Día de los muertos para los femicidios y transfemicidios en México

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El antimonumento de los feminicidios, frente al Palacio de Bellas Artes de Mexico DF, fue el destino de la 4° Marcha de las Catrinas, mientras la comunidad trans hizo su ceremonia en honor a las compañeras asesinadas y fallecidas en el barrio Obrero con un altar que tenía cerveza, pan de muerto, dulces y preservativos. Viaje a los orígenes de la celebración del Día de los Muertos, que mutó de acuerdo a las pérdidas que enlutan al México actual.

Fotos:  Mailén Fox

Un docente en la UNAM pregunta: ¿Cuánto cuesta un sicario en México? Les estudiantes arrojan números al aire, ninguno con seguridad, pero el interrogante ya supone cierta familiaridad. Según las últimas cifras que anunció el gobierno federal, en México mueren por homicidio cerca 80 personas por día.

Los números son dolorosos y el programa del presidente Andrés Manuel Lopez Obrador (AMLO), electo en 2018 con más del 53% de los votos, parece no poder contener niveles de violencia sintomáticos. A once meses de haber comenzado el sexenio del gobierno de la Cuarta Transformación, proceso político que emergió con un nivel de popularidad sin precedentes, que derogó las leyes de educación de corte neoliberal y aumentó el salario mínimo al monto más alto de los últimos 16 años, los desafíos de cara a la violencia y el narcotráfico son preocupantes.

En el centro de esta ciudad convulsionada las ofrendas en la víspera del Día de Muertos son también un símbolo de denuncia y la oportunidad de tomar el espacio público.

El jueves 31/10, la comunidad trans llevó a cabo su ceremonia en honor a las compañeras asesinadas y fallecidas en el barrio Obrero. Se montó un altar que llevaba agua, cerveza, pan de muerto, dulces y preservativos. Frente a él, recordaron a la activista trans Alessa Flores, víctima de un transfeminicidio en 2016, quien había impulsado esta iniciativa como símbolo contra la violencia y la vulneración de derechos que sufren .

“En el 2016 contamos 80 asesinatos, en el 2017 contamos 68, en el 2018 fueron 59, y en lo que va del 2019 ya van 42 casos”, denunció Rocío Suárez, quien se encuentra al frente del Centro de Apoyo a las Identidades Trans que lleva cabo su propio registro. También se realizó la ofrenda Histórica de las trabajadoras sexuales, acompañadas por la comunidad trans y académicas, iniciativa que lleva 20 años en la misma delegación, Cauhtemoc.

El antimonumento de los feminicidios, frente al Palacio de Bellas Artes de la capital Mexicana, fue el destino de la 4° Marcha de las Catrinas el sábado 2/11. Esta vez la marea violeta se vistió de negro, llevó flores rosas y velas. Más de 80 catrinas encabezaron la columna de la marcha que levantó la consigna “Memoria, Justicia y Verdad por las Víctimas de Feminicidios”. Palabras que no dejan de recordar el histórico reclamo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo argentinas. Durante toda la tarde se escucharon tambores y canciones hermanas en la lucha internacional de las mujeres: ”Ahora que estamos juntas, ahora que si nos ven; abajo el patriarcado que va a caer, arriba el feminismo que va a vencer”. La colectiva llegó al Antimonumento y cubrió el mapa de la República con los nombres de las mujeres y niñas víctimas de feminicidio y desapariciones, y cruces que decían Ni una Más.

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Doña osamenta, la afanadora, la apestosa, la blanca, la cabezona, la calaca, la dientona, la elegante, la flaca, la guera, la más pareja, la mocha, la rasera, la tiesa, la trompada, la mostra. “Más de cien nombres para la muerte”, alardea un vendedor de Santo Domingo, al sur de la Ciudad de México (CDMX), mientras prepara una especialidad, el taco al pastor, delicia que por corriente no pierde su exquisitez.

Cien no parece mucho para el país que se ha ganado el reconocimiento internacional por el Día de Muertos. Tanto es así que Barbie ya ha sacado su versión Catrina y la Unesco lo ha declarado patrimonio de la Humanidad, por mencionar algunos de sus galardones. ¿Se agota su potencia en la astucia del mercado y la inercia de las redes sociales? Nada que ver. Ni el turismo ni el Halloween empañan sus significados, tantos que hablar de un único Día de Muertos parece un atropello. En la Ciudad se habla de festejos, en las comunidades indígenas se rinde culto, y lo resignifican las comunidades trans y feminista para visibilizar la violencia y los feminicidios de los que son víctimas.

