Energía: el eterno dilema venezolano

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La semana pasada un apagón eléctrico dejó en la oscuridad a 20 de los 24 Estados venezolanos. El corte ocurrió luego de que Estados Unidos dijera que en lugar de una intervención militar directa va a agudizar el cerco operativo, financiero, el acoso y los sabotajes contra el país, y un senador de Trump advirtiera que “Venezuela va a entrar en un período de gran sufrimiento”. La central hidroeléctrica que paralizaron es una de las cinco más grandes del mundo, y fue diseñada y construida en los 60 por un consorcio norteamericano. Más de la mitad del petróleo que se produce es vendido a Estados Unidos. El origen de un modelo energético fallido. Las medidas de Hugo Chávez para revertirlo. Los errores y los aciertos. ¿Es posible un esquema energético alternativo?

DESDE CARACAS. La noticia, el acontecimiento: veinte de los 24 estados de Venezuela sufrieron un apagón eléctrico, casi total en varios de ellos. Esto paralizó en un enorme porcentaje, por varios días (tres en algunas zonas, hasta seis en otras) el funcionamiento del país: se detuvieron el bombeo de agua potable, el suministro de combustible, el comercio, la electricidad dejó de alimentar a las viviendas.

Los análisis: uno indica que la falta de mantenimiento ha pauperizado el sistema eléctrico nacional a tal punto que ya sus instalaciones son inservibles y para recuperarlo hará falta una inversión de miles de millones de dólares y varios años de trabajos profundos. Una semana transcurre, el suministro eléctrico se normaliza, y entonces resulta que el mantenimiento de un sistema destruido podía resolverse en pocos días. La respuesta a eso que el lector está pensando es NO: Venezuela no pudo haber sacado de la nada miles de millones de dólares ni reducir a una semana los trabajos profundos de “varios años”.

El otro análisis tiene su sustento y sustrato en obviedades tan obvias que valdría la pena obviarlas, pero hay que volver sobre ellas, aunque sea para no olvidarse de ellas: si la maquinaria de guerra más poderosa del planeta tiene varios meses diciendo que va a sacar al presidente de la República de manera violenta y lo va a encarcelar, y que en lugar de una intervención militar directa va a proceder a estrechar un cerco operativo y financiero; que lo va a acosar, a sabotearlo, a convertir la vida de sus ciudadanos en una pesadilla inhabitable, y “de pronto” hay un colapso en el centro tecnológico del sistema que alimenta a las tres cuartas partes del país, a usted no le queda sino tomarse esas amenazas son serio.

El origen

Más que paradojas, las situaciones y configuración estructurales que hacen vulnerable a Venezuela en materia energética obligan a replantearse la solidez de conceptos y construcciones como la independencia, la libertad y la Revolución. La producción, flujo y distribución de energía (alimentos, electricidad, agua, todos los derivados de la energía fósil) en Venezuela depende de creaciones y diseños de un poderoso enemigo transnacional llamado capitalismo industrial. Depender de otros para alimentarse y moverse es una triste imagen que ya pone a temblar eso de “independencia”.

¿Suena abstracto? ¿Parece un discurso consignero de manuales sociológicos marxistas? No lo es: en la práctica, Venezuela, y por extensión todos nuestros países al sur de la frontera de Estados Unidos con México, fueron moldeados como Estados nacionales en la segunda mitad del siglo XX de acuerdo con criterios provechosos para las burguesías emergentes. Primero por la fuerza de las dictaduras, y luego mediante la anestesia propagandística llamada “democracia representativa”, fue consolidándose un proceso que ya venía cobrando forma desde la creación de nuestras Repúblicas. La maquinaria imperial lo facilitaba, lo propiciaba y lo patrocinaba todo, y luego venía a cobrar. Venezuela está pagando el atrevimiento de intentar apartarse de ese esquema mediante algunas jugadas que no han salido del todo bien.

Por fuerza de los muchos acuerdos preestablecidos, Venezuela aún le vende a Estados Unidos, su principal adversario y agresor en la arena geopolítica, más de la mitad del petróleo que produce. Hace unos días se produjo una tajante ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países, pero los acuerdos de compra-venta continúan; el capital no tiene ideología y sigue moviéndose, paralícense o no las conversaciones y otro tipo de “relaciones”.

Ese mismo país se encargó en su momento, a partir de la exportación de planes de electrificación a cargo de varios consorcios estadounidenses, que abarcó varios países, la construcción de la central hidroeléctrica que alimenta a 70 por ciento del país: la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar, obra formulada por primera vez en 1947. Rómulo Betancourt, llamado en nuestro país “padre de la democracia”, habría de ser presidente de Venezuela solo en 1961, pero catorce años antes ya andaba vendiéndole y proponiéndole proyectos a Estados Unidos; tipo inteligente.

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Esa central hidroeléctrica, que tiene su base operativa en el sur de Venezuela, en el río Caroní, y su construcción más grande y notable en el embalse de Guri, está entre las cinco plantas generadoras de electricidad más grandes del mundo. En vista de que algunas fuentes aseguran que es la segunda, otros la tercera y algunas más la quinta, resolvámoslo con ese detalle, seguramente impreciso pero que resulta ilustrativo; es muy grande el Guri, colosal, mastodóntico, elefántico. Los elefantes, los mastodontes y los colosos tienen fama de ser torpes y vulnerables. Allí tienen, sin esfuerzo, la mejor imagen del sistema eléctrico nacional, que depende casi totalmente de este sistema, este concepto y esta construcción.

El estudio de factibilidad para construir esa represa con su planta fue realizado por una empresa norteamericana llamada Harza Engineering Company, la misma que construyó la represa de Derbendi Khan, en Irak. Irak, ¿les suena conocido ese nombre? ¿El de un tal Saddam? Sí, ese mismo país adonde, previo a los bombardeos de 1991, hubo un gigantesco apagón: ese.

