Esos raros paros intolerantes

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El paro del campo arrancó trunco con una venta de ganado casi récord en Liniers el lunes y un accionista del Grupo Clarín y productor arrocero diciendo que no es tiempo de confrontar. El Presidente Alberto Fernández criticó la «intolerancia» de los dirigentes del campo y calificó de «raro» al paro, pero llamó a tener paciencia: «Ya entenderán». Los debates ausentes: hambre en el país de la soja y concentración de la tierra.

 “Me duele mucho la intolerancia de los que no entienden y a veces hacen paros raros, pero paciencia, ya entenderán”, dijo ayer el presidente Alberto Fernández en el marco de la presentación de 170 medicamentos esenciales que llegarán de forma gratuita a los 5 millones de afiliados del PAMI. La respuesta desde la Mesa de Enlace llegó pocas horas después de parte de El presidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), Jorge Chemes: “El presidente no entiende la situación del sector productivo y su gobierno está haciendo un mal diagnóstico”.

En el contexto de Expoagro, los dirigentes patronales de la Mesa de Enlace se encontraban todos juntos. Carlos Iannizzotto, presidente de Coninagro aseguró: “El productor hoy protesta porque no tiene confianza y porque los números no dan. Es por eso que entendemos que tienen que implementarse políticas que estén orientadas al crecimiento”.

Lo cierto es que pasado el segundo día de los cuatro del paro agropecuario declarado por la Mesa de Enlace, la medida que buscaba recrear la épica opositora y la fuerza de convocatoria lograda en las jornadas de 2008 empieza languidecer. Y a mostrar la vigencia de aquella máxima que pregonaba que la historia se repite pero la primera vez ocurre como tragedia y la segunda como comedia. 

Los dirigentes de la Sociedad Rural argentina, Coninagro, Confederaciones Rurales argentinas y la Federación Agraria, lanzaron el paro en una fecha muy precisa. En 2008 fue un 11 de marzo, a poco de asumir la presidencia CFK, ahora lo hicieron un 9 de marzo, a poco de asumir Alberto Fernández. También quisieron hacer coincidir la medida de fuerza con Expoagro, que es el gran lugar de negocios de los productores rurales, organizado por Clarín y La Nación. Este año, sin embargo, el impacto no tuvo la masividad de otros años. El lunes en el Mercado de hacienda de Liniers la presencia de animales fue casi récord, disminuyó mucho el martes, pero de ninguna manera se ha paralizado la actividad.

Por otra parte, la Federación Agraria está dividida y hay muchos dirigentes que criticaron la participación en el paro cuando a todas luces las medidas del gobierno los beneficia. Otra diferencia muy notoria y sintomática respecto a las jornadas del 2008 fue la sorprendente declaración, el sábado pasado, de  José Antonio Aranda, empresario productor arrocero y accionista del Grupo Clarín, uno de los organizadores de Expoagro, cuando intervino en un encuentro de empresarios y productores agropecuarios en la localidad correntina de Mercedes, mostrando su rechazo al llamado al paro de la patronal agraria. «Quiero diferenciarme con esta medida de llamado al paro, respecto de que la medida en sí que adopta el gobierno beneficia a las economías regionales y los pequeños productores. Nosotros estamos en una economía regional, somos productores de arroz, y una rebaja de cuatro puntos en las retenciones hace mucho para darle algún sentido a éste negocio. Son más tiempos de diálogo que de confrontación. Y entramos todos los productores agropecuarios dentro de la condena de ser iniciadores de un conflicto».

Todo parece indicar que esta vez los grandes productores sojeros no logran universalizar sus intereses para que parezcan los intereses de todos, pese a la jugada claramente política de la Mesa de Enlace. La sociedad percibe la medida como un reclamo sectorial de un conjunto privilegiado que jugó excesivamente fuerte y quedó en offside.

La Mesa de enlace extorsivo

Pero no deja de ser necesario poner atención a lo que ha ocurrido. La suba de un tres por ciento de las retenciones a los exportadores más grandes nos sumerge en una discusión pública por unos puntos porcentuales y nos deja fuera de foco el fondo del problema de un debate que la Argentina ha abandonado y resulta clave: el tema de la concentración de la tierra en el país de la abundancia.

En efecto, vivimos en el octavo país más extenso del mundo y en uno de los que más superficie fértil y cultivable posee. Millones de argentinos están por debajo de la línea de la pobreza y un buen porcentaje de ellos pasan hambre. En una reciente investigación el gobierno contabilizó que 75.000 chicos menores de 5 años padecen desnutrición crónica. El principal producto de exportación de nuestro país es lo que necesitamos para comer. Esa es una encrucijada que lejos de resolverse parece agravarse.