Explicar lo que ocurre (o lo que no) tras la pérdida de los signos vitales es difícil tanto en términos colectivos como en el plano personal porque la mayoría de las veces el dolor opera como un síntoma insalvable. Pensar en la muerte y la vida después de ella es algo que nos interpela desde lugares incómodos, por intriga o por miedo la respuesta nunca nos conforma.

En México esta pregunta se plantea desde otros lugares no porque no haya temor a la muerte o porque exista alguna especie de romance con ella,  eso precisamente  le valió la condena de los conquistadores y hoy la estandarización detrás del mote de la Catrina que es exportada a todo el mundo. El hecho mismo de que las culturas mesoamericanas hayan tramitado a su modo, “la hora de la hora”, exige que nos saquemos, al menos por un rato, las anteojeras de la utilidad y el cálculo del costo beneficio para poder aproximarnos a este ritual masivo.

El significado de esta fiesta popular es escurridizo ya que cada uno de los 32 estados federativos lo celebra de maneras diversas. Con todo, este culto a la muerte que interrumpe la vida cotidiana es ofrenda y agasajo, es reunión, intimidad y encuentro. Esta sociedad que sabe de sicarios y de tomar las calles para festejar, se da una tregua para tender un puente entre el mundo de acá y el de allá. Tregua para recibir a sus pasados y elaborar de manera colectiva el aquí y el ahora.

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Ni bien llegamos a esta Colonia, cariñosamente apodada “Santocho”, un panadero nos anticipó que su Pan de Muerto era el mejor de la zona, que había que esperar a octubre para comerlo pero que no nos olvidemos de volver por él. Tal cual sus palabras, valía la pena la espera: el pan de muerto, pan que se parece a la factura, a la bola de fraile (manía del que está lejos y tiene que remitirse a las planificaciones de su barrio para hacerse entender), es una delicia sutil y corriente que se come únicamente para estas fechas. Lo elaboran las franquicias y las comunidades, en muchas de ellas el horno se socializa para poder agasajar a los muertos y a los vivos.

El Día de muertos es un proceso que para la mayoría culmina el entre el 1 y 2 de noviembre, fechas que coinciden con las descritas por la religión católica, es decir, Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, donde se reza por aquellas almas que aún permanecen en el purgatorio. Lo que no queda claro es cuando comienza, o mejor dicho, es imposible asignar una fecha única porque muchas comunidades estiman que las almas llegan del Mictlan dentro de un periodo más extenso que tiene que ver con el ciclo de las cosechas de maíz y una cosmogonía compleja. Cada una de ellas elige su fecha y articula sus actividades, el gobierno pone su calendario, los centros comunitarios y las iglesias los suyos. La mayoría convergen en la escena final donde despiden a los muertos en sus casas o en los panteones de sus barrios

En los tianguis las referencias a esta fiesta popular comenzaron hace algunas semanas con la venta de unas flores amarillas que poco a poco lo invadieron todo: las flores de cempasúchil. Los tianguis son ferias que abastecen a muchísimas personas de todos los productos que se puede imaginar, cuentan con una logística impecable, cada ocho días se montan y desmontan en apenas unas horas. Allí se consigue todo lo necesario para subsistir y, este mes, para el armado del altar. La ofrenda es una práctica que podría ser una de las cuestiones transversales a todas las ceremonias, parece ser el hilo conductor, y se convierte en una preocupación central ya que, a través de ella, los vivos agasajan a sus muertos.

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“Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros” (Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad, 1950).

Así resumida por el premio Nobel de Literatura, esta mirada es en algún punto extensiva a la mayoría de los pueblos latinoamericanos, pero no deja de ser problemática, sobre todo cuando se tiene en cuenta que detrás de ese elogio a la celebración se esconden, muchas veces, la desigualdad y la violencia. El peligro es doble, porque corrernos de “eso colectivo” (que escapa a la eficacia del norte y la rigidez del viejo mundo) es renunciar a los lugares comunes que aseguran nuestra continuidad como comunidades latinoamericanas, en tanto somos mucho más que dependientes en nuestra condena a nunca llegar al progreso que nos vende el primer mundo

Esa gimnasia de suspender el ritmo de la vida cotidiana y embadurnar la vía pública del merchandising que cada una de las fechas del calendario requiere es una virtud. En noviembre, los altares a la Virgen de Guadalupe, desparramados quirúrgicamente en puntos centrales de todos los barrios, se camuflan entre las Catrinas y las calabazas de Halloween. Por lo menos así pasó en CDMX desde Santo Domingo, barrio popular del sur, hasta Polanco, uno de las delegaciones más fresas ubicada al norponiente.

