El camino de la apostasía

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Con el movimiento feminista y la lucha por la legalización del aborto se revitalizó el debate sobre la necesidad de separar a la iglesia del Estado. La apostasía surgió como rechazo al lobby religioso contra los derechos de las personas. En los últimos meses 5 mil bautizados iniciaron el trámite de manera colectiva. El periodista cordobés, Waldo Cebrero, narra su experiencia de renuncia a la iglesia católica: “Hay gente que me confiesa que agarró mi caso como modelo y algunos hasta me consultan detalles del trámite”, cuenta. Los prejuicios, las trabas y el mito de que el Estado paga por cada fiel.

 –Hice la apostasía como renuncia a la Iglesia, pero para la Iglesia fue tomado como la renuncia a la fe, que no es exactamente lo mismo.

Waldo Cebrero es periodista, tiene 35 años y vive en Córdoba. En agosto terminó el trámite de la apostasía: fue el primer caso del obispado de Cruz del Eje, municipio cordobés. Allí, en un pueblo llamado San Carlos Minas, al noroeste de la provincia, Waldo fue criado y educado por su familia en el culto católico.

–La mayoría de los que hacemos la apostasía es por una cuestión política –explica–. Como una negación a la institución, ya sea porque estamos desilusionados, ya sea porque no queremos estar más en un lugar que no nos representa. En mi caso perdí la fe en la adolescencia pero conozco personas que siguen profesándola. Hay un abogado, Carlos Lombardi, que hizo juicios contra curas pero es un tipo que reza todos los días y hace poco hizo la apostasía. O el caso de los cinco curas cordobeses que dejaron los hábitos, uno de ellos no bautizó a su hijo pero sigue teniendo fe.

Para el Derecho Canónico, la apostasía es un delito religioso consagrado en el Canon 751, y tiene castigo: significa la excomunión. Es decir: si alguien demuestra la voluntad de no creer más en Dios es considerado como un máximo pecador. “Sin embargo, cualquier persona está habilitada para expresar la decisión de dejar la Iglesia Católica enviando una carta al obispado en cuestión –al cual pertenece la parroquia donde se bautizó-, exigiendo que se modifiquen los registros donde figura como una persona católica”, se explica en el sitio www.apostasía.com.ar, donde, además, se aclara que la carta “no debería tener demasiadas justificaciones, dado que la decisión de dejar de pertenecer a la institución es íntima y no es necesario dar explicaciones”.

La Ley 25.326 de Protección de Datos Personales ampara a los creyentes que buscan la desafiliación. En su artículo 16, la normativa establece que “toda persona tiene derecho a que sean rectificados, actualizados y, cuando corresponda, suprimidos o sometidos a confidencialidad los datos personales de los que sea titular, que estén incluidos en un banco de datos”.

Una iglesia contradictoria

La Iglesia Católica, sin embargo, no quiere borrar los nombres. “Es algo nuevo para la institución lo de la apostasía, les estalló en las manos después de lo que ocurrió con el debate sobre la legalización del aborto –continúa Cebrero–. Antes recibían diez consultas por año y ahora están sobrepasados. Muchos sacerdotes admitieron que no saben cómo acomodarse a estos nuevos tiempos, tanto desde lo administrativo como desde lo legal. En mi caso, después de terminar el trámite de la apostasía, en mi acta bautismal figura que rechacé la fe, pero el acta no se eliminó”.

“Para la Iglesia siempre vas a estar bautizado. Tu bautismo existió y está registrado en un libro que es un documento público, nadie va a borrarlo. Lo que estás haciendo ahora es decir: ‘Yo no creo más y quiero manifestarlo’”, le respondió Dante Simón, vicario judicial del Arzobispado de Córdoba.

Apenas supo del fin de su trámite, Cebrero narró su experiencia en una crónica en primera persona para el diario “La Voz del Interior”. Nunca antes su Facebook había tenido tantos “likes”.

–Hubo quienes escribieron para darme su respeto, pero lo que se destacó fue la ridiculez y las lecturas reduccionistas. Por ejemplo, gente que toma la apostasía como una guerra entre Macri y el Papa Francisco.

El periodista habló con Nuestras Voces y reflexionó sobre los detalles de un acontecimiento que, desde que salió a la luz, ha sido tomado como una influencia para cientos de cordobeses. “Hay gente que me confiesa que agarró mi caso como modelo, y algunos hasta me consultan detalles del trámite”, dice, no sin cierto pudor.

–¿Cuándo empezaste a pensar en la apostasía?

–Fui educado en la religión por mi familia, incluso llegué a ser monaguillo. O sea que, salvo casarme, pasé por todos los sacramentos. Pero cuando era adolescente fui cuestionando la fe, encontré contradicciones, sentí decepción por los curas, me rebelé contra mi familia, y esas cosas que siente cualquier pibe. Y cuando falleció mi abuela “Muneca”, en 2012, decidí ir a fondo, aunque hacía años que estaba afuera de lo religioso, que ya no me importaba. Mi abuela me educó como si fuera mi madre y era ultracatólica. No sé si me hubiera animado con ella en vida. Y hablo de animarse porque la apostasía es un hecho público que sale de lo privado para expresar una voluntad que no se reduce a lo meramente individual.

–¿Y el trámite cuándo lo iniciaste? ¿Te llevó tiempo?  

–Empecé el trámite antes que fuera el auge de las apostasías colectivas. Por eso me salió el 9 de agosto, en plena efervescencia por la legalización del aborto. Tuve que hacer un proceso de investigación y, a la vez, desterrar ciertos prejuicios. Comprobé que la Iglesia no recibía plata por mí, como creía antes. No es que por haber sido bautizado, el Estado les daba un dinero.

