Steve Jobs y la utopía de la manzana

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Gonzalo Assusa escribe sobre el dios mercado y sus santos emprendedores, que llegan con las sagradas escrituras bajo el brazo pregonando la flexibilización laboral. La alfabetización amarilla para el Siglo XXI impone reaprender la excepción como norma, y de la manera más perversa posible. Si Jobs pudo, todo el que quiere, puede.

Por Gonzalo Assusa*

Ilustraciones de JP Bellini

Los gurúes empresariales cuentan historias parecidas a los relatos bíblicos. Tienen sus Adanes, sus nacimientos, sus resurrecciones y sus promesas de paraíso. Porque su discurso es, para todos los fines, una religión. No necesita demostrar lo que afirma. Para triunfar y convencer no es necesario conocer datos, calcular posibilidades, trazar curvas o dibujar parábolas. Sólo hace falta creer. Creer es poder: contra lo probable, lo estadístico o lo lógico.

La encuesta de los sueños y los jóvenes Pipo Cipolatti

Ya no podemos despedirnos con la clásica fórmula de “suerte”. Si por anacronismo esto sucede, nos corrigen: “Éxitos. La suerte es para los mediocres”. Si la vida es un concurso de belleza tras otro, se nos exige el esfuerzo desmesurado por ganarlos, a todos y cada uno. Honrar la vida 2.0.

La consultora Compañía de Talentos realiza anualmente una encuesta llamada “La empresa de los sueños de los jóvenes”. Bajo la leyenda de “Responde la encuesta y participa por un Drone HD”, los interesados completan un formulario online y contribuyen a un caudal de notas periodísticas sobre “lo que quieren los jóvenes de hoy”.

Aparentemente, en 2016 los jóvenes argentinos han sido poseídos por el espíritu del emprendedorismo y por la idea de vivir el presente en un mundo extremadamente volátil. Como sostiene Andy Freire, ministro de Modernización, Innovación y Tecnología de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, “Cada vez ranquea mejor el hecho de trabajar para uno mismo y ser el propio jefe”.

A falta de empleadores y como en un certamen televisivo, los jóvenes emprendedores eligen los líderes que los inspiran: Lionel Messi, Mauricio Macri, Mark Zuckerberg, sus propios padres y madres, Manu Ginóbili, Nelson Mandela, Bill Gates, Papa Francisco, Barack Obama. Deportistas, empresarios, curas, progenitores, políticos “de color” y ni una mujer -salvo las “mamás”- se incorporan en el changuito de la moral personal desde la góndola de valores y actitudes para el mundo que se viene.

El más votado y elegido de los líderes vivió de esas vidas que despiertan, a la vez, pena y admiración. Esa magia que hace falta para construir el mito. Por eso el paladín de la inspiración juvenil es Steve Jobs. Sus relatos ganan, conmueven y no paran de vender porque prometen libertad y esperanza. En el fondo, ni la rigurosidad de la encuesta y el dato, ni el análisis mediático, ni el producto que se está vendiendo importan. La sed no es nada, la imagen es todo.

Ya no podemos despedirnos con la clásica fórmula de “suerte”. Si por anacronismo esto sucede, nos corrigen: “Éxitos. La suerte es para los mediocres”

 La manzana y la religión de la libertad

La manzana es la marca del pecado original. Es el estigma portado con orgullo y el primer acto libre de la humanidad. La decisión de comerla va contra la norma y lo establecido. Ni Dios puede restringirle al hombre su camino, su elección, su destino. No importa si cuesta el Edén y la condena a una vida de mortales. Eso es creer. Por eso, con el despojo que caracteriza a quien está convencido de su misión, Steve consiguió el primer capital para fundar su propia compañía con la venta de una furgoneta Volkswagen que le pertenecía. Y esa compañía se llamaría en honor a su experiencia como recolector de manzanas y a esa apuesta por la libertad sin medir el costo: Apple.

En 1976, mientras el mundo aún temblaba por la crisis del petróleo y el terror oscurecía nuestro país, en un rincón de California, Steve y su socio -Stephen Wozniak- diseñaron una placa de circuitos de computadora que cambiaría la historia de la informática. El nacimiento. El año 0. Todo desde un garaje lleno de bártulos, latas de aceite y muebles familiares viejos. El pesebre de su obra maestra.

Recordar que vas a morir, es la mejor manera que conozco para no pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay ninguna razón para no seguir a tu corazón –dijo Steve en una entrevista.