La catrina remite a la figura de la “Calavera Garbancera” creada en 1870 por José Guadalupe Posada Aguilar. Este símbolo atávico que llevaba puesto un gorro de estilo europeo era una metáfora de ciertos sectores dominantes que querían negar sus raíces indígenas. Este caricaturista realizaba una crítica satírica en la prensa y en lo que posteriormente se conoció como el género de la “calavera literaria”, versos tradicionales que denunciaban la realidad social y política con rimas burlonas. La Calavera fue retomada por el muralista Diego Rivera, quien la denominó Catrina, y junto a otros artistas de la época la resignificaron como un símbolo típico de la mexicanidad propuesta por el proceso que inauguró la Revolución Mexicana. Según el antropólogo  Claudio Lomnitz,  el descubrimiento de esta familiaridad y cercanía con la muerte se convirtió en una imagen paradigmática del mestizaje como proyecto estético y parámetro de guía política.

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La pregunta por el origen de las prácticas rituales vinculadas al Día de Muertos es capciosa y parece ser un obsesión de la prensa que trabaja para el turismo. Se habla de identidades estáticas y se crean, muchas veces, imágenes algo confusas del aquí y el ahora, banalizando la diversidad de formas de habitar y entender el mundo que conviven en Mexico. Sin embargo, hablar sobre las continuidades y las rupturas dentro de esta tradición es complejo y demanda narrativas que escapan al ritmo propuesto por las redes sociales. El semiólogo Julio Horta nos invita a pensar una cuestión de fondo: “Lo que nosotros vemos como ofrenda de día de muertos es un texto que se ha venido traduciendo desde diferentes procesos culturales en donde la existencia contemporánea alude a elementos prehispánicos, de la colonia y de la religión católica en sus diferentes acepciones. Nosotros podemos observar fenómenos culturales, manifestaciones específicas de una comunidad, pero lo que vemos es el resultado de un proceso temporal de traducción donde diferentes fenómenos sociales se están brincando y traduciendo entre sí mismos”.

Con sus palabras nos alejamos de esa idea conservadora donde si se pierde uno de los elementos de lo considerado “originario” se pierde una supuesta esencia, y nos acercamos a pensar la diversidad de esta dinámica. “La ofrenda es muy interesante porque está contando significados textuales de representaciones prehispánicas, como por ejemplo el Tzompantli, la idea de trascendencia y de regreso del mundo de los muertos, con una idea de luz, camino y de guía, que están representadas por las flores, la veladora, la cruz, que tiene una connotación religiosa católica. Entonces hay muchos elementos que nos permiten inferir como se ha ido dando esa traducción del texto que hoy llamamos Día de Muertos”, agrega Julio en la Cafetería de la Universidad Autónoma de México, UNAM.

Julio investiga junto a estudiantes de la carrera de Comunicación cómo se dan estas ofrendas en muchas comunidades lejos de CDMX y advierte los problemas que provoca la imposición de modelos de representación con objetivos únicamente mercantiles. Frente a la pregunta por Coco, la película de Disney que describe el Viaje a Mictlan (narrativa que da cuenta del camino al inframundo por las comunidades prehispánicas), Julio respondió con fuerza: “Para el imaginario de estas empresas, la trascendencia, el Mictlan, las representaciones del espíritu religioso de comunidades prehispánicas que subsisten en nuestro país, o de comunidades religiosas católicas, sobre el cielo o el arrepentimiento, se traduce a una especie de ciudad cosmopolita con trenes, torniquetes y juegos mecánicos. El otro mundo es uno capitalista, mientras que el de la abuelita es campesino, agrícola, un pueblo tradicional. Si el otro mundo es una ciudad, en el otro mundo eres ciudadano, trabajador. ¿Y qué está generando esa lectura? Que el intérprete se sienta familiarizado y recree el mundo obreril”.

