Derechos ganados y perdidos de los trabajadores

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Para los empresarios-presidentes Macri y Trump los trabajadores son un costo y no un sujeto de derecho. Desde 1890 el 1º de mayo se conmemora en nuestro país, empezó con un reclamo por la jornada laboral de 8 horas que se hizo en distintos idiomas y dialectos, de acuerdo al origen de cada laburante. Tuvo años trágicos y años de grandes victorias para los asalariados, pero hoy con Macri en el poder los derechos están  la baja y la lucha en alza.

El primero de mayo surgió en 1886 como jornada de lucha por los derechos laborales. Desde entonces muchas conquistas se han conseguido y muchas se han vuelto a perder. La historia de los trabajadores argentinos registra momentos de avances formidables en la legislación laboral y de sus condiciones de vida, alternando con épocas de retrocesos flagrantes y escenarios de pauperización socioeconómica. Un vaivén enloquecido que refleja que la historia es el escenario de una lucha incesante. La cita en EEUU del presidente argentino, Mauricio Macri, y el norteamericano, Donald Trump, fue el encuentro de dos poderosos empresarios-presidente para los que los laburantes son un gasto, una amenaza inmigratoria, o una gran cantidad de problemas políticos, pero en ningún caso son concebidos como sujetos de derechos. Todo indica que estamos viviendo una ofensiva sobre los trabajadores, el capital busca fluir y reproducir sus ganancias sacándose de encima el lastre de las conquistas históricas.

En 1890 se celebró por primera vez el primero de mayo en Argentina, fue en el barrio de Recoleta en Buenos Aires, se congregaron dos mil trabajadores que pedían por una mejora de sus salarios, pero sobre todo pidieron una jornada laboral de ocho horas, para poder tener ocho horas de esparcimiento y ocho horas de sueño. A la prensa de aquel entonces estos reclamos le parecieron escandalosos. El acto central contó con una docena de oradores, cada uno de los cuales habló en diferentes idiomas o dialectos. Era el país aluvional al que llegaban inmigrantes de todo el mundo, de diferentes culturas y credos. Pero aquel día, y en los años que vendrán encontraron un idioma común. Por más diferentes que fueran entre si tenían algo que los unificaba: eran trabajadores, afrontaban las mismas condiciones de existencia y empezaron a entender que solo si se unían y organizaban podían tener una chance de mejorar.

Sangre en las calles

En 1902 y en 1909 la conmemoración del primero de mayo fue sangrienta. La policía reprimió y se originaron enfrentamientos que terminaron con muertos y muchísimos heridos. Ante la protesta social las primeras reacciones de los gobernantes fue desarrollar una legislación represiva. Ante el surgimiento de los primeros sindicatos los empresarios acudieron a los despidos, el ninguneo y pidieron en forma vehemente el auxilio del Estado. El resultado de los reclamos en el poder judicial por parte de los obreros, fue que la Corte Suprema de Justicia caracterizó a las asociaciones gremiales como “Asociación Ilícita”.

El primer gobierno que empezó a tener al sindicalismo como un interlocutor válido y con el que negoció, fue el de Hipólito Yrigoyen. Incluso durante su gobierno se aprobó una ley para limitar las jornadas de trabajo que en esa época eran de 12 a 16 horas por día. Si bien ese gobierno radical tuvo dos tremendos momentos de represión sangrienta a los trabajadores como fueron La semana trágica en 1919 y la matanza en 1920, en la Patagonia, de cientos de peones rurales que protestaban por condiciones laborales infrahumanas; el balance general de esos años de gobiernos de la UCR constituyó un avance. Así lo testimonian las leyes logradas y los comentarios de la prensa y las organizaciones patronales que tildaron a ese período como “comunista” y no dudaron en derrocarlo en 1930 con un golpe de estado. Poco antes, el 28 de abril de 1930, Yrigoyen decidió instituir el 1° de mayo como “fiesta del Trabajo en todo el territorio de la Nación”, porque según los considerados “es universalmente tradicional consagrar ese día como descanso al trabajo”.

“Rechazamos la política de cercenamiento de los derechos laborales y los despidos y suspensiones, en un contexto económico cada vez más deprimido y recesivo y con inflación”. (Hugo Yasky)

Los años que siguieron fueron de retroceso. Como señala Daniel James en su libro “Resistencia e integración”, fueron años duros, de bajar la cabeza ante el patrón, de humillaciones y enorme merma de la actividad sindical. La llamada Década infame transcurrió con el doble fenómeno de un crecimiento incesante de la masa laboral y la ausencia del Estado en la regulación de las relaciones entre el capital y el trabajo.

