No empoderen al troll

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Para el “troll” el velo no existe, y la persona y la máscara son lo mismo. En términos más tecnológicos: un “troll”, un agitador full time de las aguas digitales, no pretende ‒ni puede lograr‒ más que “trollear”, esto  es: alterar el sentido inicial de cualquier tópico y atraer la atención hacia sí mismo.

¿Qué es exactamente Milo Yiannopoulos, el “troll” de esa nueva derecha (o “alt-right”) que asciende a través de las democracias de Occidente? Para afrontar la pregunta no hay que perder de vista lo que Milo Yiannopoulos muestra: look general de YouTuber, peinado cocky en mutación constante, anteojos y bijouterie listos para acopiar toda partícula de extravagancia, alusiones al coraje que supone la capacidad de “expresarse con libertad” a pesar de la ausencia de alguna idea inteligente que expresar; en conjunto, la combinación corriente de arrojo y ridículo de quienes solventan su persona ‒“mi carrera”, dice Yiannopoulos‒ gracias al velo de la web. Pero el problema siempre es el mismo: para el “troll” el velo no existe, y la persona y la máscara son lo mismo. En términos más tecnológicos: un “troll”, un agitador full time de las aguas digitales, no pretende ‒ni puede lograr‒ más que “trollear”, esto  es: alterar el sentido inicial de cualquier tópico y atraer la atención hacia sí mismo. ¿Pero en qué punto, entonces, un descendiente de griegos e irlandeses nacido en Inglaterra hace 32 años y que trasladó hacia el periodismo y el emprendedurismo su propia voluntad profesional de “provocar en internet” ‒con alegatos a favor del racismo, la misoginia y la violencia‒ coincide con la sensibilidad intelectual de la nueva derecha?

¿En qué punto un descendiente de griegos e irlandeses que trasladó hacia el emprendedurismo su voluntad profesional de “provocar en internet” coincide con la sensibilidad de la nueva derecha?

¿Encontró la figura del “troll” una representatividad que vuelve más delicado el presunto “sabotaje” a las virtudes y los valores de la cultura occidental? ¿O son esas virtudes y esos valores los que se enfrentan a lo que habían logrado mantener reprimido en su interior? En ese dilema asoman las posibilidades más visibles de lo que múltiples críticos culturales denominan “un mundo postideológico”. Una época en la que la famosa caída de los grandes relatos ideológicos del pasado ya no habilita la “gestión profesional” de lo público sino también en la que el poder no necesita sutilezas para pronunciar su voluntad ni legitimar su dominio. La búsqueda del beneficio y la imposición de los intereses se presentan, entonces, sin máscaras, sin velos y sin cautelas. El “troll”, por lo tanto, ya no sería una excrecencia retórica del poder sino su voz más pura. En ese sentido, los elogios a la “comunicación directa” de las plataformas online tienden a marginar lo que, en política, es una omisión que suele pagarse caro: ¿y si una retórica eficiente y duradera destinada a la persuasión de las voluntades colectivas requiriera giros más complejos que un hashtag de Twitter? A largo plazo, entonces, ¿qué aporta lo que The Washington Post llamó “una dictadura del trolletariado”?

El “troll”, por lo tanto, ya no sería una excrecencia retórica del poder sino su voz más pura.

Es nada menos que Donald Trump quien “trollea” las conferencias de prensa en la Casa Blanca al prohibir la participación de medios a los que acusa de difundir noticias falsas, aunque también son esos mismos medios ‒incapaces aún de procesar la voluntad democrática del país que habitan‒ los que explotan y publicitan las apariciones de Trump como si fueran los happenings de un payaso. En favor y en contra, la “lógica troll” posterga así toda discusión efectiva de la agenda política y se sumerge incluso en los negocios. Nike, Tag Heuer y Samsung, por ejemplo, son algunas de las empresas que enfrentan desde el año pasado decenas de demandas provenientes de “trolls de patentes”, es decir, compañías improductivas pero propietarias legítimas del registro de ideas nunca desarrolladas ‒como los relojes digitales de última generación producidos por Apple‒ a través de los cuales exigen compensaciones financieras, un asunto tan absurdo que ya está provocando un replanteo del sistema de patentamiento de propiedad intelectual.

