Crónica de un 24 de marzo con la ex hija de un genocida

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Erika Lederer es hija de uno de los obstetras de la maternidad clandestina de Campo de Mayo: Ricardo Lederer. Está tramitando la desafiliación paterna. Dice que a los 9 años ya sabía que su padre “hacía cosas malas”. Decidió juntarse con otros hijos e hijas de represores “para aportar datos a los familiares que aún hoy buscan justicia”. Nuestras Voces marchó con ella este 24 de marzo, a 42 años del último golpe cívico militar.

Fotos: Joaquín Salguero

-¿Podés dejar de ser hija de tu padre?

– Estoy tramitando desaprenderme de la filiación. El apellido va a ser el mismo, le dice Erika Lederer a Nuestras Voces en medio de una multitud que alza la voz para decir “30.000 compañeros desaparecidos, presentes. Ahora y siempre”.

Erika tiene la energía de una niña de 9 años que sabe que se va a encontrar con su mejor amiga en la plaza para jugar a la rayuela. Se mueve ágil por Diagonal Norte entre los miles de cuerpos que coparon las calles aledañas a la Plaza de Mayo por una misma consigna: “Memoria, Verdad y Justicia”.

Habla rápido y cada tanto mira para atrás para que la sigamos con el fotógrafo hasta encontrarnos con la columna del PTS: agrupación de la cual se considera “simpatizante” por su amistad con la nieta recuperada María Victoria Moyano Artigas.

Esta semana su teléfono no paró de sonar con llamados de periodistas de distintos medios. Habló y contó su historia una y otra vez como lo viene haciendo desde el día que la publicó en Facebook y mucha gente que la conocía se desayunó que Erika Lederer era la hija de un genocida. Ahora: ex hija.

Su padre –a quien no nombra como papá sino como “mi viejo– era Ricardo Lederer: capitán del ejército y uno de los obstetras de la maternidad clandestina de Campo de Mayo. En 2012, al sentirse acorralado judicialmente luego de que se hiciera pública la recuperación del nieto 106 Pablo Gaona Miranda (apropiado por su camarada de armas Héctor Giribone) y de quién él había firmado el acta de nacimiento falsa, se pegó un tiro.

“El Loco”, tal como figura en el “Nunca Más”, se llevó repugnantes secretos a la tumba. “Mi viejo se pegó un tiro porque iba a ir en cana. Le había avisado la familia Giribone. Él había firmado el certificado falso de Pablo Gaona Miranda (el nieto 106). Me encantaría saber todos los partos en los que participó. Le avisaron para eludir la justicia. Una forma de eludirla es ser un prófugo. Otra es si te llevás todo a la tumba, porque no estás contando todo lo que sabés. Pegarse un tiro, para mí, en esa circunstancia fue lo más fácil que podía hacer. Creo que los milicos lo nombran como la forma que hay que irse. Pegarse un tiro bien puesto”, dijo Erika en un largo y conmovedor relato publicado en el sitio El Cohete a la Luna.

La zurdita de la familia

Cuando Erika vio que Mariana Dopazo, la hija de Etchecolatz, salió dar la cara en aquella nota de la revista Anfibia titulada “Marché contra mi padre genocida”, pensó que era un buen momento para juntarse con otros hijos de genocidas.

Ahora bien, ¿juntarnos para qué?, se preguntaba Erika en su muro de Facebook cuando lanzaba la propuesta. “No para seguir regodeándonos en nuestros dolores, sino para organizarse con miras a aportar datos a los familiares que aún hoy buscan justicia, nietos y poder llorar sus muertos. Cuando la palabra circula la historia permanece viva. Cuando nombramos generamos presencia. Y es entonces que podemos estar seguros de que no nos han vencido”.

Erika dice que “no fue fácil ponerse de acuerdo por lo que siente cada uno y cómo se viven este tipo de procesos”. La agrupación “Hijxs y Ex Hijxs de Genocidas” es uno de los grupos que desde el año pasado se incorporaron como nuevo actor en la lucha por Memoria, Verdad y Justicia, rompiendo el pacto de silencio de los represores extendidos a sus familias.

