El eterno retorno del interventor Barrionuevo

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La primera experiencia de Luis Barrionuevo como interventor fue en 1979, cuando la Dictadura Militar lo puso al frente del gremio gastronómico y se convirtió en interlocutor sindical de los militares. Ya en democracia, el flamante interventor del PJ, se hizo célebre por su frase en lo de Mirtha Legrand asegurando que “hay que dejar de robar por dos años” mientras era funcionario menemista. Agregó su legado también el “nadie hace la plata trabajando”. Incondicional aliado de Mauricio Macri, el partido judicial lo posicionó como alfil en el tablero electoral 2019, donde Macri buscará su reelección.

Foto: Presidencia

En esta Argentina que supera la ficción con realidades que descolocan, el poder judicial dio otro paso en su carrera por judicializarlo todo. La Jueza María Romilda Servini, en tiempo récord, falló la intervención del Partido Justicialista, nada menos, y designó como su interventor a Luis Barrionuevo, nada menos. El texto en donde argumenta su decisión está plagado de consideraciones políticas, entre ellas considera que las derrotas de 2015 y 2017 justifican la medida. Si esto rigiera como antecedente, solo los ganadores de una elección estarían a salvo de la discrecionalidad judicial.

Los noventa vuelven como comedia. Dos personajes emblemáticos de aquella época vuelven a tomar protagonismo: La Jueza, que ya no lleva el apellido Cubría, pero si las mañas, se hizo muy famosa cuando en el domingo 10 de mayo de 1992 mediante una orden judicial obligó a realizar dos breves cortes en el programa de Tato Bores. Las imágenes prohibidas fueron remplazadas por una placa negra que decía ‘censura judicial’. Servini así intentó impedir que se la nombrara recordando la ridícula multa que aplicó, sesenta dólares, por un sonado caso de corrupción menemista. La respuesta de Tato Bores fue inolvidable: Pappo, los Soda Stéreo, León Gieco y Luis Alberto Spinetta, mezclados con Mariano Grondona, Víctor Hugo, Susana Giménez, Mirtha Legrand junto a muchas otras celebridades del momento cantaron en coro “la jueza Barú Budú Budía es lo más grande que hay” frente a la prohibición de decir su nombre.

El caso de Luis Barrionuevo es más dilatado en cuanto a momentos estelares de repercusión mediática, pero sin duda su hit consagratorio fue en 1996, cuando era funcionario menemista como titular de la Administración Nacional del Seguro de Salud y en la Mesa de Mirtha Legrand declaró: “Hay que dejar de robar por dos años”.

Quien es este personaje siempre vigente de la política argentina y que la eterna jueza con competencia en lo electoral, a sus 81 años y sin voluntad de jubilarse, acaba de poner al frente del Partido Justicialista, tal vez como tributo para posibilitar su continuidad.

Barrionuevo tiene 76 años y le siguen diciendo Luisito. Nació en Catamarca y, según algunos biógrafos, fue monaguillo, lavacopas, cadete, peón de albañil, verdulero, cafetero y conserje de un hotel alojamiento. Lo único que no habría sido es mozo. Su suerte empezó a cambiar cuando se acercó al dirigente Casildo Herrera en la seccional San Martín de la Asociación Obrera Textil, según cuentan, como fuerza de choque. Años antes de que Herrera se convierta en secretario general de la CGT y pasara a la historia con su frase “Yo me borré” en referencia al golpe de 1976. Con este apoyo Barrionuevo alcanzó la secretaría general de la seccional San Martín de los gastronómicos. En 1975, discrepó de la conducción del sindicato y zanjó la cuestión tomando la sede del gremio y desalojó al secretario general, Ramón Elorza, a punta de pistola. El derrocamiento de Elorza lo justificó fácil: “Conspiraba contra la familia gastronómica”.

Neologismo judicial

En 1976, tras el golpe militar, fue desalojado él mismo, y tres años después la propia dictadura lo restituyó en el cargo y pasó a ser un interlocutor sindical de los militares, la CGT oficialista.