La construcción de Guri se inició en 1963, en los albores de la democracia representativa venezolana, a cargo de un Consorcio formado por siete empresas de Estados Unidos. Así que el concepto, el factor de impulso, el diseño y la ejecución de la obra tienen sello norteamericano. El sistema ha sido objeto de modificaciones y ampliaciones, e incluso la incorporación de equipos y elementos alemanes y japoneses. Pero el espíritu y filosofía de la construcción (centralizar en un solo punto, a 800 kilómetros de Caracas y a más de 1.400 del punto más lejano alimentado por sus generadores) trae sello estadounidense. Uno tiende a agradecer la sencillez y este concepto parece sencillo: coloca un solo generador de electricidad y haz que funcione bien, y siempre tendrás electricidad. En la vida real, cuando ese casi único generador falla o lo haces fallar se te convierte en un problema. Guri no se ha convertido en un problema para Venezuela; Guri nació como problema (para nosotros; para nuestros atacantes es casi una bendición).

Por supuesto que en algún momento de la primera década de este siglo, la Revolución Bolivariana y en general el país comenzaron a padecer de los achaques de un sistema tan frágil, que hacía varios años daba muestra de sus debilidades. Una de ellas tiene que ver con el gigantesco volumen de agua  necesario para mover las enormes turbinas. El río Caroní es uno de los más caudalosos de América del Sur, pero no siempre el caudal es el mismo; los períodos de sequía de este siglo, asociados entre otros factores al calentamiento global, ha paralizado varias veces el funcionamiento de esas turbinas, por varias semanas, y esto ha ocasionado la suspensión y el racionamiento del servicio eléctrico en todo un país acostumbrado a que la electricidad llegaba casi sin interrupciones a las viviendas a un precio tan bajo que es casi gratis.

Por otra parte, el crecimiento demográfico toma parte en el fenómeno y el frágil elefante del Guri sigue flaqueando: Guri fue concebido en y para un país de 2 millones de habitantes, y en este momento la demanda eléctrica debe atender a 34 millones.

Durante el Gobierno de Hugo Chávez se tomaron algunas medidas al respecto. Unas han resultado menos efectiva que otras. El programa nacional de sustitución de bombillas incandescentes por “bombillos ahorradores”, implementos que consumen entre 50 por ciento y 80 por ciento menos energía, ha sido masificado en todo el país, pero el ahorro no ha detenido lo suficiente el consumo energético ni disminuido la dependencia del país de su gigante y lejano proveedor de electricidad. Hubo también un intento de construir o repotenciar las plantas termoeléctricas del país en 2007-2012, con tecnología alemana (Siemens), pero la sujeción al paradigma centralizador y a la tecnología creada por las hegemonías siguen obstaculizando lo que debería ser un plan autóctono, en la medida de lo técnicamente posible.

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Como las batallas políticas se dirimen ahora en términos de credibilidad (peor: en términos de cuánto estamos dispuestos a creer con tal de sustentar nuestras opiniones a favor o en contra del factor que sea) hemos ingresado en un tiempo de la historia de la comunicación en que cualquier acusación o defensa contra las acusaciones no convencen ni disuaden a nadie. Si usted decidió odiar a A, cualquier cosa que se diga en contra de A le va a resultar a usted convincente, irrebatible, lógica. En un escenario como ese es natural que se haya confirmado nuevamente la eficacia de aquella recomendación de Henry Kissinger para las faenas de la guerra sucia: “Acusa a tu enemigo de fornicar con cerdos, y luego siéntate con un trago a ver cómo lo desmiente”.

De aquellos bombillos ahorradores se dijo en algún momento, cuando el Gobierno venezolano los distribuía masiva y gratuitamente en todos los hogares del país, que eran artefactos creados por el aparato de inteligencia cubano para espiar a las familias venezolanas. Veinticinco millones de bombillos con sus cámaras adentro para vigilar nuestros movimientos: qué perversos y qué controladores son los comunistas. Y qué ociosos: hace falta mucho tiempo libre para dedicarse a espiar a tantos millones de personas.

Esa teoría, que con el tiempo se ha convertido en uno de los chistes más gloriosos del imaginario antichavista, cumplió su cometido: puede que la mitad de las personas que creyeron en eso ahora se avergüencen de haber protestado aquella medida pero mucha gente se quedó con lo esencial del enunciado: así sea mentira lo de los bombillos, el comunismo es malo, malo, malo.

Contra la tesis de la “falta de mantenimiento” al sistema eléctrico nacional, como causa del colapso del servicio eléctrico, conspiran la profusas declaraciones de altos jerarcas del aparato político, ejecutivo y de propaganda estadounidense: desde Mike Pence (el vicepresidente) hasta Marco Rubio (senador con aspiraciones a alguna gobernación o a la presidencia), pasando por Elliot Abrahms, John Bolton y Mike Pompeo (la plana mayor de la política exterior y el aparato de seguridad norteamericano), aparte de las evidencias de ataques cibernéticos masivos contra Venezuela, todas las declaraciones e indicios apuntan hacia una experimentación multivectorial de diversas tácticas de sabotaje y “ablandamiento”.

En las declaraciones públicas cada vez es más frecuente y descarada la convocatoria de Estados Unidos y sus alianzas internas y externas a los militares venezolanos, para que tomen las armas y ejecuten una insurrección armada. El verbo “presionar” da para todo: ofertas de cárcel, de destrucción bélica y también de indulgencia y comodidades; asedio sicológico y ataques físicos perpetrados por terceros. Todo un escenario de guerra en el que un ataque a un sistema eléctrico, además controlan sus creadores, es un elemento más, no una fantasía hollywoodense.

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