El camino del INCAA

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El cine Argentino nació a la par del desarrollo del nuevo arte en París, a finales de 1890. Y fuimos líderes americanos en esta industria cultural durante décadas. Pero el plan de destrucción de la industria y la identidad nacional del macrismo ha llegado al INCAA. Con el sello de la historia, altos y bajos del universo que se enciende cuando se apagan las luces. Y que ahora corre riesgo de apagarse sin retorno.

Fotos: Joaquín Salguero

En octubre de 2016, un exultante Alejandro Cacetta, en su rol de titular del Instituto nacional de cine y artes audiovisuales(INCAA), anunció que el año 2017 iba a ser el del record de producción de la industria cinematográfica argentina, vaticinó el estreno de 300 películas nacionales. En medio de ese clima de entusiasmo advirtió que esa enorme producción no debía convertirse en un cementerio de películas que nadie ve, hizo hincapié en que, a diferencia del gobierno anterior, la gestión de Cambiemos respeta la pluralidad de ideas y les abre el juego a todos. Solo seis meses después se convirtió en una especie de enemigo público, fue acusado de corrupto por la prensa afín al gobierno, y el propio Ministro de Cultura, Pablo Avelluto, le endilgo ser defensor de corruptos al tiempo que anunció grandes cambios en las políticas relacionadas al cine. La sorpresa fue grande, pero más grande fue la reacción de la casi totalidad del mundo de la industria cinematográfica. En un cuadro inusual, el apoyo unánime a la gestión y a la probidad de Cacetta, se llevó por delante la “grieta” y figuras reconocidas por su activismo a favor del gobierno, como es el caso del director Juan José Campanella, se encontraron codo a codo con notorios kirchneristas, junto a independientes de larga militancia política y figuras nunca involucradas en ningún tipo de activismo.

Una reacción masiva y decidida, sin dudas ni fisuras para condenar, lo que intuyen es una avanzada para terminar con la autarquía del Incaa y de una política por la que se lucho mucho desde un sector que tiene una larga historia de defensa de la industria cinematográfica y conserva en la memoria las penurias pasadas.

Un comienzo muy temprano

Los primeros destellos del cine argentino fueron casi simultáneos a la aparición en Paris de las exhibiciones de los pioneros hermanos Lumiere.

En el entonces Teatro Odeón se proyectaron cortos con escenas de calles y lugares característicos de Buenos Aires. Toda la magia en aquel julio de 1896 radicaba en ver el efecto de movimiento sobre la pantalla. Emprendedores individuales comenzaron a experimentar con las posibilidades de este nuevo arte. La expansión fue vertiginosa, los argentinos se engancharon rápido con el cine. En 1915 se proyectó el film Nobleza Gaucha, su estreno fue un fracaso, pero José González Castillo, el guionista, tuvo la feliz idea de sustituir casi todas las leyendas explicativas del filme con fragmentos de los poemas Martín Fierro y Santos Vega, así obtuvo en su segundo estreno un éxito clamoroso que permitió que los $20,000 pesos que costó la película se convirtieran en $600,000 pesos de ingresos. Una idea de la popularidad del filme la da el hecho de que llegó a darse simultáneamente en 25 cines porteños y fue vista en España, Brasil y otros países latinoamericanos. El negocio estaba a la vista.

A finales de la década de 1920, la Argentina tenía un desarrollo cinematográfico tan marcado que era el principal exportador de cine de Latinoamérica, únicamente rivalizado por México. Con la depresión de los años 30, la industria se vio obligada a reemplazar los insumos y maquinarias traídas del exterior, dando lugar al auge de la industria cinematográfica nacional. Impulsadas por esta situación, una tras otra fueron apareciendo las grandes productoras, que generaban películas en forma ininterrumpida. Tal vez el ejemplo más claro es el de Angel Mentasti, quien organizó industrialmente su negocio mediante la producción en serie de películas para obtener mejores condiciones de exhibición: si una película fracasaba, tenía lista la siguiente para compensar. Al mismo tiempo, se levantaron los gigantescos estudios Lumiton, emulando a sus pares de Hollywood como sitio de filmación.

