“Había tanto olor a gas que asfixiaba”

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Las muertes de Sandra y Rubén por la explosión en la escuela de Moreno desnudan la situación de abandono de las escuelas del conurbano bonaerense. Varias veces denunciaron el desperfecto a las autoridades. Los vecinos también reclamaban por el fuerte olor. “Hace rato sabíamos de la pérdida de gas, ¿por qué no se hizo nada?”, se pregunta una madre. Este martes vecinos y docentes de todo el país marcharán para exigir respuestas. Nuestras Voces recorrió el barrio de San Carlos y conversó con vecinos, alumnos y docentes. Crónica de una tragedia anunciada.

Las cámaras comienzan a retirarse pero en las calles de San Carlos –en la localidad de Moreno– aún queda impregnado el dolor. Sandra Calamano y Rubén Rodríguez murieron fruto de la desidia estatal, cuando el pasado jueves la escuela primaria Nº 49 Nicolás Avellaneda estalló por un escape de gas.

Para los vecinos del barrio Sandra y Rubén son mucho más que la vicedirectora y el auxiliar: además de las tareas que tenían que cumplir de acuerdo a sus respectivos roles,  eran los responsables de que los alumnos recibieran tres de sus cuatro comidas diarias en la escuela, de organizar actividades extracurriculares durante el fin de semana y de contener a los chicos y a sus familias.

Sandra y Rubén eran los primeros en llegar y los últimos en irse. Se convirtieron así en un engranaje fundamental del funcionamiento barrial. Por eso, en San Carlos nadie se separa de la escuela. Nuestras Voces visitó el lugar y charló con vecinos, padres, graduados y docentes para retratar una realidad que se replica en distintas instituciones del conurbano bonaerense.

Testigos de una tragedia anunciada

“Estábamos abriendo la puerta para ir a la escuela”, relata Alicia Sánchez mientras intenta recordar el momento exacto. “El cimbronazo fue tan fuerte que lo primero que pensé es que venía de adentro, quedé aturdida, no entendía qué estaba pasando”. Como todas las mañanas, Alicia se disponía a caminar junto a su hijo Hernán, alumno de quinto grado de la escuela, los cien metros que separan su casa de la institución. “Cuando me di cuenta que venía de afuera dejé a Hernán con su papá y fui a ver qué pasaba. Estaban todos los vecinos afuera pero no encontrábamos de donde era el ruido. Cuando ví el patrullero casi me muero, dije no, esto fue en la escuela. No sabía para dónde salir corriendo”.  

Alicia alcanzó a ver el cuerpo de Sandra, y desde entonces no puede dormir. “Ella es una madre, una hermana, una tía, Sandra es todo. Fue la mejor persona que tuvimos como directora, como familia, porque nosotros confiamos nuestros hijos a ella para poder ir a trabajar. Siempre estaba tempranito para tener todo en condiciones y calentito”. Los tiempos verbales con los que Alicia menciona a la vicedirectora se entremezclan. Sandra es el dolor de la pérdida y es, a su vez, parte de un relato vivo.

“Mi hijo amaba venir a la escuela. Venía también los sábados porque la vicedirectora abría las puertas para que ellos vengan a aprender, a jugar. Hernán toca la flauta y venía porque le gustaba”. El relato de Alicia se repite entre decenas de madres que continúan acercándose a las calles Davaine y Félix de Azara para abrazarse y pegar sobre las paredes de la escuela algún cartel. “Sandra te queremos”, escriben los alumnos. “Te vamos a recordar siempre por ser esa persona que se preocupaba por nosotros como si fuéramos tus propios hijos”, escribieron los graduados. “Justicia. El Estado es responsable”, firmaron sus colegas.

Los carteles también fueron dirigidos a Rubén, auxiliar de la escuela desde el año 2001. “Gracias por todo Rubén, siempre en nuestros corazones”, “Rubén presente siempre”, ”El mejor auxiliar de todos, el que siempre, todas las mañanas, nos recibía con el desayuno”. Es que Rubén trabajaba a la par de la vicedirectora. Colaboraba con la preparación del desayuno y se daba maña para reparar pizarrones y pupitres. Él sabía que algo con el gas andaba mal. Lo venía denunciando desde hacía meses junto a Sandra, docentes, gremios y vecinos que reclamaban por olor y el peligro que significaba. “No lo puedo arreglar”, le había dicho el día anterior a su hermano.

