¿Es posible evitar que los rugbiers peguen?

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La psicoanalista Alejandra Lacroze fue convocada por un exclusivo club de San Isidro y analizó la violencia del mundo rubgy entrevistando a más de 500 jugadores. Luego del asesinato de Fernando Baéz Sosa en Villa Gesell, explica que los clubes no trabajan el peligro que la potencia de cuerpos entrenados significan en una pelea; y que los grupos violentos funcionan negando a las víctimas y las consecuencias de las agresiones físicas. El fenómeno de la patota cruzado por el machismo y el alcohol. La prevención posible.

Cuando el asesinato de Fernando Báez Sosa, atacado por un grupo de jugadores de rugby, se instala mediáticamente, es difícil pensar en cómo se llegó a ese vendaval de patadas y trompadas. En minutos acabaron con la la vida del joven de 18 años en plena temporada de verano en Villa Gesell. Las imágenes en loop televisivo generan el espectáculo. Se suman cámaras de seguridad y videos de teléfonos móviles. Mientras casi nadie puede salir de la estupefacción que provocan,  es difícil pensar. Pero posible.

Son varios los factores que tuvieron que darse para que Fernando terminara muerto por el ataque de los rugbiers de Zárate. Se habla de alcohol y otras sustancias, de la modalidad de ataque en manada, del odio xenóobo o social, del arreglo entre fuerzas de seguridad-funcionarios y boliches. Es decir, se habla, a posteriori, sobre todo de impunidad y violencia.

Hace varios años, y a raíz de un enfrentamiento violento entre grupos antagónicos de un club exclusivo de rugby de la zona norte de Buenos Aires, fue convocada una licenciada en psicología que ya tenía varios años dedicados a la tarea de prevención, principalmente con el alcohol. Era 2007, pero la tarea, aunque exitosa en cuanto a la “formación de líderes”, quedó interrumpida.  En su transcurso, la profesional trabajó con más de 500 jugadores de rugby de entre 13 y 20 años. La exposición mediática del enfrentamiento en la puerta del club había puesto en alerta a los directivos. La visibilidad asusta al mundo del rugby. 

Alejandra Lacroze es la psicóloga y psicoanalista que trabajó con jóvenes jugadores del exclusivo club de San Isidro y analizó esa violencia intra muros del rugby, que en reiteradas ocasiones se irradia al exterior -Sus conclusiones y experiencia sirven hoy.

“Hay algo que tienen que pensar las instituciones deportivas y los clubes de rugby en particular. Además de enseñar a jugar tienen que trabajar con el tema de violencia de forma sistemática. Los jugadores son jóvenes que tienen cuerpos muy desarrollados y tienen que saber que ésto es peligroso. Y por otro lado el tema del accionar en grupo. La violencia es parte de la naturaleza humana, el tema es cuál es el tope que pone la sociedad para que una persona o un grupo entre en la cultura. Los grupos pueden funcionar tanto para bien como para mal, son parte del desarrollo de los adolescentes. Otra cosa es un grupo que funciona con predominio tanático, destructivo, que puede matar porque hay una falta de reconocimiento del otro como semejante y como un diferente y entra en un nivel de crueldad y de invisibilización de la víctima, que es lo que estamos viendo. Esto es lo que hay que trabajar. Esto es lo que yo trabajo con los chicos, invitarlos a reflexionar, a tener en cuenta el tema de la responsabilidad, el tema de las diferencias. Y me parece que dentro de los clubes de rugby hay que revisarlo, porque hay muchos episodios violentos que se repiten y no son hechos aislados. Ahí las instituciones de rugby tienen que hacer una autocrítica”. 

Rugby y lucha de clases

La característica violenta del rugby dentro de la cancha es una evidencia. Y los límites que impone el reglamento son difusos para algunos jugadores. A tal punto que en 2018 la Unión Argentina de Rugby lanzó el programa “Rugby Seguro” para resguardar a los jugadores de las lesiones, algunas de ellas mortales y otras discapacitantes. Una tendencia que también es internacional.

Pero al mismo tiempo, el rugby es un deporte que crece. Según una estadística de 2018, la cantidad de jugadores en todas las divisiones aumentó un 80 por ciento en los últimos diez años, especialmente en las categorías menores. Los valores que se presumen en los planteles de rugby colisionan fuerte cuando se repiten los “ritos de iniciación”, una suerte de “bienvenida” violenta a quienes llegan, por ejemplo, a la primera división de un club, con todo tipo de vejaciones y humillaciones para el nuevo jugador. Un rito que también se ejerce con la impunidad del grupo o manada.

