A 10 años de los piquetes de la abundancia

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Este 11 de marzo se cumplen 10 años del llamado conflicto del campo, luego de que Cristina Fernández de Kirchner modificara el esquema de retenciones del agro con la resolución 125. El país estuvo en vilo por cuatro intensos meses, y en ese tiempo se dibujaron y consolidaron las alianzas sociales, económicas y políticas que hoy gobiernan Argentina. CFK gobernaba hacía tres meses y había llegado a la presidencia con el 45,3 por ciento de los votos. Nada volvió a ser igual desde ese temprano enfrentamiento que marcó a fuego sus dos mandatos.

Hace diez años, el flamante gobierno de Cristina Fernández de Kirchner anunció un nuevo esquema de retenciones móviles para la exportación de soja, trigo, maíz y girasol; con una tasa variable al compás de la evolución de los precios internacionales. Fue la famosa resolución 125 que dio el puntapié inicial a una revuelta de las patronales del campo. El país estuvo en vilo por cuatro intensos meses, y en el desarrollo de aquellos acontecimientos se dibujaron y consolidaron las alianzas sociales, económicas y políticas que hoy gobiernan la Argentina.

En el transcurso del conflicto las posiciones fueron escalando radicalmente. Los medios de comunicación masivos, que hasta ese momento acompañaron –con reservas– la gestión kirchnerista se volcaron decididamente y sin tapujos a apoyar a los representantes del agro, y no dudaron en fomentar una salida de CFK del gobierno para reemplazarla por el vicepresidente Julio Cobos de procedencia radical. La oposición, fragmentada hasta entonces, se unificó en apoyo a los líderes de la revuelta nucleados en la llamada Mesa de Enlace, integrada por la Sociedad Rural Argentina (SRA), Coninagro, la Federación Agraria Argentina (FAA) y Confederaciones Rurales Argentinas (CRA). Aquel 11 de marzo de 2008, Cristina Fernandez llevaba apenas tres meses como presidenta, luego de haber obtenido el 45,3 por ciento de los votos y lograr el triunfo en primera vuelta. Nada volvió a ser igual desde ese temprano enfrentamiento que marcó a fuego sus dos mandatos.

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El contexto

Los precios internacionales de los alimentos venían en aumento en el mercado internacional y los productores agropecuarios trasladaban estas subas al mercado interno. El fenómeno más impresionante lo marca la exportación de soja. La producción pasó de 11.004.890 toneladas en 1997 a 47.482.784 en 2007, un 331 por ciento de crecimiento en la década.​ Para la cosecha de 2008, que iba a finalizar durante el mes de mayo, se esperaba otra cosecha extraordinaria, con récord de superficie plantada. Entre 1992 y 2002, el precio de la soja en la bolsa de Chicago, osciló en torno de los 200 dólares por tonelada, con un pico de 300 dólares en 1997 y una caída máxima en 2002, a 130 dólares por tonelada. A partir de entonces la soja no paró de aumentar por influencia de la demanda China. El 13 de junio de 2008, el precio de la soja alcanzó un nuevo récord, llegando a 573 dólares para el mes de agosto. Este boom sojero transformó profundamente el campo argentino: la tierra multiplicó su valor y un nuevo sujeto productivo, los pooles de siembra, monopolizaron la producción llevándola a gran escala y convirtiendo a los tradicionales propietarios en rentistas, pues le alquilaban sus tierras a estas megacorporaciones agropecuarias. El campo ya no era lo que imaginábamos.

El poder adquisitivo de los trabajadores y los sectores populares se veía amenazado por estas subas de precios de los alimentos. La gran cuestión que quedó planteada era si dejar este fenómeno librado al libre mercado o si el Estado debía intervenir. Cuidar el mercado interno y redistribuir riqueza fue el argumento esbozado por el gobierno para emitir la resolución 125, con autoría del entonces ministro de economía Martín Lousteau.

El grito unificado de la Mesa de Enlace propició un relato en el cual se consideraba expropiatorio el esquema de la resolución y ruinoso para los pequeños productores. La intervención de los medios de comunicación fue de una beligerancia asombrosa, fuera de los códigos que prevalecieron desde 1983. Con gran habilidad, el eje de los argumentos contra el gobierno se centró en la victimización del productor. Hubo un resurgimiento del tradicionalismo gauchesco. Aparecieron los ponchos y las boleadoras, los payadores y la tradición. Los pueblos del interior profundo tomaron protagonismo y hasta pareció aflorar un aire de federalismo antiporteño desde las entrañas más profundas del imaginario criollo. Pero la ciudad también se movilizó. Una amplia porción de la opinión pública, que no tiene más tierras que la que le cabe en las masetas de su balcón, se sintió convocada a la nueva patriada, empatizaron con la revuelta.