Inspirados en semejante historia de vida, los ministros de La Nación (y Clarín) desprecian la seguridad como la enfermedad de la rigidez. Para su religión, la estabilidad “laboral” -no así la “monetaria” o “financiera”- es anquilosamiento, petrificación, detenimiento y falta de progreso. Al trabajo le exigen lo que para el capital consideran crueldad y mutilación: a los inversores hay que darles todas las garantías; a los trabajadores, ni indemnización. A sus ojos los gremios parecen montañas de gárgolas que se resisten al cambio, mientras que es la transformación permanente la fuente de la inspiración, la motivación y la creatividad de los verdaderos emprendedores.

Inspirados en semejante historia de vida, los ministros de La Nación (y Clarín) desprecian la seguridad como la enfermedad de la rigidez. Para su religión, la estabilidad “laboral” -no así la “monetaria” o “financiera”- es anquilosamiento, petrificación, detenimiento y falta de progreso.

La Fundación Libertad y Progreso es una de las instituciones apostólicas que reclaman (anunciando) la llegada mesiánica de una reforma de flexibilización que ponga fin a la injusticia de las relaciones laborales. Y no lo hacen con metodologías complicadas, indicadores con ponderaciones discutibles o con encuestas y muestras estadísticas, sino contando la historia de Juan y de Pedro en un spot titulado “Rompamos el cepo al trabajo”:

“Juan es un operario metalúrgico y actualmente está buscando trabajo. Pedro tiene un taller y necesita incorporar un empleado con la experiencia de Juan, pero duda. Si no cumple con sus expectativas y necesita prescindir de él debe afrontar altos costos de despido. Si lo incorpora de manera informal, Pedro tendrá un reclamo posterior de Juan y severas penalidades. El gremio ha conseguido que se impidan los contratos flexibles llamándolos contratos basura”.  

Convenios colectivos y sindicatos fuertes provocan baja productividad, desempleo e informalidad laboral (no importa si la experiencia de otros países demuestra lo contrario ¡Lo provocan!). En el horizonte de las relaciones libres, el capital puede prescindir a bajo costo de sus empleados para volverse líquido, bono, propiedad, y cambiar de rama, de país o de región. El trabajador también será libre de prescindir de su empleo, de su familia y de su salario, como los verdaderos hombres libres que siguen su corazón y germinan como la flor en el pantano, en la adversidad y el despojo, desnudos y emprendedores, sin miedo a la vida ni a la muerte.

Formando líderes

Una vida que lo abandonó y lo negó de principio a fin salvó a Steve del infierno de los comunes. Hijo de dos estudiantes universitarios sin medios para mantenerlo, fue dado en adopción en 1955 a la pareja de Paul y Clara, un maquinista ferroviario y un ama de casa de California.

Sus estudios universitarios en Portland lo abandonaron un semestre después de haber comenzado. Quería ahorrarles dinero a sus padres adoptivos, por lo que pasó meses durmiendo en el piso de las habitaciones de sus compañeros. La escuela, la universidad y la currícula son para los que encajan en el molde.

En una entrevista para el New York Times, el vicepresidente de Recursos Humanos de Google, Laszlo Bock (egresado con nivel de master en la Universidad de Yale), afirmó que los títulos escolares ya no predicen nada, por lo que su compañía los deja de lado en los procesos de selección de personal ¿Quién sabe cuántos Steve Jobs se descartaron erróneamente en entrevistas laborales? ¿Por qué confiar en la escolarización tradicional, esa que produce estudiantes en serie, todos iguales, como chorizos? ¿Quién necesita carreras largas, aulas masivas, universidades públicas y gratuitas? Mejor si son rápidas y volátiles, que suban la adrenalina, a distancia, virtuales y con salida laboral, con menos vida universitaria y más créditos fragmentarios, porque los jóvenes de hoy prefieren “ser libres” y tener una universidad modelo “elige tu propia aventura”. Gracias a la Compañía de Talentos y a la encuesta “La empresa de los sueños de los jóvenes” lo sabemos con certeza estadística ¿Quién quiere gastar recursos en formar sociólogos universitarios? Si podemos hacer encuestas por internet ofertando Drones HD y concluir que los jóvenes este año desean ser sus propios jefes ¿Quién quiere gastar en eso? Si ya todos sabemos que los jóvenes argentinos de 2016 eligen vivir el presente, a diferencia de la generación anterior (esa juventud de antaño que respondió la misma encuesta en 2015 o 2014).

