Aislados: entre el teletrabajo y la vida familiar en línea

Compartir

La irrupción del coronavirus fue cambiando rutinas y cuidados desde hace más de un mes. Recluidos por el aislamiento preventivo y obligatorio, nos vemos obligados a reorganizarnos en la familia y el trabajo, sobre todo cuando es posible hacerlo desde casa. ¿Qué pasa con los cuentapropistas y los que tuvieron que bajar la persiana? Historias del teletrabajo y las relaciones familiares entre cuatro paredes.

Darío Isabella, dirige una pyme familiar que fabrica cepillos y escobillones.

“Las pymes somos la primera fuerza de la industria nacional. Estuvimos bastante vapuleadas y ahora estamos ante esta emergencia de salud y una cuarentena. Por supuesto, esta situación es lo más importante hoy para todos. Pero no deja de ser un stand-by, sin tener en claro qué pasará después del 31 de marzo. En nuestro caso, se trata de una parálisis total porque por más home office que yo haga, la mercadería no puede salir: no hay camiones, no hay reparto. El contacto con los clientes lo sigo manteniendo de manera digital a través de WhatsApp, nuestra página de Facebook, la cuenta en Instagram y el sitio web. Estoy pendiente de todos los mensajes como siempre, con la diferencia que estoy en casa y con mis hijos jugando a mi lado, con la inceridumbre que te causa esta situación tan atípica, y del cuidado familiar. Y también estoy al tanto de cómo están mis empleados. En sus casos, no hacen teletrabajo porque sus tareas son parte de la línea de producción. En pocas semanas, nos cambió la vida a todos. Antes del aislamiento obligatorio, en la fábrica ya nos habíamos organizado para seguir las prevenciones básicas que recibíamos de las autoridades de salud. Por ejemplo, lo primero que dejamos de compartir fue el mate. Cada uno trajo el suyo y lo único en común fue el termo de agua caliente. Tuvimos más cuidado en el lavado de las manos, empezamos a usar  el alcohol en gel (un cliente que lo fabrica nos trajo para todos) y trabajamos manteniendo distancia unos con otros. También evitamos saludarnos con un abrazo o dándonos la mano, sobre todo entre quienes atienden a los clientes en el mostrador de la entrada. Parecen tonterías, pero fueron pequeñas cosas del día a día que fuimos cambiando a modo de prevención. Nadie nos planteó la necesidad de no ir a la fábrica. Podrían haberlo hecho, pero decidieron organizarse para ir y volver evitando el transporte público. En todo momento estuvimos atentos a lo que fuera surgiendo sobre esta pandemia. Yo tengo familia en Italia, así que estábamos al tanto de lo que se vivía allá. Por eso también estuvimos prevenidos desde el comienzo. A mí particularmente, hay cosas que me preocupan en el corto plazo y tiene que ver con el flujo de dinero. No sé cómo lo estarán pensando desde el gobierno nacional. Porque la empresa de alguna manera pierde plata pagándole a los empleados por estos 15 días en que no van a venir a trabajar. Nosotros tenemos que liquidar los sueldos como corresponde en el tiempo que sea necesario mientras dure la emergencia. Y por supuesto, respetarles a los empleados el presentismo. Más allá del aspecto humano y personal de cuidarnos entre todos, en lo económico pienso que las cuentas corrientes con clientes y proveedores deberían quedar congeladas. Porque dentro de 15 días cuando se venzan las boletas de mis clientes, no las voy a poder cobrar porque ellos también tuvieron que cerrar y por tanto, la actividad y las ventas habrán estado paralizadas. Y lo mismo va a suceder con mis proveedores. Y si se corta el flujo de dinero, ¿cómo se resuelve? Dependerá de las determinaciones que tomen en este aspecto. Pensemos en una persona que trabaja por su cuenta, que paga un alquiler donde vive o de un local, y tiene que cerrar durante 15 días -siempre que el parate sea hasta el 31 de marzo-. Deberían cobrarle medio mes, nada más. O que se instrumente alguna alternativa. Si no, ¿cómo hace? En definitiva, todos somos clientes o proveedores de alguien, con nuestros productos o con servicios. Esto debería quedar en un impasse financiero. Yo tengo la ventaja de que lo que produzco no se vence. Pero los saldos con proveedores y clientes sí tienen fecha de vencimiento, y cuando salgamos de esta situación nadie va a poder reclamar nada. Porque todos vamos a perder mucho en medio de unsa situación difícil que ya veníamos teniendo”. 

María Esquenazi, psicóloga y escritora.