Erika nació el 27 de noviembre de 1976 en Salta. Tres días después de que un comando asesinara a Diana Teruggi y Daniel Mariani en La Plata y robaran a Clara Anahí. Quizás sea una cuestión de fechas pero todo tiene relación. Después de Salta se mudaron a La Plata y en 1979 nació su hermano en Campo de Mayo, donde Ricardo Lederer era uno de los obstetras.

A Erika le gusta contar la anécdota de cuando saltaba de cuna en cuna en la maternidad militar y hoy se pregunta si esos bebés no eran los mismos que después se iban a apropiar. Cosas de la memoria.

A los 9 años ella dice que ya sabía que su padre “hacía cosas malas”. “Al tiempo que dejé de creer en Papá Noel también dejé de creer en el discurso hegemónico paterno. Fue cuando escracharon a mi viejo en Página/12 por ser amigo de Ramón Camps, con una foto y todo. No podía creer que mi apellido estuviera mencionado en el diario por eso. Empecé a dejar de creer en la eticidad del Padre y se produjo un quiebre que permitió que ingresen otras cosas en mi vida. Ya a los 10 u 11 años él se empezó a dar cuenta de cómo pensaba yo, era una ‘zurda’ y mi discurso empezaba a tener el descrédito familiar al punto de que no se me llevaba a reuniones sociales porque podía “haber lío”, contó Erika a La izquierda Diario.

En la secundaria fue a un colegio alemán –por esa identificación de su padre con el nazismo– y leyó a Heidegger, Sartre y Camus. “Eso me dio los argumentos por lo menos para no saltar al vacío y poder tener con qué fundamentar mis ideas y que encima no las entiendan. Para sostener las ideas había que bancarse las palizas feroces, me las había rebuscado para hablar de un modo muy difícil y que nadie me entendiera, que era la filosofía”.

Estudió abogacía por mandato familiar pero lo que a ella le gustaba era la filosofía. “Imaginate que en una familia de fachos no van a querer que seas filósofa”. Una vez que se recibió de abogada se metió en las aulas de Puán y aprobó varias materias para darse el gusto.

En la actualidad ejerce como abogada y es especialista en mediación en contextos de encierro del Ministerio de Justicia de la Nación. “De los 1111 internos a quienes se sugirió que se les permita acceder al Programa de Asistencia de Personas bajo Vigilancia Electrónica hay madres con hijos que deberían salir y otros como Astiz que nunca deberían salir”, dice hablando de su trabajo.

El 7 de enero, Erika y otras compañeras participaron del “siluetazo” contra Etchecolatz en Mar del Plata convocadas por HIJOS de aquella ciudad. Esa tarde una hija de desaparecidos se le acercó un tanto desesperada para pedirle si podía pasarle una lista de sus compañeros del colegio porque ella está buscando a su hermano apropiado y, tal vez, podría haber allí algún indicio.

– ¿No pensaste escribir un libro?

– Soy muy caótica. Me he grabado, hay desgrabaciones pero soy un caos.

En medio de ese caos para ordenar su historia, madre de un hijo de 13 y una nena de 11, Erika mira al escenario y canta: “como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar”.

“Que la verdad duele es cierto, pero es necesaria, para poder construirse como sujeto. Y eso vale también para los que debemos hacernos cargo de la mierda que nos toca. No se puede vivir eternamente disociado. A los hijos de los milicos –y más si tu viejo era comando y carapintada– nos formaban en ciertos valores más que en otros; es decir, se nos educaba para ser gallardos. El peor defecto que podíamos detentar era el de ser cobardes. Agradezco que haya sido así: había que tener valentía para mirar al verdugo a los ojos y, aun así, mantener la palabra. Memoria, Verdad y Justicia. Clarito y sin claudicar”, escribió Erika en la revista Anfibia como una declaración de principios para siempre.

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Ulises Rodríguez

Ulises Rodríguez

Periodista y locutor. Especializado en temáticas culturales, escribió en Anfibia, Infobae y la Revista Acción. Formó parte de Infonews y realizó publicaciones en Escribiendocine.

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