Cuando el río suena: peces muertos, calor, agrotóxicos y después

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Hace dos meses el río Salado, en Santa Fe, se convirtió en una postal de pesadilla: sábalos, moncholos y viejas del agua flotaban muertas o moribundas en verdaderas islas de peces que desesperaban a pescadores y vecinos. Nunca habían sido tantos ni tan diversos. Y, buscando la respuesta, la justicia y los científicos dieron con datos aún más inquietantes.

“Sábalo, mire, todo esto es sábalo. Mire, mire…¡Qué tristeza, qué tristeza!” El hombre es pescador y filma con su celular lo que ve desde arriba de su bote. Hoy el Salado podría llamarse el Plateado, el Brillante. El Muerto, incluso, porque todo lo que se ve alrededor es eso: muerte. Peces y más peces muertos o a punto de morir, mientras se retuercen al sol en espasmos que apenas salpican. Ya no tienen más fuerza, ya no dan más, y la lucha ahora no es por nadar, por avanzar rompiendo el agua, sino por respirar. Pero no hay caso. Al final, todos hacen lo mismo. Se dejan llevar por la corriente, abren esas bocas enormes que tienen y al final, la quedan. Un pez –mediano, grande o chico– se vuelve pescado sin que nadie lo pesque y pocos se animen comerlo. Una sabiduría antigua les dice a los pescadores que eso no es bueno. Que no es normal, aun cuando –sobre todo cuando hace calor– escenas como éstas regresen. “Cada tanto, sobre todo en verano, cuando acá en Santa Fe hace como hoy, 45 grados de calor, aparecen peces muertos como aparecieron en noviembre. Pero esta vez fue una cosa de locos. Como el Salado es receptor de arroyos y otros cursos de agua que venían trayendo pescados muertos, se juntaron todos acá en la salida al Paraná y eran kilómetros y kilómetros de pescados muertos. Eso generó muchísima preocupación en la gente”, reconoce Carlos Manessi, ambientalista  de la Multisectorial Paren de Fumigar.

¿Qué había pasado? “Se dio todo junto. Por un lado, la bajante del río, que para muchos fue la más pronunciada de los últimos cincuenta años. Pensemos que frente al puerto de Santa Fe el Paraná llegó a tener sólo 40 centímetros de agua, cuando lo normal son tres metros. Toda la cuenca del Paraná, incluido el Salado, estuvieron muy bajos. En parte, por la falta de lluvias y en parte también por la cantidad de represas en el río. A eso sumale que en ese momento en todos esos campos que rodean la cuenca se estaba fumigando, y cuando caen lluvias, el agua arrastra todo eso hacia el Salado y todos esos venenos terminan en el fondo del río, que es de donde se alimentan estas especies, explica.

 

 

 

 

 

Las mortandades de peces, sin embargo, no son novedad. Cada tanto, en nuestro país ríos u arroyos amanecen relucientes de escamas. Pero esta vez –por lo apabullante de la mortandad, pero también por la variedad de especies panza arriba– algo llamó la atención de los pobladores y hasta del gobierno provincial, que ensayó una primera respuesta, veloz y tranquilizadora: el calor. Había sido el calor, por supuesto. Ese sol rajante y esa temperatura por encima de los treinta grados centígrados seguramente habían convertido al río en una pava, habían hecho bajar estrepitosamente los niveles de oxígeno en el agua y de ahí ese empedrado móvil  de sábalos que terminó tapizando el Salado. Así lo explicó de hecho un funcionario, Martín Borras, subsecretario de Recursos Naturales del Ministerio de Ambiente y Cambio Climático de la provincia. Borras es abogado, tiene una maestría en derecho corporativo y también un ensayo de explicación. “La principal hipótesis que manejamos con los biólogos es que se trata de un fenómeno natural por la bajante pronunciada histórica y extraordinaria, sumada a la falta de lluvias y al calor”, declaró.

Pero las dudas persistieron y no por casualidad. Hace ya años que Santa Fe –junto con otras provincias argentinas en las que la llamada “agricultura industrial” es dueña y señora– es escenario de eventos ambientales trágicos que también se han convertido, a fuerza de repetición, en “fenómenos naturales”: escuelas fumigadas con los chicos y chicas adentro, mortandades masivas de fauna silvestre (peces, pero también pájaros y mamíferos),  incendios intencionales, avance inmobiliario sobre áreas protegidas y tanto más.