“Yo lo llamaría patota”, dice la psicóloga Alejandra Lacroze.  “Es una palabra muy nuestra. Se dan ahí una serie de fenómenos grupales. Lo que es ser hombre hoy en día, salir a bailar a un boliche, las previas. Algo está pasando para que los chicos necesiten las previas para salir al mundo que les dejamos los adultos, necesitan estar intoxicados. Y luego, a partir de las 3 de la mañana, se encuentran con un boliche que los sigue intoxicando. Yo diría que el tema del machismo y el tema de la masculinidad es tremendo para ellos. La situación de las mujeres es tremenda por el tema de los femicidios y también ellos están muriendo por esta violencia”.

-¿El tema de la impunidad lo relacionas también con el nivel social de los rugbiers?

-En este momento en los clubes de rugby hay de todo. Pero es cierto que se da, no solamente dentro del rugby, también en otros sectores. Insisto en el tema de la impunidad porque son personas con nivel económico alto con mucho poder y por eso quedan impunes estos hechos. Si esto hubiera ocurrido  por parte de un grupo de jóvenes de la villa 31, estaríamos escuchando en los medios que se pide la pena de muerte. Ésto se ve en los barrios cerrados, yo he trabajado mucho en los colegios que están en countries. Allí en nivel de vandalismo y de impunidad y el nivel de marginalidad que hay, es altísimo. No es solamente en el mundo del rugby, me refiero a ciertos grupos que por su grado de poder o de pertenencia o por el funcionamiento del club, son impunes. Me refiero a una impunidad que ya viene desde hace muchos años y que no es sólo a nivel de la justicia, también surge del desfondamiento de instituciones. Uno va a las escuelas, y hay orden en los colegios privados de algunos barrios cerrados, de “con esta familia no te metas”, dicho por docentes y trabajadores. Y estos chicos hacen cualquier cosa y no hay ningún tipo de sanción. En mi experiencia, hay colegios muy renombrados donde eso sucede. Por ejemplo me han asegurado en algún colegio de éstos que el recreo es tierra de nadie porque los chicos salen con cuchillo al patio y no pasa nada, nadie dice nada. Estamos hablando de los mejores colegios. Estas cosas tienen múltiples causas y no ameritan explicaciones simplistas como “el problema es el rugby o el alcohol”.

No son manada

Cómo evitar la violencia

Lacroze trabaja el programa de «Líderes» en el rugby. «Algo que veo hace muchos años es que los chicos vienen saturados con todo tipo de charlas. En un momento dado, cuando les pregunto qué harían ellos si fueran convocados a trabajar en un proyecto de líderes con chicos más jóvenes, ahí cambia completamente el clima. Ellos dicen `no, nosotros tenemos hermanos de esa edad´. ´Le diría que no tome o que no sea violento, etc.´. Tiene que ver con el cuidado hacia los otros. Darles una responsabilidad. Estas cuestión tiene solución. El tema es que hay que dedicarles mucho tiempo, porque los jóvenes están ávidos de estos espacios”.  

El sitio especializado “Periodismo Rugby”, en un editorial se quejaba hace un tiempo por la nula difusión que se daba a las sanciones a los jugadores que cometían faltas graves. Un modo endogámico que hoy está puesto en cuestión. El artículo del sitio que dirige el periodista Jorge Búsico dice: “Lo más serio es que la violencia, también dentro y fuera de la cancha, se está tornando frecuente en las divisiones juveniles. Peleas entre los jugadores, discusiones con los árbitros e insultos que parten desde el público se trasladan muchas veces después cuando los chicos concurren a los terceros tiempos de los grandes, en los que habitualmente abunda el alcohol”. 

La cronología de hechos aberrantes relacionados con el rugby es profusa y en estos días se confeccionaron algunos recordatorios. Uno de los más antiguos ocurrió en Paraná, Entre Ríos, en 1983 y fue dentro de la cancha. Una singularidad que no hay que dejar pasar. El hooker del club Rowing, Luis Alberto Colliard, le pegó una patada en la cabeza a Cayetano Luis Masi, jugador del equipo rival. Masi agonizó durante 19 días y murió.  Los integrantes de la Cámara Primera del Crimen de Paraná consideraron que el golpe había sido ejecutado “para causar deliberadamente daño a la víctima” cuando ambos jugadores “se encontraban lejos de la acción del juego y de la pelota” y dispusieron una condena de nueve años de prisión. La historia se repite.

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