En las elecciones de 1983 fue tercero en la lista del PJ que encabezaban Herminio Iglesias y Jorge Triaca, padre del actual ministro de trabajo. Los radicales volvieron a intervenir el gremio gastronómico y Barrionuevo los enfrentó, secretamente apoyado por una quintacolumna del propio gobierno que era el misterioso jefe de la Coordinadora, Enrique “Coti” Nosiglia. En 1985, Nosiglia consiguió nombrar a su correligionario Rafael Pascual al frente de la obra social de Gastronómicos. Y esto sellaría una asociación que –según algunas fuentes– se prolongaría hasta el presente: oportunamente la frepasista Graciela Rosso, que integró la conducción del PAMI, denunció que Barrionuevo y Nosiglia eran prestadores de esa obra social.

Esta sociedad se afianzó cuando los radicales apoyaron secretamente la candidatura de Menem para que enfrente a Antonio Cafiero, al que consideraban, erróneamente, el candidato más peligroso. En esos encuentros frecuentes circulaba dinero que iba a parar a la campaña interna de Carlos Menem para socavar las posibilidades de Cafiero. Para ese entonces el catamarqueño había logrado ya el control total del sindicato gastronómico. Barrionuevo ha dicho sin ambages que él puso un millón de dólares para el riojano y todo el mundo recuerda cómo le armó -a fuerza de aparato– el acto cenital de su campaña en la cancha de River Plate.

Macri lo hizo: impuso su juez electoral

Como retribución, Menem lo puso al frente del Instituto Nacional de Obras Sociales (INOS), que pasaría a llamarse después Administración Nacional del Seguro de Salud (ANSSAL). Pero tuvo que pasarlo a un discreto segundo plano cuando soltó una de esas frases -.brutalmente cínicas y sinceras– que lo han hecho famoso: “Nadie hace la plata trabajando”. Poco después, en un reportaje que le hizo la revista Gente, le explicó al cronista cómo había sido su propia experiencia: “Lo que te puedo decir es que el dirigente accede a otros ingresos. Uno le encarga un trabajo a un abogado del gremio, por ejemplo, y él le deja un porcentaje de sus honorarios. Es lícito: él deja un porcentaje que vos lo tomás para tus gastos, es una comisión para gastos. Vos lo tomás como caja, una caja que además te permite no entrar en el curro de las sobrefacturaciones”. Por ese entonces pronunció otra de sus frases célebres “Soy un recontraalcahuete de Menem”.

En su libro: Donde manda la patota, el periodista Gustavo Veiga traza un pormenorizado relato del congreso de la CGT, celebradol 10 de octubre de 1989, donde la barra brava de Chacarita, arrolló violentamente a los partidarios de Saúl Ubaldini. La crónica consigna que Barrionuevo presenció lo que ocurría desde el primer piso del Teatro San Martín, rodeado de otros dirigentes del sindicalismo menemista. El ex congresal Dellatorre evoca que el comentario generalizado era que Barrionuevo daba instrucciones desde arriba, desde los ventanales del primer piso. A él sí lo había visto pasar por el hall rodeado de un grupo pesado. Si se movía, marcaba una presencia. Después, en el programa de su aliado Bernardo Neustadt comentaría con la misma tranquilidad: “No estamos eligiendo la cúpula de la Iglesia, así que hubo algunos sopapos”. En 1993 se convirtió en presidente del club Chacarita Junior, y fue su amo y señor hasta el 2005.

El otro caso espectacular que protagonizó fue en marzo de 2003, cuando pretendió ser gobernador de Catamarca. La justicia impugnó su candidatura y entonces avisó “si no hay boletas del PJ no hay elecciones”, acto seguido llevó a muchos de sus partidarios a hacer piquetes en los colegios y hasta se llegaron a quemar urnas. La historia electoral de Catamarca tuvo allí uno de sus días mas negros. El entonces presidente Duhalde declaró a la prensa: “Se trata de un presonaje (Brrionuevo) que no puedo controlar”.

Durante los doce años de kirchnerismo fue un opositor intermitente que no dudó en aliarse a la Mesa del Campo en 2008 . Junto a un grupo reducido de gremios fundó su propia CGT, la Azul y Blanca, que le sirve para negociar espacios dentro del mundo sindical. Apoyó abiertamente a Cambiemos en 2015 y salvo un aislado exabrupto, es un fiel aliado de Macri.

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