Aislamiento social obligatorio: el desafío de hacer algo juntos por separado

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Las medidas extremas de prevención anunciadas por el presidente Alberto Fernández para evitar el colapso del sistema de salud en el pico de enfermos declarados plantean la paradoja de hacer algo todos juntos como sociedad al mantenernos separados. Guardarse hoy es ser solidario. Salir y socializar son ahora sinónimos de individualismo. El humor como remedio, la sonrisa a distancia como contacto afectivo y las redes sociales como posibilitadoras del vínculo sin presencia.

Una de las consecuencias a primera vista positiva de la pandemia de coronavirus y el aislamiento social preventivo obligatorio decretado por el presidente Alberto Fernández se manifiesta en las consignas “estar separados pero juntos”, “cuidarnos entre todos”, “ocuparnos de los que más lo necesitan” y otras por el estilo.

A juzgar por la información respecto de la curva exponencial de crecimiento de los contagios en ciudades o países en los que no se procedió a esta estrategia extrema, e independientemente de las complicaciones del caso, parecería que, aunque drástica, es una buena medida de prevención. Quizá la única que evite el colapso del sistema de salud en el pico de casos, dadas las circunstancias.

Así, la primera paradoja de estar aislados pero juntos podría cumplir el objetivo de impedir la circulación del Covid-19, una medida que los expertos consideran imprescindible. Pero hay otra, ya que también nos aislamos –al principio por propia voluntad para cumplir las recomendaciones, ahora por decisión del Estado presente– porque el otro puede ser, aún involuntariamente, nuestro “victimario”. O viceversa.

¿Cómo funciona esta paradoja? “En la actual circunstancia –dice el psicoanalista Sergio Zabalza a Nuestras Voces–, gobernada por los necesarios recaudos de tomar cierta distancia entre los cuerpos y limitar la circulación de las personas, la consigna debe ser: ‘cuidar al otro’. Si nuestra acción se enfoca en el mezquino coto de nuestra individualidad, el pánico estará en el umbral. Como somos seres simbólicos lo que cuenta es el significado que las situaciones cobran en nuestra experiencia cotidiana. Sí, podemos estar cercanos aún cuando nuestros cuerpos no se toquen. Brindar una sonrisa ya supone un acercamiento porque un cuerpo de deseo no termina en la piel ni en el borde que dibujan nuestros dedos”.

A esta situación inédita para la gran mayoría se la denomina aislamiento social. Es una definición gráfica pero tal vez resulta poco feliz, por las connotaciones negativas previas; asociada, por ejemplo, a los incomprendidos hikikomori, los adolescentes japoneses que deciden, no siempre como patología, apartarse del mundanal ruido, un ruido que incluye a sus familias y amigos no virtuales.

Aceptamos sin embargo la imposición porque todo indica que es el mal menor. Y, en especial, porque la alternativa nos acerca un poco más a la enfermedad. O a la muerte. Una primera pregunta que surge –además de aquella que trata de imaginar el caos ante esta situación de crisis sanitaria, social y económica manejada por la gestión de gobierno anterior– es qué hubiese pasado si esta pandemia se desarrollaba en la era pre redes sociales y pre streaming. Estamos hablando de hace apenas una década, año más o menos. Entonces, ¿las redes sociales colaboran, como parece, a que estemos menos aislados, al menos en forma virtual? ¿O funcionan como la evidencia de que “afuera” hay un peligro mortal, una guadaña que nos está esperando con su hoja bien afilada?

Para Zabalza –Magister en Clínica Psicoanalítica (UNSAM) y actual doctorando en la UBA–, “cada época inventa sus monstruos. Me pregunto si más allá de la obvia existencia del Covid-19 esta pandemia sería posible sin la globalización que distingue a nuestro tiempo.  El ciberespacio es un campo de disputas en el propio sujeto. Puede estar al servicio de un consumo pasivo o de esa inventiva que expande los lazos y distiende los cuerpos. El humor es un recurso indispensable, no la sorna ni la ironía hiriente, sino aquella comicidad que crea la buena complicidad, esa que posibilita el sentimiento de compartir una experiencia en conjunto. Tanto mejor si el humor nos habilita a reírnos de nosotros mismos, de nuestras tonterías, miedos y absurdas fantasías. Si las redes aportan algo de esto, vamos con las redes”.

Por estas horas, ese campo de disputas se manifiesta, en lo que concierne al aislamiento social,  mayormente comprensivo y solidario. Y el espectáculo –también el espectáculo de la vida– se muda de los escenarios y las plateas a la intimidad del artista y el living del espectador. En algunos casos seguramente con apoyo de sus discográficas para la difusión y en otras por la necesidad real de compartir, los músicos populares se ofrecen vía streaming como ese luminoso objeto de deseo artístico por el que son apreciados.