Nike, Tag Heuer y Samsung son algunas de las empresas que enfrentan desde el año pasado decenas de demandas provenientes de “trolls de patentes”.

¿Pero acaso ese absurdo no señalar la ausencia de un componente intelectual en las mentes dirigentes? ¿Y no es esa la gran falencia transparentada en toda su obscenidad por las redes sociales? La pregunta inicial, por lo tanto, podría reformularse: ¿quiénes piensan y articulan hoy discursos políticos coherentes más allá del mero impacto mediático? La incógnita alrededor de ese desierto se repite en las más diversas geografías, pero para regresar a la espectacularidad de Trump: no todo empieza y termina en Milo Yiannopoulos y sus “conferencias polémicas”, como la que provocó una protesta violenta hace pocas semanas en una universidad de Los Ángeles. Otra de las rutilantes defensoras del nuevo presidente es Ann Coulter, polemista y “twittstar”, autora de best-sellers destacados como Si los demócratas tuvieran algo de cerebro, serían republicanos.

Facebook, Google y Twitter están desarrollando medidas para enfrentar las múltiples dimensiones del “discurso del odio”.

Ante la masificación digital de lo que neoconservadores como Charles Krauthhammer definieron ya en los tiempos de George W. Bush como “realismo democrático”, una doctrina gracias al cual las democracias podían dejar a un lado la moral judeo-cristiana para cumplir sin miramientos sus tareas, quienes amenazan con convertirse en árbitros de la disputa verbal son las propias redes sociales. A partir de ahí, Facebook, Google y Twitter están desarrollando medidas para enfrentar las múltiples dimensiones del “discurso del odio”. Perspective, por ejemplo, es uno de los programas desarrollados por Google para intentar que los medios digitales dominen los comentarios de los usuarios, un desafío tan antiguo como la internet misma. Y mientras Facebook sigue su lucha contra las noticias falsas, Twitter es hasta ahora la red con el método de castigo gramatical más perverso entre la ira y la razón: una herramienta de censura que, de implementarse, invisibilizaría al “troll” para que solo él pudiera ver sus palabras. La verdadera paradoja, sin embargo, es que las empresas que diseñan los ecosistemas para la proliferación de esta elite de la avidez de la atención que representan los “trolls” ‒aún si son presidentes en ejercicio o provocadores profesionales‒ son las empresas que también los necesitan para sostener un volumen de audiencia atractivo para sus usuarios. Y esa línea difusa entre lo conveniente y lo inconveniente todavía está abierta.

Milo Yiannopoulos probó no ser otra cosa que la exhaustación de su propia exposición, un ánimo de provocación que flotaba sin ninguna obra que le diera sentido.

De hecho, fue una acusación por hostigamiento racial contra una actriz de Hollywood lo que provocó el año pasado la expulsión permanente de Milo Yiannopoulos de Twitter y su inmediata transformación en una rutilante víctima de la “censura mediática” (ocasión que Milo convirtió además en un contrato para publicar su autobiografía), pero tuvo que ocurrir la difusión de una reciente entrevista en la que suavizaba las consecuencias jurídicas del abuso sexual infantil para que el tour de force en nombre de la trasgresión se acabara (y también el contrato para su libro). Repudiado por los mismos que hasta ese momento lo celebraban, la figura de Milo Yiannopoulos probó así no ser otra cosa que la exhaustación misma de su propia exposición, un ánimo de provocación que flotaba sin ninguna obra que le diera sentido. ¿Y no es esa, de hecho, la verificación más elocuente del concepto contemporáneo de fama? Por supuesto, hasta qué punto ese estereotipo de lo insípido se proyecta también hacia los arcos políticos que lo amparan está por verse.

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