Telegram: ni tan seguro, ni de los rusos

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La seguridad informática se volvió un tema presente en la agenda militante, pero la aplicación no asegura la privacidad ni proviene de donde comúnmente se cree.

Por Jorge Giordano

Desde hace un tiempo, Telegram se convirtió en un concepto familiar dentro del ámbito militante. El advenimiento del macrismo, con su consiguiente estigmatización de la militancia, y el abrumador caudal de comunicaciones vía mensajería instantánea son dos de los factores que produjeron este interés por la aplicación. Las escuchas a Cristina Fernández de Kirchner son una muestra de que existe un sistema que impunemente busca desbaratar las comunicaciones de la oposición.

Cuando llega el momento de hablar de un tema delicado, “pasamos a Telegram”: sinónimo de privacidad y esquivar controles de inteligencia. Entre la militancia también se difundió la creencia de que la aplicación es más segura que Whatsapp porque “es de los rusos”, hecho que permitiría escapar a los programas de vigilancia de los Estados Unidos.

Putin no usaría Telegram

Telegram fue creado por Pavel Durov, un filólogo ruso proveniente de una familia de matemáticos y físicos muy destacados. Nació en 1984 en Leningrado, en la entonces Unión Soviética.

En 2006, influenciado por Facebook, Durov creó VK. Es la red social más grande de todo el continente europeo, particularmente popular en Rusia. En 2011, luego de unas elecciones en donde sectores de la sociedad rusa denunciaron fraude, el gobierno de Putin solicitó que VK diera de baja perfiles y páginas de la oposición. Durov se negó. Fuerzas de seguridad se apostaron frente a su casa, pero él se rehusó a abrirles la puerta. “Tenían armas, parecían muy serios”, dijo Durov. Ese día se dio cuenta de que no contaba con una manera segura para comunicarse con su hermano Nikolai, socio de Pavel en sus emprendimientos.

En 2006, influenciado por Facebook, Durov creó VK. Es la red social más grande de todo el continente europeo, particularmente popular en Rusia.

Las tensiones alrededor de VK no disminuyeron. En abril de 2014, el gobierno ruso acusó a VK de jugar un rol sustancial para los militantes ucranianos pro-Europa durante los conflictos que luego derivaron en la anexión de Crimea y la guerra en la región de Donbass.

Nuevamente se negó a entregar los datos de los militantes. Menos de una semana después, Durov fue desplazado de la dirección de VK cuando la empresa fue vendida de manera forzosa a Igor Sechi y Alisher Usmanov, dos de las personas más ricas de Rusia, ambos aliados de Putin.

Acto seguido, Durov eligió exiliarse, argumentando que “Rusia es incompatible con el negocio de Internet por el momento”. Las crónicas de la época plantearon el rumor de que Durov lanzaría una “red social para móviles”, y así fue.

Esa red social, la manera segura en que buscaba comunicarse con su hermano, es Telegram. Encaró el proyecto en su exilio, en donde tomó la ciudadanía de Saint Kitts y Nevis, un pequeño país en las Antillas. “No soy muy fanático de la idea de países” afirmó, inscribiéndose en la línea de Assange: provocadores que viven desplazándose de un punto a otro del planeta.

Mientras tanto, escribió un manifesto para la Rusia del siglo XXI: Durov propone aumentar los impuestos a las actividades extractivistas como la minería, disminuir las cargas impositivas y restricciones sobre el mundo de la información, elegir jueces de forma directa, crear mini Estados y presupuestos participativos en todos los niveles. Este documento refuerza algunas nociones dentro de la categoría “libertaria” el empresario eligió para definirse a sí mismo en las redes sociales.

Durov propone aumentar los impuestos a las actividades extractivistas como la minería, disminuir las cargas impositivas y restricciones sobre el mundo de la información, elegir jueces de forma directa, crear mini Estados y presupuestos participativos en todos los niveles.

Conclusión: Telegram fue creado por un millonario ruso exiliado, bajo la hostilidad del Estado liderado por Putin.

Seguro, pero no tanto

“La militancia lo está usando porque se popularizó el uso de canales, cosa que Whatsapp no provee. Telegram también da la posibilidad de tener el chat encriptado, en que se puede programar un tiempo de duración y que se elimine después, incluso avisa cuando hay captura de pantalla”, afirma Vladimir di Fiore, consultor en comunicaciones.

Rafael Bonifaz, especialista en software libre y privacidad en Internet, señala que: “Telegram es seguro sólo si se pone la opción de conversación secreta, sino quien tiene acceso a los servidores de Telegram puede leerlo. Es decir que existe la posibilidad de que los mensajes puedan ser leídos por otra persona. Si tu adversario puede estar detrás de los servidores de Telegram, aunque se utilice la opción de conversación secreta, incluso los metadatos son un problema”. Los metadatos, como quién envía el mensaje, desde dónde, a qué hora, y la cantidad de mensajes, “vuelven fácil determinar quién es el líder de un grupo, conocer su ubicación y saber precisamente a quién hackear”, plantea Bonifaz.

“Telegram es seguro sólo si se pone la opción de conversación secreta, sino quien tiene acceso a los servidores de Telegram puede leerlo. Es decir que existe la posibilidad de que los mensajes puedan ser leídos por otra persona”.

Di Fiore añade que “Telegram es parcialmente libre, porque hay una parte de su código que esta disponible y otra parte que no. Es un poco más seguro que Whatsapp, pero menos que Signal”.

Signal es una de las aplicaciones recomendadas por Edward Snowden, el ex empleado de la CIA que reveló información sobre la agencia NSA, dedicada a espiar comunicaciones de manera masiva. La aplicación fue concebida por Moxie Marlinspike, un “cypherpunk” que se desempeñó como jefe de seguridad de Twitter.

“Como salida rápida, recomiendo Signal, pero también tiene el problema de ser un servicio centralizado: todos los mensajes van a parar a un servidor y también concentran metadatos. Lo ideal es siempre poder montar un servidor propio, esto no es tan caro como se piensa y permite controlar la infraestructura”, concluye Bonifaz.

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