En los últimos meses se presentaron tres proyectos de ley donde se plantea la separación definitiva de la Iglesia del Estado. Según la Coalición Argentina por un Estado Laico (CAEL) –que a partir de 2009 suele organizar por redes sociales apostasías colectivas–, desde el rechazo del Senado a la legalización del aborto las consultas crecieron ostensiblemente: cerca de 5 mil bautizados iniciaron el trámite. El argumento que predomina entre los que buscan la desafiliación es el de la separación Iglesia-Estado.

“Muchos se indignaron al escuchar a los legisladores invocar a Dios para rechazar la legalización del aborto. Este fenómeno ya había pasado con Alfonsín cuando se trató la Ley de Divorcio. Lo que no todo el mundo sabe es que el presupuesto que se destina a la Iglesia se reglamentó por artículos y leyes de la última dictadura militar y aún continúa”, explicaron desde la Coalición.

La maternidad será elegida o no será

En su investigación periodística, Waldo Cebrero pudo comprobar que los 167 millones de pesos que el Estado le transfiere a la Iglesia es sólo para sueldos de obispos, sacerdotes, vicarios y seminaristas. “Pero el bautismo imprime poder –explica–. Le permite a la Iglesia decir que en el mundo somos 1.300 millones de católicos. Cada cinco años, la Iglesia argentina envía un informe al Vaticano notificando los bautismos y ese padrón es una de las variables del peso político que tiene cada iglesia. El año que viene presentarán el próximo informe”.

Según la Primera Encuesta sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina, elaborada en 2008 por el Conicet junto a cuatro universidades públicas –en el Censo Nacional no existe estadística sobre los cultos–, el 95 por ciento de la población argentina reconoció haber sido bautizada y el 76 se declaró católica. Sin embargo, apenas un cuarto admitió ejercer el culto.

–¿Qué pudiste averiguar sobre tu provincia, que de por sí tiene una historia tan ligada a lo católico?

–En la provincia hay 17.709.503 bautizados, según datos del Arzobispado de Córdoba. Cerca de unos 80 mil en los últimos dos años y medio, y 26 mil en lo que va de 2018. Lo que es notorio es que las nuevas generaciones están desconectadas de lo religioso, y la práctica del bautismo continúa aunque perdió impacto. Mientras que por otro lado aumentó el pedido por apostasías, pero no todas se concretan.

–¿Por qué no se concretan?

–En teoría la apostasía es un trámite sencillo, en la medida en que una vez que se tiene el acta de bautismo, se escribe una carta al obispado en cuestión o se llama por teléfono (en mi caso lo resolví por WhatsApp), y la Iglesia no puede objetarte nada. Sí o sí, va a terminar saliendo. El tema es que a no todos les pasa lo mismo: hay quienes se les exige ir personalmente, a otros les hacen ir varias veces al correo y a otros ni les atienden el teléfono o los hacen llamar al otro día. Hay parroquias que han puesto trabas, diciendo que no tenían el archivo disponible, u obispados que por intermedio de los vicarios buscan que les expliques tus fundamentos, cuando eso no es obligatorio. Entonces se genera un desgaste que hace que las personas queden en el camino.

–¿Vos lo resolviste por WhatsApp?

–Sí, pero antes tuve que hacer un proceso, leer bastante. Un amigo, Enrique Escudero, que es un activista, un librepensador, me puso en tema. Investigué sobre el derecho canónico. Todo eso me dio herramientas más firmes para argumentar mi decisión. En mi caso llamé directamente a la cancillería católica –de la diócesis de Cruz del Eje–, que es la encargada del trámite. Pedí que no fuera burocrático, se hizo más fácil. El canciller trató de convencerme, me mandaba mensajes de WhatsApp, me compartió algunas lecturas, pero no hubo caso. Hasta me compartió una carta que le dan a los que quieren hacer la apostasía para que se arrepientan. Se rindió al verme firme y como dijo que se trataba de un trámite “insignificante” para la Iglesia, le propuse entonces que lo hiciéramos por mail. Aceptó.  También le exigí un certificado o una copia de mi acta. Me dijo que eso no era parte del protocolo, pero haría una excepción. Le escribí esa misma noche, sólo puse mis datos precisos. La respuesta llegó por WhatsApp el 9 de agosto: “Ahí tenés, para que te quedés tranquilo!”, me dijo. Y adjuntó una nota sellada y firmada que dice: “Por medio de la presente doy fe y constancia de que el señor Waldo Cebrero realizó formalmente su renuncia a la fe católica y fue inscripto en su acta bautismal del libro XX folio 220 de la iglesia Inmaculada Concepción de María la siguiente nota marginal: apostó de la fe católica el 31 de julio de 2018”.

–¿Cómo reaccionó tu familia?

–Hubo silencio, me entendieron. Ellos son católicos aunque no son gente cuadrada. Me llegó el comentario que una tía estaba dolida y dijo algo así como qué habría pasado si mi abuela estuviera viva. Consideré inoportuno por ahora charlar del tema con ellos. Luego me pasó algo curioso. A los pocos días de mi apostasía, me invitaron a un debate televisivo con un vicario judicial, un tipo especialista y muy preparado. Lo anecdótico es que su principal argumento frente a cámara fue interpretar que la apostasía nace de un enojo personal contra la Iglesia, no como un acto de voluntad política. Lo planteó en esos términos: que cuando hay enojo, no puede existir libertad. Para pensar ese tipo de respuesta, ¿no?

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Juan Manuel Mannarino

Juan Manuel Mannarino

Periodista. Colabora en este portal, en la revista digital Anfibia y el sitio Cosecha Roja. Es docente de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata y escribe obras de teatro.

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