“De nazis”, “buenardos” y “rúculas”: el idioma de los adolescentes que enloquece a sus mayores

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“Buenardo”, “banear”, “nazi”, “de nazi”, “nascar”… Si tener adolescentes en casa siempre fue un viaje extraño, con la eclosión de los juegos en línea, el surgimiento de comunidades de gamers y el ascenso de los streamers –traducción: personas que juegan, actúan o hacen lo que fuere en vivo y por las redes– ya no hubo diccionario que alcanzara para entender qué es lo que dicen. Porque ésa es la idea, en definitiva: fundar un espacio y hasta un idioma nuevo, no apto para esos mayores que a veces lo escuchan. Y tiemblan.  

Un pibe juega League Of Legends en calzones y en su cuarto. League Of Legends (LOL, para los amigos y entendidos) es uno de los tantos juegos que se pueden disfrutar en red y organizando equipos con gente de todo el mundo, sólo que uno de los más populares. Y uno que, además, puede volver ricos a los jugadores más avezados: el año pasado, la final mundial repartió  U$S 4.145.000, con un primer premio de más de un millón y medio de dólares.

Contrariamente a lo que sostuvieron las últimas dos generaciones de padres, hoy vivir de jugar es técnicamente posible, y más. Hay decenas de miles de adolescentes jugando en línea, transmitiendo sus partidas y puteando en voz alta frente a cada movida mientras otros tantos miles siguen su actividad por streaming o transmisión en vivo.  Pero en 2013, cuando Martín Pérez Disalvo (alias “Coscu”) comenzó a hacerlo, su hermano jugaba profesionalmente al básquet, él –Coscu– estudiaba (y odiaba estudiar) Sistemas en la Universidad Nacional de La Plata y gran parte del actual fenómeno del streaming era pura potencialidad. Algo casi tan quimérico como ponerse un bar en la playa o vivir de la música. Y si todavía hoy nos cuesta entender a qué exactamente se dedica un streamer, imaginen cómo sería la cosa cuando Coscu (actualmente no sólo uno de los más famosos streamers argentinos sino latinoamericanos) trataba de convencer a su familia de que sentado frente a su PC y matando enemigos digitales estaba yendo por el camino correcto. O, mínimo, por el camino por donde a él lo hacía más feliz caminar.

¿Pasó el tiempo? Paso el tiempo. ¿Pasaron cosas? Pasaron muchísimas cosas, pero la principal fue que Coscu se hizo cada vez más conocido y lo que comenzó siendo un propuesta sencilla (verlo jugar) terminó convirtiéndose en algo más complejo y, para miles, entretenido: escucharlo contar  anécdotas, cantar, interactuar con otros amigos del mismo palo.

De a poco, la cosa de descontroló pero para bien. Los seguidores (diez, cien, mil, cien mil y creciendo) comenzaron a caer de visita por su casa –adonde, como él mismo contó en una entrevista– su papá con Alzaheimer los recibía de mil amores y los hacía pasar. Hasta que finalmente fueron tantos (los seguidores en línea y los visitantes en su casa) que decidió mudarse con otros amigos a lo que desde entonces se considera la primera streaming house de Argentina. Esto es, el paraíso del millennial: una casa llena de pantallas y libre de adultos, en donde trabajo y diversión son casi lo mismo y los cuartos y la vida se comparten con amigos, en una transmisión continua. Hoy, el canal de Coscu en Twitch (la plataforma desde la que los streamers hacen lo suyo, de cara a millones de seguidores fieles y de espaldas al mundo de los padres, las madres y demás incordios) cuenta con más de 1 millón de followers. Al compás de sus transmisiones, la comunidad creció y se transformó en algo mucho más grande rebautizado como la Coscu Army: un ejército de fascinados seguidores que pedían más y más. Después llegaron las empresas (Coscu es hoy embajador de la marca deportiva con aspecto de tilde) y también los premios, llamados –¿cómo no?– Coscu Army Awards.

 

 

Ya van por su tercera edición y de aquella primera entrega en 2018 en la sede de la Escuela Audiovisual Da Vinci hasta su última versión (el pasado 20 de diciembre en Obras Sanitarias) pasaron millones de horas y de personas. Para darse una idea: el evento se transmitió en vivo desde las 18.30 de la tarde y dos horas después ya había casi medio millón mirándolo vía streaming.