Si la tierra es un bien absolutamente privado y cada productor hace lo que quiere con su producción, entonces podemos llegar al absurdo de quedarnos sin comida porque el negocio es exportarla. No muy lejos de estas ideas estuvo el andarivel por el que el gobierno de Mauricio Macri se movió, hasta que se estrelló contra la pared de la realidad. Pero el daño fue enorme.

La necesidad de que el Estado intervenga en la economía y regule el comercio es una idea necesaria pero no suficiente. No se trata de una idea nueva. El mismísimo Domingo F. Sarmiento la planteó cuando hizo su famoso viaje por los EE.UU. y descubrió que la base de la democracia estadounidense no estaba en sus instituciones sino en el reparto democrático de la tierra. Y encontró en la ciudad bonaerense de Chivilcoy el ejemplo que le interesaba multiplicar, un gran número de pequeños productores organizados.

El 3 de octubre de 1868, nueve días antes de asumir como presidente de la Nación, Sarmiento estuvo en la ciudad y allí hizo una famosa promesa ‘Les prometo hacer Cien Chivilcoy, con tierra para cada padre de familia y escuelas para sus hijos”. Pero no pudo cumplir. La Sociedad Rural Argentina, en la persona de su presidente, Enrique Olivera, le hizo saber que los terratenientes consideraban “inconveniente implantar colonias como la de Chivilcoy donde ya estaba arraigada la industria ganadera”. Sarmiento se enojó y declaró: “Nuestros hacendados no entienden jota del asunto, y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear que meterse en negocios que los llenarían de aflicciones. Quieren que el gobierno, quieren que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggans, a los Cano y los Leloir y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas. En este estado está la cuestión, y como las cámaras (del Congreso) están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sobra del ombú de la Pampa y a la puerta del rancho de paja”.

Hasta el Golpe de 1976 el tema de la propiedad de la tierra seguía en la agenda de las discusiones políticas y en el folcklore popular. Con el regreso de la democracia ese tema no se volvió a debatir. Sin embargo, es acuciante. Vivimos en la región en dónde la concentración de la tierra es la más aguda del mundo. En el país, el 0,94% de los dueños de las grandes extensiones productivas maneja el 33,89% del total del territorio argentino. El 99,06% restante controla apenas el 66,11%. Se trata de explotaciones agropecuarias que tienen en promedio más de 2.000 hectáreas (equivalentes a 4.000 canchas de fútbol), aunque en países del Cono Sur están muy por encima de este tamaño: por ejemplo en la Argentina, donde el promedio de las fincas en el 1% superior es de más de 22.000 hectáreas. América Latina es la región del mundo más desigual en cuanto a la distribución de la tierra. En la Argentina existen 246.947 Unidades Productivas Agropecuarias (UPA) registradas, que ocupan 23,2 millones de hectáreas. Las UPA nacionales computan 94 hectáreas cada una, lo que implica una extensión diez veces mayor al promedio de sus vecinos cercanos. El 83% de esas UPA solo abarca al 13,3% del total de tierras lucrativas del país. 

Pero si esta es una cuestión de base histórica, el problema ha empeorado con el tema de la sojización.  A principios de los años 40 del SXX solo había 40 mil hectáreas plantadas de soja. En 1971 ya eran 80 mil hectáreas. En 1981 el gran salto ya ocupa 2 millones de hectáreas. En 1987 se da el cambio histórico y supera al maíz, y en 1992 se convierte en el cultivo más importante de Argentina al superar al trigo. Pero esto implica que la soja desplaza a la ganadería, al maíz y a un gran número de cultivos que pasan a encarecerse por ser más escasos. Para la campaña 2007/08 el área sembrada con soja superó los 16 millones de hectáreas con una producción total de 46,2 millones de toneladas, ocupando el 50% de la superficie cultivada del país y constituyéndose en el único cultivo en muchas provincias gracias a la aplicación de tecnología y a su gran adaptabilidad a diferentes suelos y climas. El 80% de todo ese conglomerado lo manejan los pools de soja. La producción se ha tercerizado y los medianos propietarios le han cedido el proceso productivo a los grandes capitales. 

Por lo tanto el precio de los alimento en Argentina ha subido muchísimo porque las economías familiares no acceden a la tierra ni controlan la comercialización y los grandes productores prefieren exportar.

Es muy difícil pensar en un modelo de país inclusivo y solidario con estos temas pendientes. Por lo menos sería un gran paso adelante ponerlos en el foco de la agenda política. Se trata de la comida de los argentinos.

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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