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“En Xochimilco es una cosa muy distinta, cargada de sincretismos, nuestra alcaldía conserva usos y costumbres comunitarias, tenemos 14 pueblos  originarios y 18 barrios, y en cada uno de ellos cambia la forma en que se celebra. En el centro, comienza en octubre pero se intensifica el 28 porque se acostumbra ir recibiendo a los muertos esa noche de acuerdo a la forma como murieron o la edad que tenían, los accidentados, los niños, las mujeres que murieron en el parto. En pueblos como Nativitas o San Gregorio, se acostumbra recibir a los niños el 31 y el 1 a los grandes”, relata Cecilia Escamilla, embajadora cultural de la comunidad de Xochimilco, “La Flor más Bella del Ejido 2017”. Cecilia es estudiante de Ciencias Políticas de la UNAM y participa activamente en su comunidad promoviendo la revalorización de las prácticas de sus pasados y el sentido de pertenencia como elementos centrales de su organización cultural, política y económica. Xochimilco está ubicada al sureste de CDMX, allí se encuentran los restos de la compleja red de canales mexicas y las chinampas, técnica agrícola extendida en la cultura prehispánica de los pueblos mesoamericanos.

El relato de Cecilia, que siempre lleva sus collares y remeras tejidas, guapísima, permite articular esta potencia del ritual que es al mismo tiempo, resignificación, especificidad, y mexicanidad:  “Aquí se acostumbra poner ofrendas y los tapetes de acerrin, como en el resto del país, pero también a realizar calavereadas dado que somos pueblos que conservan un sentido de organización y comunidad importante. Se realizan recorridos durante las noches, es un sincretismo que se tiene con Halloween. Preparamos comida para los difuntos, mole, tamales, frutas, y eso les entregamos a los que llegan a pedir calaverita”, refiere. Además, Cecilia recuerda su infancia en San Gregorio, uno de los pueblos de Xochimilco: “Aquí se tiene la costumbre de rezar y cantar. En San Gregorio, donde viví mi niñez, se canta una canción que incluye un fragmento de Padre Nuestro y es interesante ver cómo se combina en las rimas aún hoy la realidad que está viviendo la comunidad con personajes populares de la cultura mexicana: ‘Ya llegaron abuelitos a pedir sus tamalitos, ya llego la chilindrina a pedir su mandarina’”. Al igual que en el resto de los pueblos, estas prácticas rituales comunitarias ayudan a comprender muchas de sus actividades el resto del año: “Se conserva un sentido de pertenencia a partir de nuestras actividades económicas, ya a finales de septiembre se pueden ver en San Gregorio y Caltongo, producciones enormes de flores de cempasúchil, que se exporta a diferentes lugares”.

En Santa Cruz Acalpixca, Xochimilco, se encuentra ubicada una zona arqueológica denominada Cuahilama donde existía un centro ceremonial prehispánico. Allí, mucha de la liturgia sobre Día de Muertos reaviva la cultura náhuatl, que es como se refiere a los pueblos etnolingüísticos que hablaban esta lengua y a través de quienes hemos podido conocer gran parte de la cosmogonía prehispánica.  “Hay rezos que incluyen dentro de la Calaverita a sus Santos, porque cada pueblo tiene su dirección, su esencia, hay quienes plantean que con cada Santo hay un sincretismo de la tradición prehispánica, así escondían las creencias propias. Estos rezos están ligados a rendirle ofrenda a algún elemento de la naturaleza, como por ejemplo Tláloc, que es el licor que embriaga la tierra, la lluvia, no significa dios ni nada”, señala Cecilia mientras se cambia luego de terminar su práctica de danzas.

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Cuando entramos a la casa de Jesús él se encontraba explicando de qué va la ofrenda montada en su casa y llevaba un cartel que lo presentaba como parte organizadora del staff de Mixquic. “La ofrenda se divide en tres, la parte de arriba es el cielo, la del medio es la tierra y debajo el inframundo”, comentaba mientras mamá cosía a máquina detrás de él. Mixquic es uno de los pueblos originarios de la delegación Tláhuac, al sureste de CDMX, su nombre proviene de la etimología náhuatl “mizquitl” y es conocido por la celebración de Día de Muertos ya que atrae a muchísimos turistas de todo el mundo.