“LLegué de Estados Unidos el lunes pasado, después de dos cancelaciones del vuelo. En una, directamente nos bajaron del avión cuando ya estábamos por despegar y tuve que pasar una noche en el hotel del aeropuerto de Dallas. Mi viaje fue por motivos familiares y estuve en la casa de mi hermano, que no vive en una gran ciudad, así que estaba bastante aislada de todo. Sabía lo que iba sucediendo en Argentina a través de todos los mensajes que recibía por WhatsApp; sabía que al llegar iba a tener que guardarme dos semanas, independientemente de la cuarentena obligatoria que vino después para todos. Por eso mismo, con mi marido, que había quedado acá con los chicos, nos organizamos para lo que vendría. Mi hijo mayor, de 20, vive solo. El del medio, de 16, se fue a la casa de su papá –mi ex- y al más chico, de 9, lo mandamos a la casa de su tía, y la verdad es que la está pasando bárbaro porque hace las cosas que en casa lo tenemos más cortito. Me llama y me dice: ‘Mami, acá me dejan comer menos y nadie me dice nada’. Además, está con sus primos. Con los tres hablo por videoconferencia. Hace un mes que no los veo y tengo muchas ganas de abrazarlos. Yo me bajé en Ezeiza y vine directamente a casa, en Martínez, y no volví a salir.  Con mi marido respetamos no solo las medidas de higiene (lavarnos las manos con agua y jabón, ponernos alcohol en gel) sino que además, ¡no nos acercamos a menos de dos metros! Estamos en cuarentena en una casa grande, lo cual permite que cada uno pueda estar ‘aislado’ de alguna manera del otro. Él está haciendo home office: trabaja online y como está acostumbrado a que en su oficina tiene la tele a todo volumen, y yo soy super silenciosa… ahí tenemos un pequeño inconveniente. Los dos primeros días, me dediqué a limpiar toda la casa. Tuve que cancelar los pacientes que tenía agendados para estas dos semanas, y como también soy asistente de un cirujano plástico que recibe pacientes del exterior, sobre todo de los Estados Unidos, también estuve haciendo llamados para anular las cirugías programadas hasta nuevo aviso. La realidad es que hora tras horas nos vamos acomodando a que no podemos ni debemos salir de acá. Aprovecho para dedicarme más tiempo a la parte literaria. Yo escribo poesías que subo a mi cuenta de Instagram (@mery.posdata) y acabo de publicar un libro (Crónica de una vida, poesía de un caos, por Dunken). Así que también este puede ser un momento propicio en el cual hagamos foco en aquello que a lo mejor, cuando estamos de acá para allá con el trabajo, dejamos de lado”.

Graciela Fasanella, administradora de edificios.

“No es fácil el teletrabajo, sobre todo para alguien como yo que tengo más de 60 y estoy acostumbrada a una rutina diaria: a la mañana visito edificios y llego a la oficina al mediodía. Es decir, tengo horarios. Con el trabajo online, me doy cuenta que estoy trabajando más horas porque constantemente recibo mails de los consorcios, de los proveedores; me llaman o me mandan mensajes los vecinos para consultar sobre esta realidad que tenemos con el aislamiento obligatorio. Me mantengo online con siete empleados que también se están volviendo locos con las consultas que nos llegan. Más que nada, la gente está atenta a los que entran y salen de los edificios, si saben que estuvieron en el exterior. Estamos viendo las nuevas disposiciones para saber a quiénes debemos licenciar, a quiénes no, si los encargados son mayores de 60 años y están dentro de una población de riesgo, si es necesario buscar reemplazos o no. En fin, cosas que normalmente resuelvo en la oficina, ahora lo hago desde mi casa. Estamos ante una situación que no es normal en absoluto. Y además se complica por algunas cosas particulares: por ejemplo, en algunos edificios que administro hay extranjeros que están alojados por Airbnb. Y los vecinos me llaman para decirme que estas personas no cumplen con el aislamiento, que entran y salen del edificio. O en el caso de propietarios que vinieron de vacaciones de Miami y que tampoco estarían observando la cuarentena de los 14 días sin salir. Entonces, tengo que comunicarme con ellos y corroborar qué está sucediendo antes de hacer una denuncia. Ante este tipo de cosas, pedí colaboración en todos los consorcios, apelando a cada propietario y a los encargados para que todos cumplan con las normas impuestas. Dejé un comunicado y los teléfonos donde realizar denuncias contra quienes desconozcan la cuarentena. Y también nos llegan consultas en estos días de inquilinos o propietarios que trabajan en negro o que son monotributistas a los que se les va a hacer muy difícil afrontar las expensas ya el mes que viene. Son situaciones que tenemos que contemplar porque no sabemos cuánto tiempo va a durar todo esto.

