Incendios en la Amazonia: ni el falso nacionalismo de Bolsonaro, ni el ecologismo europeo

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El debate abierto entre el falso nacionalismo de Jair Bolsonaro y el falaz ecologismo de Emmanuel Macron obtura lo que está ocurriendo en la Amazonia. Los incendios visibilizan la expansión de la frontera ganadera y extractiva sobre el mayor patrimonio en biodiversidad del Cono Sur. A su vez, Francia retoma en la cumbre del G7 un viejo proyecto estadounidense, quebrar la soberanía estatal de los gobiernos sudamericanos en pos de internacionalizar el área y así privatizar una zona rica en recursos estratégicos naturales y minerales. La ausencia de organismos como UNASUR dificultan el monitoreo y defensa del territorio.

En la década del cincuenta del siglo pasado la comunidad indígena yanomami buscó independizarse de Brasil. El pueblo originario asentado en la frontera amazónica norte que colinda con Venezuela intentó blandir una bandera propia. Ese brote autonomista tuvo auxilio monetario de las agencias de ayuda humanitaria orgánicas a la CIA. El intento separatista fue sofocado pero quedó grabado a fuego en la memoria de la siempre influyente patria militar brasileña.

Cinco décadas más tarde circuló en Internet un texto escolar estadounidense que describía a la región amazónica como “patrimonio universal de la humanidad”. El libro “Introducción a la geografía” del profesor David Norman así describía a La Primera Reserva Internacional de la Selva Amazónica: “Desde mediados de los años 80 la más importante floresta del mundo pasó a ser responsabilidad de los Estados Unidos y de las Naciones Unidas. Es llamada FINRAF y su fundación se dio por el hecho de que la Amazonia está localizada en América del Sur, una de las regiones más pobres del mundo y cercada por países irresponsables, crueles y autoritarios. Es parte de ocho países diferentes y extraños, los cuales, en su mayoría, son reinos de la violencia, del tráfico de drogas, de la ignorancia, y de un pueblo sin inteligencia y primitivo”. Varios medios gráficos de la región, desde Página 12 hasta la revista colombiana Semana, dieron cuenta de ese hecho. Luego, al parecer, se trató de una fake news. Quizás, esa intromisión a la soberanía brasileña fue escudriñada por la alta oficialidad brasileña para incidir en la opinión pública de la región.

Luego, una vez asumido Luiz Inácio Lula Da Silva en el Palacio Planalto, el Ejército brasileño incorporó como hipótesis de conflicto una supuesta invasión militar conjunta al territorio amazónico. Los altos mandos de las Fuerzas Armadas terrestres decidieron capacitar a sus tropas en la espesa y abigarrada floresta selvática en el manejo de las tácticas contrainsurgentes desarrolladas por el ejército de liberación vietnamita para sacar provecho de su “localía” en ese intrincado escenario bélico, de sesgos topográficos similares al país del sudeste asiático. Esa información fue revelada en su momento por el corresponsal de la agencia italiana ANSA en Brasil Darío Pignotti en un artículo publicado en la edición local del Le Monde Diplomatique.

¿Por qué razón los militares brasileños se mimetizaban con los colores de la selva, o se escondían en los pliegues de la misma, durante sus patrullajes amazónicos? El lulismo, y casi todos los gobiernos brasileños, salvo la actual administración de Jair Bolsonaro, buscaban expandir una frontera, la del Estado, que hoy cede presencia en provincias como Rondonia, Pará y Acre a emprendimientos ganaderos, madereros, hidroeléctricos o extractivos. Esas misiones militares no estaban motivadas sólo por la preocupación ecológica del Palacio Planalto. Más que los árboles, su fauna y floresta, el país vecino pretendía no ceder soberanía en ese enorme patrimonio en recursos naturales estratégicos.

Neoliberalismo zombie

Suele decirse que el Amazonas es el “pulmón del planeta”, más de la mitad de los bosques tropicales del mundo se ubican en una biosfera que ocupa el 44 por ciento de la superficie de América del Sur y que engloba a ocho países de la región, y es verdad. Suele decirse que la Amazonía es un reservorio de agua, además de contener valiosos acuíferos, acumula un quinto del agua dulce del planeta en su recorrido desde Los Andes hasta el océano Atlántico, y no se incurre en un error al decirlo. Pero, además de ese vergel en biodiversidad, la zona hoy achicharrada ante los ojos del mundo alberga otros recursos naturales valiosos.