Alicia también llora a Rubén. Eran amigos del barrio y su marido, que es remisero, solía llevarlo y traerlo cuando necesitaba movilidad, además de jugar al fútbol con su padre. Ella misma lo veía todas las mañanas cuando dejaba a Hernán en la puerta.

Ahora, y quizás en honor a él, junto a otras madres y padres de alumnos y graduados, inició en el predio lindante a la escuela un comedor. “Acá los chicos no sólo estudiaban, venían a alimentarse. El desayuno, el almuerzo y la merienda lo obtenían gracias a Sandra y a Rubén”. Debajo de un gacebo, una de las pocas colaboraciones del ministerio, las madres improvisan una olla popular. Mientras aún quedan restos del almuerzo comienzan a preparar la merienda e intentan calcular cuántos chicos vendrán. “Son días muy descontrolados, es difícil saber cuántos van a ser” nos cuenta Ana, otra de las organizadoras.

Al momento de la explosión debido a una pérdida de gas, Sandra y Rubén se encontraban preparando el desayuno. El azar salvó a más de 360 chicos de la tragedia, ocurrida minutos antes de que ingresaran a clases.

Manuela, madre de Amalia Luján, alumna de tercer grado, también tiene la imagen de aquella mañana grabada en sus retinas. Para ella y para su familia la escuela tiene un rol fundamental. Tanto Amalia como su hermana de tres años dependen de la alimentación que reciben en la escuela: “Sandra y Rubén siempre llegaban antes y nos hacía llegar a nosotros en horario también. Siempre nos dijo bueno mamás vengan a tal hora porque hay poquita comida. Ellos le daban de comer a todos y lo que quedaba nos daba”. Mientras mirá por las ventanas de la escuela, Manuela se silencia. “Estaba con ellos todo el dia, era su segunda mamá. Todavía pienso cómo volvió a salvarlos. Si esto pasaba diez minutos más tarde mi hija ya estaría en la escuela”.

Su cuñada, sus sobrinos e hijos “todavía están en shock”, asegura y agrega “Hace rato sabíamos de la pérdida de gas, ¿Por qué no se hizo nada? Todo explotó al lado del comedor, donde dejo a mi hija todos los días”.

Cierre de escuelas: Vidal ajusta donde más duele

La escuela y la comunidad

“Soy Gauto José Ricardo, vecino desde hace más de 18 años”, se presenta. Gauto vive justo enfrente de la escuela. Se encuentra sentado sobre el cordón de la vereda de su casa, donde hace años abrió un almacén, una gomería y un lavadero de autos. “El día que pasó todo mis dos más grandes que van al secundario ya se habían ido. Cuando siento la explosión, me asusté y le digo a mi señora llamalo a Lautaro, que es el más grande, él lleva el celular al colegio. Salgo en ojotas y veo que todos van corriendo para allá”. Gauto señala la esquina en la que sucedió la explosión y continúa: “Había tanto olor a gas que asfixiaba, yo le dije a mi hermano vámonos porque acá va a explotar todo, en el fondo la escuela tiene cuatro garrafones más. Si explotaba eso volaba todo el barrio”.

“Todo esto fue a diez minutos de que entren los pibes, ¿sabés lo que hubiera sido?”, reflexiona. Gauto conoce bien a la escuela. Desde que se mudó a Moreno por el año 2000 celebró encontrarse enfrente de ella y sobre una calle asfaltada. Sus cinco hijos estudiaron ahí: hoy sólo resta que termine el menor, alumno de sexto grado. Su forma de agradecer es colaborar en todo lo que sea posible: “Por eso le hacía los fletes gratis, les lavaba el auto, les hacía las fotocopias. Sandra era una dulzura de mujer, a las seis y media, siete ya la veías entrar. Juntaba tapitas de gaseosa y las venía a pesar en la balanza de mi señora, la veías arriba de los techos si a los chicos se le iba la pelota, la veías los sábados. Lo mismo Rubén, él venía conmigo cuando la Sandra nos mandaba a buscar alguna donación o maderas para hacer pizarrones. Arreglaba las sillas, los bancos, hacía bancos largos de madera”.