 

Coscu Army Awards 2020: Todos los ganadores

 

Tuvo más de 8 millones de usuarios únicos y premios para todos los streamers en 30 categorías, que iban desde Streamer del Año (se lo llevó Pimpeano, un rubiecito cachetón que no para de hablar ni de reírse) hasta Piquín del Año (por el premio al mejor baile en vivo, que ganó Tuli Acosta). Para quienes veíamos por primera vez la movida, la premiación y a los galardonados, todo era un desfile de rarezas y caras nuevas, pelos de colores y algo así como una entrega de los Premios Martín Fierro pero sin fierro y con otro Martín: Disalvo. Si no fuera por las métricas, nunca hubiéramos sabido que el sábado previo a la Navidad millones de personas estuvieron en el mismo evento sin haber salido de sus casas. Bienvenidos al elusivo mundo de los streamers, ahí adonde todo –hasta las palabras– se reinventa.

 

La lengua flotante

Sin pasado, sin peso, sin. Puro sonido, hijas de la casualidad y de la risa, palabras y frases saltan al aire en cada “vivo”, que es como le dicen a cada transmisión en tiempo real. Y ahí quedan flotando pero sólo por un instante, como a veces parecen quedarse detenidas en el aire las gotas del chorro de una fuente. Pero acá no hay agua sino fluir de sonidos, juego de letras. Y a veces sucede que –magia o accidente– una palabra o frase les llama la atención. Entonces la toman y  comienzan a pelotearla en el chat hasta que –de nuevo: sólo a veces– la expresión se viraliza. Con “De nazi” pasó precisamente eso: salió en una charla entre amigos (Coscu y otro streamer) que le contó una anécdota en la que un hombre, en medio de una pelea callejera entre conductores, se bajó del auto con una pinza en la mano y actitud guerrera. “Se bajó así, re de nazi”, dijo. ¡Para qué! Para muchos fue escucharla y adoptarla como sinónimo de algo violento, primero, y de “algo copado”, después. ¿Cómo fue esa migración? ¿Cómo fue que una palabra que muchos supra 40 asociamos con lo peor de lo peor trocó en algo positivo? Difícil hacer arqueología de la lengua caminando sobre pantallas, pero tal vez convenga recordar lo que señala la psicóloga Patricia Faur, docente de la UBA y de la Universidad Favaloro, en referencia a lo que hacen los jóvenes con las palabras: retorcerlas, vaciarlas, inventarlas. “Ojo, no creo que tomen todas las palabras al azar, porque el mismo supuesto origen de la expresión “re de nazi” habla de jugar a ser malos sin siquiera referirlo a Hitler porque la mayoría de estos chicos no sabe qué es Mein Kampft, ni en qué años pasó lo que pasó. No tienen la menor idea pero sí saben dos cosas: que ser nazi es “ser muy malo” y que eso genera una reacción en los demás. En ese sentido, que destrocen el lenguaje, tampoco me parece casual. Ellos toman algunas palabras como para identificarse a través de ellas y reconocerse entre sí en función del uso de esas voces. Creo que además hay un “como si”: se hacen los malos, se muestran tomando toda la cerveza y diciendo lo que no se debe pero, en el fondo, son todavía nenes de mamá. Estos son los chicos acunados por la Play”. Explica Faur. “Buscan verse como una especie de tribu y que sólo se entienden entre ellos. Hay diferentes tribus y éstas, la de los gamers y de los streamers y la de los que se dedican a los denominados e-sports no son la excepción”.

Sin embargo, no es la primera vez que los adolescentes echan mano de eso que despeina a los adultos (la alusión al nazismo, por caso) para incomodar. Alejandro Tortolini, especialista en sociología de los videojuegos y profesor de Politicas Públicas e Inclusión digital recuerda que “hace seis años Microsoft lanzó un chatbot llamado Tay con la idea de que aprendiera a conversar interactuando con chicos de entre 18 y 25 años. Bastaron 24 horas para que Tay comenzara a hacer comentarios racistas y discriminadores, por lo que el proyecto tuvo que ser discontinuado. Los adolescentes y jóvenes encuentran en los mundos virtuales un modo de escapar del control de los adultos y hacer lo que se les ocurra sin que nadie los controle ni los corrija. Van hasta ahí para librarse de los padres y cumplir con el sueño de un mundo sin adultos y adonde sólo haya amigos de su edad. En ese sentido, tampoco es casual que últimamente abunden las series y películas en las que todos los mayores mueren o desaparecen y el planeta queda en manos adolescentes”, destaca.