 

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Una mirada rápida los verá como fenómenos independientes; una mirada  menos apurada (la de la ciencia, que es también la de la ecología, para la que la vida es una trama y nada sucede sin afectar de uno u otro modo a todo lo que lo rodea) verá, en cambio, algo más. Y, en primer lugar, distintas expresiones de esta nueva era geológica a la que expertos, expertas e investigadores de todo el mundo denominan desde hace tiempo Antropoceno. Esta palabra, que le debemos a Paul Crutzen, el Premio Nobel de Química 1995 y quien denunció la perforación de la capa de ozono por efecto de nuestro estar en el mundo, refiere a  una etapa en la historia del planeta en la que el impacto de la actividad humana es a la vez indiscutible y secreto. Secreto porque  no todo el daño está a la vista, no todos los impactos se ven en el corto plazo, no todas las explicaciones son las más simples.

A raíz de la mortandad histórica de peces en el río Salado, entonces,  la Procuración de la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Santa Fe decidió investigar. Dice al respecto el Procurador general, Jorge Barraguirre: “Cuando vimos la mortandad nos preocupamos pero decidimos esperar a ver cuál era la evolución. Al ver que a medida que pasaban los días había más y más pescados flotando en el río, decidimos actuar porque existe una Ley de Ambiente y un principio precautorio, y porque gozar de un ambiente sano está garantizado por nuestra normativa. Por lo demás, los fiscales podemos actuar en estos casos y eso fue lo que hicimos”.

Contactaron para eso a un equipo encabezado por el doctor Rafael Lajmanovich, un ecólogo con décadas de trayectoria y decenas de papers en su haber, quien es parte del Laboratorio de Ecotoxicología de la Facultad de Bioquímica de la Universidad Nacional del Litoral. A continuación salieron  todos (tres científicos y tres abogados) a hacer trabajo de campo. Recorrieron la costa el 3 de diciembre de 2020, en horas de la mañana y tomaron muestras en dos puntos del río: uno a la altura de la localidad de Los Molinos y otro en el puente sobre la ruta 70. De ese muestreo se obtuvieron muestras de agua, de sedimentos y de tejidos de los peces moribundos. Con la debida cadena de custodia y refrigeración, todo el material fue remitido a distintos laboratorios y en base a los resultados se redactó un informe final que, lejos de traer respuestas, se abre a todas las preguntas. Empezando, claro, por esta: ¿qué le hemos hecho al río?

 

El pez y la boca 

El agua de las muestras confirmó parcialmente la hipótesis del gobierno. Había, en efecto, muy poco oxígeno en ella. Tan poco, de hecho, que la vida allí era ya imposible. En ese caldo caliente en el que flotaban los peces era casi imposible respirar. Dice el informe: “Los niveles de oxígeno en el agua fueron muy bajos y debajo de los límites aceptables para la biota acuática. Las mayores temperaturas se asocian a la disminución de la solubilidad del oxígeno disuelto y esto explica en parte las bajas concentraciones de oxígeno disuelto. No obstante, ambos parámetros deben interpretarse con cautela”.

 

Tal vez porque, más allá de la mera constatación de la baja en el oxígeno, lo que habría que preguntarse es si ese descenso responde pura y exclusivamente al aumento de la temperatura. Sobre todo si pensamos en un fenómeno ocurrido –y así lo cita el informe– pocas horas antes del muestreo: las lluvias que “lavaron” los campos circundantes y escurrieron hacia el río todo lo que había en ellos. No solo materia orgánica sino también parte del cargamento de químicos con el que se los rocía a repetición para controlar malezas y exterminar insectos.

“Ese fenómeno de drenaje o escorrentía muestra que hoy no hay algo así como un arroyito aislado que no afecta a un río importante sino que todo se relaciona y es parte de lo mismo. Es un sistema”, explica el doctor Damián Marino, experto en química ambiental, investigador del CONICET y profesor en la Universidad Nacional de La Plata. “Nosotros, en su momento, investigamos este fenómeno en los afluentes del Paraná. Estudiamos ríos y arroyos que eran colectores del Paraná y que –luego de atravesar distintos campos– hacían un goteo de contaminantes hacia el gran Paraná. ¿Qué vimos? Que a partir de la cuenca baja –del puerto de Santa Fe en adelante– empieza a aparecer el glifosato como uno de los elementos más importantes en los sedimentos de fondo”, destaca.