A pesar del dolor, Gauto habla de bronca: “Y sí, porque todos sabíamos lo que estaba pasando. Incluso el día anterior Sandra se había quedado esperando a un gasista para que le dijeran qué estaba pasando. Yo no terminé el primario, apenas aprendí a leer y escribir recién en quinto grado. Acá el nivel académico y humano era impresionante, mis chicos en primer grado ya sabían leer y sino no los dejaban pasar de año. ¿Cómo no cuidaron a gente así?¿Cómo no los cuidaron?”.

Negocios de familia en la escuela

El Estado es responsable

El pasado viernes Suteba prestó sus instalaciones a los maestros de la escuela 49 para que tengan un espacio de diálogo y contención. Se sentaron todos en una mesa larga con algunos termos y mates a su alrededor. Mientras ellos se acomodaban y veían cómo comenzar a charlar de la locura que les tocó vivir, el Secretario Adjunto del gremio en Moreno, Omar Palma, relataba que tanto el subsecretario de Educación de la Provincia de Buenos Aires, Sergio Siciliano, como el director general de Cultura y Educación bonaerense, Gabriel Sánchez Zinny, y el interventor del Consejo Escolar, Sebastián Nasif, habían sido notificados en varias oportunidades sobre los problemas de infraestructura que padecen las escuelas del distrito.

“A pesar de eso el jueves el Consejo Escolar estuvo cerrado por duelo y sus funcionarios ni siquiera se acercaron a la familia o a la escuela para darle el pésame a la comunidad. Sebastián Nasiff fue puesto por la gobernadora. Vidal eligió un personal directivo del distrito y lo puso de su color político para resolver los problemas. El mismo día que él asumió nosotros fuimos a presentarnos como gremio y le llevamos una carpeta con todos los problemas edilicios que había en el distrito. No lo resolvió, no nos escuchó”, explica Palma.

Además de secretario adjunto de Suteba, Omar es director de la escuela Nº 69 y amigo personal de Sandra y de la familia Rodríguez. “Toda vida duele mucho. Nos dolió mucho la muerte de la policía a la que le dispararon, una muerte totalmente injusta que repudiamos. Por ella salió la gobernadora, el presidente, la vicepresidenta. Todos los funcionarios dieron su pésame por tratarse de un agente del Estado. Acá murieron dos agentes del Estado, dos trabajadores del Estado y nadie le dió el pésame a Mabel, que ahora se despierta sin su marido. Nadie le dió el pésame Maia, la hija de Rubén ni al marido de Sandra”. A la fecha el presidente sólo realizó comentarios desafortunados sobre pérdidas de gas y la gobernadora escribió en su cuenta de twitter que no se expresa “para evitar la utilización política”.

Mientras tanto, desde el gremio denuncian que “la primera responsable es la gobernadora. Después tendrá que bajar. Director General de Escuela, inspectores, tendrán que hacer su investigación pero ella tiene que asumir su responsabilidad. A mi me duele porque estas cosas la deshumanizan, no mira a los que menos tienen”.

Omar agregó: “Las tintas cargadas a quienes correspondan. Ahora en el noticiero hablaban del gasista. No te equivoques. Él es contratado por el Consejo Escolar, el Consejo tiene que hacer su trabajo. Sandra estuvo esperándolos la noche anterior y no llegaron. Ahora dice que llegaron pero hay pruebas fehacientes de que no. Ella le mandó un mensaje a un compañero diciendo Me voy porque no vino nadie. Así que que no mientan más, que no nos mientan a los docentes, que no digan que vamos por salario. Sí, tenemos que cobrar porque somos trabajadores y tenemos esta rara costumbre de comer y alimentar a nuestros hijos, pero también vamos por los chicos mientras el Estado hace oídos sordos”.

“No tiene perdón, esto es un crimen”. Dice Omar. “Nos dejaron al abandono”, refuerza. Y mientras se pregunta cómo harán para seguir adelante: “Me preocupa cómo los chicos el día lunes empiezan las clases. No te hablo sólo de la escuela Nº 49. La escuela 49 estalló, es una desgracia total, pero ¿y las otras escuelas?. ¿Cómo un padre que confía plenamente en la escuela  los lleva?, ¿Con qué seguridad va a dejar en la escuela a su hijo?”.

Los directores de las escuelas de Moreno decidieron que mañana no abrirán los colegios del Partido y el próximo martes invitan a un abrazo colectivo a la Nicolás Avellaneda. Moreno, los docentes y la educación pública seguirán de luto hasta que existan las garantías mínimas en de cada escuela bonaerense.

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