Jugar por jugar

En ese planeta sin canas, “banear” es un anglicismo (¿o “gamercismo”?) brotado del verbo inglés “ban”, prohibir. Algo así como un picoteo del español en el inglés que, además, delata su pertenencia al mundo de los videojuegos, ya que es allí donde un streamer dice haber sido “baneado” cuando le prohíben acceder. Lo mismo sucede con palabras como “farmear”, “rushear” o “pushear”, todas castellanizaciones de un idioma destilado por las consolas y por los juegos en los que esas palabras tienen un significado particular e incomprensible para los no iniciados en el LOL, el Counter Strike o el DOTA. Así, en la neo lengua de gamers (jugadores de juegos on line) y streamers (gamers que transmiten en vivo sus partidas pero también quienes comentan las partidas de otros y hasta quienes comentan los comentarios que reciben las partidas de otros, en un festival de recursividad y espejos infinitos) la literalidad brilla por su ausencia. Nada puede traducirse sin más porque todo es cuestión de contexto.

¿Un ejemplo? Cuando un jugador le dice a otro que está “farmeando” (del inglés “farm”, granja) no lo está acusando precisamente de dedicarse a las  tareas del campo ni de andar por ahí acomodando gallinas sino de repetir una determinada acción para obtener beneficios para nuestro personaje dentro de un determinado juego de rol.  ¿Cómo lo sabemos? Porque así lo detalla el Diccionario Gamer del sitio Geekno.com (https://www.geekno.com/glosario/farmear) pero está claro que dentro de las comunidades virtuales estas “traducciones” no son necesarias. Más aún: es el mismo pedido de esta clases de aclaraciones lo que automáticamente denuncia nuestra condición de recién llegados a ese mundo. Como un extranjero que pide detalles sobre el “boludo” con el que se saturan sus oídos no bien llega a Ezeiza, o el que no entiende a qué se refieren los cordobeses con eso de “culiao”, es el desconocimiento y la desorientación la que nos muestra como lo que somos: un montón de grandulones tratando disimular en el arenero.

Pero hay más, porque independientemente del vocabulario de los juegos también está lo otro. Y “lo otro”, en el caso de Coscu y su ballet, es el malabarismo verbal, el accidente, lo que surge, suena bien y queda. Con todo, aquí nadie podría reclamar derechos de autor ni cosa por el estilo. ¿Quién podría decir de dónde brotó el “rancio” que hoy es pasión de multitudes?

“Con el picante es igual, yo tengo un amigo que lo usaba hace un montón”, dice Bruno, de 15 años. “De ruta también es medio viejardo”, acota Franco, un año mayor. “Yo se lo escuché a un pibe hace bocha”. Entre ellos se tratan de “bro” y de “pa”, y en un determinado momento ya no es fácil saber quién copia a quién, si la pantalla a los que miran o los que miran a los streamers. O quizás es ósmosis: palabras colándose de la pantalla a la realidad, de idea y de vuelta. Igual, tampoco importa.   

De muchas de esas expresiones el origen es evidente: el popular “buenardo” surgió de un encuentro entre Coscu y Rogel, gustó y se clonó. Marche un millón de copias de buenardo, dos millones de picante y –ahora que “de nazi” ya fue conocido y criticado– otro millón de “nascar”, su variante descremada y apta para pronunciar en casa sin que nadie ponga el grito en el cielo.

Lo mismo –la misma mutación, la palabra que se mastica y se estira cual chicle globo– para “de ruta”, otro invento para aludir a algo muy pero muy bueno. “Esta pizza está de ruta” es equivalente (explican los improvisados lingüistas de pelo verde) a decir que está buenísima, pero como una vez que empieza el juego verbal no termina, “de ruta” mutó en “de rúcula”. El mismo sendero de perdición sufrió “brother”, que  dio lugar a “bro” y más tarde a “breo”. Igual, todas aluden al mismo “hermano”.

Moraleja: si la lengua es un organismo vivo y mutable, en este parque de diversiones creado por y para los streamers las expresiones nacen para explotar cual pompas de jabón. Ahora están, ahora no. Veremos de dónde brota la próxima y, por las dudas, tapémonos los oídos.

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Fernanda Sández

Fernanda Sández

Licenciada en Letras y periodista. Docente universitaria. Autora de La Argentina Fumigada (Editorial Planeta, noviembre de 2017). Autora en Editorial Planeta.

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