Llegó Perón

A partir de 1943, con la llegada de Juan Perón a la Secretaria de Trabajo y Previsión Social, y más aún después de la aparición estelar del movimiento obrero en la escena política argentina el 17 de octubre de 1945 y el triunfo electoral de 1946, se generó una política integral de legislación laboral absolutamente inédita. Los sindicatos se convirtieron en interlocutores privilegiados para la discusión y concreción de mejoras en las condiciones de vida del trabajador. Excede en mucho a las posibilidades de este artículo enumerar esta revolución laboral, pero se tomaron muchas de las iniciativas que los socialistas habían propuesto, se extendieron al conjunto de los trabajadores conquistas que solo algunos gremios habían alcanzado. Descanso dominical y sábado inglés, vacaciones pagas, aguinaldo, indemnización por despidos, estatuto del peón rural, delegados de fábrica. El país se llenó de hoteles sindicales, espacios recreativos, la tasa de sindicalización alcanzó niveles de los más altos del mundo. Pero más allá de las leyes, en la vida cotidiana del trabajador los cambios se hicieron efectivos. Aumentó enormemente la participación de la fuerza laboral en la participación de las ganancias respecto del capital. Se modificó la Constitución Nacional en 1949 con una concepción volcada a los derechos sociales.

«Este 1° de Mayo no será de festejos sino de protesta y reclamos. No hay nada para celebrar, desde que se suceden los despidos, las suspensiones y los cierres de fábricas a diario» (Pablo Moyano)

Marcha atrás

El golpe de estado de 1955 restableció, de facto, la Constitución de 1853, intervino los sindicatos, fusiló, exilió, encarceló y censuró peronistas y militantes políticos y sindicales de un espectro bien amplio. Nuevamente los trabajadores se sintieron humillados. Muchísimas conquistas fueron anuladas.

El período histórico que va de 1955 hasta 1976 es el de un empecinamiento en destruir de raíz la argentina que quedó dibujada por el peronismo. Una cinchada que alternó momentos de avances y retrocesos. Pero la resistencia de los trabajadores fue incesante.

En gran medida el golpe de Estado de 1976 se propuso este objetivo. Destruir a sangre y fuego una cultura política y social reivindicativa de un espíritu plebeyo que no termina de subordinarse. Los años previos a la dictadura, especialmente desde 1973, son de una enorme conflictividad laboral y de recuperación de estándares de vida muy superiores a los que se alcanzaron en los países vecinos. El gran motivo de los perpetradores del Terrorismo de Estado fue doblegar al movimiento de trabajadores argentinos. Por eso el mayor número de desaparecidos es el de los laburantes. La excusa fueron las organizaciones armadas, pero estas ya estaban vencidas a fines de 1975.

La recuperación democrática en 1983 vino de la mano de un reclamo persistente de recuperar también los niveles laborales previos a la dictadura. De allí que se hayan realizado en los cinco años y medio de la presidencia de Alfonsín, catorce paros generales y una infinidad de conflictos. Los límites de la institucionalidad “republicana” siempre están en los bolsillos de los trabajadores. Más allá de toda legislación, muchas leyes de la dictadura a nivel laboral no fueron modificadas. El artículo 14 bis de la Constitución establece: El trabajo en sus diversas formas gozarán de la protección de las leyes, las que deberán asegurar al trabajador:

Condiciones dignas y equitativas. Protección contra el despido arbitrario. Estabilidad del empleado público. Retribución justa, salario mínimo, vital y móvil, jornada limitada, descanso y vacaciones remuneradas. Igual remuneración por igual tarea. Seguridad e higiene en el trabajo. Formación, cultura y elevación profesional. Participación en las ganancias de las empresas; control en la producción y dirección. Seguridad social irrenunciable. Seguro social obligatorio prestado por entidades con autonomía financiera y económica administradas por los interesados con participación del Estado. Protección contra el desempleo. Jubilaciones y pensiones móviles. Rehabilitación integral de los incapacitados. Fomento de la cooperación libre. Vivienda digna.  Y no es por casualidad que este artículo nunca se haya reglamentado.  

Pero el golpe más duro fue la hiperinflación que arrasó con el poder de compra y giró en forma compulsiva las ganancias a las arcas de los empresarios más poderosos de nuestro país.

Menem lo hizo

La llegada de Menem al poder en 1989 prometía “Salariazo” y llegaron: las privatizaciones, los despidos, las reformas de flexibilización laboral. Fue un gobierno que atentó duramente contra las conquistas laborales y el gobierno que lo sucedió,el de Fernando De la Rúa no solo acentuó dicho proceso sino que llegó al extremos de bajar salarios estatales en un 14%,, cuando la ministra de trabajo era Patricia Bullrich.

Los gobiernos kirchneristas desde 2003 se propusieron restituir derechos luego de casi treinta años de retrocesos continuos. Se volvieron a discutir salarios en paritarias, se fomentó el mercado interno y el crecimiento del empleo, se mejoraron las jubilaciones, el trabajo volvió a ser un derecho.

La llegada del macrismo al poder marca un nuevo rumbo en el péndulo. Otra vez se habla de trabajar los domingos, otra vez se menciona la posibilidad de bajar salarios para mantener empleos, nuevamente somos testigos de la apertura de las importaciones que destruyen el empleo nacional.

Este primero de mayo encuentra a los trabajadores en retroceso, con la necesidad de organizarse y volver a percibirse como un colectivo diverso. Si aquel día de 1890 hablando diferentes idiomas pudieron entenderse, es necesario que la enorme diversidad del conjunto de los trabajadores se perciba como una unidad frente a un gobierno que no ha dudado en su política y llenó su gabinete de empresarios que buscan maximizar ganancias. Tal vez uno de los gobiernos más clasistas que hayamos tenido.

@sergiodwy

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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