo claro: cambiar el mundo. Equipararlo; refundar las bases sobre las que se sostiene el modelo actual a partir de un modelo de desarrollo viable para todas y todos sus habitantes.

La década del veinte exige, según el IPCC, reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto significa reducir un 78 por ciento el uso de carbón en la energía global, un 37 el petróleo y un 25 el gas para 2030. Hacia mitad de siglo la caída debe ser aún mayor: el carbón debe desaparecer, el petróleo caer un 90 por ciento y el gas un 75. ¿Cómo hacemos esa transición en un sector tan fundamental como la generación de energía, recién salidos de una pandemia que traerá, quizás, la peor recesión en un siglo? El contexto actual, de enorme complejidad, transparentará las decisiones que se adopten para que todo cambie, o para que todo siga igual. Y no debe pasar desapercibido.

Este desafío mayúsculo requiere acción coordinada, financiamiento trillonario y Estados fuertes. Requiere gobiernos con la humildad suficiente para priorizar la vida sobre la economía durante un lapso de transición —aunque con impactos positivos en el mediano plazo—. Recuperarán la inversión con mayor salud para sus habitantes, menores impactos catastróficos sobre su infraestructura, e incluso una mayor previsibilidad en el mercado internacional. Seguir basando la economía global en el petróleo, el gas y los commodities provenientes de la agroindustria transgénica que destruye bosques en todo el planeta, es criminal y genocida.

Para los que seguimos las negociaciones de cambio climático, los idiotas del presidente argentino –los vigilados por el vecino del pudiente barrio porteño o los irresponsables que se van de vacaciones en plena cuarentena– son los petroleros y los desmontadores. Los grandes proyectos de infraestructura fósil, como Vaca Muerta en Argentina, son equiparables, en tiempos de pandemia, a un festival de estornudos en un geriátrico. Porque el mayor organismo técnico en cambio climático lo advirtió, y los líderes asintieron. Conocen las consecuencias, como conocen las del COVID-19. Y, sin embargo, eligen no responder. Priorizan, ahí sí, el business as usual de la economía neoliberal sobre la vida de sus habitantes. ¿Cómo lograr que tanto tomadores de decisión como ciudadanos, líderes empresariales y dueños de grandes multimedios comprendan que el COVID-19 será apenas una tenue llama, al lado del incendio que se nos viene encima? ¿Cómo tomar dimensión del mal al que nos enfrentamos, aún después de esta pandemia?

El nivel de alarma a nivel social y, principalmente, a nivel político y mediático, es absolutamente desmedido entre el mayor desafío que enfrenta la humanidad y una crisis de salud de las proporciones de esta pandemia. No minimizo la coronacrisis, su impacto es y será inmenso. Sí creo que es necesario empezar a trazar paralelos y evidenciar que la incipiente década del veinte, nos adentró definitivamente en el siglo veintiuno: un siglo en estado de excepción.

La pandemia y el sistema-mundo

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Podemos intuir que las razones detrás de la majestuosa puesta en escena tienen que ver con la desesperación y el conocimiento. No conocemos la cura, no tenemos capacidad para responder, no sabemos cómo actuar; encerrémonos y dejemos pasar el invierno. También, claro, con la inmediatez: los muertos se acumulan, como en Ecuador, donde faltan ataúdes y los cadáveres se pudren en habitaciones contiguas a las que habitan quienes fueran sus hijos. Las escenas de apocalipsis, el potencial mediático, el costo político. Todo eso también está en la crisis climática. Pero no ocurre ya mismo, no se percibe como urgente. No estamos todos mirando. Hay una oportunidad para hacerse los distraídos y evitar que el Estado tome las riendas como debería para refundar sus pilares de desarrollo. Además, implica correr del medio a los grandes jugadores. ¿Y quién se atreve, cuando un futuro político está ligado al financiamiento que le provean los responsables de esta gran crisis?

El keynesianismo que parece haber resurgido luego de la crisis sanitaria trae algunas razones para la esperanza. Un Estado que priorice los servicios públicos y decida con tanta firmeza como sensibilidad cuáles son las vías aceptables de desarrollo le agregarán una cuota de responsabilidad. Un impuesto a las grandes fortunas debería aplicarse no sólo en forma excepcional por el COVID-19, sino en forma permanente para refundar la economía global en una especie de New Deal verde. Los subsidios a las energías contaminantes y a actividades como la deforestación, deben desaparecer de inmediato; no puede destinarse ni un centavo público más a esas obsoletas corporaciones extractivistas. En 2010, los países ricos se comprometieron a desembolsar cien mil millones de dólares por año para el Green Climate Fund, un fondo para fomentar la adaptación y la mitigación en países en vías de desarrollo; su primera movilización de recursos fue en 2014 y no llegó a la décima parte. Es hora de que ese dinero llegue a los que más lo necesitan. Es hora de que los dueños del planeta empiecen a ceder sus privilegios para que millones puedan acceder a los derechos humanos más básicos. Es hora de ganar menos y de repartir más.

Nada puede volver a la normalidad. Porque lo que conocimos como normalidad era una paz normada basada en la más profunda inequidad, que estaba llevando a la especie a su destrucción. Los que gozamos de los privilegios básicos debemos exigir que nada vuelva a ser como antes, porque, además, estábamos camino a nuestra propia extinción. La que probablemente sea la mayor pandemia del siglo puede dejarnos la enseñanza de actuar con tanta empatía como decisión. Encender la llama de la supervivencia y elegir actuar. Llamar a las cosas por su nombre y aprender a vivir en estado de emergencia, que será lo más parecido a una nueva normalidad que tendremos en el siglo XXI. Porque no habrá un día después de la cuarentena, ni un día después del coronavirus. Habrá un día después de nosotros, si no estamos a la altura de las circunstancias.

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Esta crisis revitaliza indudablemente el rol del Estado. Un país con un Estado presente, cercano, accesible y solidario, que garantice y priorice una salud pública de calidad, es un país que puede proteger a sus ciudadanos en medio de esta crisis global que quedará inscripta en los libros de historia. Las teorías liberales tiemblan por su ineficacia. El mercado quedó manco. Lo que también se pone a prueba es la solidaridad individual, aunque sospecho que, en muchos casos, las conductas adoptadas en cuarentena ocurren por una razón más egoísta: no me quedo en casa para no convertirme en un vector transmisor, me quedo en casa porque no me quiero enfermar, o porque tengo miedo.

Para muchos, la coronacrisis acabará con una forma de concebir el mundo. Algunos filósofos, como el esloveno Slavoj Žižek, creen que acabará con el capitalismo y traerá barbarie o un renovado comunismo. Otros, como el surcoreano Byung-Chul Han, consideran que hay una alta probabilidad de ingresar en un tecno-capitalismo de hipervigilancia, con Estados totalitarios y digitales que vulneren cada vez más aspectos de la vida privada. Una amiga que es dirigente de una organización internacional considera que esta crisis sepulta de una vez y para siempre al modelo neoliberal, y considera que eso, en sí mismo, sería una victoria, independientemente de lo que venga después. Paso a paso, sería la lógica. Una victoria a la vez; si es que hay victoria. Lo cierto es que el mundo se sacudirá, al menos para atenuar el impacto económico que la cuarentena global dejará como estela. A pesar de la incertidumbre, los líderes mundiales no impulsan previsibilidad y planificación para las cenizas. Hoy, sólo buscan cómo apagar el fuego. Mientras, otro incendio tan inmenso como ignorado, avanza hacia nosotros.

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