Dos datos suelen pasar desapercibidos estos días por los medios de comunicación cuando alertan sobre la majestuosidad verde de la Amazonía convirtiéndose en llamas. En el alto Río Negro –uno de los brazos principales del Amazonas junto al río Solimoes– se encuentra el mayor yacimiento del mineral niobo que combinado con acero es indispensable para la construcción de naves espaciales y misiles intercontinentales.

Además, de la lectura del libro “Las guerras del agua” de Elsa Bruzzone, secretaria del Centro de Militares por la Democracia Argentina (CEMIDA), cobra relevancia otro hecho que debería sobrepasar el foco alcanzado por las diatribas novelescas entre Jair Bolsonaro y Emmanuel Macron: la información genética natural de las 125 mil plantas que hay en el Amazonas sigue siendo un recurso decisivo y fuente de desarrollo en el campo de investigación de la siempre poderosa industria farmacéutica.

Hasta la llegada de Bolsonaro el gigante sudamericano se dio de varias políticas públicas para evitar posibles brotes secesionistas indígenas o futuras propagandas ambientales antibrasileras como el explicitado mapa donde el territorio del vecino país quedaba subsumido ante el avance de una reserva verde global. La fundación de Brasilia como capital nacional en pos de prolongar la musculatura gubernamental en su interior, la colonización de tierras en Amazonas para fundar ciudades, la construcción de la carretera Transamazónica, el control terrestre, aéreo y fluvial de toda la región y la fundación de fortines militares a lo largo de todas estados amazónicos son solo algunos ejemplos. A su vez, la expansión del Estado brasileño en su interior selvático fue reforzada en el año 2000 con la puesta en marcha del Sistema de Protección Amazónica (SIPAM) y su similar SIVAM (un sistema de vigilancia por radares conectados a satélites, tendiente al control permanente con patrullajes de ríos y sobrevuelos militares).

«Estados Unidos siempre procuro el control de la Amazonía y de otras áreas de la región. En realidad, ello explica la constante instalación de bases militares en el área. En su momento el objetivo final del Plan Colombia y de la Iniciativa Regional Andina era circundar dicha área», asegura Elsa Bruzzone.

La región hoy carece de una mesa multilateral política para darse acciones comunes en tópicos puntuales. El extinto bloque UNASUR, por ejemplo, podría haber tramitado la crisis ambiental que golpea principalmente a Brasil, pero cuya mancha de fuego ya carboniza parte de Bolivia y Paraguay. Tras el desplome premeditado de la UNASUR, un golpe precipitado por el eje que agrupa a los gobiernos conservadores de la región, nació en Santiago de Chile durante el mes de marzo el denominado bloque ProSur, una entente común de la que nunca más se registraron noticias que dieran cuenta de su existencia.

Al adolecer Sudamérica de un comando intergubernamental que pueda monitorear los incendios de la Amazonia el ecocidio en marcha tiene como protagonistas principales a dos actores estatales falaces en su parlamento. Jair Bolsonaro hace gala de un nacionalismo acartonado para velar su real interés –dejar la zona a merced del avance sojero o de los poderosos ganaderos, de hecho para su gobierno el cambio climático es un mito del globalismo de izquierda-, y en su teatralidad confronta con un rival igual de sobreactuado: el falso humanismo verde de las potencias occidentales reunidas en la cumbre del G7 en Francia. En todo caso, la prepotencia de Bolsonaro es aprovechada por Macron para despegar a París del acuerdo comercial firmado semanas atrás con el el Mercosur y así congraciarse con los pequeños productores galos que piden más proteccionismo.

Macron, etapa superior de la post-política

Pero, ni Bolsonaro, ni Macron, ni el gobierno israelí –que ha comprometido en las últimas horas el envío de aviones hidrantes para ayudar en el sofoque del fuego a un gobierno aliado– tienen interés en salvaguardar el patrimonio geoestratégico de una zona rica en los recursos que marcarán las guerras del mañana: agua, minerales, genética. Más allá de los hipócritas nacionalismos, y el enmascarado internacionalismo verde, hay mucho más en juego que lograr la sobrevida de miles de árboles. Quien controla el Amazonas controla Sudamérica. Es eso lo que está en juego.

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Emiliano Guido

Emiliano Guido

Periodista especializado en política internacional. Forma parte del Programa de Integración Regional y Financiamiento para el Desarrollo en Fundación SES (Argentina). Ganador del Premio José Martí (2006) otorgado por la agencia Prensa Latina.

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