En 1931 se estrenó el primer filme argentino sonoro: Muñequitas porteñas. A éste le siguió el notable éxito de Tango, de Moglia Barth, en1933, que reportó cuantiosas ganancias. El crecimiento fue acelerado: mientras que en 1932 se estrenaron apenas dos filmes, para 1939 la cifra había crecido a 50. La impresionante convocatoria de público que generó el estreno de La guerra gaucha, de Lucas Demare, en noviembre de 1942, marcó un hito y un punto de quiebre. Fue la primera obra épica sobre episodios de la historia nacional. Para el investigador y periodista Eduardo Kimel: “‘La guerra gaucha’ define en sí misma una serie de cualidades que no podía proveer otro cine que no fuera argentino: escrita por un argentino, la geografía es argentina, el director es argentino, la historia es un tema argentino. No es casual su éxito”. Ese año fue el punto más alto de la historia del cine argentino a nivel producción. Funcionaban en el país cerca de 30 estudios, que daban trabajo a más de cuatro mil personas, y 56 filmes realizados.

La primera ley de cine

En 1942 Argentina empezó a ser castigada por EEUU. El argumento esgrimido fue la posición neutral que nuestro país tomó en la Segunda Guerra Mundial. Se negó a recibir películas producidas por la industria nacional y prohibió la exportación de celuloide virgen. Esto fue un terrible golpe. Sin material para filmar la crisis fue grave. En 1944, por primera vez, los directores, actores, dueños de cines, la industria en general, reclamó una ley de cine.

En 1947, durante el primer gobierno peronista, se aprobó la ley 12.299 para desarrollar el cine nacional. Esta ley contempló medidas como: créditos blandos, subsidios, y la obligación a todos los cines de exhibir por lo menos una película argentina por mes. Los resultados fueron elocuentes: de una casi parálisis se pasó en 1950 al record histórico de 58 películas realizadas en un año. Se crearon Institutos de cine a nivel provincial para fomentar la producción. Pero aún no existía un organismo centralizador a nivel nacional.

En 1955 el gobierno de facto cortó de cuajo estas políticas. Sin respaldo, el cine se hundió en una nueva crisis. La situación en 1957 es ilustrativa: se estrenaron 15 películas nacionales contra 697 extranjeras. Se produjo un gran impasse y las luchas del sector recién en 1968 lograron que se pueda crear el Instituto Nacional de Cinematografía. Primer ente de alcance nacional que pasó a depender de la secretaría de difusión y turismo.

En los primeros años de la década del 70 el cine argentino vive una nueva etapa de auge. Las obras de Leonardo Favio Juan Moreira de 1973, y Nazareno Cruz y el lobo de 1975, son vistas por millones de espectadores. El cine nacional se convierte en más taquillero que el extranjero. Todo se revierte a partir del Golpe de 1976. Nuevamente el cine foráneo toma la delantera. A la ausencia de apoyo al cine nacional se suma la censura y persecución de artistas. En 1980 se rodaron 34 films, mientras había más de 40 prohibidos.

En 1981 se estrenó Tiempo de revancha, que fue un suceso y marcó un nuevo rumbo en el cine. Con el regreso de la democracia en 1983 asumió Manuel Antín la conducción del Instituto del Cine. Un pedido histórico de la industria, por el que se luchó y movió mucha gente, fue una ley del cine que permita un desarrollo a largo plazo no atado a los humores de los gobiernos de turno. La crisis era grave. Ese año solo se estrenaron 20 películas. Pero el desarrollo comenzaba, en 1986 se llegó a 37 estrenos, al mismo tiempo que una nueva amenaza puso en jaque a la industria: el país se llenó con 2000 Videoclubes, algunos anunciaron la muerte del cine. El año 1992 estableció un límite, solo se hicieron 12 películas, la industria agonizaba.

Los reclamos tuvieron un resultado auspicioso en 1994 con la aprobación de la ley 24.377.

Se creó el INCAA que se convirtió en una poderosa herramienta para estimular el renacimiento del cine nacional con un funcionamiento autárquico y un flujo de fondos claramente estipulado.

Los números se dispararon lenta pero incesantemente: en 1995 se hicieron 33 películas, en el año 2000 se llegó a 44 y en el 2005 a 63 películas. Así se arribó al año 2015 con la inaudita cifra de 249 estrenos argentinos y se superaron los cinco millones de espectadores para el cine nacional. En ese contexto hubo lugar para todo tipo de producciones. Algunas muy exitosas y otras que sin gran llegada popular pudieron darse el lujo imprescindible de experimentar, innovar. Apostar por caminos riesgosos, libertad que solo puede lograrse cuando se tiene el apoyo necesario y no todo depende de las leyes del mercado.

La historia de la relación del cine argentino con las políticas estatales permite sacar conclusiones nítidas: el cine nacional es exitoso y reconocido internacionalmente, pero sin apoyo y regulación estatal puede languidecer hasta niveles cercanos a la extinción.

Todo esto es lo que está en riesgo. Cuidar lo construido hasta aquí es lo que están haciendo todos los sectores de la industria que salieron a manifestarse.

@sergiodwy

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