En todos ha detectado la huella química de eso que lo que algunos investigadores (como el ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá) no duda en llamar “campos envenenados”. Explica Marino: “No es lo mismo disolver la misma cantidad de agroquímicos en una determinada cantidad de agua que en otra mucho menor. Es como si yo tirara una gota de colorante: si el agua es mucha apenas se va a teñir pero si el agua es poca, toda el agua cambiará de color. Estoy tirando la misma gota pero el efecto es completamente distinto. Con los agroquímicos sucede igual: cuando hay una bajante como ésta, la concentración será otra y los efectos, también”, señala.

De hecho, el informe realizado para la Procuración provincial dedica también un apartado a las sustancias vinculadas a la producción agropecuaria halladas en los muestreos. Omnipresentes en realidad porque las detectaron en el agua, pero también en los sedimentos del fondo y hasta en los tejidos de los sábalos.  Será que en el agua del Salado, y desde hace años, hay bastante más que peces. En el informe se consigna la presencia de al menos 23 agroquímicos, algunos no sólo antiguos y más tóxicos que los actuales – como los que se empezaron a fabricar en la década del cincuenta– sino también prohibidos hace años y aún presentes. Justamente por eso se los denomina “persistentes”: porque una vez lanzados al ambiente se quedan ahí, contaminándolo todo, y en un proceso extenso de degradación que puede llegar a tomar décadas.

Varios de ellos forman parte de la famosa “docena sucia”, un listado de pesticidas que –por su peligrosidad, efectos a largo plazo y capacidad de permanecer en el ambiente o en los cuerpos que lo habitan, incluidos los nuestros– fueron retirados del mercado hace años. ¿Por ejemplo? El aldrín, el dieldrín, el hexaclorobenceno, el clordano.

 

¿Y en el fondo? Qué había en el piso del Salado? Veamos: en el sedimento del Salado se midió la presencia de glifosato, AMPA y glufosinato de amonio, los tres de uso frecuente en la agricultura industrial en la que semillas genéticamente modificadas para dar origen a plantas (de soja, de maíz, de algodón, de trigo) capaces de ser rociadas regularmente con agrovenenos sin morir. Sin morir ellas, se entiende, porque a su alrededor todo lo demás (plantas, aves, animales, peces) sí perece. Porque no son producto de laboratorio, porque nadie los dotó del “retoque”  genético que les permitiría sobrevivir a sustancias capaces de enloquecer su sistema nervioso, alterar sus genes, colapsar su sistema respiratorio o dañar su sistema reproductivo. Y eso, todo eso, es lo que pueden hacer los biocidas que se emplean en el campo argentino.

Por eso, sabiendo dónde vive y cómo se alimenta el sábalo, lo descubierto en sus branquias tampoco sorprendió. El Prochilodus lineatus, o “sábalo jetón”, como lo llaman en Santa Fe por su cara alargada y esos labios carnosos que tiene, barre con su bocaza el fondo del río. ¿Qué come, entonces?  Eso: sedimentos, todo lo que se acumula ahí abajo. Y lo que se encuentra en esa capa resbaladiza del fondo, junto con “lo de siempre” –bichitos varios, formas de vida de esas que, de tan minúsculas, ni lugar en los manuales de Biología del secundario tienen– también se detecta el herbicida glifosato y su metabolito o degradación, que se llama AMPA y es tan tóxico como el primero. De hecho, en 2015, el glifosato fue clasificado por la IARC (la Asociación Internacional para la Investigación del Cáncer) como “probable carcinógeno en humanos”. Pero nadie por aquí pareció acusar recibo. En México, en cambio, una disposición presidencial busca prohibirlo en todo el territorio nacional y favorecer la producción agroecológica.