“En la ofrenda cada cual pone lo que le gustaba a sus fallecidos, pero no puede faltar el agua, la sal, las frutas, el Pan de Muerto, y el gollete, que es ese pan duro con azúcar violeta, muchos te lo venden para comer pero no se come. El gollete junto a la caña de azúcar representa el Tzompantli y la lanza mexicana. En el panteón, al fondo, donde en estos días se congregan muchos vecinos para limpiar y preparar el camposanto, hay un Tzompantli, una cadena de calaveras” continúa Jesús, mientras prepara unos tamales de piña y raja exquisitos, y sigue llegando gente guiada por las flores de cempasúchil que van desde la puerta hasta el altar, son la guía para los muertos. El Tzompantli era una estructura que consistía en la exhibición de cráneos en hilera y era utilizado por muchas comunidades prehispánicas mexicas.

“Yo soy de la religión católica, por eso en la ofrenda de mi casa hay símbolos de esa religión, pero podría no haber, cada ofrenda es algo muy personal, íntimo de cada familia. El pan que ven ahí, lo hicimos nosotros, muchos no tiene hornos por eso se organizan las familias para producir el pan que le entregamos a los chiquitos que piden la calavera, nada de dinero le damos”, agrega este joven que forma parte de un colectivo que se llama Mixmole y, desde 2010, organiza junto con los vecinos el corredor de Mixquic, el cual incluye actividades recreativas, música y bailes. Este año sumaron la pintada de una serie de murales donde participaron artistas de todo México e Italia. En Mixquic, la ceremonia tiene su momento fuerte el 2/11 por la noche, cuando se guía a las almas hacia el regreso al Mictlán con velas y ofrendas en el panteón del pueblo. Allí se reúnen miles de turistas que presencian toda la jornada.

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“Por qué nos visitan los muertos, y por qué nosotros los que no tenemos una raigambre tan indígena seguimos siendo bien indios a pesar de que no lo sepamos, tiene que ver con el tonalli, con el regalo del sol, no son las ánimas del purgatorio. La visita de los muertos tiene que ver con que los muertos no son tan muertos”, plantea Mauricio González, sentado un bar de Coyoacán. Él es etnólogo y trabajó con las comunidades de la Huasteca, un territorio pluricultural con una memoria de luchas agrarias, ocupaciones y desapariciones donde el amor a la tierra tiene un lugar central. La Huasteca comprende parte de los estados de San Luis Potosí, Veracruz, Hidalgo, Puebla y Tamaulipas. Según relata, el tonalli refiere a “un don del sol que todos los recién nacidos reciben, es caliente, tiene que conservarse con trabajo, servicio comunitario y maíz. El complejo es muy alto, porque tienen un deber ser sobre el trabajo que incluye a toda la comunidad”.

Mauricio reflexiona con muchísima sensibilidad y precisión acerca de lo que se conoce como Xantolo o Santorum, que forma parte de un complejo ritual que comienza con el Carnaval, en febrero, y termina con San Lucas, en noviembre. “Es una cosa complejísima, durante todo el mes de octubre están los muertos repartiendo con la comunidad. Se hacen pequeños altares, con cruces, para recibirles y hacerles saber que son bienvenidos. Además, muchos de ellos son los familiares de la casa”. “Recibir invitados es algo muy importante, es lo que te tocó pero también es la dicha de traer a los que quieres. Ahí lo que veo que falla de muchas lecturas, es que finalmente seguimos recibiendo a nuestros amores, entonces la muerte no es tan muerte y no alcanza para pensar esta presencia y memoria. Son lazos amorosos que se re actualizan, así como otros dolorosos, de violencia, de gente que hizo daño y marcó la vida de la persona y la comunidad. Por eso es una oportunidad para hablar de cosas de las que no siempre es fácil convocar y  permite la posibilidad de colocar en lugares menos dolorosos. Y eso se ve también en las redes sociales, muchos en estas fechas se permiten hacer presente a los suyos.”, señala Mauricio, que además es psicoanalista.

“Son pueblos que se han hecho cargo de todo, de la muerte, la fertilidad, el sol, de sus enemigos, y en un momento en que el colapso climático esta como esta. Cuando uno ve la complejidad de su política puede correrse de la mirada que lo ve como una simple creencia: ellos perdieron el mundo hace más de 500 años y siguen, y se hicieron cargo del cielo, la tierra, la lluvia. Hay algo trágico y conmovedor, porque ellos pueden enseñarnos de autonomía sin externalidades, nada le es ajeno, lo que nosotros vemos como recursos para ellos son agentes sociales. Se parece más a las ecologías que se están creando. Los muertos nos hacen ver eso, también”, concluye Mauricio mientras termina su café.

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