En lo personal, vivo sola, soy viuda, y lo que más me cuesta en estos momentos es no tener contacto personal con mis hijos y con mi nieto. Eso es lo que más me está costando. Con ellos nos pusimos de acuerdo en instalar una aplicación, Zoom, para tener videoconferencias. Así por lo menos, la voy llevando. Sigo con mis rutinas de hacer yoga y meditación antes de empezar a trabajar. El único cambio es que no salgo y que trabajo más horas que en la oficina.  Lo bueno de la modalidad online es que hace tres años me recibí de psicóloga y ahora, por esta emergencia, tengo clases online de un posgrado que estoy haciendo. Así, que tengo para entretenerme durante el aislamiento”. 

Guadalupe Pazos, organizadora de eventos y servicios de comunicación.

“Estoy en casa, en cuarentena con mis dos hijas de 16 y 9 años. La verdad es que la vamos llevando como podemos. Yo trabajando online, mediante videoconferencia, y ellas siguiendo la rutina del studio de manera virtual. La opción para no perder las clases –van a la Escuela Normal 1, en Córdoba y Ayacucho- es a través de una plataforma digital donde tienen que hacer las tareas que les mandan. De hecho, les dieron bastante trabajo. A la más chica, que va a primaria, le mandaron deberes prácticamente en todas las materias: sociales, naturales, matemática, tecnología. Y la que está en el secundario, tiene que hacer un par de trabajos prácticos. En principicio, el plan es completar las tareas hasta el 31 de marzo. Después, no sé si tendrán que volver a clase o si esta situación se prorroga más tiempo. Pero estoy tranquila porque tienen bastante como para no perder el ritmo. Obviamente que después de un par de días sin salir están muy aburridas. Desde que se estableció que no había clases, ninguna de las dos salieron de casa. En los primeros días vinieron un par de amigos, pero establecimos que no se llene la casa de chicos. Yo quise que no saliera y que tampoco viniera nadie porque es la manera de colaborar a que se frene el avance del coronavirus. A la más chica, por ahora, no le afecta no salir; a la más grande sí.  Hasta el aislamiento obligatorio, la única que iba a la calle era yo, porque tenía cosas pendiente de trabajo y también para hacer las compras. Incluso hubiera tenido que ir al odontólgo, pero me cancelaron el turno para más adelante. En casa pusimos horarios para estar más organziadas. Así podemos tener un tiempo dedicado al estudio y hacer las tareas del colegio. Incluso trato que a las 10 de la mañana ya estén levantadas, para no perder el ritmo escolar y que no se vayan a dormir tarde a la noche. Los primeros dias fue un quilombo porque se acostaban a las 3 de la mañana y tuve que ponerme firme. Al estar todo el día sin posibilidad de salir, nos tenemos que ir acomodando a la convivencia de todo el día. Además de estudiar, ven tele, están con el celu, hablan con sus amigos. A veces cocinamos juntas, jugamos, charlamos, miramos películas en Netflix. Y también discutimos… En fin, tratamos de llevarla como podemos porque es una situación diferente la que estamos viviendo y se trata de cuidarnos entre todos. Con las chicas ya veníamos intentando una rutina que nos ayudara a prevenir el contagio: limpiamos las zapatillas al entrar a casa, nos lavamos las manos con agua y jabón, nos ponemos alcohol en gel. En lo laboral, para mí este tiempo es complicado. Yo organizo eventos y trabajo en comunicación en el rubro de gastronomía y bodegas. Los eventos que tenía en marcha para esta época, se cancelaron todos y devolvimos el dinero de las entradas que ya estaban vendidas. Y los que estaban en carpeta, quedaron suspendidos. No pude ver clientes en estos días; muchos directamente cerraron las puertas de sus restoranes. Por supuesto que todo este parate repercute en mi entrada de dinero porque salvo con los que tengo un contrato firmado y una suma fija por mes, lo demás no suma. Y por otro lado, como yo trabajo esencialmente con los medios, ahora los periodistas están todos tomados por la crisis del coronavirus con lo cual tengo que producir información que tenga que ver con esta coyuntura ligada a los rubros que manejo. Espero que esto pase pronto. La realidad es que no puedo llevar a cabo mi trabajo con normalidad. Y para quienes trabajamos por nuestra cuenta, todo es mucha más incierto”.

Comentarios

Comentarios

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 29/03/2020 - Todos los derechos reservados
Contacto