 

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El secreto de sus branquias

Pero volvamos al sábalo y al secreto de sus branquias. ¿Qué detectaron los químicos allí? Textual: En los tejidos de los peces recolectados se detectaron residuos de plaguicidas. En las branquias e hígado del prochilodus lineatus (sábalo) se encontró el herbicida 24-D y el insecticida organofosforado clorpirifós (…) El herbicida 24-D, junto con el glifosato y la atrazina, son los agroquímicos más empleados en el país”. Cabe aclarar que, mientras que el 24-D es un defoliante. Traducción: un biocida que sirve para hacer caer las hojas de la planta que toque. El 2-4 D fue uno de los dos componentes del tristemente célebre Agente Naranja con el que se rociaron las selvas durante la Guerra de Vietnam para dejarlas desnudas de hojas y descubrir así los escondites del Vietcong. Una operación que terminó obligando al gobierno de los Estados Unidos a pagar millones de dólares a los veteranos que enfermaron de cáncer. La atrazina, por su parte, es un herbicida enormemente volátil y prohibido en Europa desde 2004 por ser altamente contaminante de aguas.

En cuanto al clorpirifós, es un insecticida que ataca el sistema nervioso y hace que  los insectos mueran entre estremecimiento, en un espectáculo  horrendo. Según la Base de Datos de las Propiedades de los Pesticidas de la Universidad de Hertfordshire es neurotóxico y podría estar vinculado a las dificultades de aprendizaje en los niños.

 

Puede afectar a los humanos y por eso fue finalmente prohibido en Europa hace un año, luego de varios intentos infructuosos. En Estados Unidos la demanda también es antigua pero la Agencia de Protección Ambiental (EPA) sigue autorizando su uso. ¿Qué dice el informe santafesino al respecto? Que se detectó en branquias e hígado de la especie estudiada residuos de  un potente y letal insecticida organofosforado. El clorpirifós es el insecticida neurotóxico de amplio espectro más utilizado de Argentina, especialmente en cultivos de soja, maíz, trigo y girasol (…) causando la muerte por colapso del sistema nervioso”. Los peces que se retorcían en las orillas del Salado en diciembre fueron algo así como un siniestro “show de producto” a cielo abierto, justamente porque la enzima sobre la que actúa el clorpirifós (acetilcolinesterasa) está presente en los insectos, pero también en los peces y los mamíferos. Sí, incluídos los humanos.

Por lo demás, cabe recordar que el sábalo “es el primero en la cadena trófica del río”, explica Manessi. “Lo que él levante del fondo pasará a las especies que lo coman y que a su vez sean comidas por otras especies, como el dorado o el surubí”.  Y no, no hay algo así como una “aduana química” ni cosa por el estilo: lo que come lo que comemos llega hasta nosotros, inevitablemente. Sobre todo cuando, como sucede con el sábalo, no sólo es ingerido por otros peces sino que también es convertido en harina de pescado que sirve de alimento a los pollos de granjas industriales. “Y ni hablar el peligro al que están expuestas las poblaciones de las orillas del río, los sabaleros, que viven de comer el pescado que sacan de ese curso de agua”, agrega.

En ese sentido, el informe de la Universidad Nacional del Litoral es claro: “No se puede descartar que la presencia de agroquímicos en una cuenca –fundamentalmente por su detección simultánea en un evento de mortandad masiva en ejemplares moribundos de la misma especie, en sitios distintos y muy alejados–, no esté afectando la supervivencia de peces en condiciones ambientales extremas”, concluye. Tal vez por eso, la recomendación es encarar “un monitoreo más exhaustivo y con continuidad espacio-temporal sobre la presencia de deshechos agrícolas (agroquímicos y fertilizantes) tanto  en agua como en sedimentos y tejidos de peces, principalmente en especies de interés comercial que sirven de alimento a las poblaciones locales”.

A raíz de todo esto, informa el procurador general, hemos firmado un convenio con la Universidad Nacional del Litoral para repetir estos monitoreos por dos años más y en cuatro puntos del río. Queremos que los científicos nos ayuden a generar información que pueda ser utilizada para enriquecer el debate legislativo. Sobre todo porque hoy el derecho ambiental  ilumina otros debates y hoy la ciudadanía está mucho más alerta e informada sobre estas cuestiones”, precisa.  Ahora sólo resta ver si quienes tienen que oír están dispuestos a escuchar.

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Fernanda Sández

Fernanda Sández

Licenciada en Letras y periodista. Docente universitaria. Autora de La Argentina Fumigada (Editorial Planeta, noviembre de 2017). Autora en Editorial Planeta.

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