El cantautor Gabo Ferro, por ejemplo, invita así: “El #recital por @instagram será este SÁBADO A LAS 20 H. El encuentro será de LARGO ALIENTO. La intención de este gesto es ACOMPAÑARNOS, no hay estrategias de divulgación ni formalidades así que seguiremos nuestro deseo una vez más. ‘Entren y salgan’ sin timideces. Esta reunión va con la intimidad y la intención de un ABRAZO, como metáfora de la misma soledad que –como dije alguna vez– no es igual a la desolación. Estaré solo en casa pero con aquellxs que se animen desde su propio lugar o tránsito”.

En la circulación infinita de información y opinión sobre la estrategia del aislamiento que se multiplica hasta hacerse viral, como el Covid-19, la presencia del “otro” es una constante. Se hace mención por ejemplo, a una frase de la célebre antropóloga Margaret Mead, que opinaba que la primera señal de civilización en una cultura antigua se encontraba en un hueso roto y cicatrizado. Ese fémur, según Mead, indicaba de algún modo el alba de la otredad. Y, a modo de aforismo, resumía: “Ayudar a alguien durante la dificultad es donde comienza la civilización”. Desde aquella prehistoria, esta civilización que somos alterna entre la ayuda y la indiferencia, entre el apoyo y el odio, entre el nosotros y el yo. Es notable cómo esta pandemia está haciendo fuerte y esencial a ese mismo Estado frecuentemente ninguneado y prejuzgado.

Pero el aislamiento social es bastante más que la oportunidad de no ir al trabajo o a la escuela, poner al día lecturas postergadas, atiborrarse de series o películas y llenarse los oídos de música, además de cocinar y comer en exceso, todo mientras tratamos de que no se agoten las reservas de alcohol o lavandina y, para algunos, tampoco las de papel higiénico. Implica un cambio de hábitos, y eso no siempre es gratuito en cuanto a efectos colaterales. E implica, esencialmente, mirarse en el propio espejo.

“Es difícil generalizar –sostiene el licenciado Zabalza–, hay personas que aman la soledad, muchos escritores por ejemplo. Otras no pueden estar más de algunos minutos sin mantener contacto con un semejante. En líneas generales, si por aislamiento se escucha prudencia, cuidado del otro y resguardo, no vamos tan mal; si por el contrario aislamiento supone exclusión o estigmatización, estamos en problemas. En el caso de las personas de la tercera edad es curioso lo que está pasando: se solicita aislamiento, pero esas personas suelen estar excluidas de los lazos familiares y de la sociedad porque envejecer no está bien visto según los cánones y valores que hoy rigen a nuestra subjetividad”.

¿Y cuánto agrega el hecho de que ese aislamiento, además de no ser voluntario, se origina en una crisis que, literalmente, nos hace protagonistas de un caso que, eventualmente, puede ser ‘de vida o muerte’? “Puede conducir a situaciones complicadas. Otras pestes asoman en el horizonte, tal como es el pánico. Se trata de una situación subjetiva que toma el cuerpo, detiene el trabajo psíquico, crea monstruos fantasmáticos y enmudece los cuerpos. Emerge algo así como un terrorismo del ‘y si…’: Y si me quedo sin trabajo… Y si esto no termina nunca… Y si el tipo que estornudó al lado mío me contagió el virus… Se trata de una suerte de deriva infinita de la cual es imposible salir si se cae en la trampa de pretender responder al ‘y si…’. Cuando una persona percibe que los ‘y si….’ se aproximan, debe pedir ayuda; hablar con alguien; distraerse y adoptar toda maniobra que corte tal nefasta inercia”, agrega Zabalza.

Pero ¿qué pasaría si –como bien podría suceder hasta que la curva del virus se termine de “aplanar”– ese aislamiento se prolonga en el tiempo, mucho más allá de estas dos semanas iniciales, donde todo parece una oportunidad para dedicarse a placeres que no suelen ser cotidianos? “Si por placer entendemos consumo pasivo –opina Zabalza– vamos mal. Esta experiencia inédita puede ser una oportunidad para la creatividad. Esto es: inventar juegos; tareas; cambiar muebles de lugar; ensayar aquellos arreglos para los cuales nunca había tiempo; tirar papeles; armar aquel álbum que estaba pendiente; jugar con nuestros hijos, etc. Es fundamental no transmitir miedo a los chicos. En función del terrorismo del ‘y si …’,  la única respuesta ante la posibilidad de una extensión de la actual situación es: ‘Bien, en ese momento veré qué hago, por ahora se vive lo que hay’. Otra es hacer, actuar, realizar acciones en función de una posible situación, no tanto por la eficacia de tales situaciones sino porque estar activo previene de la inercia mortífera a la que lleva la serie infinita de desastres imaginarios”.

Mientras tanto, intoxicados de la alarma a la que nos someten 24/7 los medios de comunicación industriales, nos esterilizamos hasta la obsesión y miramos al mundo con la ñata contra el vidrio… de la tele. Y por momentos, quizá demasiados, nos sentimos como extras involuntarios de una película de ciencia ficción clase B.

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