La mejor cosa que me pudo haber pasado

Steve inventó sus propias sandalias franciscanas. Le gustaba vestir una sudadera negra con cuello de tortuga y jeans azules Levis 501. Su placard llegó a tener más de 100 mudas de este uniforme de conferencista motivacional.

Su salario anual como CEO en Apple era, por decisión personal de su fundador, de un dólar. Un dólar. Dos millones de veces menos que lo que un argentino cualquiera puede comprar mensualmente en divisa extranjera.

Tres veces sería negado Steve Jobs. En 1985, siguiendo el antecedente de sus padres biológicos y su escuela, la empresa lo abandonó. Un ejecutivo que él mismo había reclutado -John Sculley- lo derrocó en medio de una crisis empresarial.

Ser despedido por Apple fue la mejor cosa que me pudo haber pasado. La pesadez de ser exitosofue reemplazada por la ligereza de empezar nuevamente. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida –responde, seguro de sí, Jobs.

Para los predicadores de la flexibilidad, la ligereza y la pesadez son su cielo y su infierno. Todo lo malo y lo antiguo se nombra con metáforas pesadas: un Ford Falcon, un elefante, el Estado Argentino, la burocracia, la rutina esclavizante del trabajo de toda una vida.

Según un estudio del Centro de Economía Regional y Experimental (CERX), con una muestra de 600 casos, los argentinos declaran un promedio de felicidad de 7,8 (en escala de 1 al 10), pero una satisfacción con su vida de 6,5. Por si esto fuera poco, el estudio concluye lo siguiente:

“A pesar de estar conformes con su trabajo, 7 de cada 10 personas dice que le gustaría cambiar de empleo. Esto muestra cómo la gente ya no busca el trabajo para toda la vida sino nuevas experiencias y un mayor desarrollo laboral en su vida”

Por eso Steve Jobs jamás se aburrió. Abandonado por todos y todo, salido de un garage, despojado, arriesgado y con un salario de un dólar, al momento de su muerte el valor de sus más de 5 millones de acciones en la compañía alcanzó los 1800 millones de dólares. Creer o reventar.

Los analfabetos del Siglo XXI

Alvin Toffler –entre los preferidos para los apóstoles de la flexibilidad- sostiene que “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer ni escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender”. Y la promesa liberal se pronuncia como amenaza en una cruenta reactualización del darwinismo social: desaprendemos, flexibilizamos y reaprendemos o nos volvemos vestigio, pesadez y nos extinguimos.

Como los puestos de trabajo “genuino”, los líderes no nacen de la protección social. Quizás los ciudadanos, los militantes o los trabajadores surjan allí. Pero no los empresarios de sí mismos. No los intrépidos que no le deben nada a nadie y que no tienen nada que perder salvo sus propias cadenas. Esos que le ponen rostro, nombre y apellido a la promesa de igualdad liberal: seremos desiguales, pero todo el que se lo proponga podrá elevarse por sobre el resto, destacarse y ser justamente desigual. Allí, Steve Jobs es el monarca democrático consagrado por voto de mercado, con sufragio calificado por derecho de billetera.

La de la flexibilidad es una construcción mediática con dedicación: una editorial tras otra, una columna tras otra, con una coherencia envidiable, como si pudiesen prever, anticipar o conducir las iniciativas políticas del gobierno nacional a mediano plazo. Una edificación con paciencia oriental, como si les sobrara el tiempo (porque lo han comprado al por mayor) y como si abonaran el terreno para lo que vendrá: una reforma global de la regulación de las relaciones laborales o una flexibilización por sumatoria de medidas puntuales ad hoc que desregulen “de hecho” sin encarar los costos políticos de reformas generales.

La alfabetización amarilla para el Siglo XXI impone reaprender la excepción como norma, y de la manera más perversa posible. Si Jobs pudo, todo el que quiere, puede.

Pero sin el fracaso de los comunes, los héroes liberales no habrían existido jamás. Esa es la verdad inconfesable de la igualdad de oportunidades en el mundo flexible: en ese futuro distópico todos deben intentar ser como Steve Jobs, todos deben creer con religiosa devoción en la leyenda Steve Jobs, pero la mayoría debe fracasar inapelablemente en su intento. Y cada cuerpo tendido al sol será responsable de su propio despojo maltrecho, por no haber sabido triunfar, por no haber sabido trascender, por no haber sabido ser.

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* El autor es Sociólogo por la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) y doctor en ciencias antropológicas por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

Este artículo se publicó originalmente en Islandia (www.islandia.com.ar). Para acceder a la nota en el sitio ingresar haciendo click aquí.

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