Ante el país convulsionado, la presidenta habla por cadena nacional y polariza. Habla de los piquetes de la abundancia. Ese mismo día empiezan los cacerolazos en varias ciudades.

El paro del agro y los cortes de ruta generaron desabastecimiento y aumentos de precios. El 25 de mayo una multitud se reunió frente al Monumento a la Bandera en Rosario “la bandera y la patria es el campo”.

La rebelión popular del 2001 había tenido como protagonistas a los piquetes y las cacerolas. Ahora la escena se repetía, pero era muy claro que se trataba de otros sujetos sociales y de otro programa de reivindicaciones. Se hablaba del campo, así a secas, como si fuera un universo de sentido unívoco. Con gran precisión, hubo dos grandes ausencias en esa vidriera permanente que son los medios: aparecían poco los grandes propietarios, nunca aparecían los peones rurales. Luciano Miguen, presidente de la SRA se atrevió a pontificar: “Nosotros somos los que hicimos grande a esta nación”. Parafraseando a Scalabrini Ortiz, podríamos decir que aquel 2008 se vivió como el 17 de octubre de los propietarios, fue “el suelo de la patria sublevado”.

La Mesa de Enlace y la enorme alianza que se formó a su alrededor logró ganar a la mayoría de la opinión pública. Un nuevo escenario social había surgido y las herramientas con las que contaba el gobierno se mostraban insuficientes. La calle también la ganó este movimiento. En los bosques de Palermo se congregó una gigantesca masa humana de gente con poca gimnasia en movilizaciones, a la que no le faltó la participación de un entusiasta MST, partido trotskista que creyó ver en la revuelta liderada por la Sociedad Rural un movimiento con potencial revolucionario.

El gobierno hizo un nutrido acto en Salta, encabezado por la presidenta y otro en Plaza Congreso, con Néstor Kirchner y Hugo Moyano como oradores centrales. Ambas concentraciones palidecieron en contraste con las de las patronales. La batalla mediática, la de la opinión y la de la calle mostraban al gobierno en situación de debilidad. Se ensayan contragolpes: anuncios de devoluciones para pequeños productores, amenazas contra el desabastecimiento que estaban produciendo los cortes de ruta, promesas de que con lo recaudado se harían hospitales y escuelas. Pero la ola ya parecía imparable.

En ese contexto, el 17 de junio, tres meses después de iniciado el conflicto, CFK anuncia por cadena nacional que va a enviar al Congreso el proyecto de retenciones. Allí con una participación estelar de Agustín Rossi, se logran consensuar con la FAA dirigida por Eduardo Buzzi varios cambios al anuncio originario. La intención es ganarse a los pequeños productores, pero ya era tarde. El proyecto se aprueba por poco margen en diputados y el conflicto parece que logra encauzarse. El daño infligido es enorme, el gobierno pierde aliados. Un grupo de gobernadores peronistas toma distancia y se acerca a la Mesa de Enlace, lo mismo ocurre con muchos intendentes. Cerca de 14 diputados abandonan el espacio del oficialismo. Es el turno del Senado.

Las tensiones acumuladas durante estos tremendos cuatro meses se deben dirimir en la votación en el recinto. Y por eso el dramatismo final es digno de un relato de ficción. Con afán febril se intenta juntar voluntades pero nadie puede evitar el increíble empate de 36 votos a favor y en contra. En casos así debe desempatar el presidente del senado que no es otro que el vicepresidente de la Nación. El 17 de julio, en la madrugada, Julio Cobos quedó en el foco de toda la nación, había sido acusado de traidor por la UCR por integrar la fórmula con CFK. Quizás por eso empezó su alegato diciendo “no puedo acompañar este proyecto y esto no significa que estoy traicionando a nadie” para concluir con ese lapidario y culposo: “Mi voto no es positivo”. El azar lo ubicó en un lugar incómodo que luego hizo volar su popularidad por los aires y soñó, por un ratito, con ser presidente.

La crisis del 2001 abrió las condiciones de posibilidad para que Néstor Kirchner llegue al poder. Pero los sucesos del 2008, a pesar de la derrota, fueron el punto de nacimiento del kirchnerismo, le dieron el lenguaje y la epopeya, le marcaron los amigos y los enemigos, la necesidad de contar con fuerza propia, generar su propio relato, le sumaron la militancia y el sentido histórico; y trazaron la grieta que, si bien es mucho más antigua, alcanza y conforma su forma moderna al calor de las contradicciones de aquellas jornadas. Las dos presidencias de CFK no pueden entenderse sin los sucesos del 2008.

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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